La librería

El Boomeran (g) nos comparte las primeras páginas de la novela La librería (Impedimenta), de la brillante escritora inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000), cuyas novelas recomiendo sin dudarlo, particularmente La flor azul (1995). A continuación los primeros fragmentos de La Librería (historia que ha sido llevada al cine recientemente por Isabel Coixet):

En 1959 Florence Green de vez en cuando pasabauna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Era por la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era la incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza y se le veía un cuarto, la mitad o a veces tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado. Florence tenía la sensación de que si no había dormido nada —y la gente a menudo dice esto cuando quiere decir algo muy diferente— debía de haber sido por pensar en aquella garza.

Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir. Durante más de ocho años, a lo largo de media vida, había subsistido en Hardborough con la pequeña cantidad de dinero que su marido le había dejado al morir, y últimamente se había empezado a preguntar si no tendría la obligación de demostrarse a sí misma, y posiblemente a los demás, que ella existía por derecho propio. La supervivencia a menudo se consideraba lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del este de Inglaterra. Muerte o curación, pensaban sus vecinos, una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio.

Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignifcante vista desde delante y completamente insignificante por detrás. No se hablaba mucho de ella, ni siquiera en Hardborough, donde los amplios espacios permitían ver a todos los que se acercaban, y donde todo lo que se veía era objeto de comentario. Hacía pocos cambios estacionales en su atuendo. Todo el mundo conocía su abrigo de invierno, que era de esos que quizás estuvieran pensados para durar siempre un año más.

En Hardborough, en 1959, uno no podía tomarse una ración de Fish and Chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos. En cierto modo se sentía la necesidad de todas estas cosas, pero a nadie se le había ocurrido —y desde luego nadie pensó que a la señora Green se le hubiera ocurrido tampoco— abrir una librería en el pueblo.

[…]

Continuar con la lectura en este enlace.

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El deseo lector debe contagiarse

Para que un libro deje de ser un simple objeto y se convierta en poesía, narrativa o ensayo, requiere de la lectura. Es el acto de leer el que lo activa y lo anima. La lectura es, en sí misma, un diálogo con el autor o con uno mismo, que suele extenderse a otros lectores mediante una nueva escritura. El lector se transforma en escritor para transmitir lo leído, para relatar sus impresiones y los viajes de papel emprendidos. “La lectura”, escribe el gran ensayista Juan Villoro, “pide compañía”. El deseo lector está ahí para contagiarse.

La Editorial Anagrama puso a circular el libro de ensayos literarios La utilidad del deseo, del escritor mexicano Juan Villoro, y el blog El Boomeran (g) nos comparte las primeras páginas:

El camino de la madera

Hay preguntas inútiles que los adultos no dejan de hacer a los niños o a los jóvenes. Cuando un amigo presenta a su hijo adolescente, le preguntan qué carrera desea estudiar, sabiendo que recibirán una invariable respuesta: «No sé.» Ante un niño de cinco o seis años formulan otra interrogante retórica: «¿Ya sabes leer?» En estos torpes diálogos, la réplica importa poco; el sentido del intercambio consiste en demostrar que el adulto se «interesó » en el niño.

A los seis años yo contestaba de manera poco común a la pregunta sobre la lectura. Estudiaba la preprimaria en el Grupo A del Anexo 1 del Colegio Alemán Alexander von Humboldt de la Ciudad de México. De pronto, un adulto fingía interés en mi condición académica. ¿Ya sabía leer? «Solo en alemán», respondía. Durante nueve años cursé en ese idioma todas las materias, salvo Lengua Nacional. La adquisición escrita del español representó para mí el desplazamiento hacia un idioma posterior, subalterno, extrañamente «sencillo», que por eso mismo me gustaba pero también me parecía carente de importancia. Un dialecto para jugar.

De manera no siempre intencional, he procurado conservar esa relación con mi lengua. Pero como lector aprecio la «extranjería» de los otros, su peculiar creación de un lenguaje privado, único, así escriban en español. Interpretar es traducir.

[…]

El texto completo pueden leerlo aquí.

Les recomiendo también la entrevista que Anna María Iglesia le hizo a Juan Villoro para Letras Libres, a propósito de su libro.

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Entrevista con Cristina Rivera Garza

Cristina Rivera Garza, autora, entre otros, del polémico libro Había mucho humo o niebla o no sé qué (Random House, 2016) dice: “Si yo hubiera creído que escribir quería decir darle gusto a alguien, jamás habría escrito. Para mí la escritura sigue siendo un ejercicio fundamentalmente crítico.” Para la novelista y ensayista, el mejor libro es el que incomoda y toca fibras sensibles.

Alejandra Costamagna entrevista a Rivera Garza en la revista Dossier:

No fue su alumna ni su amiga ni su discípula. No intercambió cartas ni lo escuchó en alguna charla ni lo vio por casualidad en la calle. Tampoco conoció a su familia. La relación de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza con Juan Rulfo fue y sigue siendo así: mediada única y exclusivamente por la lectura. Un vínculo devoto y crítico al mismo tiempo. Por eso donde dice «lectura» no debe entenderse verticalidad y menos pasividad. «La lectura es imaginación, ciertamente, o no es», advierte la novelista, viajera, poeta, historiadora, ensayista y activa bloguera en las primeras páginas de Había mucha neblina o humo o no sé qué (Penguin Random House, 2016). Y luego zanja: «Éste es, luego entonces y sin duda, un Rulfo mío de mí». Porque este libro, que va del diario de viaje a la ficción, pasando por el ensayo, la poesía, la crónica y una particular etnografía, es sin duda sobre Juan Rulfo y su obra, pero también sobre quien escribe estas doscientas cuarenta y cinco páginas. Y sobre el México de mediados del siglo xx y el México de hoy. Y sobre el progreso asociado al despojo. Y, en definitiva, sobre las relampagueantes huellas del tiempo en el presente.

Rivera Garza, quien reside en Estados Unidos desde 1989 y ha sido distinguida con un doctorado honoris causa en la Universidad de Houston, lleva años escarbando en la obra del escritor jalisciense. En su blog Mi Rulfo mío de mí, que inauguró en 2011, transcribió fragmento a fragmento y reconfiguró, con distintas estrategias visuales, la novela Pedro Páramo. Una reescritura personalísima y acaso el embrión de este nuevo libro que, en su proceso, la condujo a indagar en archivos, bibliotecas y hemerotecas, a recorrer los pueblos y los rincones apartados que alguna vez visitó el escritor, a caminar junto a él en un cruce temporal, a subir el Zempoaltépetl (el cerro sagrado de los mixes), tal como lo hizo el Rulfo alpinista, y a seguir, con los ojos muy abiertos, los rastros de un fantasma demasiado vivo como para no dejarse guiar por sus pasos.

«Como suele ser el caso, hay más de un inicio. Todo depende del angular. Tal vez un inicio sea esa primera lectura de Rulfo asignada en una escuela pública del norte de México –dice la escritora, nacida en el estado de Tamaulipas–. Tal vez los regresos constantes, continuos, avorazados a lo largo de los años, hasta ese puñado de páginas. O tal vez los recorridos gozosos, extenuantes, por las sierras de Oaxaca. Y, en definitiva, también ese esfuerzo lúdico de reescritura de Pedro Páramo —palabra por palabra, signo de puntuación por signo de puntuación, en una especie de traducción alucinada del párrafo a la línea corta en distintas métricas. Hay, en todos estos proyectos o exploraciones, la necesidad y el gusto de estar lo más cerca posible de una escritura admirada y querida (no por nada creo que las formas más detalladas de la lectura son tanto la traducción como la transcripción) . Escribir así, haciendo visibles los lazos de deuda que unen a la lectura con la reescritura, por cierto, no es apropiar sino desapropiar: su contrario estético y político.»

Decimos, en Chile, Juan Pérez cuando queremos decir cualquiera, un tipo de a pie, un ciudadano común y corriente. Decimos Juan Pérez para indicar normalidad, medianía. Había mucha neblina o humo o no sé qué es un libro que habla de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno: de un sujeto que tuvo una vida «de a de veras», con las contradicciones, los dilemas éticos y las inquietudes propias de un hombre cualquiera. Intentando establecer vínculos activos entre la obra y la vida de Juan N. Pérez V., Rivera Garza indagó en su experiencia laboral y en las condiciones materiales que sostuvieron la escritura y la obra completa (no sólo sus dos libros publicados, sino también sus miles de fotografías y su rol como editor en el Instituto Nacional Indigenista). En una entrevista que dio a la televisión española al recibir el Premio Príncipe de Asturias, en 1983, Rulfo fue interrogado sobre su largo silencio. «Lo que pasa es que yo trabajo», dijo entonces. Rivera Garza se pregunta en este libro qué significaba trabajar «para un escritor de medio siglo que se veía a sí mismo, además, como el proveedor de una casa». Y su respuesta va al hueso: «Significaba, entre otras cosas, caminar sobre dagas». La autora desentierra minuciosamente esas dagas y nos muestra al escritor como capataz de obreros, agente de ventas y editor de una guía de viajes para una trasnacional de llantas, que impulsó el negocio del turismo en México. Y, más tarde, como asesor de la Comisión del Papaloapan, un organismo oficial que, entre otras funciones y siempre en nombre del progreso y la modernidad, abrió camino al desalojo de comunidades indígenas para albergar grandes represas en sus territorios.

Entonces –era acaso inevitable– este libro, que expande las múltiples lecturas del autor y su obra, ha ido encontrando detractores. La Fundación Juan Rulfo lo catalogó de «difamatorio» y canceló su participación en un encuentro literario organizado por la UNAM, donde estaría Rivera Garza. Es más: prohibió a la universidad el uso de su nombre en la actividad. En redes sociales también han surgido voces discordantes. El escritor Heriberto Yépez, por ejemplo, ha hablado de «apropiación» y «descrédito», y se ha referido al libro como un «retrato amarillista». Pero Rivera Garza lo tiene muy claro: «Si yo hubiera creído que escribir quería decir darle gusto a alguien, jamás habría escrito. Para mí la escritura sigue siendo un ejercicio fundamentalmente crítico. Si una argumentación basada en evidencias concretas y una investigación en archivos públicos a la que cualquier lector tiene acceso resulta incómoda, algo bueno ha de estar haciendo. Un libro que toca fibras tan delicadas y provoca reacciones tan vehementes debe ser, sin duda, un libro necesario».

[…]

Entrevista completa.

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Marginalia. Escritor y lector se encuentran

Es en los márgenes, opinaba Edgar Allan Poe, “fuera de los límites marcados por la página y la imprenta, en la periferia del discurso, donde el escritor y el lector se encuentran.” Es el lugar donde el lector toma la palabra a través de la pluma, coincide, discrepa, replica, escribe y reescribe el texto que tiene frente a sus ojos. A veces anota un comentario; en otras, dibuja o garabatea sobre las tierras vírgenes de la página. A esa costumbre Coleridge la llamó marginaliaEl Cultural publica un breve reportaje de Mireya Hernández sobre esa escritura excéntrica:

Cuando Nelson Mandela estaba encarcelado en Sudáfrica, cayó en sus manos un libro de Shakespeare que circulaba entre los presos y anotó su nombre junto al pasaje de Julio César donde dice: “Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte”. 260 años antes, en la Bastilla, un joven Voltaire estudiaba literatura y escribía en los márgenes de las obras que leía. Los dos tuvieron más suerte que Sir Walter Raleigh, que fue decapitado en Londres justo después de redactar una declaración en el libro que estaba leyendo. En condiciones más favorables, otros como Milton, Quevedo, Thomas Jefferson, Darwin, Jane Austen,William Blake, Melville, T. S. Eliot, Borges o Northrop Frye, encontraron consuelo o libertad en los bordes inmaculados de las páginas.

Coleridge, un apuntador compulsivo, llamó a este hábito marginalia. Los comentarios del poeta inglés eran tan famosos que sus amigos le dejaban sus libros para que se los devolviera marcados. Era una costumbre que ya se practicaba en los textos clásicos del siglo I a. C. (los llamados escolios) y fue muy común en la Edad Media (los monjes que copiaban manuscritos solían llenar los pergaminos de expresiones de hastío y dibujos de conejos homicidas). El humor que puebla los márgenes de los libros puede ser descarnado como el de los frailes o un poco más divertido como el de Juan Ramón Jiménez o el de David Foster Wallace cuando decide dibujarle gafas, bigote y colmillos a Cormac McCarthy en la foto de su ejemplar de Suttree. Luego hay un humor un poco más sarcástico, como el comentario que hace Sylvia Plath junto al fragmento de la novela de Fitzgerald en que Gatsby espera en la entrada de la casa de los Buchannan mientras Daisy hace las paces con su marido: “El caballero espera fuera, el dragón se acuesta con la princesa”.

A veces la ironía se transforma en una crítica mordaz. Coleridge cuestionaba la calidad de las metáforas de Robert Southey. Mark Twain, que llenaba páginas enteras con sus opiniones y vituperios, se rió del inglés “pésimo” de John Dryden y escribió: “Un gato haría mejor literatura que ésta” en una novela de Sarah Grand. El escultor y cineasta sin cine Jorge Oteiza le dedicó un poema a Octavio Paz al comienzo de Árbol adentro donde lo acusaba de no tener talento y escribir poesía vulgar. David Markson, autor de La amante de Wittgenstein (la novela preferida de Foster Wallace), escribió: “Ya lo hemos entendido en páginas anteriores, está empezando a ser aburrido” en los márgenes de Ruido de fondo de DeLillo, casualmente la segunda novela favorita del escritor malogrado. La letra pequeña y precisa de Nabokov solía plasmar en inglés frases lapidarias alrededor de los párrafos que no aprobaba. En una antología del New Yorker calificó todos los cuentos y otorgó la máxima nota a Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger, y a su propio Colette. La mayoría de autores salen mal parados, pero no es de extrañar teniendo en cuenta que el escritor y profesor de literatura describía la obra de T. S. Eliot y la de Thomas Mann como “de segunda” y “estúpida” respectivamente.

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El texto completo puede leerse aquí.

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Milagrosa forma de ver el mundo


(Imagen de Bright Wall, Dark Room)

El epílogo que escribió la cronista Leila Guerriero para acompañar al libro David Foster Wallace portátil (Random House, 2016) fue publicado en el número 35 de la revista Dossier. En su texto, la escritora argentina reflexiona en torno a la obra de no ficción de Foster Wallace y su máquina de mirar única. Van algunos párrafos:

Sin perder de vista la perspectiva: cuando David Foster Wallace publicó en la revista Harper’s «Deporte derivado en el corredor de los tornados» (1991), «Dejar de estar bastante alejado de todo» (1994) y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» (1996), ya era el autor de su novela La escoba del sistema (1987), de los relatos de La niña del pelo raro (1989), y trabajaba en la escritura y corrección de La broma infinita, más de mil páginas que, publicadas en 1996, estallaron con la potencia de un evento de dimensiones jurásicas en el rostro de la li- teratura norteamericana contemporánea. Dicho de otro modo: en los 90, a sus treinta y pocos, Foster Wallace era un escritor de ficción avezado y reconocido (y también un poco aterrado e insatisfecho, porque empezaba a descubrir que el caldero rebosante de ¿placer, prestigio? que esperaba encontrar al pie del arco iris de la vida de escritor no era tal) y, al mismo tiempo, un autor de no ficción casi bisoño. La revista Harper’s le había publicado, en diciembre de 1991, «Tennis, Trigonometry, Tornadoes: A Midwestern boyhood», un texto autorreferencial sobre su adolescencia en el que empezaba hablando de su gusto por las matemáticas, continuaba discurriendo acerca del tenis, del viento endiablado de su Illinois natal, de la difícil morfología del terreno de su Illinois natal, de cómo el viento endiablado y la difícil morfología del terreno afectaban las canchas de tenis y la forma de jugar al tenis en su Illinois natal, de la habilidad que él había desarrollado para sobreponerse a las diabólicas ráfagas de viento y a la difícil morfología del terreno que afectaban a las canchas de tenis en su Illinois natal y de cómo esa habilidad lo había transformado en un jugador más exitoso del que hubiera sido en condiciones normales, para terminar contando lo espeluznante que resultaba vivir en el Corredor de los Tornados (donde, de hecho, se encuentra su Illinois natal) y, atando todas esas digresiones matemáticas, climáticas, geográficas y deportivas en una sola escena que describía una práctica de tenis en la que él y su adversario habían sido sorprendidos por un tornado, en uno de esos cambios de rumbo espectaculares con los que lograba sumergir sus crónicas en atmósferas casi paranormales: «Ninguno de nosotros se había dado cuenta de que hacía bastantes minutos que el viento no soplaba ni nos metía la familiar arenilla en los ojos; una mala señal. (…) Era el 6 de junio de 1978. La temperatura del aire descendió tan deprisa que pudimos notar cómo se nos erizaba el vello». El artículo –que él había titulado originalmente «Deporte derivado en el corredor de los torna- dos»– gustó. Y llevó a todo lo demás. Que, por suerte, fue mucho.

En 1993, Harper’s le ofreció escribir sobre la feria estatal de Illinois, y el resultado fue «Ticketto the Fair», publicado en julio de 1994. En 1995 la misma revista le encargó un artículo acerca de un crucero por el Caribe y el resulta- do fue «Shipping Out», publicado en enero de 1996. «Ticket to the Fair» y «Shipping Out» no son otra cosa que las versiones tamaño revista de «Dejar de estar bastante alejado de todo» y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer», publicados en toda su extensión –con sus títulos originales– en un libro de 1997 llamado, precisamente, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. (Foster Wallace, como todos los periodistas, tenía que adecuar sus textos a medidas humanas, lo cual era una pesadilla para su mirada devoradora y su escritura aluvional: «El ensayo sobre el crucero –le dijo a Tom Stocca, en 1998– era de unas cien páginas, y creo que lo terminé cortando a la mitad. Cada vez que me quejaba, en Harper’s me decían que, así y todo, era la cosa más larga que habían publicado jamás. Con lo cual yo tenía que callarme la boca; si no, hubiera parecido una prima donna más grande de lo que ya soy»). Si «Deporte derivado…» había sido el auspicioso principio, las dos piezas siguientes –basadas ya no en la evocación y la memoria sino en ir, ver y volver para contar– fueron la definitiva puesta en marcha de una obra de no cción que quizás, en un futuro no tan lejano, coloque a David Foster Wallace en el sitio que aún (¿por distracción, por omisión, porque el canon considera que es mejor ser rey en la cción que emperador en territorios reales?) no termina de ocupar: el de haber sido uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos. Alguien que, treinta años después de que Tom Wolfe definiera las bases del Nuevo Periodismo, y de que esa nueva forma no presentara paradójicamente mayor novedad a lo largo de décadas, empezó a hacer algo que no se parecía a nada.

Es difícil saber hasta dónde hubiera llegado. Qué nuevas cosas hubiera podido arrastrar hasta la Tierra, desde los con nes de la galaxia en que vivía, su milagrosa forma de ver el mundo.

[…]

El texto completo se puede leer acá.

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Subrayar las páginas de los libros

La revista TextoS publicó un artículo mío sobre ese vicio o manía que padezco de subrayar o anotar en las páginas de los libros. Les comparto unos fragmentos:

No recuerdo cuándo perdí el respeto a las páginas de los libros; si es que lo tuve alguna vez. Desde hace muchos años comencé a subrayar líneas, luego párrafos y hasta páginas completas mientras leía. También encerraba frases, abría corchetes o paréntesis, ponía signos de interrogación o admiración y otras tantas marcas que estropeaban el silencio y la tranquilidad de las letras allí impresas. A veces hasta reproducía en los márgenes de la página, por el puro placer de la repetición, una palabra, un enunciado, el disparo sordo de una idea o el párrafo entero si el espacio lo permitía. Empecé utilizando lápiz, únicamente. Más tarde empuñé la pluma y acribillé, sin distingos, ediciones baratas y de lujo, libros clásicos y no tan clásicos, libros buenos y también malos, libros propios y ajenos, libros comprados y hurtados, una novela o un libro de aforismos. Todo leía y subrayaba, como un ave de rapiña que planea sobre el vasto campo de la página y de pronto, al mirar a su presa, desciende para atraparla. El sólo hecho de blandir una pluma o un lápiz durante la lectura, en posición de ataque, modificaba la forma de mi lectura, mi acercamiento con el texto. Es el movimiento de un depredador, pero también el de alguien que contribuye a mantener, a su manera, la vitalidad de un libro.

Para George Steiner es esencial leer lápiz en mano, “hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: ‘¡Qué estupideces! ¡Vaya ideas!’ […] Es un diálogo vivo. Erasmo dijo: ‘El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído’.” Para mí, el acto de leer implicó desde muy temprano deslizar la punta de mi pluma debajo de las líneas hasta ir formando estelas de tinta, trayectos de lectura que dejaban constancia de un viaje y sus tesoros.

“El latín legere se deriva de una actividad física. Legere connota ‘escoger’, ‘reunir’, ‘cosechar’ o ‘recoger’” (Ivan Illich). Por eso no sorprende que para los eruditos y teólogos medievales Isidoro de Sevilla y Hugo de San Víctor el arte de leer se comparara con una expedición por los surcos de los que florecerá la semilla de las palabras y la sabiduría. Quien escribe nos ha dejado una tierra sembrada. Cuando leemos y subrayamos, cosechamos; recogemos activamente los frutos de cada línea del texto, resaltamos algún pensamiento, interrogamos ante una duda, nos enfurecemos frente a una estupidez o atrapamos –lanzando una red sobre ella— una frase memorable, “una línea más viva que la vida / como el borde de un cuerpo enamorado / o un pensamiento que se clava en su ser” (Roberto Juarroz). Subrayamos la vida con la vida, para decirlo con el poeta.

En un diálogo imaginado por Petrarca, en el Secretum meum, Agustín propone: “Cada vez que leas un libro y encuentres alguna frase maravillosa que te conmueve o deleite, no confíes en el poder de tu propia inteligencia, sino fuérzate a aprenderlas de memoria y a familiarizarte con ellas meditando sobre su contenido, de manera que cuando te sobrevenga una aflicción muy profunda, tengas el remedio preparado como si lo llevaras escrito en la mente. Cuando encuentres pasajes que te parezcan de provecho, señálalos con claridad, lo que tal vez te sirva para expresarlos en tu memoria, no sea que de lo contrario se te escapen volando.”

¡Señálalos con claridad!, nos aconseja Agustín acerca de pasajes y frases que deleitan y cultivan nuestro espíritu. El libro está ahí no para que lo respetemos y contemplemos como un objeto sagrado, sino para que extraigamos de sus páginas fragmentos de vida, una imagen, una idea, el despliegue de una argumentación, una metáfora, y los aprendamos para repetirlos una y otra vez en nuestra memoria, que sean parte de nuestra vida cotidiana, que nos ayuden a encontrar lugar en este mundo y movernos en él. “Hay frases que llaman la atención sobre sí mismas […] Parecen un milagro que se produjera solo” (Gabriel Zaid). Quizás la dignidad y calidad imaginativa de un libro se reconozca por los subrayados que motivó en el lector. Lo esencial de la lectura, ya se ha dicho, reside en esos momentos en que se levanta la vista y aparecen asociaciones inesperadas; lo esencial en el arte de subrayar se da cuando uno baja la pluma o el lápiz y captura esas oraciones o imágenes hechas de palabras que, por diversas razones, son un feliz hallazgo…

Pueden continuar la lectura aquí.

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La emoción exaltada de Leila Guerriero


Foto: UDP-María José Durán

La escritora y periodista Leila Guerriero (1967, Argentina) nos habla, casi de una manera compulsiva (“soy hija de la emoción exaltada”), de su pasión temprana por la lectura y la escritura, de su acercamiento metódico a los clásicos, de su comprensión, gracias a un maestro, de que “mi labor no es brincar de fiesta en fiesta sino permanecer oculta y escribiendo, y que hay que responder con el cuerpo, el alma y la cabeza las consecuencias de todo lo que hacemos…”, de sus inicios como periodista y el descubrimiento de la mirada profunda de Martín Caparrós, el cine, etc.

No dejen de leer el siguiente ensayo autobiográfico, publicado por la Revista de la Universidad de México de este mes:

Escribo como si boxeara. Hay una rabia infinita dentro de mí, una violencia infinita dentro de mí, una nostalgia infinita dentro de mí, una furia infinita dentro de mí, un arrebato ciego dentro de mí. Porque siempre, siempre, siempre, escribo como si boxeara. O mejor: ¿por qué, siempre, siempre, siempre, escribo como si boxeara?

***

Hace días que intento encontrar una escena, la escena primigenia, el momento en que todo comenzó. Y no la encuentro. Seguramente porque esa escena no existe. Recuerdo, apenas, una calcomanía a medias rota, pegada en los azulejos de la cocina del pequeño departamento alquilado de la calle Narbondo de la ciudad de Junín en el que vivía con mis padres. Yo no debía tener más de cuatro años, pero recuerdo esa calcomanía —una casita de tejados rojos que habría pegado allí algún inquilino anterior—, y recuerdo que, mirándola, encontraba cierto solaz, cierto refugio, como si el mundo pudiera condensarse y desaparecer dentro de las infinitas posibilidades de vida que yo imaginaba en esa casa —y que he olvidado por completo, aunque no olvidé la sensación de haber imaginado cosas—, y recuerdo también a mi padre sentado a mi lado en la cama, antes de dormir, leyéndome en voz alta las historietas de Larguirucho, del Pato Donald, de la Pequeña Lulú, y que fue así como descubrió que me había quedado sorda, porque me hacía preguntas sobre lo que acababa de leerme y yo seguía con la vista fija en las tiras, sin responder. La sordera no duró mucho, pero me pregunto ahora si era sordera o si ya era todo lo que fue después: abstracción, abducción, inmersión en esos mundos a los que yo agregaba fantasía y que, ingenuamente, creí construir cuando en verdad era víctima de ellos: cuando esos mundos me construían a mí.

Pero todo eso no importa. Es un comienzo falso, innecesario. Algo que escribí sólo porque no quería ir directo al tema. Porque el tema implica revolver armarios viejos, hundir los dedos en el polvo de fantasmas pasados, revisar tiempos remotos para entender algo imposible: qué cosas hubo que leer y escuchar y ver —y pasar— para que esto —este oficio de escribir— resultara en algo con voz y mirada propias. De modo que no vengo a preguntarme cómo fue que empezaron las cosas, sino quiénes fueron mis maestros y mis héroes: aquellos que, con su forma de ver el mundo, construyeron —y construyen— mi forma de verlo y de contar. Vengo a preguntarme qué materiales hay en lo que escribo, y por qué son esos y no otros, y de dónde provienen. Qué hay en ese tejido en el que se mezclan una infancia de apache en un pueblo de provincias, la melancolía de todos los domingos de la Tierra, la esquizofrénica biblioteca de la casa de mis padres, el combinado de mi abuela en el que escuchaba tanto a Beethoven como a las estrellas del Festival de San Remo, las revistas como El Tony y D’artagnan que consumía cual drogadicta, las noches de invierno cazando liebres en el campo con escopeta de dos caños a bordo de un Rastrojero azul y las tardes de verano amarillas y celestes en la pileta del Golf, haciendo la plancha boca arriba, encandilada por el sol, sintiéndome tan feliz que, en el fondo, era como estar triste.

Por entonces tenía algunos héroes. Jackaroe, por ejemplo, un personaje de historieta guionado por Robin Wood, cuyo nombre se traducía como Viento de la Noche, un hombre hermoso y rubio, de patillas largas, criado por los indios de América del Norte, que tenía una puntería escalofriante, era parco y nómade y vagabundeaba por el oeste americano, primero buscando revancha de quienes habían aniquilado a su familia y después, supongo, sólo por vagabundear. Ni indio ni blanco, ni de aquí ni de allá, yo soñaba con ser como él, vivir de lo que llevara en mis alforjas y vagar sin rumbo. Otro de mis héroes de historieta era Nippur, un guerrero sumerio que había abandonado Lagash, la ciudad de las Blancas Murallas, luego de que fuera invadida por el pavoroso rey Luggal Zaggizi. Exiliado eterno de un sitio que añoraría siempre, Nippur sólo tenía una espada, sed de venganza y errancia impenitente. A ellos se sumó, poco después, el héroe magno: el Corto Maltés. Iba a escribir “el personaje” de Hugo Pratt, pero me cuesta decirle personaje porque, como a otros —Madame Bovary, Frank Bascombe—, lo conozco más que a mi vecino del segundo piso. De todas las cosas que me gustaban del Corto (que anduviera ligero de equipaje, que fuera tan parco y tan valiente, que no tuviera casa ni ataduras, que se sacudiera la adversidad de los hombros como si la adversidad fuera un pequeño inconveniente), la que más me gustaba era que, como había nacido sin línea de la fortuna, se la había hecho él mismo con una navaja, cortándose la palma de la mano, como quien dice: “El destino soy yo: yo me lo hago”. Ahora, con el correr de los años, me pregunto si no he terminado siendo una mezcla de todas esas cosas: un cowboy que necesita poco, un errante con hogar establecido, alguien que anda con la navaja en el bolsillo dispuesto a hacer destino por mano propia…

Continuar acá.

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