Horas en una biblioteca

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El boomeran, blog literario, nos comparte un estupendo ensayo de la escritora Virginia Woolf: Horas en una biblioteca, incluido en el libro del mismo título que acaba de lanzar la editorial Seix Barral. Van dos párrafos de este delicioso ensayo en el que la autora distingue o separa al hombre que ama la erudición del hombre que ama la lectura:

HORAS EN UNA BIBLIOTECA

Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos. El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán de descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón. Si la pasión de la lectura lo conquista, sus ganancias menguan y se le escurren entre los dedos. Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada.

A pesar de todo esto, fácilmente se puede conjurar una imagen que presta un buen servicio al hombre libresco y que suscita una sonrisa a sus expensas. Imaginamos a una figura pálida e incluso ojerosa, delgada, con una bata de vestir, perdida en sus especulaciones, incapaz de levantar una sartén del hornillo, o de abordar a una dama sin sonrojarse, ignorante de las noticias del día, si bien versada en los catálogos de las librerías de lance, en cuyos oscuros recintos pasa las horas de luz diurna: un personaje sin duda delicioso en su sencillez refunfuñona, aunque en modo alguno se asemeje a ese otro al que preferiríamos dirigir nuestra atención. Y es que el lector verdadero es esencialmente joven. Es un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado. Camina por las calzadas reales, asciende más alto, cada vez más alto, por los montes, hasta que el aire es tan exiguo que se hace difícil respirar. Para él, la lectura no es una dedicación sedentaria

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Seis poemas de Lasse Söderberg

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Caminos

Tengo en la mano un pájaro
y no sé si está vivo:
levedad pasmosa, canto
transmutado en cuerpo fraudulento.

El camino de los escolares era el ala
alzándose en la era de los vientos.
Mas mi camino desciende por el barranco
donde el pájaro cayó inaudible.

El poeta escribe para el viento

¿Para quién escribe el poeta?
Para todo lo errante y sufriente,
para todo lo que es incesantemente abatido,
aniquilado. Para los grises guijarros,
porque son semejantes a los hombres.
Para todos y para nadie.

Cara a cara

Sinceramente, ¿qué haremos con ellas? ¿Qué haremos con esas envolturas elásticas, esos guantes para el cráneo? En cualquier caso la verdad se halla siempre detrás de la cara. Y entonces: ¿de qué nos sirve toda esa laboriosa mascarada?

Defendamos en su lugar la planta del pie, que nadie necesita memorizar, que nadie necesita adorar o despreciar. ¡Defendamos la planta del pie, fisonomía revolcada!

El esqueleto

Está en mí, lo sé, aunque él no diga nada. Pero cuando me siento, se inclina también cómodamente hacia atrás. Cuando corro, se precipita conmigo. Como una sombra interna imita cada uno de mis ademanes. Nunca me abandona y no puedo vivir sin él.

Ciego y demacrado bajo la piel, este servidor de librea me da su apoyo, silenciosamente, pero con una mueca sarcástica que sólo muestra después de la muerte. Es entonces cuando llega su hora, liberado de mí, arpa grotesca en la que toca, con dedos fríos, un agua subterránea.

Estatua

Me quedaré totalmente inmóvil
entre mis dos hombros.
Nadie me saludará.
No saludaré a nadie.

A los muertos podría hacerles señas
o enviarles una carta
firmada: “Su admirador”.
¿Cuál es el importe para la eternidad?

En todas partes acechan teléfonos,
listos a morder como escorpiones.
Cada puerta que se abre
es falaz, carnívora.

A veces quiero vivir olvidado
hasta por mí mismo.
Ni siquiera las moscas me visitarían.
¿Por qué entonces me palpita este maldito corazón?

Señales para Tapiés

(…)

Para hacer un nudo
se necesita una cuerda.

Para colgar la cuerda
se necesita un clavo.

Para balancearse en el espacio
el nudo necesita una garganta.

(Estos poemas, entre muchos otros, fueron publicados en la bella antología poética Lo inconstante (2012, La Otra / Universidad Autónoma de Sinaloa) en la colección Temblor de Cielo)
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Cuatro poemas de Lêdo Ivo

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Les comparto cuatro poemas del extraordinario escritor brasileño Lêdo Ivo (1924-2012), en la espléndida versión del traductor Martín López-Vega, publicada por ediciones Vaso Roto (2010):

Cuervos

Aún hoy puedo ver los cuervos.
Estaban posados sobre la hierba.
Ninguno de ellos graznaba.

Siempre me acuerdo de los cuervos
y de sus plumas lustrosas y suaves
brillando en el día inmóvil.

Cuando camino por una gran ciudad
y cruzo un puente sobre el río
los cuervos silenciosos me acompañan.

Y es ese silencio el que me incomoda.
El silencio de los cuervos posados sobre la hierba.
El silencio del mundo cuando hay cuervos.

La misma casa

Estoy cansado de llevar
mi alma dentro del cuerpo.
No soporto más
la mentira de tener un pensamiento
que se deshace en el viento.
Y a ella le digo, muerto de fatiga:
–Vete de mí, déjame en paz.
Sube al cielo a buscar tu paraíso.
No te necesito ya.
Y dentro de mí ella responde:
–Las almas no son ángeles. No tienen alas.
No vuelan en el azul firmamento.
Tu casa es la mía.
No hay alma que se vaya
antes que el cuerpo que espera la hora
de la lápida o la vil fosa.
Las almas, como el hielo, se evaporan
en el día acabado.

Soneto de la puerta

Quien llama a mi puerta no me busca a mí.
Busca siempre al otro que no soy
y, figura inmóvil detrás de cualquier muro,
es mi doble o mi clon, en mí oculto.

Que sepa quien me busca y no me encuentra
que soy aquel que está más allá de mí,
sombra que bebe el sol, ensenada y laguna
unidas en la quimera del horizonte.

Siempre me anduve buscando y nunca me encontré.
Y en la puesta de sol, mientras espero la llegada
de la luz perdida de una estrella muerta,

siento nostalgias de cuanto nunca fui,
de lo que dejé de ser, de lo que soñé
y tras la puerta se escondió de mí.

Caminando entre la niebla

Quien busca el amor
nunca encontrará nada.
El amor no se busca.
No es una bolsa olvidada
en un banco de la plaza
ni una polilla en el armario.
Para encontrar todo
lo que el amor encierra
en un ático
o en una favela
nunca busques nada.
Camina en la bruma
que envuelve la ciudad.
Contempla el crepúsculo
desde una balaustrada.
Quien busca encuentra apenas
su propia búsqueda:
molusco fijado
a la concha preclara
u olor a meada
arrojada en el muro.
Aprende a vivir.
No busques nada,
ni siquiera la aguja
caída en el suelo.
Ni siquiera una rima
para una canción.
Ya sea durante el día claro
o a la hora del crepúsculo
no pierdas el tiempo
buscando el amor,
pues no es algo
que pueda ser buscado.
De pronto
reúne a dos iguales
que andaban perdidos
en la densa niebla.

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Sobre Ignacio Padilla

Ignacio-Padilla

El pasado sábado murió el escritor mexicano Ignacio Padilla (1968-2016), acaso el escritor más importante y completo de la llamada Generación del Crack, autor de una extensa obra narrativa y ensayística. Una noticia muy lamentable no sólo para las letras mexicanas, sino, sobre todo, para quienes apreciaban al amigo sincero, honesto y risueño que supo ser Nacho (como le llamaban sus amigos).

El polítólogo y ensayista Jesús Silva-Herzog Márquez escribió, a manera de homenaje y recuerdo, un artículo sobre el hombre de letras cuya sonrisa era pura naturalidad:

Físico cuéntico

Pensando en Cervantes, nuestro máximo poeta dijo que aprender a ser libre era aprender a sonreír. Para Ignacio Padilla, la sonrisa no era aprendizaje sino naturaleza. No había esfuerzo ni impostura en la cordialidad de su gesto. En un tiempo malhumorado y quejumbroso, Nacho sonreía con la naturalidad con la que parpadeaba. Así lo retrataron todas las cámara, así lo han recordado todos sus amigos: sonriendo. “Saludaba sonriendo con esa gracia que empieza por los ojos y la mirada poco a poco se volvía palabra, escribió hace unos días Jorge F. Hernández. Leía en voz alta con entonaciones y gestos que mantenían su boca en media luna, e incluso callado y oyente, Nacho parecía sonreír.”

Se entregó, como pocos lo han hecho en mi generación, al gozo de la literatura. A su culto. Apenas se distrajo en otras ocupaciones. Si alguna vez se desvió de el taller donde combinaba palabras, regresó de inmediato a la vocación. Fue un lector atentísimo que encontró en Cervantes una fértil obsesión. Iba y volvía al Quijote y en cada viaje encontraba algo fresco. Fue un crítico afilado que supo compartir, ante todo, el entusiasmo por las letras. No cayó nunca en el pedantismo académico: No se dedicó, a pesar de su imponente erudición, a la explotación de irrelevancias. Debe haber sido, simplemente, un lector que trasmite sus pasiones. Recordaba la indignación del lingüista Roman Jakobson al conocer que Nabokov había sido invitado a la facultad de Harvard. ¿Cómo es posible que se admita a este advenedizo? Aún admitiendo que fuera un buen novelista, decía el profesor, no conoce la teoría, no es uno de nosotros. ¿Invitaremos ahora al elefante para que dé clases de zoología? Así se sentía Ignacio Padilla frente a sus alumnos: un elefante dando el curso de paquidermos. Contagiaba

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“El misterio escapó vuelto aire…”

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Nombre en el viento

Busca ese nombre y se le esconde
en el orden del diccionario.
Olió la hoja y su recuerdo,
saltó la palabra a sus labios
y las letras danzaron,
unidas por un instante
antes de volver a ser libres.
El misterio escapó vuelto aire
en la increíble fragilidad del tiempo,
hacia aquel patio,
el sitio verde de la infancia,
un instante en la historia
de una casa
y ésta en la de un país.
Un coágulo agreste
cuyos cimientos pocos ya
conocen, aman.

(Ida Vitale, de su poemario Casa en el viento)
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Un poema de Lêdo Ivo

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El sol de los amantes

El oficio de quien ama es ver
un sol oscuro sobre la cama,
y engendrar en el frío el fuego
de un verano que calla su nombre.

Es ver, constelación de pétalos,
cuando la nieve cae sobre la tierra,
algodón del cielo, aire del silencio
que nace entre dos espaldas.

Es morir, lúcido y secreto,
cerca de tierras absolutas,
de ese amor que mueve las estrellas
y encierra a los amantes en un cuarto.

(Este y otros poemas se pueden leer en Material de Lectura)
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Lector y escritor nacen del conflicto

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“El lector, como el escritor, nace del conflicto”, escribe Juan José Millás. Sin conflicto, se ha dicho siempre, no hay lectura ni escritura. Porque algo está mal en el mundo (o entre el mundo y nosotros), leemos y escribimos. El escritor y el lector surgen gracias al desacuerdo. “Tanto el uno como el otro […] son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón […]

Leer y escribir son vicios que se cultivan en la clandestinidad y la soledad porque hay algo, o mucho, de transgresión en ellos. O había, pues como afirma Millás hoy existe un extraño consenso respecto a las virtudes de la lectura, lo que probablemente está alejando de ella a los jóvenes ávidos de adrenalina.

Por acá les dejo un fragmento del artículo publicado en revista v del diario El País:

A veces me llaman profesores de enseñanza media para que acuda a sus centros de trabajo e intente convencer a sus alumnos de que lean.

-¿De que lean qué? -pregunto.

-Cualquier cosa -dicen-. Novelas, por ejemplo.

A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas. Las leía debajo de las sábanas, sujetando con los dientes la linterna con la que mi padre nos miraba la garganta cuando teníamos anginas. Mi padre no era médico: nos veía la garganta por vicio. Tampoco yo era un lector profesional. Me asomaba a la boca de los libros por una inclinación morbosa. Jamás pensé que esa actividad formara parte de mi educación, aunque más tarde comprendería que se empieza a leer por las mismas razones por las que se empieza a escribir: para comprender el mundo.

Iremos por partes, pero permítanme de entrada la afirmación de que el lector, como el escritor, nace del conflicto. Sin conflicto no hay escritura ni lectura. Leemos y escribimos porque algo no funciona entre el mundo y nosotros. El conflicto no desaparece al leer o al escribir, pero se atenúa de manera notable. Decía Blanchot que la página del libro (del libro literario, quiero decir, de la novela, del poema, del buen ensayo) tiene dos caras; en una se mira el escritor y en la otra el lector, aunque los dos buscan lo mismo: un espejo que les devuelva de sí y de la realidad una imagen menos fragmentada que aquella que sufren a diario. Tanto el uno como el otro, tanto el escritor como el lector, son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón, diríamos, allí es donde se encuentran.

El libro ha tenido siempre algo de callejón frecuentado por personas huidizas con tendencia, como decíamos, a la clandestinidad. Por eso, uno de los factores que más daño ha hecho a la lectura es el consenso respecto a sus virtudes. Cuando yo era pequeño, cuando yo era joven, la lectura no estaba muy bien vista. Los niños y los adolescentes lectores dábamos un poco de miedo a nuestros padres, a nuestros profesores. Ese miedo de los otros nos confirmaba que estábamos en el buen camino. Por haber, había incluso una lista, una bendita lista de libros prohibidos por el Vaticano, que eran, lógicamente, los que con más ansia buscábamos. Hoy, en cambio, todo el mundo asegura que leer es bueno. Lo dicen los padres, lo predican los profesores y lo corroboraría, si tuviéramos la oportunidad de preguntarle, el ministro del Interior. Con franqueza, si yo fuera adolescente, ni me acercaría a una actividad ensalzada por mis padres, por mis profesores y por el ministro del Interior. Me entregaría a los videojuegos, que producen aún mucha inquietud en las personas de orden

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