Sobre Ignacio Padilla

Ignacio-Padilla

El pasado sábado murió el escritor mexicano Ignacio Padilla (1968-2016), acaso el escritor más importante y completo de la llamada Generación del Crack, autor de una extensa obra narrativa y ensayística. Una noticia muy lamentable no sólo para las letras mexicanas, sino, sobre todo, para quienes apreciaban al amigo sincero, honesto y risueño que supo ser Nacho (como le llamaban sus amigos).

El polítólogo y ensayista Jesús Silva-Herzog Márquez escribió, a manera de homenaje y recuerdo, un artículo sobre el hombre de letras cuya sonrisa era pura naturalidad:

Físico cuéntico

Pensando en Cervantes, nuestro máximo poeta dijo que aprender a ser libre era aprender a sonreír. Para Ignacio Padilla, la sonrisa no era aprendizaje sino naturaleza. No había esfuerzo ni impostura en la cordialidad de su gesto. En un tiempo malhumorado y quejumbroso, Nacho sonreía con la naturalidad con la que parpadeaba. Así lo retrataron todas las cámara, así lo han recordado todos sus amigos: sonriendo. “Saludaba sonriendo con esa gracia que empieza por los ojos y la mirada poco a poco se volvía palabra, escribió hace unos días Jorge F. Hernández. Leía en voz alta con entonaciones y gestos que mantenían su boca en media luna, e incluso callado y oyente, Nacho parecía sonreír.”

Se entregó, como pocos lo han hecho en mi generación, al gozo de la literatura. A su culto. Apenas se distrajo en otras ocupaciones. Si alguna vez se desvió de el taller donde combinaba palabras, regresó de inmediato a la vocación. Fue un lector atentísimo que encontró en Cervantes una fértil obsesión. Iba y volvía al Quijote y en cada viaje encontraba algo fresco. Fue un crítico afilado que supo compartir, ante todo, el entusiasmo por las letras. No cayó nunca en el pedantismo académico: No se dedicó, a pesar de su imponente erudición, a la explotación de irrelevancias. Debe haber sido, simplemente, un lector que trasmite sus pasiones. Recordaba la indignación del lingüista Roman Jakobson al conocer que Nabokov había sido invitado a la facultad de Harvard. ¿Cómo es posible que se admita a este advenedizo? Aún admitiendo que fuera un buen novelista, decía el profesor, no conoce la teoría, no es uno de nosotros. ¿Invitaremos ahora al elefante para que dé clases de zoología? Así se sentía Ignacio Padilla frente a sus alumnos: un elefante dando el curso de paquidermos. Contagiaba

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“El misterio escapó vuelto aire…”

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Nombre en el viento

Busca ese nombre y se le esconde
en el orden del diccionario.
Olió la hoja y su recuerdo,
saltó la palabra a sus labios
y las letras danzaron,
unidas por un instante
antes de volver a ser libres.
El misterio escapó vuelto aire
en la increíble fragilidad del tiempo,
hacia aquel patio,
el sitio verde de la infancia,
un instante en la historia
de una casa
y ésta en la de un país.
Un coágulo agreste
cuyos cimientos pocos ya
conocen, aman.

(Ida Vitale, de su poemario Casa en el viento)
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Un poema de Lêdo Ivo

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El sol de los amantes

El oficio de quien ama es ver
un sol oscuro sobre la cama,
y engendrar en el frío el fuego
de un verano que calla su nombre.

Es ver, constelación de pétalos,
cuando la nieve cae sobre la tierra,
algodón del cielo, aire del silencio
que nace entre dos espaldas.

Es morir, lúcido y secreto,
cerca de tierras absolutas,
de ese amor que mueve las estrellas
y encierra a los amantes en un cuarto.

(Este y otros poemas se pueden leer en Material de Lectura)
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Lector y escritor nacen del conflicto

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“El lector, como el escritor, nace del conflicto”, escribe Juan José Millás. Sin conflicto, se ha dicho siempre, no hay lectura ni escritura. Porque algo está mal en el mundo (o entre el mundo y nosotros), leemos y escribimos. El escritor y el lector surgen gracias al desacuerdo. “Tanto el uno como el otro […] son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón […]

Leer y escribir son vicios que se cultivan en la clandestinidad y la soledad porque hay algo, o mucho, de transgresión en ellos. O había, pues como afirma Millás hoy existe un extraño consenso respecto a las virtudes de la lectura, lo que probablemente está alejando de ella a los jóvenes ávidos de adrenalina.

Por acá les dejo un fragmento del artículo publicado en revista v del diario El País:

A veces me llaman profesores de enseñanza media para que acuda a sus centros de trabajo e intente convencer a sus alumnos de que lean.

-¿De que lean qué? -pregunto.

-Cualquier cosa -dicen-. Novelas, por ejemplo.

A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas. Las leía debajo de las sábanas, sujetando con los dientes la linterna con la que mi padre nos miraba la garganta cuando teníamos anginas. Mi padre no era médico: nos veía la garganta por vicio. Tampoco yo era un lector profesional. Me asomaba a la boca de los libros por una inclinación morbosa. Jamás pensé que esa actividad formara parte de mi educación, aunque más tarde comprendería que se empieza a leer por las mismas razones por las que se empieza a escribir: para comprender el mundo.

Iremos por partes, pero permítanme de entrada la afirmación de que el lector, como el escritor, nace del conflicto. Sin conflicto no hay escritura ni lectura. Leemos y escribimos porque algo no funciona entre el mundo y nosotros. El conflicto no desaparece al leer o al escribir, pero se atenúa de manera notable. Decía Blanchot que la página del libro (del libro literario, quiero decir, de la novela, del poema, del buen ensayo) tiene dos caras; en una se mira el escritor y en la otra el lector, aunque los dos buscan lo mismo: un espejo que les devuelva de sí y de la realidad una imagen menos fragmentada que aquella que sufren a diario. Tanto el uno como el otro, tanto el escritor como el lector, son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón, diríamos, allí es donde se encuentran.

El libro ha tenido siempre algo de callejón frecuentado por personas huidizas con tendencia, como decíamos, a la clandestinidad. Por eso, uno de los factores que más daño ha hecho a la lectura es el consenso respecto a sus virtudes. Cuando yo era pequeño, cuando yo era joven, la lectura no estaba muy bien vista. Los niños y los adolescentes lectores dábamos un poco de miedo a nuestros padres, a nuestros profesores. Ese miedo de los otros nos confirmaba que estábamos en el buen camino. Por haber, había incluso una lista, una bendita lista de libros prohibidos por el Vaticano, que eran, lógicamente, los que con más ansia buscábamos. Hoy, en cambio, todo el mundo asegura que leer es bueno. Lo dicen los padres, lo predican los profesores y lo corroboraría, si tuviéramos la oportunidad de preguntarle, el ministro del Interior. Con franqueza, si yo fuera adolescente, ni me acercaría a una actividad ensalzada por mis padres, por mis profesores y por el ministro del Interior. Me entregaría a los videojuegos, que producen aún mucha inquietud en las personas de orden

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Tres poemas de Ida Vitale

Ida Vitale

La palabra

Expectantes palabras,
fabulosas en sí,
promesas de sentidos posibles,
airosas,
aéreas,
aireadas,
ariadnas.

Un breve error
las vuelve ornamentales.
Su indescriptible exactitud
nos borra.

Pájaro, comienzo

Fled is that music: -Do I wake or sleep?

Sigo esta partitura
de violentos latidos,
inaudible,
esta alocada médula
escandida por dentro,
canto sin música,
sin labios.
Canto.
Puedo cantar
en medio del más cauto,
atroz silencio.
Puedo, lo descubro,
en medio de mi estrépito,
parecer una callada playa
sin sonidos,
que atiende, suspensa,
el grito permitido de un pájaro
que llama a amor
al filo de la tarde.

Mes de mayo

Escribo, escribo, escribo,
y no conduzco a nada, a nadie;
las palabras se espantan de mí
como palomas, sordamente crepitan,
arraigan en su terrón oscuro,
se prevalecen con escrúpulo fino
del innegable escándalo:
por sobre la imprecisa escrita sombra
me importa más amarte.

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Motel del voyeur

Emiliano Ponzi

(Ilustración de Emiliano Ponzi)

The New Yorker publica en su edición de esta semana una estupenda y deliciosa crónica del escritor norteamericano Gay Talese, uno de los fundadores del periodismo literario, acerca de Gerald Foos, un individuo que a finales de los años sesenta compró un motel de veintiún habitaciones con el objetivo de espiar a sus huéspedes en sus actividades sexuales, particularmente a las parejas jóvenes.

A través de unos conductos o respiraderos que instaló en el ático de algunas habitaciones, Gerald se dedicó a observar durante décadas el comportamiento sexual de cientos de norteamericanos y algunos extranjeros. Nunca creyó que lo que hacía estaba mal, pues ningún huésped sabía que lo observaban y, por tanto, en la lógica de Gerald, no se les invadía en su privacidad.

Este singular personaje del que nos habla con detalle Talese, se miraba así mismo como un investigador sexual serio, dotado de un laboratorio más real y confiable que aquellos utilizados por otros científicos de la sexualidad que requieren el consentimiento de los sujetos estudiados. Y cuando las personas se saben estudiadas y observadas tienden a mentir, lo que no ocurría en el motel de Gerald Foos. Por eso, el mirón consideraba de gran importancia su trabajo y decidió registrar cada encuentro sexual que pudo atestiguar.

A principios de 1980, Gerald Foos escribió a Gay Talese para compartirle su voluminoso diario de voyeur que algún día, en el futuro, serviría para escribir un libro sobre conducta sexual. Gerald Foos quizás ignoraba que el registro puntual que realizó durante décadas a partir de las observaciones en el ático de su motel hablaba más de sí mismo, de sus obsesiones, que de los hombres y mujeres espiados.

El libro de Gay Talese, The Voyeur’s Motel, basado en los escritos de Foos, saldrá a la venta el 12 de julio de 2016. Por lo pronto, The New Yorker nos ofrece parte de esta interesante historia:

I know a married man and father of two who bought a twenty-one-room motel near Denver many years ago in order to become its resident voyeur. With the assistance of his wife, he cut rectangular holes measuring six by fourteen inches in the ceilings of more than a dozen rooms. Then he covered the openings with louvred aluminum screens that looked like ventilation grilles but were actually observation vents that allowed him, while he knelt in the attic, to see his guests in the rooms below. He watched them for decades, while keeping an exhaustive written record of what he saw and heard. Never once, during all those years, was he caught.

I first became aware of this man after receiving a handwritten special-delivery letter, without a signature, dated January 7, 1980, at my house in New York. It began:

Dear Mr. Talese:
Since learning of your long awaited study of coast-to-coast sex in America, which will be included in your soon to be published book, “Thy Neighbor’s Wife,” I feel I have important information that I could contribute to its contents or to contents of a future book.

He then described the motel he had owned for more than ten years.

The reason for purchasing this motel was to satisfy my voyeuristic tendencies and compelling interest in all phases of how people conduct their lives, both socially and sexually. . . . I did this purely out of my unlimited curiosity about people and not as just a deranged voyeur.

He explained that he had “logged an accurate record of the majority of the individuals that I watched”

and compiled interesting statistics on each, i.e., what was done; what was said; their individual characteristics; age & body type; part of the country from where they came; and their sexual behavior. These individuals were from every walk of life. The businessman who takes his secretary to a motel during the noon hour, which is generally classified as “hot sheet” trade in the motel business. Married couples traveling from state to state, either on business or vacation. Couples who aren’t married, but live together. Wives who cheat on their husbands and visa versa. Lesbianism, of which I made a particular study. . . . Homosexuality, of which I had little interest, but still watched to determine motivation and procedure. The Seventies, later part, brought another sexual deviation forward, namely, group sex, which I took great interest in watching . . . .
I have seen most human emotions in all their humor and tragedy carried to completion. Sexually, I have witnessed, observed and studied the best first hand, unrehearsed, non-laboratory sex between couples, and most other conceivable sex deviations during these past 15 years.
My main objective in wanting to provide you with this confidential information is the belief that it could be valuable to people in general and sex researchers in particular.

He went on to say that although he had been wanting to tell his story, he was “not talented enough” as a writer and had “fears of being discovered.” He then invited me to correspond with him in care of a post-office box and suggested that I come to Colorado to inspect his motel operation:

Presently I cannot reveal my identity because of my business interests, but [it] will be revealed when you can assure me that this information would be held in complete confidence.

After reading this letter, I put it aside for a few days, undecided on whether to respond. As a nonfiction writer who insists on using real names in articles and books, I knew that I could not accept his condition of anonymity. And I was deeply unsettled by the way he had violated his customers’ trust and invaded their privacy. Could such a man be a reliable source? Still, as I reread the letter, I reflected that his “research” methods and motives bore some similarity to my own in “Thy Neighbor’s Wife.” I had, for example, kept notes while managing massage parlors in New York and while mingling with swingers at the Sandstone nudist commune in Southern California (one key difference: the people I observed and reported on had given me their consent). Also, the opening line of my 1969 book about the Times, “The Kingdom and the Power,” was: “Most journalists are restless voyeurs who see the warts on the world, the imperfections in people and places.”

As to whether my correspondent in Colorado was, in his own words, “a deranged voyeur”—a version of Hitchcock’s Norman Bates, or the murderous filmmaker in Michael Powell’s “Peeping Tom”—or instead a harmless, if odd, man of “unlimited curiosity,” or even a simple fabulist, I could know only if I accepted his invitation. Since I was planning to be in Phoenix later in the month, I decided to send him a note, with my phone number, proposing that we meet during a stopover in Denver. He left a message on my answering machine a few days later, saying that he would meet me at the airport baggage claim.

Two weeks later, when I approached the luggage carrousel, I spotted a man holding out his hand and smiling. “Welcome to Denver,” he said, waving in his left hand the note I had mailed him. “My name is Gerald Foos.”

My first impression was that this amiable stranger resembled many of the men I had flown with from Phoenix. He seemed in no way peculiar. In his mid-forties, Foos was hazel-eyed, around six feet tall, and slightly overweight. He wore a tan jacket and an open-collared dress shirt that seemed a size small for his heavily muscled neck. He had neatly trimmed dark hair, and, behind horn-rimmed glasses, he projected a friendly expression befitting an innkeeper.

After we had exchanged courtesies, I accepted his invitation to be a guest at his motel for a few days.

“We’ll put you in one of the rooms that doesn’t provide me with viewing privileges,” he said, with a lighthearted grin. He added that, later on, he would take me up to the special attic viewing platform, but only after his mother-in-law, Viola, who helped out in the motel office, had gone to bed. “My wife, Donna, and I have been careful never to let her in on our secret, and the same thing goes, of course, for our children,” he said

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Un poema de Adolfo Castañón

Hopper

El suplemento Confabulario publica este poema del escritor Adolfo Castañón:

¿Ese vicio impune?

No le creas al que te dice
que la lectura no tiene castigo.
Leer puede costar la vida.
Pregúntaselo al aprendiz
caído en la fosa común.
Al lector de periódicos
que dejó de envolver
la carne para la perra
en una hoja de diario
y se puso rumiar.

Leer es más peligroso
de lo que el otro se imagina.
“El que añade conocimiento,
aumenta el dolor”.
Para la herida producida
por leer,
no hay paliativos.
Sobre todo,
trata de no re-leer,
y de no pensar.
Hasta esta gimnasia
puede ser un riesgo.
¿Qué hacer?
Quizá,
seguir tomándote fotos
hasta que te acabe la luz.

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