Un mapa para el lector común de historia

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Letras Libres publica en su número de este mes una interesante y amena reflexión de Mauricio Tenorio Trillo sobre qué leer, cómo leer y hasta dónde leer libros de historia, sobre todo hoy que parecen abundar y gozar de muchos lectores las novelas históricas y los bestsellers. ¿Cómo debe moverse el lector común, pues, entre tantos libros? Mauricio propone lo siguiente:

Existen más libros –en papel o electrónicos– que nunca antes, lo cual no quiere decir que haya más variedad y más lectores. Fernando Escalante o Gabriel Zaid lo han explicado ya. Aquí hablo de libros de historia y de lectores en mangas de camisa, porque lectores los hay por trabajo y por pasión y yo creo que existe el lector(a) de historia por pasión; a ese lector me dirijo, a ese devoto, pero no experto, que lee historia porque le gusta. Pero ante tanto libro, ¿qué leer?

I.

La relación entre el lector común y la historia presenta dos paradojas enlazadas:

1. a. Los historiadores profesionales dan soponcio ßà b. la historia vende.

2. a. Nunca antes hubo acceso a tanta historia (libros, internet, cine) ßà b. en términos de conocimiento histórico, para el lector común no se demanda ni oferta mucho más que variaciones de lo mismo que se viene diciendo por más de medio siglo.

Probar o desmentir 1a es innecesario. La proposición es irrefutable: si lo que hacemos los historiadores profesionales es bueno o malo, es discutible, pero no el soponcio que producimos al lector común.

Probar 1b con rigurosidad llevaría a listar los libros de historia y las novelas históricas que han estado en las listas de los más vendidos, digamos, en la última década en Argentina, España, Francia, México o Estados Unidos. No lo haré, pero lo afirmo: la historia vende, no se requiere fe para estar de acuerdo conmigo, cualquiera que visite librerías, que sea adicto a series de televisión o al cine o que frecuente quiscos de revistas, coincidirá que la historia ha de vender, porque si no ¿por qué hay tanta?

De 2a digo que es una verdad absoluta pero engañosa. Una simple búsqueda en el catálogo más completo de bibliotecas del mundo (Worldcat), revela lo siguiente: bajo la materia “México-Historia”, con fecha de publicación entre 1950 y 1970, se agrupan 14,500 entradas, sobre la materia “Estados Unidos-Historia”, 93,500; entre 1971 y 1990, la cifra asciende a 30,000 y 200,000 respectivamente. Y de 1991 a 2014 se registran 91,000 entradas clasificadas como historia de México y medio millón de historia de Estados Unidos. Datos impresionistas, sin duda, pero que sirven para entender lo obvio. Existe una mayor producción historiográfica, no necesariamente mejor historia pero sí más producción universitaria y más puestos de historiadores. Habría que sumar también la revolución digital: existe un “archivo” (virtual) donde hay millones se páginas de todo tipo de temas y momentos históricos, en el cual reina su majestad Wikipedia, el oráculo de la sabiduría de nuestros estudiantes, tertulianos y comentaristas de periódico. Además, varios archivos han empezado a digitalizar sus fondos y hoy existen miles de documentos en la red: medievales, del siglo xix, carpetas desclasificadas del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Todo ello sin mencionar a Google Books y HathiTrust (casi 12 millones de volúmenes digitalizados), dos inmensas bibliotecas virtuales que hacen pensar que, en teoría, los historiadores, los novelistas históricos o los sesudos comentaristas no necesitarían moverse de su silla para escribir y saber toda la historia.

Sin embargo, el acceso a la mucha historia es engañoso. No está todo y en términos de investigación histórica no se ha inventado una manera mejor que perderse en archivos y bibliotecas. Además, cualquier archivo tradicional da más libertad para el hallazgo que internet. ¿Qué tanto somos nosotros quienes buscamos en Internet y qué tanto somos los buscados? Los resultados de Google, y el orden en que aparecen, o nos pierden o nos recetan una interpretación sobre lo que se considera importante. De acuerdo, mucho internet, pero ¿qué leer?

Es un sueño creer, en México o en Brasil, que todo mundo tiene acceso a la red, sin contar con que las grandes colecciones digitales de libros, revistas o documentos son privadas y requieren de carísimas suscripciones que solo pueden costear las universidades. Es indudable, sin embargo, que vivimos tiempos de la “mucha historia” y tanto sol no deja ver –la abundancia hace difícil el consumo de historia para el lector común.

¿Qué leer? ¿Cómo empezar? ¿Qué información es confiable? ¿Qué interpretación es buena o reveladora? ¿A quién creerle? Esto, me temo, sigue siendo cuestión de expertos o de lectores de raza, de esos obsesionados con libros y con la historia. Así de feo y elitista.

De 2b –que en términos de conocimiento histórico, para el lector común no se demanda ni oferta mucho más de lo mismo– no puedo hablar con datos solo con la experiencia de años de dialogar con estudiantes, profesores de preparatoria y secundaria, doctores, abogados, científicos… En México, en la fiebre centenaria y bicentenaria, se consumió “novela histórica Google” que repetía lo de siempre. No hubo siquiera una nueva suma historiográfica que revolucionara la consideración pública de la historia nacional como lo hizo en su día México, su evolución social. En Estados Unidos sí han habido libros o documentales “de difusión” que han creado variaciones en la conciencia histórica. Temas como la American Revolution (la revolución de independencia) o la Guerra Civil son demandados y consumidos con giros y apéndices nuevos e interesantes. Pero en México pasa esto: no hace mucho departía yo mesa con dos abogados de renombre, un pedagogo, una economista y un editorialista y caricaturista de fama nacional, todos cultos y viajados, vamos, el tipo ideal del lector común de historia. Uno de los abogados es tan culto que trama una novela histórica y preguntó al amigo historiador (yo): ¿por qué la diferencia de desarrollo entre México y Estados Unidos? No pude contestar, el editorialista, en cambio, se lanzó tremenda explicación que al unísono la mesa coreó y apuntaló con variaciones sobre eternos temas: protestantismo vs. catolicismo, ellos mataron indios vs. nosotros no, individualismo vs. colectivismo, Inglaterra vs. España… Eso sí, aquí y allá los viejos argumentos se endulzaron con genética, economía, biología o teoría de juegos, todo sacado al pelo del último libro de Niall Ferguson o Steven Pinker. Gente culta, estos consumidores de la “historia de difusión”. Pero parecían no haber recibido nada diferente a lo que se leía a fines del siglo xix ni tampoco querían saber más. No es que yo, el historiador, no pudiera, en lengua franca, meter alguna duda en los lugares comunes, es que esas dudas “no se ocupan”. De cualquier forma, probar 2b es dilatado y complicado. Aquí sí, pido fe: sé de qué hablo. E incluso si no se me creyera, concédaseme que tanta historiografía que se produce no llega al lector común y que entre tanto libro e internet es difícil decidir qué leer.

Ante estas paradojas, para saber qué leer y cómo en los tiempos de los demasiados libros, los monopolios editoriales, los grandes premios, los bestsellers efímeros, faltan mapas de circulación. Las guías convencionales son las reseñas de libros y las discusiones historiográficas en los suplementos y revistas no académicas. También sirven de guías los programas de radio dedicados a la historia, las revistas de lo que los ingleses llaman public history. En inglés, existen algunas pocas; en español, muchas menos. Cada aniversario de esto o aquello habrá un número de la revista x dedicado a la discusión, pero no muchas reseñas de libros de historia. Y los tertulianos que, en los medios de comunicación, discuten public history hablan de datos y anécdotas o promueven sus propios libros, pero hablan poco de libros de historia. En español, la discusión de historia existe, mejor o peor, en las revistas especializadas. En México, Istor reseña sistemáticamente historia con un público no especializado en mente. Nexos y Letras Libres cada tanto incluyen un libro de historia en su sección de libros. ¿Por qué ese libro y no veinte más que han salido? La respuesta casi siempre tiene que ver con redes, con amigos y enemigos, pero no con guiar al lector de historia.

Como todos los de mi gremio, soy burdo en traducir y en resumir lo que los historiadores vamos discutiendo y descubriendo. Culpa nuestra. Quiero al menos ofrecer un somero mapa para el lector común de historia. Pero antes acordemos la anatomía mínima del libro de historia

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Tres poemas de Clarisse Nicoïdski

clarisse

La editorial Sexto Piso publicó un libro bellísimo de los poemas completos de Clarisse Nicoïdski (Lyon, 1938-París, 1996), considerada por la crítica como “la poeta de lengua sefardí más importante del siglo XX”. Les comparto tres poemas del libro El color del tiempo:

cuéntame la historia
que camina en tus ojos
cuando los abres por la mañana
cuando el sol
entra con su aguja de luz
en tus sueños

De Los ojos Las manos La boca (1978)
***

una mano tomó la otra
le dijo no te escondas
le dijo no te cierres
le dijo no te espantes

una mano tomó la otra
puso un anillo al dedo
puso un beso en la palma
y un puñado de amor

las dos manos se tomaron
levantaron una fuerza
para tirar paredes
para abrirse los caminos

De Los ojos Las manos La boca (1978)
***

seguiremos nuestro antojo
hasta el nuevo amanecer
ya te daré mi locura
tú me darás tu poder
o mi poder
o tu locura
y nos iremos por el camino
que lleva cerca del calor
calor del mar
de los vapores
que en tus ojos
están esperando

De Caminos de palabras (1980)

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La lectura casi ha desaparecido

El acto de leer y la mirada atenta, reflexiva e interrogadora sobre el arte casi han desaparecido en la actualidad, afirma el ensayista Rafael Argullol en su artículo “Vida sin cultura” (El País, 6/3/2015). Esta expresión puede parecernos exagerada y hasta equivocada, pues hoy tenemos la impresión de que cada vez más personas tienen acceso a los textos y que es posible visitar y recorrer museos en forma virtual cuando se quiera; lo cual es cierto. Parece incluso que estamos leyendo todo el tiempo, aprovechando las ventajas que nos ofrecen nuestros teléfonos inteligentes, tabletas, e-readers y, en fin, la web. Por doquier vemos individuos con el rostro y los ojos hundidos en las palabras o imágenes que reflejan los dispositivos. ¡Nunca se había leído tanto como hoy!, repiten aquí y allá los más optimistas. Si esto es así, ¿en qué sentido puede sostenerse, como lo hace Argullol, que el hábito de la lectura se ha desvanecido drásticamente; que la mirada hacia las obras de arte ha perdido calidad?

Cuando el escritor se refiere al acto de leer no está pensando en la lectura de noticias breves, titulares de periódicos, cápsulas informativas, tarjetas explicativas para burócratas incultos, manuales, bocadillos insípidos de palabras, mensajes…, sino al acto de leer un texto cuya complejidad exige atención, lentitud y soledad. Un texto literario o científico que desafíe nuestra inteligencia, que nos aguijonee mentalmente, que eche andar nuestra memoria y nos obligue a detenernos un poco o mucho en su lectura, sin prisas, con pausa y sin mayores distracciones que las provocadas por la misma lectura. Es este hábito lector el que ha disminuido considerablemente. Según la encuesta que se revise, no se lee nada o se leen sólo baratijas de moda que nos lanza el mercado y libros de curanderos, pseudofilósofos o sanadores que prometen la redención aquí en la tierra. En todo caso, textos que se apartan decididamente de la complejidad en la que está pensando Argullol.

La velocidad que nos demanda la vida de consumo y la brava marea de la información actuales se oponen al sosiego requerido por ese tipo de lecturas. Ya no se quiere leer (o sea, perder el tiempo): basta con engullir durante el día trozos de información que dan la apariencia de que se ha leído, se está informado y se es, ay, culto. Leer implica algo más difícil a lo que pocos están dispuestos: retirarse y guardar silencio temporalmente, desconectarse de tanto distractor, asociar lecturas y cruzarlas con la vida, paladear e interrogar aquello que leemos. “El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad”, escribe Argullol.

Lo mismo suele ocurrir con el pseudoespectador de hoy, quien ya no se detiene a mirar con cuidado una imagen, una pintura, un filme. Su mirar no reflexiona, no cuestiona, no dialoga, no pone en duda lo allí planteado, no se pregunta por su sentido. Su mirar ya no mira, digamos. Lo importante no es ya la observación atenta hacia la obra de arte, sino el falso prestigio de asistir a los cocteles que se organizan en los museos u otros lugares, tomarse una selfie y compartirla de inmediato en las redes sociales. Incluso hay astutos (más sinceros y congruentes, según mi opinión) que ni siquiera se demoran en apreciar lo que se expone, van por lo primordial: los canapés y las relaciones sociales. La suya, si es que la hay, es una mirada de muy baja, cuando no nula, calidad.

Lo que preocupa al escritor español, y creo que a muchos de nosotros, es que con esa disminución del acto de leer con cierta complejidad y el empobrecimiento de la mirada se ha vuelto complicadísimo para muchos jóvenes no sólo entender los textos de cierta extensión y profundidad, sino ser capaces de interrogarlos, de leerlos con una mirada crítica, paciente, desconfiada, informada, polémica. La prisa, la utilidad, el picoteo febril de la información, la banalidad, el exhibicionismo y los escándalos del día prevalecen entre los pseudolectores y pseudoespectadores de hoy. En ese sentido, puede afirmarse que los actos de leer y de mirar de los que nos habla Argullol están perdiendo la batalla en esta sociedad del consumo.

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Nostalgia. Un poema de Rosario Castellanos

Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
-sal, espuma y estruendo-,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.

Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.

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Roger Ebert: la vida misma

Fernanda Solórzano escribe en Letras Libres una interesante reflexión sobre el crítico de cine Roger Ebert y el documental que narra su vida: Life itself. Roger fue parte fundamental de una generación de críticos que no dudó en utilizar las ventajas que le ofrecía la web y de conectar con públicos más amplios. Les comparto un fragmento del texto de Fernanda:

Nadie puede arrebatarle a Roger Ebert el título del crítico de cine más popular de Estados Unidos. Tras su muerte en abril de 2013, periódicos, revistas y programas en varios países le dedicaron el tipo de tributo asociado a quienes protagonizan y dirigen películas, no a los que escriben sobre ellas. Sin embargo, hubo un tiempo en que Ebert era considerado un crítico ubicuo y sin relevancia. Para la comunidad cinéfila “seria”, Ebert y su colega Gene Siskel eran culpables de reducir el análisis del cine a una cuestión de “pulgares arriba” o “pulgares abajo”: el gesto con el que los críticos remataban sus comentarios sobre películas en sus populares programas de televisión.

El ensayo que mejor documenta la cruzada contra la crítica “rápida” fue escrito por Richard Corliss, crítico de la revista Time. Se titulaba “All thumbs: Or, is there a future for film criticism?” y apareció en la edición de marzo/abril de 1990 de la revista Film Comment. En él, Corliss hacía un recuento reverencial de la crítica de cine “de tipo elevado” y afirmaba que sus exponentes –James Agee, Manny Farber, Andrew Sarris, Pauline Kael– eran una especie en extinción. Serían reemplazados, decía, por “un servicio al consumidor que es todo pulgares y cero cerebro”. Corliss argumentaba que la pantalla podía ser una herramienta útil en el estudio del cine dirigido a un público amplio. Así lo demostraban, agregaba, los magníficos análisis cuadro por cuadro que conducía Roger Ebert en algunos festivales. “Sí, ese Roger Ebert”, remataba, confiando en que los lectores compartirían su desencanto al comprender que se refería a uno de los conductores de Siskel & Ebert & the movies, donde los críticos “jugaban a ser emperadores romanos”.

Ebert respondió en el número siguiente de la revista con el ensayo “All stars: Or, is there a cure for criticism of film criticism?” –una invitación serena a reflexionar sobre las necesidades de los nuevos espectadores de cine–. “Llegó la era de la reseña de cine instantánea y empaquetada –arrancaba, desarmando a Corliss–, y muchos asistentes al cine no tienen tiempo de leer a los críticos serios y buenos –los Kaels y los Kauffmanns–.” Lo que Corliss no comprendía, agregaba, era que la nueva tendencia de productores y editores de ofrecer en sus medios “veredictos” de los estrenos, era preferible a la nula difusión que tenía la crítica de cine en los años sesenta. Ebert instaba a Corliss a recordar que fuera de la academia y de un par de revistas especializadas, nadie publicaba comentarios sobre películas. (De la televisión, ni hablar.) Era cierto que la calidad del cine se había ido a pique, pero el interés por comentarlo se había multiplicado de forma exponencial. Y eso, decía, era un motivo para celebrar.

Corliss y Ebert recrearon una escena recurrente en la historia de la cultura. Toda innovación técnica que promete acercar las ideas a mayor cantidad de gente es percibida como un peligro para la integridad de esas ideas. El trasfondo suele ser el miedo de grupos cerrados de perder la custodia de las obras, los libros, los debates. Cada época tiene visionarios que confrontan y se convierten en verdaderos protectores de una tradición. Ebert previó la revolución mediática de fines del siglo y supo que la crítica solo sobreviviría si dejaba de aferrarse a la tinta y el papel. Las razones por las que Ebert insistía en que los críticos debían de aliarse con los medios de masas explican que unos años después aprovechara como ningún otro crítico las posibilidades que le ofrecía la web.

La revaloración de Roger Ebert comenzó apenas en la última década. Podría atribuirse a su presencia en las plataformas virtuales, pero la sola expansión de su base de lectores no era suficiente para que se le percibiera distinto. Tampoco su muerte habría bastado para que algunos lo elevaran de rango. Fue otro incidente el que aceleró su vindicación: un cáncer de tiroides que lo orilló a llevar al límite su capacidad para ejercer la crítica. En marzo de 2010, la revista Esquire llevó en su portada una fotografía impactante del crítico. Ebert miraba a la cámara con expresión aguerrida, mostrando al mundo una cara desfigurada por la ausencia de mandíbula derecha. Se sabía que en 2006 el cáncer se había extendido al tejido adyacente al hueso, y que complicaciones en la cirugía lo habían dejado para siempre sin comer, beber y hablar. La foto, sin embargo, no era un llamado a la lástima. Era más bien la ratificación de un compromiso adquirido cincuenta años antes con sus lectores: nunca interrumpir el diálogo

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Novela de anécdotas

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El suplemento cultural Confabulario publica hoy mi reseña del libro El dios de Darwin, de la narradora, dramaturga y ensayista mexicana Sabina Berman. Les comparto un fragmento del texto:

El Dios de Darwin, última novela de Sabina Berman (México, 1955), vuelve a colocar en el centro de una trama a Karen Nieto, protagonista de La mujer que buceó dentro del corazón del mundo (2011). Autista y genial, solitaria, nerviosa, zoóloga convertida en bióloga marina, adoradora de los atunes que ahora protege y estudia, reacia al contacto con los seres humanos, Karen afirma vivir en el mundo de las cosas, fuera de las palabras, en un lugar que se llama realidad. Es aquí donde comienza la historia narrada por ella misma.

Sumergida en un punto del Atlántico, Karen bucea para encontrar y fotografiar unos puntos luminosos en círculo que llamará luciérnagas marinas y que propondrá para su incorporación en la Enciclopedia de la Vida, del doctor Edward O. Willis. Apenas sube a su barco, Karen enciende su computadora y recibe, de golpe, 15 mensajes con el título de “¡Urgente!” que se habían acumulado. En los correos se le informa de la desaparición de su amigo y compañero de la universidad, Antonio Márquez (Tonio), en una ciudad del Medio Oriente, adonde fue a trabajar para la Oficina de Derechos Humanos de la ONU. La Interpol sólo tiene dos indicios: un video en el que Tonio aparece rodeado de hombres con túnicas y pañuelos en la cabeza y un correo electrónico dirigido a Karen cuyo contenido es una fórmula, una clave o una ficha de catálogo que los detectives no logran descifrar, pero presumen se refiere a un texto de Darwin. Como destinataria del último correo enviado por Tonio, la Interpol solicita su colaboración.

Luego de descifrar la clave de su amigo, Karen viaja a Londres para visitar la abadía de Westminster, donde está la tumba de Darwin e indagar en los archivos del monasterio. Al descubrir la existencia de un documento póstumo de Darwin, su Autobiografía teológica, en la que el Gran Ateo narra su relación con su dios —la cual fue sustraída de los archivos—, Karen se ve envuelta en una intriga internacional religiosa, política y científica, en la que intervienen el Vaticano, musulmanes, judíos y ateos. Del contenido y la autenticidad del texto dependerá si la ciencia y la religión contraen nuevas nupcias o permanecen como mundos separados. La autobiografía, pues, deviene crucial para resolver la controversia ideológica que ha dividido a la humanidad entre creyentes y ateos.

Ya se ha escrito, a propósito de La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, que personajes como Karen Nieto y Christopher John Francis Boone —el joven con síndrome de Asperger protagonista de la novela El curioso incidente del perro a medianoche (2003), de Mark Haddon— ofrecen una mirada peculiar, descarnada, seca y contundente. Su incapacidad para la comunicación ordinaria que hemos desarrollado los humanos “normales”, atestada de códigos, gestos, etiquetas, figuraciones, tonos, chistes, metáforas y malos entendidos, les otorga una perspectiva distinta, ensimismada, más cercana a los hechos concretos que a la mera palabrería. Así, tanto en la vida cotidiana como en la literaria, ese tipo de personajes siempre representarán un cuestionamiento directo a nuestra soberbia racionalista, mediada por el discurso, y a ese sentimiento de seguridad que nos hace creer que el mundo está a nuestros pies: pienso, luego existo y existe el mundo…

Continuar la lectura aquí.

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Ensayos viajeros de Stevenson

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La editorial Páginas de Espuma acaba de publicar un libro que reúne los ensayos de Robert Louis Stevenson acerca de un arte que él practicó alegremente: el arte de viajar. Un libro pleno de experiencias y vagancias gozosas. El Cultural nos comparte dos ensayos del libro que pueden leerse aquí.

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