Carol, primeras páginas de la novela

Carol

El Cultural nos comparte las primeras páginas de la novela Carol (1952), de Patricia Highsmith, en cuya historia se basó la bellísima película del mismo título, filmada con gran sutileza por Todd Haynes y nominada para este año con seis Oscars.

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Zona de confluencias

Paz

Buena parte de mi formación literaria no sólo la debo a los muchos libros que me han acompañado desde mi juventud, sino sobre todo a revistas y suplementos culturales. Es una pasión que cultivo con esmero; también un vicio que ha empeorado con el paso de los años. Me gustan las revistas y mi casa está felizmente anegada de ellas. Si la lectura de un libro enciende la conversación, la revista cultural es el espacio colectivo donde rebota el eco de esa conversación. Para muchos de nosotros, como apuntó Thomas Carlyle, la verdadera universidad consistió en la lectura tenaz de un puñado de buenos libros y revistas.

Al menos en México puede decirse que las revistas culturales, por sí mismas, constituyen una tradición literaria vinculada con la aparición de grupos y generaciones de escritores. Uno crece editando, leyendo, combatiendo o despreciando ciertas revistas. Fue el caso del poeta Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998): un escritor educado y espoleado por esa literatura fugaz de la imaginación y la crítica que han albergado siempre las mejores revistas. Publicaciones como Ulises, Contemporáneos, Examen, Revista de Occidente, Sur, entre otras, forjaron el temperamento del incansable editor, además de creador, en que se convertiría Paz para toda la vida.

Ya en 1931, con 17 años de edad, funda la revista Barandal con un grupo de amigos y ahí comienza a bosquejar su idea de revista. Búsqueda que pasará por Cuadernos del Valle de México (1933), Taller (1938), Plural (1971) y terminará con la prodigiosa Vuelta (1976), publicación que logró reunir en sus páginas a autores de la talla de Cornelius Castoriadis, Milan Kundera, Cioran, Susan Sontag, Isaiah Berlin, Mario Vargas Llosa, por citar unos cuantos.

Según el libro Habitación con retratos. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, tomo 2 (Ediciones Era / CONACULTA, 2015), del escritor Guillermo Sheridan (Ciudad de México, 1950), para Octavio Paz “una revista es la creación de una zona de confluencias”. El lugar en el que diversas soledades creativas, blasfemos aislados, se encuentran, se unen y se cruzan para la invención de otros mundos y la crítica moral, política, de este mundo. Creación crítica y crítica creativa fueron las marcas que buscó dejar en sus publicaciones. El compromiso era con la literatura: invención verbal y lectura imaginativa de la realidad. “No nos avergüenza decir que la literatura es nuestro oficio y nuestra pasión”.

Paz se sabía temperamental: “Fui vehemente, no mezquino; colérico, no rencoroso; excesivo a veces, nunca desleal. Como todos, acerté y me equivoqué”. Hijo de un siglo de guerras y revoluciones, de esperanzas y desencantos, Paz fue además de creador un persistente polemista en el ágora de los diarios y revistas. De joven creyó en el anarquismo y en el socialismo, para más tarde, con la caída del llamado socialismo real, abrazar la democracia. Lo que provocó duras críticas desde la izquierda y atizó en el poeta ese temple de rival en el campo de las ideas que mucho benefició, estimo, a los lectores.

Los ensayos reunidos en este segundo volumen se acercan a la vida de Octavio Paz a través de una lectura meticulosa de su poesía y ensayística. Y al revés: sus poemas se leen también bajo la luz que sobre ellos arroja una vida cimbrada por el siglo XX.

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Meditación y silencio

BiografiaDelSilencio

No me considero un místico; tampoco soy dado a la meditación. Soy impaciente y un tanto escéptico con las prácticas de la espiritualidad. El silencio y la soledad, en cambio, me han atraído desde siempre; me han servido de refugio en toda ocasión y como oportunidad para entablar un diálogo conmigo mismo. Me he preguntado: ¿de qué esta hecho el silencio? ¿Por qué es tan bella su melodía? ¿qué palabras o no-palabras lo contienen? Por supuesto, el silencio mismo es la única respuesta. Soberano, autosuficiente.

En su libro Biografía del silencio. Breve ensayo sobre meditación (Siruela, colección Biblioteca de ensayo / Serie menor 54, 2015), publicado en 2012 y con 13 ediciones hasta hoy, el novelista, ensayista y sacerdote español Pablo d’Ors (Madrid, 1963) reflexiona, a la vez que narra, su experiencia de sentarse todos los días a meditar; a respirar tranquilamente y acallar los pensamientos. Una experiencia en principio física. Duelen las piernas, la espalda, el pecho, duele casi todo el cuerpo, hasta que se observa en silencio el dolor y por tanto se hace uno consciente del mismo. Desaparece o se mueve de lugar. “La pura observación es transformadora […], no hay arma más eficaz que la atención”.

Vivimos dispersos, desatentos, disgregados, picoteados por la información y por el afán de poseer. No sé si hoy más que ayer, pero hay indicios de que así es en la actualidad. Gilles Lipovetsky, Nicholas Carr y Zygmunt Bauman han estudiado el fenómeno. La meditación, por el contrario, es un acto de resistencia: nos invita a silenciarnos y concentrarnos. Ofrece la revelación de que se puede estar con uno mismo sin planear, sin analizar, sin calcular, sin aprovechar, sin odiar, sin desear, sin rendir, sin codiciar. Entregado a uno, a nuestro mundo interior, dejándose llevar por la vida sin oponerse. “La meditación”, para decirlo con el autor, “nos devuelve a casa”, a la morada del ser.

Pero meditar no es nada fácil; querer hacerlo, menos aún. Estamos acostumbrados, por no decir empujados, a producir, a dar frutos materiales, a conseguir el éxito (siempre valuado en dinero) mediante el esfuerzo, a vivir de prisa y activamente. La meditación exige parar, callar, sentarse, cerrar los ojos y entregarse. “La meditación es una práctica de la espera”. También es una enseñanza constante. Hay que lograr abandonarse, suspender el juicio, salirse de sí, para entender que no somos el ombligo del mundo. Que éste no depende de nosotros. Nuestro lugar es mucho más modesto.

La batalla frontal es con el ego, ese pequeño yo insaciable que nos hace padecer por sus caprichos. Según Pablo d’Ors, la fórmula consiste en aceptar las cosas como son, no como desearíamos que fueran. “Cuando dejas de esperar que tu pareja se ajuste al patrón o idea que te has hecho de ella, dejas de sufrir por su causa. Cuando dejas de esperar que la obra que estás realizando se ajuste al patrón o idea que te has hecho de ella, dejas de sufrir por este motivo. La vida se nos va en el esfuerzo por ajustarla a nuestras ideas y apetencias”. Las marionetas de la ilusión son el verdadero enemigo. Meditar implica limpiar la propia casa.

Biografía del silencio es una pequeña joya del ensayo personal. Una invitación honesta y elocuente al silencio.

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José Emilio Pacheco en “Historias de vida”

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Intensificación de la conformidad

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En un artículo publicado en The New York Review of Books, “A novel kind of conformity”, Tim Parks afirma que hoy día está creciendo entre los novelistas la resistencia a tomar riesgos en la escritura, un tendencia que se empareja con el deseo incesante de recibir comentarios positivos sobre cualquier cosa que se escriba. Una necesidad de ser aprobados.

La atención a las cifras de venta, más que a la calidad literaria, se han intensificado recientemente gracias a los medios electrónicos y la inmediata interacción que ofrecen. Publicas un artículo en Facebook, por ejemplo, y puedes contar, al correr de las horas, cuántas personas lo han visto, lo han compartido o les ha gustado, etc. Lo mismo pasa con la exhibición de un libro en Amazon. Todo conspira para que estemos al tanto, minuto a minuto, de las respuestas y reacciones a lo que hagamos. Queremos saber si la gente está hablando de nosotros o no, obsesión que eleva el miedo a la falta de popularidad y de dinero.

Para Tim Parks, más allá de las ventas y la seguridad financiera del escritor, el camino es otro: cuando trates de escribir algo serio, nuevo, no se lo muestres a nadie hasta que esté terminado, no hables de ello, no busques comentarios. Cultiva un retiro silencioso.

Les comparto unos párrafos del artículo:

What happens when a multi-million dollar author gets things wrong? Not much. Take the case of Haruki Murakami and his recent novel Colorless Tsukuru Tazaki and His Years of Pilgrimage. The idea behind the story is fascinating: What do you do when your closest friends eject you from the group without the slightest explanation? But the narrative is dull throughout and muddied by a half-hearted injection of Murakami-style weirdness–people with six fingers and psychic powers–that eventually contributes nothing to the very simple explanation of what actually happened. The book received mixed to poor reviews from embarrassed admirers and vindictive critics. Nevertheless, millions of copies were quickly sold worldwide and Murakami’s name remains on the list of likely Nobel winners.
How many times would Murakami have to get things wrong, badly wrong, before his fans and publishers stopped supporting him? Quite a few. Actually, no matter what Murakami writes, it’s almost unimaginable that his sales would ever fall so low that he would be considered unprofitable. So the Japanese novelist finds himself in the envious position (for an artist) of being free to take risks without the danger of much loss of income, or even prestige.
This is not the case with less successful authors. Novelists seeking to make a living from their work will obviously be in trouble if a publisher is not confident enough in their success to offer a decent advance; and if, once published, a book does not earn out its advance, publishers will be more hesitant next time, whatever the quality of the work on offer. Authors in this situation will think twice before going out on some adventurous limb. They will tend to give publishers what they want. Or try to.
The difficulties of the writer who is not yet well established have been compounded in recent years by the decision on the part of most large publishers to allow their sales staff a say in which novels get published and which don’t. At a recent conference in Oxford–entitled Literary Activism–editor Philip Langeskov described how on hearing his pitch of a new novel, sales teams would invariably ask, “But what other book is it like?” Only when a novel could be presented as having a reassuring resemblance to something already commercially successful was it likely to overcome the sales staff veto.
But even beyond financial questions I would argue that there is a growing resistance at every level to taking risks in novel writing, a tendency that is in line with the more general and ever increasing anxious desire to receive positive feedback, or at least not negative feedback, about almost everything we do, constantly and instantly. It is a situation that leads to something I will describe, perhaps paradoxically, as an intensification of conformity, people falling over themselves to be approved of
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Menos doctos y más sabios

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¿Cómo leer los Ensayos de Michel de Montaigne (Francia, 1533-1592) en este siglo XXI? ¿Es que aún hoy, en nuestro contexto, tienen algo importante qué decirnos? Como casi cualquier libro que descansa (en realidad nunca reposa) en el panteón de las obras clásicas, que ha sido leído y releído por siglos, los Ensayos de Montaigne han pasado la prueba del tiempo y, dada la universalidad de sus temas, pues nada humano les es ajeno, han logrado mantenerse vigentes hasta nuestros días. Si en los diálogos de Platón asistimos a una dramatización, a una disputa escénica de ideas, en los escritos de Montaigne se nos invita a una viva y placentera conversación. Lo que sucede en sus páginas es el despliegue mismo de la vida; uno camina y respira en ellas. O eso nos hacen sentir.

Acaso por ello el profesor del Collège de France, Antoine Compagnon (Bruselas, 1950), autor de Gato encerrado: Montaigne y la alegoría (1993), El Demonio de la teoría (1998) y ¿Para qué sirve la literatura? (2007), entre varios otros libros de ensayo y ficción, aceptó la invitación que le hicieron para hablar de Montaigne en la radio, durante el verano de 2012, cada día de la semana. Se trataba de bucear con paciencia en las miles de páginas de los Ensayos, encontrar cuarenta pasajes interesantes y de actualidad, con la finalidad de comentarlos brevemente para un auditorio que quizás en ese momento disfrutaba la playa o la quietud de su casa. Un desafío provocador para una época que privilegia la distracción, el consumo y la novedad.

En Un verano con Montaigne (Paidós, 2015) se reúnen cuarenta breves ensayos, originados e inspirados por el aludido programa de radio, transmitido en Francia. Compagnon elige un párrafo o dos de los Ensayos y los sobrevuela con una escritura por demás sencilla y familiar, homenajeando así el estilo que perseguía Montaigne, según sus mismas palabras: “El lenguaje que me gusta es un lenguaje simple y natural, igual sobre el papel que en la boca, un lenguaje suculento y vigoroso, breve y denso, no tanto fino y cuidado como vehemente y brusco”.

No sorprende que desde el segundo capítulo Compagnon aborde ya el tema de la conversación, la discusión, el diálogo, pues era un arte preciado para Montaigne:

Celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro, y me entrego a ella con alegría, y le tiendo mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse. Y con tal de que no se proceda con un semblante demasiado imperiosamente magistral, me complace que me reprendan. Y me acomodo a los acusadores, a menudo más por cortesía que por enmienda; me gusta gratificar y alentar la libertad de advertirme cediendo fácilmente.

Esta humildad tan socrática y pirrónica es esencial en el pensamiento de Montaigne. ¿Qué sé yo? es su insignia. Por eso se acerca vacilante a la discusión. No posee la verdad y ni siquiera está seguro de sí mismo. Los dogmas le parecen absurdos. Si hay algo presente en sus páginas son las referencias a la movilidad, inestabilidad y diversidad. “Sólo la variedad me satisface”, afirma en algún lado. No desea fijar el ser, sino su devenir, su tránsito por este mundo turbulento y cambiante:

El mundo no es más que un perpetuo vaivén. Todo se mueve sin descanso –la Tierra, las peñas del Cáucaso, las pirámides de Egipto— por el movimiento general y por el propio. La constancia misma no es otra cosa que un movimiento más lánguido. No puedo fijar mi objeto. Anda confuso y vacilante debido a una embriaguez natural. Lo atrapo en este momento, tal y como es en el instante en el que me ocupo de él.

Como pensador escéptico, práctico –político y abogado al final de cuentas—, acepta la condición humana, con sus esplendores y sus arraigadas miserias.

Cuando Montaigne se retiró de la vida pública, se puso a escribir; encontró como refugio lo alto de su torre. No por la escritura misma ni por la gloria, sino para releer a los antiguos que tanto amaba (Plutarco, Cicerón, Horacio, Séneca); para aprender de ellos cómo pensar, vivir y morir. La Historia, la filosofía y la poesía como lecciones de la vida práctica. Filosofar es aprender a morir. Únicamente los pedantes tienen por oficio “rapiñar la ciencia en los libros”, no para el entendimiento: sólo por acumulación y prestigio vano. Lo provechoso para Montaigne es la docta ignorancia, o la ignorancia inteligente de Gabriel Zaid, una educación cuyo fin sea cultivar el asombro y la sabiduría, el saber hacer y el saber vivir, antes que la cantidad de información y conocimientos, el llenado inútil de la memoria. Menos doctos y más sabios.

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Misoginia e impunidad

Selva

Hay asesinatos cuyo motivo es el odio, el desprecio, el prejuicio social. Crímenes como del odio de Dios, para citar a César Vallejo. La víctima es vejada y asesinada brutalmente solo por lo que es, lo que representa. Por su género, su nacionalidad, su salud, su creencia religiosa, su edad, su raza, su preferencia sexual, su afinidad política, etcétera. De entre las personas o grupos desaventajados, siempre hay uno más vulnerable. Ese parece ser el caso de las mujeres. La violencia por razones de género, en forma de acoso, violación, golpes o asesinato, según se revisen estadísticas aquí y allá, no ha disminuido sino aumentado en muchos lugares. De acuerdo con el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, “al menos 1.678 mujeres fueron asesinadas por razones de género en 14 países de América Latina y tres del Caribe”.

En Chicas muertas (Literatura Random House, 2015), Selva Almada (Entre Ríos, 1973) relata y reconstruye las historias de tres chicas asesinadas con saña en la provincia de Argentina en los años ochenta: Andrea Danne (19 años), María Luisa Quevedo (15 años) y Sarita Mundín (20 años). No se trata solo de mujeres, hay que subrayarlo, sino de mujeres pobres, como la mayoría de las muertas de Juárez, como se le conoció a la tragedia de mujeres torturadas y asesinadas, sistemáticamente, en esa ciudad del norte de México (recogida en el libro Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez, y narrada en la novela 2666, de Roberto Bolaño). Género y pobreza: doble estigma y marginación.

La noticia del asesinato de Andrea llegó a oídos de Selva la mañana del 16 de noviembre de 1986. Tenía trece años de edad. Nunca pudo superar el impacto. Fue así como empezó a escribirse este libro en su cabeza. Conforme pasaban los años, con cada nueva muerta que se sumaba, María Luisa, Sarita y cientos más, regresaba el recuerdo de Andrea y su final violento, en su propia cama, con una puñalada en el corazón. No existía el concepto de feminicidio, pero, como todos, había escuchado historias de agresiones contra mujeres. “No sabía que a una mujer podían matarla por el solo hecho de ser mujer”, hacerla objeto de misoginia, abuso o desprecio. Fue una revelación: incluso en tu propia casa podían matarte. “Ahora tengo cuarenta años y, a diferencia de ella y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Sólo una cuestión de suerte”.

Dice Terry Eagleton que “lo importante de ficcionalizar la historia es reconfigurar los hechos con el fin de poner de relieve lo que uno entiende que es su significado subyacente”. Esto es algo de lo que hace Selva Almada en Chicas muertas, una crónica literaria en clave autobiográfica –sustentada en archivos periodísticos y judiciales, así como en entrevistas a familiares, amigos y parejas de las víctimas— que reorganiza los relatos, leyendas y rumores que se formularon acerca de estas muertes atroces con el objetivo no sólo de dar voz a las víctimas, sino de reinventar, sospechar y rebatir, mediante los recursos de la crónica y la ficción, la llamada verdad jurídica. No sorprende que a raíz de un feminicidio, ocurrido en 2002, se haya formado la asociación “Verdad Real, Justicia para Todos”. Como si los hechos y la verdad procesados en instancias judiciales penales, al menos en países como los nuestros donde es alta la corrupción, carecieran de veracidad.

Además de la violencia, el género, la juventud y la pobreza, destaca otro elemento común en los casos aquí relatados: la impunidad absoluta.

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