La lectura del periódico

En un artículo titulado “Prensa y civilización” (La Jornada, 26/2/09) el poeta Hugo Gutiérrez Vega escribió que “la lectura de la prensa diaria, con la taza de café y el jugo de naranja sobre la mesa del desayuno, es algo más que una costumbre trivial. Es un acto civilizatorio que significa el cumplimiento de esa necesidad de información y de interpretación de los hechos que nos permite, partiendo de la observación de la realidad y del análisis del estado del mundo y del país, participar e involucrarnos en la vida sociopolítica”.

Si tenemos en cuenta la mala calidad de algunos periódicos que circulan hoy día, nos parecerán erróneas las afirmaciones del escritor: el encuentro del lector con su diario no sería un acto civilizatorio, sino una pérdida de tiempo o una fuente de frustración por tanta mala escritura y ausencia de investigación. Pero no lo son tanto si pensamos que la buena prensa escrita, el periódico en particular, contribuye aún a informar, interpretar y contextualizar políticamente las noticias diarias. La mejor prensa ofrece crónicas, reportajes, gráficas y artículos de opinión confiables. Su lectura es un acto civilizatorio en tanto que crea en la comunidad de lectores, y luego amplía, un espacio público para conocer y debatir los hechos que son noticia.

Recibir un periódico impreso a las 5 de la mañana (sé que sueno nostálgico), oír con emoción el golpe seco de su caída, abrir la puerta, recogerlo, oler la tinta y el papel, abrirlo y comenzar a leer, es entrar de inmediato en otro lugar, subir a otro nivel e incorporarse a un diálogo público animado por la información, la investigación y el análisis. El lector de prensa diaria no solo tiene la posibilidad de informarse y entretenerse, sino de formarse a través de la lectura de textos que van más allá de los titulares. “Cabe hablar del periódico mismo como un hecho cultural, que configura la sensibilidad del lector y lo hace receptivo a determinadas opciones no sólo éticas, sino también estéticas…”, apuntó el crítico Ignacio Echevarría (http://www.observatoriofucatel.cl/cultura-periodistica/). Esta es una de las ventajas del periódico frente a la marea de noticias que pasan veloces por Internet.

Cada vez son más los lectores que se “informan” a través de los titulares e hipervínculos noticiosos de Yahoo, Google, Facebook o Twitter, sin acceder al texto completo. La lectura de periódicos que trasciende los encabezados y se sumerge en una historia o una crítica, genera opinión pública; la lectura de titulares, opinión mediática. Esta “prima lo obvio e inmediato y opera un reduccionismo que hace ininteligible lo más nuevo y transformador confinando la noticia en lo sabido o presumible” (José Vidal-Beneyto). La superficialidad informativa, traficante del chisme, contribuye a formar comunidades de espectadores (más que de lectores) desinformados y apáticos ante su realidad, porque no los compromete políticamente: viven la noticia como espectáculo, como una diversión alrededor de la nota roja, rosa o amarilla.

Por el contrario, la lectura de una buena crónica o de una opinión seria nos hace partícipes de golpe en la vida social y política de nuestro entorno, porque nos acercan a la realidad con ayuda de la imaginación y la inteligencia. Como fenómeno cultural, el periódico nos ofrece la oportunidad de ubicar en el contexto la noticia que leemos con cierta prisa; nos ayuda a construir una opinión propia, algo más compleja.

Michael Luo, editor de newyorker.com, el sitio web de la prestigada revista del mismo nombre, luego de darse cuenta que su lectura de noticias (útimamente más digital que impresa) se había vuelto fragmentaria y superficial –obteniendo la información mayormente por medio de redes sociales y aplicaciones noticiosas, “aunque estaba leyendo mucho más que antes, con frecuencia sentía que entendía menos”—, decidió experimentar y hacer cambios en su dieta mediática. En su texto The urgent quest for slower, better news (newyorker.com, 10/4/2019) Michael nos comparte que, sin dejar los medios digitales, adoptó un nuevo ritual: leer la edición impresa del New York Times en el desayuno. ¿Resultado? Al leer sin interrupciones cada mañana el periódico impreso se involucraba con las noticias de una manera más concentrada, enfocada. Leía artículos de gran interés que no estaban en sus redes sociales o que se perdía al estar navegando por diferentes aplicaciones y que le ampliaban el alcance de su lectura. “Me parecía que estaba mejor informado.” La profundidad y la concentración que le proveyó ese modesto ritual de lectura lo hizo sentirse, y seguramente también estar, mucho más informado. La edición impresa de un diario de calidad impuso una forma de leer más detenida y enfocada, con menos distracciones. Frente a las presiones del consumo rápido de noticias hay que oponer la sagrada lentitud de la concentración.

Acaso por lo anterior, para algunos de nosotros resulta preocupante la crisis actual de los periódicos y la desaparición de algunos suplementos culturales. Debido al aumento de los costos de los materiales, a la disminución de los anunciantes que sostienen a los diarios impresos y a la migración de los nuevos lectores a las plataformas digitales, en Estados unidos han cerrado sus puertas algunos periódicos locales y en México han desaparecido suplementos culturales importantes como Hoja por Hoja y El ángel, lo que empobrecerá la calidad de la conversación pública. Las razones que explican esta crisis, sin embargo, no son solo económicas, sino culturales. Se han transformado los hábitos de lectura y de consumo de la información. Las nuevas generaciones leen en pantalla y ya no compran periódicos. El problema es que en la pantalla (¿influirá el soporte, el formato?) suelen leer titulares (spot news) y no pasan de ahí (spot reading), de lo inmediato. Brincan como pulgas de un encabezado a otro, en espera de la nota más escandalosa y farandulera. Vivimos una especie de cacofonía mediática que poco tiene que ver con uno de los objetivos del periodismo más serio: formar una ciudadanía informada. En este contexto, no es casual que una de las recomendaciones que Timothy Snyder nos ofrece en su libro On tyranny (2017) para fortalecer la democracia sea que nos suscribamos a algún periódico de la localidad, puesto que su vitalidad y su circulación importan, pero su vigencia depende de que los ciudadanos estemos dispuestos a pagar por sus investigaciones y su crítica.

No censuro Internet, por supuesto: soy adicto a la red. Pero el periódico impreso conserva todavía un encanto como producto de la cultura y como objeto que incentiva la discusión del día. Además el papel del periódico es útil, como ninguno, para limpiar vidrios, para embalar objetos delicados, para las piñatas, para…

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Pasear por las librerías

(Crédito de la imagen: Chema Moya)

Es habitual que la gran mayoría de personas visite las librerías solo cuando necesite algún libro, frecuentemente un libro de texto. De hecho, es más habitual que no las visite nunca, según han reportado diversas encuestas sobre cultura en los últimos años. Sencillamente los libros no forman parte de su vida: no le dicen nada o cree que no le dicen nada; puesto que no han experimentado el golpe de lectura, para qué malgastar el tiempo y el dinero en esos lugares, cuando la vida parece estar en otra parte. Sin embargo, hay otras personas, quizá las menos, y parece que cada vez son menos, cuyo pasatiempo consiste en ir de paseo por las librerías (cuando las hay) una o dos veces por semana, deambular por sus pasillos, detenerse frente a un título que convoque su atención, continuar, volver, pasear la mirada por los estantes en que mudos descansan los libros. No buscan uno en particular, tampoco lo necesitan, en realidad presienten que ahí puede estar un libro que las necesite a ellas. Son amantes de los libros. Paseantes cuya vocación reside en la alegría de pescar libros o ser atrapados por ellos. Por eso no faltan a su cita semanal en la librería: pueden encontrar allí el libro de su vida.

Este es el momento en que debo confesar que soy una de esas personas que acuden religiosamente, una vez por semana, a lo que podríamos llamar una tienda de libros. Pocas veces pregunto por un libro, a pesar de la obstinada y molesta interrogación de los muchachos de la librería: “¿busca algún libro?”, “¿le puedo ayudar en algo?” ¡No, no busco ningún libro y quizá tampoco puedan ayudarme! Solo quiero caminar y pasear entre los libros, observarlos, tocarlos, abrirlos, olerlos y hojearlos; esperar que alguno de ellos me hable porque ese día, precisamente ese día, me esperaba. Escasas alegrías hay para mí como la que ocurre cuando descubro un libro, lo miro de cerca y sé que es mío para siempre, que debo llevármelo o es él quien debe irse conmigo. Hay algo poderoso e indescriptible que emana de ciertos libros; una sustancia imperceptible que nos atrapa y nos hace volver la mirada cuando pasamos junto a ellos, la atmósfera cambia. Es imposible ignorarlos. Sentimos sus radiaciones incluso antes de que los veamos; su silencio nos llena precipitadamente. Ocurre con los volúmenes desconocidos y también con los familiares.

¿Qué tiene el libro de cuentos reunidos de Inés Arredondo que consigue detenerme cada vez que camino frente a él; qué quiere decirme, por qué me retiene? Oculta una fuerza que me atrae, indescifrable, aun cuando ya lo conozca y lo tenga en mi biblioteca; sin duda, hay algo para mí en ese libro. ¿Por qué cada nueva edición de las reflexiones de Séneca sobre la felicidad, la vejez, la brevedad de la vida y la amistad, de las tragedias de Shakespeare o de A sangre fría de Truman Capote, me cierra el paso en una librería? ¿Cuál es su demanda, por qué me interpelan con tal porfía esos difuntos? Se supone que no los busco porque ya los guardo en mi biblioteca, y sin embargo me encuentran. Antes de abrirlos y luego de leerlos hubo una conexión entre nosotros. La mayoría de las veces no voy a las librerías para comprar un libro en especial, sino para descubrirlos o descubrirme en ellos. Cuando entro en una librería, no estoy seguro si soy yo el pescador que lanza su red para atrapar algún milagro o soy la presa que se agita en un mar de libros. Me gusta no saberlo.

El encuentro con un buen libro, con lo que presentimos que es sin duda un buen libro (incluso sin leerlo), puede modificar nuestro estado de ánimo o nuestro día completo. Hace años viajé a la Ciudad de México y visité sus librerías, cerré los ojos (metafóricamente) y me dejé llevar por el azar y las invisibles fuerzas de atracción que se concentran en ellas. Durante horas paseaba placenteramente de una librería a otra y me topaba con muy buenos libros; lo delicioso de ello residía en el viaje, en la continua no-búsqueda, en el merodear sin fin. El último día de mi estancia, avanzada la noche, cuando creí que habían concluido mis compras librescas, me dirigí a la caja de una de las librerías que visité para pagar. En ese momento, mientras sacaba el dinero de mi bolsillo, algo pequeño pero seductor cautivó mi atención. Detrás de la chica que me cobraba había un librero en el que alcanzaba yo a ver, achicando mis ojos y enfocando el objeto del deseo con esfuerzo, un pequeño ensayo de Virginia Woolf titulado ¿Cómo debería leerse un libro?, en una muy bella edición. Apenas lo vi, supe que era mío. Estaba dispuesto a sacrificar otros libros por ese pequeño ensayo que se me arrojaba en silencio, sin moverse. Por supuesto, lo incluí en mi compra. De pronto, la noche tuvo un clima diferente. No sé por qué, ese pequeño libro puso el sabor a mi vagabundeo por las librerías. Regresé feliz y como renovado a casa, el diminuto pero valioso hallazgo me había transformado.

No creo que existan en la vida cosas más placenteras que el ocio y el paseo al aire libre. “El alma de una caminata es la libertad, la libertad perfecta de pensar, sentir y hacer exactamente lo que uno quiera”, dice William Hazlitt. Cuando paseo por las librerías, siento esa misma libertad de estar al aire libre, de sentir el viento resbalar en mi rostro y el oxígeno entrar en mis fosas nasales, de pensar y hacer lo que me venga en gana.

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La utilidad de las humanidades

“Las humanidades no solamente son enseñanza intelectual y placer estético, sino también fuente de disciplina moral”. Con tal claridad hablaba, en 1908, Pedro Henríquez Ureña, ilustre miembro de uno de los grupos que mayor influencia ha tenido en la cultura de México: el Ateneo de la Juventud. Era la época de una pax porfiriana a punto de desmoronarse por la revuelta social. En esa tormenta, Vasconcelos, Alfonso Reyes, Henríquez Ureña, Antonio Caso, entre otros jóvenes del Ateneo, decidieron participar en la revolución mexicana con el capital más importante que poseían: el estudio y la crítica; aportando su propia revolución: la de la cultura. Se trataba de abrir nuevas vías, aprovechar el río revuelto. Y lo hicieron: restauraron la otra República, la de las letras. El programa no era sencillo, pero sí impostergable. Había que defender y reivindicar las humanidades (literatura, filosofía, filología, música, arte en general, etc.) frente al llamado conocimiento “útil” de la época. Hacer pequeños o grandes agujeros a la capa de un positivismo científico que los asfixiaba. Era una revolución dentro de otra. Un movimiento armado de ideas. Frente a Comte, hubo de oponerse a Schopenhauer y a Nietzsche.

A pesar de la distancia, aquella opresión intelectual que padecieron los ateneístas vuelve a sentirse en la actualidad con mucho más fuerza. Cada día se organizan seminarios, encuentros, donde se rinde culto al conocimiento útil, “el que sirve para algo”, “el que me enseña a hacer cosas concretas”, “el que da dinero”, que más bien llamaría yo utilitario. Se difunde la idea de que estudiar humanidades es aceptar anticipadamente el exilio del desempleo. Según algunos, acicateados por su abrumadora ignorancia, el sector productivo ya no requiere (ni quiere) filósofos, sociólogos, historiadores, literatos, antropólogos, músicos, etc., sino ingenieros. Por ende, hay que ser cuidadosos y observar lo que demanda el señor mercado para sujetar a él nuestra vocación.

Recuerdo que el periodista Andrés Oppenheimer dijo alguna vez estar sorprendido al saber que aún se estudiaban los libros de Marx en la escuela de economía de la UNAM, cuando en las escuelas de los países ricos esas teorías ya fueron, según él, olvidadas. Es una posición extremista y dogmática, pues el problema no es leer a Marx (gran pensador y teórico), sino sólo leerlo a él; esto sí sería en verdad contrario a los fines de una universidad. Otros ideólogos de la técnica y la ganancia, adoradores de la mercancía, han sostenido que la pobreza de los países subdesarrollados se debe a que han apostado su crecimiento y competitividad a las premodernas carreras humanísticas y no a aquellas que son productivas e innovadoras, según el último grito del mercado. El tufillo conservador, además del eminentemente mercantil, que despiden estas afirmaciones no requiere mayor explicación: son un disparate.

Si el sector productivo no solicita filósofos, no es culpa de las humanidades sino de la ignorancia de aquél: un filósofo podría servir incluso para elaborar el código de ética de una empresa o para conducir un proceso que va de las ideas a la producción, siempre en libre diálogo con los técnicos. Un sociólogo, para estudiar el comportamiento de los consumidores, los clientes, proveedores. En lugar de buscar chivos expiatorios, los tecnócratas (que de eso presumen) deberían diseñar políticas públicas para generar empleos o, al menos, no acabar con los que había, teniendo en cuenta la calidad y no solo la cantidad. Más que eliminar las humanidades de las escuelas y universidades o invitar a los jóvenes a que no las estudien, como quiere el homo economicus o ignorantis, es necesario diversificar la oferta de carreras. Quizás promover con mayor entusiasmo la informática, la electrónica, la biotecnología, pero jamás quitar el dedo del renglón de las humanidades, pues estas, a partir del juego, la creatividad, la belleza y la más amplia libertad, sin objetivos puramente utilitaristas, nos empujan a ser autónomos. Y menos cuando somos una sociedad cada vez más apática, indiferente y lastimada por la violencia.

Vincular la empresa con la universidad es recomendable, siempre y cuando la primera no se trague a la segunda. La ciencia, la adquisición del conocimiento y la apreciación artística tienen su autonomía como el mercado quizá la suya. La vocación es un emplazamiento para el alma que no debiera depender de las posibilidades inmediatas de encontrar trabajo. Si nuestros gobernantes, empresarios y líderes de la sociedad no valoran o no entienden la utilidad de la ética, la filosofía, la historia, la literatura, las artes y tantas otras disciplinas afines, una utilidad que no puede tasarse por la cantidad de rentas que genere, no es responsabilidad de las humanidades, sino de quienes confunden el conocimiento, la creación artística, con una máquina de hacer dinero; aquellos que han olvidado lo esencial: las humanidades, el pensamiento crítico, la reflexión, la belleza y la imaginación hacen mucho más habitable el mundo. Como bien lo expresa Nuccio Ordine en su manifiesto La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013): “No tenemos […] conciencia de que la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo.”

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Montaigne y la pedantería

Jesús Silva-Herzog Márquez escribe en la revista nexos de este mes acerca de Montaigne y su pensamiento, sus divagaciones sobre los pedantes, “… eruditos que a golpe de lecturas han perdido el sentido común”, que coleccionan y devoran libros pero no los digieren porque tampoco los incorporan a la vida. “Hombres de memoria llena y el juicio hueco”, apunta Jesús. Espíritus refrigerados que no salen a pasear ni por error. Escribe el columnista:

Montaigne sabía que era posible volverse docto e idiota por la misma ruta. Saberlo todo sin entender nada; haber leído todos los libros sin comprender un párrafo. La lectura es inservible o dañina si no metaboliza en experiencia. “¿De qué sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?”. El saber de los otros es inservible hasta que se integra plenamente a nuestro organismo. Lo confiesa Montaigne: lo que sé de Séneca lo pude haber aprendido de mí mismo si tan sólo me habría ejercitado en el empeño. No hay saber que no esté, en semilla, en nosotros mismos.

Por eso nos fascinan los Ensayos: nada nos dicen que no hayamos podido advertir confusamente en nosotros. Nada ahí que no hayamos vivido, pensado, sentido. Los Ensayos nos tutean acariciando lo que entrevemos en nuestras inclinaciones naturales, en el trato con otros, en el sentido de nuestros temores y disfrutes. De ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada. La única instructora en la que confía Montaigne es en la vida misma.

Ningún profesor de escuela repetiría uno de sus principales consejos: olvida. No te tomes muy en serio lo que lees, despréndete pronto de lo que estudias, olvida lo que has aprendido, duda de lo que sabes. Quienes se aferran a los libros, quienes atan su juicio a una lección pueden ser ridículos pero también temibles. Risibles son quienes ven el mundo con ojos vendados por los libros. Se tropezarán a cada paso y se perderán de las maravillas de la sorpresa. Temibles quienes pretenden hacer de un libro el instructivo de la historia. Estarán dispuestos al exterminio de todo aquel que reciba la condena de las letras.

Le irritaba la arrogancia de conducir a otros. Le empalagaba la vanidad de quienes se ofrecen para mostrar el camino a los ciegos. Nadie camina por nosotros, nadie puede pensar por nosotros, a nadie podemos ceder la responsabilidad de apreciar el mérito de las cosas. Montaigne nos recuerda que pedagogía y pedantería comparten raíz. Guías de ignorantes. Pedante es el maestro de escuela que aparece como bufón en las comedias italianas. Alecciona a los niños sin percatarse que el verdadero ignorante es él. Suele el profesor enseñar para la escuela, no para la vida. Pedantes que forman pedantes: hombres de letras que no se entienden a sí mismos ni entienden al de enfrente. Hombres de ciencia que no comprenden su circunstancia. Hombres de memoria llena y el juicio hueco.

Acá continúa el texto.

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Poemas de Giovanni Boccaccio

La editorial Almadía y la UNAM acaban de publicar, para gran fortuna de los lectores, una selección de las Rimas escritas por el escritor italiano medieval Giovanni Boccaccio (1313-1375), autor de la célebre obra narrativa el Decamerón. Esta edición bilingüe italiano-español incluye un estudio introductorio esclarecedor y notas a cargo de Fernando Ibarra Chávez, quien nos introduce en la lírica de este gran escritor. Se trata de una pequeña joya editorial, dado que es raro encontrar obra de este autor en español. Aquí una muestra de los poemas:

XXI [VI]

Amor es denostado por villanos:
lo llaman accidente doloroso,
lleno de espanto, adverso, codicioso,
y de suspiros proveedor cortés.

No se percata el ciego error de aquellos
cómo proceda su fuerza escondida
en hombres justos, briosos y prudentes
para buscar honor, con bien actuar.

Cuando ese ser en las almas gentiles
se muestra como objeto valeroso,
las vuelve humildes y también corteses.

Ornarse de gracias es su deleite;
huye, enemigo, de todo acto vil:
¿quién cesará de estar bajo su yugo?

LXXIV [LXXIV]

Si en los lazos, Amor, caer pudieses
en los que a tantos has enmarañado
los brazos rotos séante y obtusas
las garras, y las alas desplumadas

y quitado el vigor, tu culto horrendo
sea aquel que nacerá y ha ya nacido,
rotos séante el arco y los venablos
y que tu nombre siempre dolor sea.

Fraudulento, desleal y mentiroso,
falso, ladrón, asesino y sicario,
cruel, tirano y homicida perjuro.

Luego de mi servir tan largo y vano
pusiste antes de mí a quien menos vale.
¡Que caiga en ti una flecha y que te mate!

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El enojo y la justicia criminal

(en la imagen Annalise Acorn)

Letras Libres publica un interesante texto, originalmente una conferencia, de la profesora de derecho Annalise Acorn en el que reivindica el rol que juegan (o deberían jugar) las emociones, particularmente el enojo de las víctimas y la sociedad, en la impartición de justicia penal. Somos seres morales y debemos expresar nuestras emociones frente a un acto criminal, para así buscar una moral recíproca que involucre y haga responsable de sus actos al infractor. La autora se aparta de una larga tradición que viene de Platón, Aristóteles, Séneca, Montaigne y desemboca en la filósofa Martha Nussbaum, quienes rechazan “las emociones incriminatorias en la ley y en la vida.”

En fin, una reflexión provocadora que nos mueve a pensar. Van unos fragmentos del ensayo A favor del enojo:

Las emociones tienen estatus moral. El acto de culpar implica emociones como el enojo, la indignación y el resentimiento que, como respuestas afectivas a un acto de maldad real e imputable, son indispensables para nuestra existencia como seres morales; expresarlas tiene un valor intrínseco porque son parte de la búsqueda humana por una moral recíproca. Hay, me parece, aspectos de la relación entre el Estado y el criminal –y de sus roles tal y como los estructura el sistema judicial– que hacen de estas emociones un problema moral en el contexto actual del castigo. Pese a ello, mi postura es que debemos entender la sentencia como la expresión social de las emociones que culpan al infractor por el mal que hizo. De ese modo, la sentencia debe hablar del enojo y la indignación ante los actos graves de maldad criminal.

No es la posición predominante en la academia, donde se considera que es mejor erradicar hasta donde sea posible las emociones que conlleva el acto de culpar tanto de la ley como de la vida. A lo largo de este ensayo sugeriré, en cambio, que si nosotros, como sociedad o comunidad, no estamos enojados con el asesino, escandalizados con el violador, resentidos con el estafador, indignados con el golpeador, quizá tendremos un buen motivo para confinar, incapacitar, tratar, entrenar o manejar de algún modo al agresor, pero no tendremos derecho a sancionarlo si se entiende el castigo como la imposición de un merecido trato duro.

El filósofo de Oxford Peter Strawson escribió, en 1961, el célebre ensayo “Freedom and resentment”. Tomaré prestadas dos ideas suyas. La primera es que la sanción penal en realidad deriva de nuestra práctica interpersonal de responsabilizar a la gente por sus actos. La segunda es contrastar la actitud reactiva, que percibe al otro como agente responsable, con la actitud objetiva que lo define como foco de políticas, como un objeto que debe ser manejado, incentivado, controlado.

Estas actitudes tienen rangos emocionales distintos. La actitud reactiva está acompañada de emociones que apuntan a que el otro asuma su responsabilidad: el resentimiento, la indignación, el perdón, la gratitud, el enojo. La objetiva, por el contrario, es compatible con la piedad, el desprecio, el duelo, el asco e incluso con algunas formas del amor, pero no con las emociones de culpar y responsabilizar. A partir de ello, Strawson escribe que la actitud objetiva impide expresar sentimientos que suponen participar e involucrarse –el resentimiento, la gratitud, la disculpa, el enojo, el amor recíproco–. Solo la actitud reactiva es participativa, solo esta se involucra con el criminal. La actitud objetiva, en cambio, es gerencial, estratégica, indiferente; permite combatir el crimen, negociar con el criminal, pero no discutir y razonar con él.

Cuando alguien hace el mal (cuando comete una auténtica violación moral) y se encuentra con la reacción participativa y afectiva de otras personas –cuando se encuentra con su resentimiento, su indignación–, se le involucra en una disputa que respeta su agencia moral y se crea una oportunidad para que asuma su parte en la misión que tiene la humanidad de buscar una moral común. Cuando confrontamos al agresor con esta actitud emocional, lo reconocemos como par, como ser moral y compañero, lo respetamos como agente responsable, lo que es imposible con una actitud distante, objetiva, gerencial.

El libro La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia (2016), de Martha Nussbaum, es un rechazo categórico de las emociones incriminatorias en la ley y en la vida. Para Nussbaum, la respuesta apropiada ante una mala conducta es deshacerse del enojo y ceder de manera desapasionada el asunto a la ley que, por su parte, debe responder de la misma forma: sin enojo institucional, del modo más productivo posible en términos sociales. La autora acude a De la ira (ca. 50) de Séneca para sostener su postura. El filósofo estoico descarta el enojo en cualquier situación, por considerarlo inapropiado e inútil, y, a la vez, considera a la venganza una necesidad y un deber en los casos donde el acto de maldad pueda comprobarse: “¿No debe un buen hombre enojarse si asesinan a su padre, si ultrajan a su madre ante sus ojos? No, no debe enojarse, sino vengarlos o protegerlos […] Si mi padre está en riesgo de ser asesinado, lo defenderé; si lo matan, lo vengaré, no porque sienta dolor, sino porque es mi deber.” El flemático y estirado Adam Smith decía, con razón, que Séneca era el gran predicador de la insensibilidad y la recomendación de Nussbaum de abstenerse del enojo y ceder el asunto a la ley abreva de esa tradición. El que se enoja pierde; mejor, véngate.

Continuar con la lectura aquí.

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La novela inconclusa de Bernardino Casablanca

Mi primer encuentro literario con César López Cuadras, de lector a autor, hace ya como diez años, ocurrió por medio de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, cuya tercera edición de 2007, publicada por Ediciones Arlequín en su atinada colección El Gran Padrote, conseguí casi de milagro en una librería de esta ciudad. Cuando uno regresa a esta que fue la primera novela de nuestro autor, después de haber leído toda su obra, sorprende que ya están ahí las virtudes y virtuosismos narrativos que más admiramos sus lectores. Y de los que espero hablar esta noche.

Desde las primeras líneas de esta novela, el lector se encontrará con el personaje del escritor norteamericano Truman Capote, autor de la famosa novela-reportaje A sangre fría (1966), quien decide escapar por unos días de Beverly Hills y de su amante en turno con el objetivo de venir a tierras sinaloenses y visitar, en la plenitud infernal de un día de agosto de 1975, a su amigo Narciso Capistrán, un treintañero prófugo de la facultad de letras a quien había conocido en Nueva York en condiciones de escritor famélico, pidiendo monedas para el pasaje, “rondando los imprecisos límites entre la pobreza y la indigencia”. Sin embargo, ahora que Capote lo reencuentra en Guasachi, Sinaloa (el mítico pueblo inventado por César), la nueva imagen de Narciso es la del sinaloense típico, según resume el narrador: “[…] una figura embarnecida y un paso firme y seguro. Sus jeans se ajustaban al cuerpo, y la media luna horizontal del cinturón contenía una modesta barriga cervecera, que le abría ligeramente la camisa a la altura del ombligo. Adornaba su cara pulcramente afeitada con un copioso bigote de ganadero.”

Con cincuenta y un años de edad y quizás agobiado aún por el suplicio de haber escrito A sangre fría, Truman Capote llega a Guasachi, Sinaloa, con la finalidad de divertirse, comer mariscos y conocer los cuartitos de cerveza Pacífico, obsesión nostálgica de Narciso durante su estancia en Nueva York y escudo cotidiano de los habitantes de Guasachi frente a las inclemencias del calor. Capote no quiere hablar de literatura y mucho menos de teoría literaria, pero Narciso, entre “órdenes de ostiones, callos de hacha, patas de mula, camarones e incontables tandas de cerveza”, le comparte su proyecto de novela: intenta reconstruir un misterioso asesinato ocurrido hacía unos meses en Guasachi. Bernardino Rentería, gloria regional y padrote precoz, tratante de blancas, dandi de pueblo, empresario exitoso de la vida disipada y dueño del burdel más concurrido de Guasachi, el Casablanca, había sido asesinado. Tenía muchos enemigos, decían en el pueblo, cualquiera pudo haberlo matado. Narciso Capistrán quería repetir el experimento literario realizado por su diminuto amigo gringo, sólo que el expediente aún no estaba resuelto. Ni podía estarlo.

En el estado de Kansas, Truman Capote tuvo acceso a los archivos policiales y expedientes judiciales del caso criminal que reconstruía con su pluma por encargo de la revista New Yorker, pudo conversar en diversas ocasiones con el agente asignado a la investigación, y entrevistar a la gente de Holcomb, pueblo en el que habían asesinado a una familia ejemplar. En el desarrollo de su trabajo, el escritor caminó al lado de un sistema policial y de justicia que, a su manera brutal, funcionaba: hubo una investigación seria que concluyó con la detención y posterior ahorcamiento de los asesinos. En esa reconstrucción del caso, además, el escritor estableció una valiosa proximidad con los jóvenes acusados del crimen y, a través de charlas e investigaciones, logró llevar a cabo, respecto de cada uno de ellos, retratos literarios quizá sin parangón en el periodismo policiaco, alejándose del estricto reportaje y acercándose mucho más al mundo de la novela.

En cambio, la suerte de Capistrán tenía que ser, fatalmente, otra. Con solo el rumor pueblerino, el chismorreo y los mitoteros insaciables de Guasachi era imposible escribir una obra documentada como la de su amigo, dado que en Guasachi las investigaciones de la policía no avanzan, se abandonan o se les da carpetazo. A Capistrán le estaba negado escribir una réplica sinaloense de A sangre fría pero no una pieza de pura ficción. “Solo tienes dos caminos:”, le dice Capote a su joven discípulo, “o esperas a que las investigaciones de la policía resuelvan el caso [cosa que no ocurrirá, lo sabemos nosotros y también Capistrán], y puedas así contar con mayores elementos o, a partir de lo que tienes, creas tu propia historia, lo que ya sería algo muy diferente a mi novela, aunque, quizá, más interesante, pues abres un amplio horizonte a la imaginación y a la creatividad.” En realidad, la única opción de Capistrán consistía en entregarse a la conjetura y la fabulación literaria. Sacudirse el peso y la ilusión de la verdad histórica de un caso que la policía y el ministerio público del pueblo jamás resolverían. En esa intersección entre la verdad y la invención radica la magia de toda ficción.

¿Cuál es el lugar de la verdad en todo esto, en la investigación periodística, en los procesos judiciales y, sobre todo, en la ficción? Sostiene Ricardo Piglia que “la ficción trabaja con la verdad para construir un discurso que no es ni verdadero ni falso. Que no pretende ser ni verdadero ni falso. Y en ese matiz indecidible entre la verdad y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción.” Desde mi perspectiva, esa pregunta esencial por el lugar de la verdad, lo que llamamos verdad, y su cruce impreciso, difuminado, con la ficción atraviesa la narrativa de César López Cuadras. La manera en que una colectividad construye, deconstruye y se relaciona con su verdad está en el centro de su obra. Cada una de sus novelas nos muestra la habilidad que puede llegar a tener una comunidad para tejer diferentes relatos y leyendas, muchas veces encontrados, acerca de un hecho, desvaneciendo los límites entre la ficción y la verdad. En uno de sus cuentos más memorables, El león que fue a misa de siete, asistimos a una descarada como divertida tergiversación periodística de los hechos, más propia de la invención literaria que del rigor objetivo.

Truman Capote se exaspera al ver a su amigo Narciso Capistrán más preocupado por la verdad que por la literatura:

Ve todo lo que tienes; todo lo que has reunido: dos asesinatos en los que se mezcla la pasión y el dinero, un tratante de blancas, una pareja de amantes, narcotraficantes, putas, policías y funcionarios corruptos, todo esto en un pueblo de borrachos que toman cerveza a destajo. ¿Qué más quieres? Ponte a trabajar con eso, y deja la verdad en paz; sobre todo cuando ni siquiera a la policía le interesa.

La verdad de la novela está en la imaginación. La realidad no fabrica novelas; las novelas, en cambio, inventan realidades literarias que no son más que formas de leer, interpretar y estar en el mundo. César López Cuadras, al igual que Capistrán, conoce inmejorablemente los compuestos de su objeto narrativo: la región del norte, sus registros de lenguaje, sus personajes típicos, la interminable fiesta de prostíbulos y cantinas, el béisbol, las drogas, la corrupción, el calor extremoso como elemento omnipresente y su antídoto más común por estas tierras: la cerveza en cantidades ingentes. Lo que para algunos críticos podrían ser clichés de la literatura del norte, en La novela inconclusa de Bernardino Casablanca son recursos que se articulan eficazmente en la invención y organización de un mundo y un espacio peculiares, con vida propia, el de Guasachi, Sinaloa.

Una de las virtudes más notables de esta primera novela, así como de toda la ficción de nuestro autor, radica en la construcción de sus personajes, en el ingenio de César para dibujar con una gran fuerza expresiva a sus personajes, ya sea con una breve descripción física o haciendo pausa en la narración para relatarnos toda una biografía como en el caso de Bernardino, acaso el personaje más redondo y complejo de la novela, el niño prieto y chamagoso de Las Tinajas, cerca de Badiraguato, cuya educación sentimental transcurrió entre putas y burdeles, cuya inteligencia práctica y arrojo lo convirtieron en leyenda, en el exitoso proveedor de placeres carnales para los habitantes de Guasachi. En esta obra no hay personaje importante que carezca de su historia, de su conflicto, moral o no, y de una caracterización que destaca por su economía y precisión de palabras. Parranderos, enamorados, narcotraficantes, profesores, curas de dudosa religiosidad, policías corruptos, mandaderos, estafadores, machos, padrotes, persignadas, rancheras y prostitutas pueblan el universo narrativo de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca.

Gracias a un plan finamente trazado y una fecunda imaginación –utilizando con dominio técnicas literarias como el diálogo, el monólogo narrado, el discurso epistolar, la canción popular, las alusiones bíblicas, literarias y cinematográficas, o figuras como la perífrasis y la ironía—, las acciones de los personajes, su discurso, su psicología, su idiosincrasia, se corresponden perfectamente con el desarrollo de la historia; de ahí la solidez, originalidad y coherencia de cada uno de ellos, tanto de los personajes principales como de los secundarios.

Y si bien lo apreciable de una historia depende, muchas veces, del hábil tratamiento técnico de sus personajes, en el caso de La novela inconclusa… se hace además con otro de los ingredientes característicos e inseparables de la ficción de César López Cuadras, como lo fue de Jorge Ibargüengoitia: el humor, una jovialidad a prueba de tragedias. Incluso cuando se pone dramático es divertido. “La intención del humor en la literatura”, apuntaba Julio Cortázar, es casi siempre desacralizar, echar hacia abajo una cierta importancia que algo pueda tener, cierto prestigio, cierto pedestal. El humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas.” En ese sentido profano, La novela inconclusa… desacraliza la verdad, las leyendas, lo maravilloso, las buenas costumbres, la rígida moral y los arquetipos sociales. Su sentido del humor, su agudo uso de la ironía en cada oración y en cada capítulo, son recursos a través de los cuales César López Cuadras ejerció también una crítica social y política, su hipótesis de lectura sobre el mundo.

Ante la fascinación de Narciso Capistrán por el rigor implacable con el que Truman Capote había escrito su novela basada en hechos reales, este le aconseja: “No le apuestes tanto al rigor, mejor procura divertirte cuando escribas.” Para fortuna de todos sus lectores, a eso, precisamente, le apostó César López Cuadras.

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