Un poema de Sandro Cohen

El suplemento cultural Laberinto nos comparte este sábado el siguiente poema del recién fallecido y muy querido escritor Sandro Cohen, tomado de su libro Flor de piel (El Errante Editor, 2017):

En el principio

El silencio me arropa con su abrazo.
Me acaricia la cara y me da un beso.

Con el silencio escucho a todo el mundo
tan cerca y hasta el fondo, que es la fértil
nada sobre la cual construimos todo.

En el principio el verbo fue el silencio.
Emanó el cosmos de su pecho madre.

Vibraron por encima de sus ondas
los primeros tejidos de la música,
aquella cuyas cuerdas nos sostienen.

Busco, pues, el silencio en todas partes.
En el silencio escucho nuestra música.

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Escrituras errantes

“No hay verdaderos o falsos ensayos, en todo caso los hay buenos o malos”, escribió con gran acierto el filósofo argentino Gregorio Kaminsky (1950-2018). No es que el ensayo se desentienda de la verdad o de los contenidos que trata, sino que su escritura está gobernada (si es que algo puede gobernar su carácter indómito) por el placer; nunca impulsada por la demostración científica. No se desdeña la teoría, se echa mano de ella, pero se abrazan sobre todo las formas del arte. “La forma es la realidad del ensayo” (Edward W. Said), es lo que confiere una voz al ensayista. El principio que lo controla todo en el ensayo, dice Virginia Woolf en otro extremo, es que debe resultar placentero. Escritura lúdica e irreverente, el ensayo no busca la verdad: se solaza en extravíos alrededor de ella. Explora veredas, pero no las termina porque un nuevo atajo lo desvía. Es un temperamento, una actitud hacia la escritura. El ensayista, por el hecho de serlo, no se equivoca. Su mundo “no es el del error sino el del errar”, nos dice de nuevo Kaminsky. El ensayista es errático o no lo es. Vagabundo, caminante, merodeador. Un escritor al aire libre. Y esta característica está ya desde el principio. Si bien el ensayo tiene su origen en la reclusión voluntaria de Michel de Montaigne—cuando en 1571, con treinta ocho años, se retira de la vida publica y se encierra en su biblioteca para leer y comenzar a escribir lo que más tarde llamará “Ensayos”—, lo cierto es que no dejará de repetir, mientras anota “sus fantasías”, que solo puede pensar cuando mueve el cuerpo (“Mi espíritu no avanza tanto solo como si las piernas lo mueven”) o monta a caballo (“mejor pasaría yo la existencia con el trasero en la montura”). El ensayista se forja en el movimiento como en su biblioteca. Viaja con el cuerpo y se deja viajar por los libros. El ensayo es una forma de vida. Una vida que se escribe y se interroga.

Desde Montaigne, pasando por Hazlitt, Stevenson, Thomas de Quincey, Thoreau, Virginia Woolf, David Le Breton, Enrique Vila-Matas, Frédéric Gros, Juan Villoro, hasta Luigi Amara, se ha ido creando una tradición literaria de ensayistas que pasean, pero que también adoptan, cada uno a su manera, los modos de la excursión en su escritura y sus lecturas. Lo haya buscado su autor o no, los dieciséis ensayos reunidos en Nadie es tan desvergonzado como desea (Instituto Sinaloense de Cultura, 2019), del ensayista y narrador Diego Rodríguez Landeros (Mazatlán, 1988), cuya novela Desagüe (FCE, 2109) obtuvo este año el Premio Nacional de Novela Histórica “Ignacio Solares”, se alimentan de esa longeva escuela de los andantes. Hay libros que huelen a cerrado, como si nunca hubieran entrado en ellos la luz ni la ventilación. Pero hay otros que desde la primera página nos invitan a salir y a respirar. Este libro abre con un ensayo sobre las caminatas, no las solitarias que defienden Hazlitt y Stevenson, sino las acompañadas. “Creo que la más placentera manera de caminar”, escribe Diego, “es en compañía de alguien, pero no solo eso, sino en estado de enamoramiento o cachondeo. ¿Existe cosa igual de bella que pasear con la persona que a uno le gusta y, de pronto, en el cruce de una avenida inundada por el sol, besarla?” No es que proclame la caminata enamorada como la más conveniente, nos advierte. Quiere, más bien, denunciar su espejismo; por tanto, su peligrosa belleza y fragilidad, dado que depende de “un juego de egos en vilo” que la vuelven imprevisible. Si exponerse a la intemperie de vez en cuando nos hace mirar con otros ojos lo ya visto, caminar junto al blanco de nuestro amor y nuestro deseo nos hace dudar de la realidad que nos envuelve, el paisaje nos embauca, “las calles cotidianas, los muros consuetudinarios y las grietas del pavimento mil veces holladas son percibidos de manera distinta, como si ascendieran a una dimensión superior que mucho tiene que ver con las nubes, las cortinas, los cambios de luz y la meteorología de primavera.” La caminata enamorada que nos propone Diego es impulsada por oxcitocina, dopamina y feronomas, por el “devaneo del paisaje poetizado” y por la luz que arrojan, como anuncios luminosos, las metáforas de la ciudad sobre sus paseantes.

En otro de los ensayos, “Escoliastas”, Diego Rodríguez se decanta por un sugestivo método de lectura: “Leer es igual a caminar. Me refiero a leer con detenimiento de topógrafo, no a la incuria del abúlico que pasea su mirada por encima de las letras como quien arrastra, desde un balcón, sus ojos aburridos sobre el paisaje. Leer con la mente, pero también con el cuerpo.” Siguiendo una analogía de Walter Benjamin (“La fuerza de la carretera es distinta si uno la recorre a pie o la sobrevuela en aeroplano. Así, también la fuerza de un texto es distinta si uno lo lee o lo transcribe”), para el autor la lectura no es una actividad pasiva, en la cual la mirada se limita a planear sobre la llanura de un texto sin la posibilidad de tropezar con los accidentes del terreno, sino que, por el contrario, el lector es como un “viajero pedestre que, paso a paso, hollando la tierra, entra en comunión con los matices, pausas y recodos de la ruta.” Todos sus libros, lo confiesa, están maniáticamente subrayados, anotados y manchados por el continuo andar entre las páginas. Siempre he creído que la escritura marginal (que aparece en los márgenes), los escolios y subrayados (Nabokov llegó a dibujar hasta insectos en su ejemplar de La metamorfosis de Kafka), son la representación visual, gráfica, del itinerario lector. Son páginas mancilladas por la pasión de un homo legens. Son huellas que nos informan del estado de ánimo de un lector, de su rabia o de su felicidad. A veces son las manchas del café las que nos indican que ahí ocurrió un sobresalto. “El que no tiene libros destrozados es que nunca los ha leído” (Erasmo). Otra idea que encontré fascinante en el ensayo de Diego, a su vez tomada de otra ensayista, es la de pensar si los surcos que cavan las polillas al interior de los libros son una manera de subrayado, de anotación. También podría ser un medio para apropiarse de los libros.

Pero hay otro escoliasta que lo es por oficio y en muchas ocasiones por gusto: el reseñista de libros. Quizás haciendo eco del agrio ensayo de George Orwell (“Confesiones de un reseñista”) —en el cual el escritor británico habla del reseñista como de una figura abatida y envejecida, sepultada por papeles y libros sobre los que tiene que escribir—, Diego Rodríguez pinta al reseñista como “un hombre del subsuelo, burócrata libresco que hace a un lado el placer para prestar atención.” Lee por trabajo, subraya por hábito, quizás se traga libros que ni siquiera le interesan pero que debe comprender para comentarlos “ante el tribunal de los suplementos culturales.” Aunque varios de los ensayos reunidos en este libro tienen su origen en una recensión, Diego no lee ni escribe como un burócrata libresco que prescinde del placer al encontrarse con un libro. Concibe y practica la reseña literaria como una forma del ensayo, libre e imaginativa. Tan libre como para incluir reseñas apócrifas. No nos entrega fichas bibliográficas o el aséptico resumen de un libro. Entre los ensayos que podría llamar más personales y los ensayos que germinaron como reseña hay un hilo conductor que los hilvana a todos: la imaginación literaria, el carácter errante y diáfano de la escritura, así como la persistencia de un escritor que coloca su mirada en el ángulo de la vida o del texto que como lectores no esperábamos. Hay también en este libro el constante cruce y convivio vilamatasiano de la ficción narrativa con el ensayo (“Las huellas imposibles del shandysmo en México” y “Vila-Matas sur la table à repasser” son solo dos ejemplos de ello), “el extravío como fuente de conocimiento”, la pasión por lo fragmentario y la digresión como formas literarias. El ensayista avanza a tientas, provoca, seduce y escapa. Por definición, deja su tarea inacabada. El ensayista es la materia prima de sus ensayos, el barro de su maleable figura. Pero nadie, ni Montaigne, fue tan desvergonzado como deseaba.

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Dos lecturas de la obra de Francisco González Crussí

El escritor José Ángel Leyva disecciona brevemente, en las páginas del suplemento cultural Laberinto, la escritura ensayística del médico Francisco González Crussí, quien en sus libros despliega el análisis clínico de temas como el nacimiento, la muerte, la enfermedad, el cuerpo, etc., pero lo hace con las lentes de la imaginación literaria e histórica. Su escritura es un encuentro entre el rigor científico y el arte. ¿Y qué mejor herramienta para mostrar ese cruce que el ensayo? “Me atrajo el ensayo. En parte, por su carácter híbrido. Dentro de un ensayo cabe un cuento, una reflexión filosófica, un poema, un epigrama, un discurso oratorio, una plegaria, etcétera.”

Apunta José Ángel:

Se escribe poesía y se hace arte porque la vida no basta, solía decir el poeta brasileño Ferreira Gullar, y hay médicos que escriben literatura porque la ciencia médica no alcanza. Gullar escribió un magnífico ensayo sobre el dolor y el arte en el que muestra cómo el primero se convierte en belleza y en significados estéticos y vitales. Antonio Gamoneda, poeta español, ha insistido que su obra lírica se reduce casi estrictamente al tema de la muerte y a esa dimensión que representa un viaje de una inexistencia a otra inexistencia. Ferreira, en su poema “Plátanos podridos”, muestra sin contemplaciones la condición deleznable del hombre, de su corporeidad. El fruto se desintegra bajo los rayos del sol en una playa, junto a los cuerpos espléndidos de las y los bañistas, que sufrirán, tarde o temprano, la misma descomposición química. El médico y escritor mexicano Francisco González-Crussí ha comenzado su escritura literaria desde esa perspectiva de conocimiento, la muerte como dadora de vida y como destino ineluctable, la muerte como revelación y cambio. Gamoneda señalaba en una conversación que el arte, la literatura, la poesía en general, transforman el dolor y el sufrimiento en gozo estético, hacen de la muerte un canto de vida. ¿Qué sucede cuando la imaginación científica dialoga con el otro hemisferio de la cultura?

Jacobo Guzik y Susana Glantz me descubrieron la escritura de Francisco González-Crussí, el amigo que había emigrado a Estados Unidos tras concluir sus estudios de Medicina en la UNAM y había adoptado el inglés como lengua literaria. Con la certeza de su efecto, pusieron en mis manos Notas de un anatomista. No se equivocaron, la admiración manifiesta de Ruy Pérez Tamayo en el prólogo a la edición mexicana la suscribí desde el inicio y hasta el final de mi lectura. Pérez Tamayo, ícono de la investigación, la bioética y la divulgación de la ciencia en nuestro país, leyó la primera versión en inglés, publicada en 1986; sospecho que por iniciativa suya, fue traducida por Antonio Garst al español y publicada en el Fondo de Cultura Económica en 1990.

Son varios los motivos que pondera Ruy Pérez Tamayo de su colega, ambos patólogos y profesores universitarios: ser un destacado hombre de ciencia en uno de los países más competitivos, hablar y escribir en inglés mejor que la mayoría de los nativos de Estados Unidos, su erudición, y sobre todo poseer una escritura literaria de alto nivel en una lengua que no es la materna. Esa obra inaugural apuntala ya algunos de los temas que de manera recurrente va a desplegar el autor en futuras piezas escriturales con nuevas y originales perspectivas. La muerte, el nacimiento, el cuerpo, los sentidos, las malformaciones, la violencia y sus efectos, la enfermedad y la relación de las pasiones humanas con el organismo. Aunque la medicina es el eje rector de su escritura y la realidad su campo de observación y de trabajo —no hay ficción en su obra—, el empleo de técnicas literarias acusa una declarada intención lúdica, un disfrute estético e intelectual en cada libro y en cada pieza ensayística o relato… (continuar aquí)

Recomiendo también la nota que el ensayista Jesús Silva-Herzog Márquez publica en su columna mensual de nexos acerca de un ensayo de Francisco González Crussí sobre el arte de ver: “Ver, escribe [González Crussí] en un bellísimo ensayo sobre los modos de observar el cuerpo, no es sólo el tránsito de la luz hacia el ojo, sino también una flecha del ojo a las cosas vistas. Ver es proyectarse sobre el mundo. La mirada lanza miles de alfileres hacia los objetos que contemplamos. El ojo no es entonces la pantalla que recibe la estampa del mundo, es un arpón que se dispara a todas las direcciones para atrapar su imagen.”

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La guadaña del tiempo

Cuando su madre cumplió ochenta años, el novelista y crítico japonés Yasushi Inoue (Hokkaidō, 1907 – Tokio, 1991) decidió comenzar a escribir una crónica. Lo que él pensó que sería la crónica de la senectud de su madre. Cinco años antes, tras la muerte de su padre, el asunto principal para los cuatro hijos consistía en qué hacer con la madre que de pronto se había quedado sola en Izu, la casa del pueblo. La hija mayor vivía en Mishima; el primogénito, Yasushi, igual que su hermana y hermano menores, vivía en Tokio. No sería fácil convencer a la madre de dejar el pueblo para mudarse a la ciudad con alguno de sus hijos. Pero tampoco podía quedarse sola con su avanzada edad. Parecía que gozaba de una salud de hierro y su espalda aún estaba erguida. “Era capaz de leer el periódico sin gafas y, aunque le faltaban un par de muelas, no tenía ni un diente postizo. Sin embargo, a pesar de su excelente estado físico, dos o tres años antes de la muerte de mi padre se había vuelto muy olvidadiza y había empezado a repetir las cosas varias veces.”

Ya en Tokio, donde vivió cuatro años con su hija menor Kuwako, la abuela (como la llamaban todos) empezó a repetirse con mayor constancia, como si fuera un disco rayado. Apenas decía algo y más tarde lo repetía, olvidando que ya lo había dicho. Cada vez que se encontraba con sus nietos, los hijos de Yasushi, les contaba, como si fuera la primera ocasión, del joven Shunma, que era un joven muy amable, que era un alumno excepcional que logró entrar a la Escuela Superior a los diecisiete años, que si no hubiera muerto de una enfermedad pulmonar habría sido un estudiante brillante. Los ojos de la abuela brillaban cuando hablaba de Shunma, lo que nunca hacía delante de sus hijos, sólo de sus nietos. Parecía, pensaban algunos, que ese chico le gustaba mucho en su infancia. Quizás había sido su primer amor. Estaba retrocediendo en los años; tenía aproximadamente diez años cuando jugaba con Shunma. Por eso, explicaba la hija de Yasushi, nunca habla del abuelo, aún no lo conocía. “Miré a mi madre”, relata el narrador con cierta objetividad y distancia, “y me di cuenta de que, aunque no estaba enferma, parecía una máquina estropeada. Algunas de sus partes no marchaban como es debido, mientras que otras funcionaban a la perfección […] Su falta de memoria era flagrante, pero también había cosas que no olvidaba nunca”. En otro momento se refiere a ella como “nuestra averiada madre”. La propia Kuwako, que la cuida al principio y se siente al borde de la impotencia conforme pasan los días, dice con extrañeza: “Las partes que funcionan se mezclan con las que están averiadas”. Para los hijos es una circunstancia nueva, no están preparados. Observan y conviven con una mujer activa, inquieta, dueña de un cuerpo sano, que sin embargo ha entrado en las desconcertantes idas y vueltas de la demencia senil. “La demencia es una enfermedad espantosa.” El cuchillo, la guadaña del tiempo no sólo horada rasgos juveniles, como lamenta Shakespeare en su soneto LX, sino también merma en muchos, no todos, la memoria.

A partir de los setenta y ocho años, la senilidad de la madre de Yasushi comenzaba a ser evidente. “Era como si mi madre hubiera empezado a borrar con una goma uno de los extremos de la larga línea de la vida que había dibujado hasta entonces. No lo hacía de forma consciente, claro; era la vejez la que iba borrando la larga línea de la vida de mi madre y acercándose inexorablemente al principio”. Desandando, de manera imparable, el camino. Primero borró de su memoria los setenta, luego los sesenta, los cincuenta y hasta los cuarenta años. “Dicen que la vejez es un regreso a la niñez, y eso era exactamente lo que le ocurría a mi madre”. (El envejecimiento de la suegra de Yasushi y su pérdida de memoria fue más rápido: de un día para otro regresó a la juventud, a la infancia y era un bebé que se chupaba el dedo cuando murió.) De repente la abuela era una mujer de treinta años, una joven de veinte o una niña de diez que vagaba con espontaneidad a través de sus recuerdos. Por lo menos parecía feliz. Como si durante ese regreso progresivo se fuera despojando de cosas innecesarias cuyo peso la pudieran encorvar, pensaba Yasushi. Sólo quedaba en la memoria lo esencial. La nitidez y fugacidad de un instante. Las escenas de una obra real o ficticia. El incordio de momentos amargos. El erotismo que nos informa que estamos vivos. Imágenes fijas del pasado que ella ponía en movimiento una y otra vez: el primer amor, la partida del hermano menor hacia los Estados Unidos, los muertos del pueblo, el amor incondicional del abuelo que la educó, el ser madre… ¿Quién dice qué es lo que debemos recordar? ¿Qué es lo importante? Soy una vieja chocha, qué le vamos a hacer, repito las cosas, decía la abuela entre resignada y divertida. A Yasushi le gustaba pensar que su madre, mientras envejecía y perdía la memoria, se iba desprendiendo de todo aquello que para ella no era importante. Era una forma de alivio: aligeraba el paso de los días. “Es mi deseo firme librar de cargas / mi vejez, cediéndolas a fuerzas más jóvenes, / mientras yo, aliviado, me arrastro hacia la muerte”, expresa el rey Lear a sus herederos, los cuales, por desgracia, no le darán paz. “Por mi vida que es cierto: / los viejos chochos son como niños; hay que tratarles / a veces con halagos, mas si yerran, reñirles”, reniega la malvada Goneril de su padre Lear.

Avanzó tanto la demencia de la abuela, que parecía responder únicamente a “la titilante llama azul del instinto que ardía en algún lugar de su cuerpo y de su mente decadentes.” Olvidó a todos. Al marido, a los hijos, a los nietos. Luis Buñuel: “Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida… Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento, sin ella no somos nada…” ¿Qué somos sin lenguaje y sin memoria?, me pregunté yo mismo cuando reseñé El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2013), de Rafael Pérez Gay. Quizás una casa vacía. Un inmueble deshabitado que se ha quedado a oscuras.

Mi madre (Sexto Piso, 2020), de Yasushi Inoue, es a la vez una bella crónica acerca de la senectud de una madre, es en parte novela autobiográfica y es también ensayo personal que reflexiona y formula preguntas sobre el amor, la paternidad, la maternidad, la vejez y ese destino final compartido por todos que es la muerte. Lo que nos relata el escritor japonés en las tres partes en que se divide el libro —Bajo los cerezos en flor, Claro de luna y El rostro de la nieve— es el proceso que lleva a su madre a perder parcelas de su memoria, a perder vigor en los ancianos movimientos de su cuerpo, a balbucear y a dormir para siempre. Pudo ser una lectura dolorosa. Pero la prosa de Yasushi, lírica en muchas ocasiones, sutil, íntima y sin desdeñar el humor, como ya lo había mostrado en la extraordinaria novela La escopeta de caza (Anagrama, 1988), convierte la narración en una carta de amor a la madre, en una cavilación entrañable sobre vivir, envejecer, volver a ser niños y regresar a los brazos de quienes alguna vez estuvieron en los nuestros (los hijos) y morir. Mi madre es una obra de enorme belleza. Difícil de olvidar. Aun cuando cerramos el libro, su historia, la manera de contarla, resplandece y revive en nuestros recuerdos.

Publicado en El Sol de Sinaloa.

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Un poema de Eduardo Mitre

La revista Letras Libres publicó, en su número de septiembre, este poema (en sintonía con los tiempos que corren) del escritor boliviano Eduardo Mitre:

Viracrucis

Nunca nos imaginamos
una Cuaresma de Pascua
reducida a cuarentena
que se alarga y alarga.

Escribo con las dos manos
sedientas de contacto,
esperanzadas de estrechar
algún día tus manos.

Miro hacia el parque:
Los columpios vacíos,
huérfanos de niños,
mañanas y tardes.

Me asomo a la verja:
Amapolas y tulipanes.
Me contengo
temeroso de contagiarles.

Tendido en la acera, raída
su chaqueta de cuero,
de bruces, como tosiendo…
Cierro la cortina.

Nada en la casilla de correo.
En el pasillo: la nueva vecina.
Embozados, nos miramos
sin cruzar palabra ni gesto.

Leo la prensa en pantalla,
doy la vuelta al mundo
en una sucesión de ambulancias
y ataúdes.

Viernes Santo. Sábado Santo.
Domingo de Resurrección
y continúa el calvario.

Miedo a que el desconocido
nos gane con tanto cerco,
y nos imponga el hábito
del recelo y el aislamiento.

No, no se muestra
pero está aquí, a un paso,
a un roce, a un suspiro,
sin más cara que las nuestras.

Y ahora dónde andará ella.
(¡Hace no tanto tiempo!)
Donde quiera que sea,
que no salga, Dios mío,
que se quede en casa,
en cama –el amor era el vestido
que mejor le quedaba.

Da mi reloj mediodía:
Hora de la clase telemática.
Nos toca sor Juana Inés,
platicamos sobre su vida
de monja en clausura,
de su pasión por las ciencias,
los astros y la escritura,
y de su agónica muerte
en la feroz epidemia
que azotó su convento.
Leemos
sus cartas, las redondillas,
sus sonetos y romances
de amor sin sosiego,
y las últimas líneas
de Primero sueño
con el mundo iluminado
y ella despierta.

Termina la clase. Una tras otra
nuestras imágenes se borran.

El breve esplendor del ocaso,
abro la ventana: entra
una bandada de aplausos
y, súbitamente emocionado,
hacia afuera grito:
¡Ánimo,
todos a una! Y científicos:
¡A inventar la vacuna!

Ya mediados de mayo,
la esperanza flaquea,
y él sigue su marcha
sin nada que lo detenga.

Alzo la vista al cielo:
Millares de estrellas,
siento que nos observan
como por un microscopio.

Pero no… Estamos solos,
en la Tierra indefensa, ultrajada,
con ciudades donde propagan
la viruela del desempleo.

Me protejo, me parapeto
con libros y música:
Pessoa, Walt Whitman,
las sonatas de Mozart…

Y propenso a los motivos
de cotidiano asombro,
imagino hombres y mujeres
caminando por las calles,
de la mano, abrazándose,
y sobre parques colmados
el júbilo de los columpios
rizando el aire.
Anochece,
caigo dormido. De pronto,
estoy en Manhattan, huyendo,
descalzo, por avenidas sin nadie,
repletas de barbijos y barro.

La luz toca mis párpados,
me desclava de la pesadilla,
y piso el mundo frágil,
volátil como los sueños.

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Montaigne. El paseo de la inteligencia

Al inicio de su breve pero emotivo retrato de Montaigne, el gran novelista y biógrafo vienés Stefan Zweig nos dice que hay escritores que son accesibles para cualquier persona de cualquier edad y época de la vida, con ciertos conocimientos literarios: Homero, Shakespeare, Balzac, Tolstoi, Goethe. Se les puede disfrutar en plena adolescencia y juventud, o en versiones infantiles. Pero hay otros que sólo despliegan su significado y verdadera riqueza en un momento determinado o etapa de la vida. Es el caso de Montaigne. A Los Ensayos no se puede llegar muy joven, sin experiencia. Juventud es impulso vital, energía, instinto, fuego, el desborde de la pasión. ¿Qué podían decirle los discursos de Montaigne sobre templanza, escepticismo, sabiduría o la educación de los hijos a un joven Zweig de 20 años? Le pareció que había llegado demasiado pronto a las divagaciones del autor francés. Detectaba una personalidad interesante, un ingenio festivo y franco; también un artista que colocaba las palabras y construía sus frases con gran estilo. Cada oración contenía la totalidad de su persona: él era la materia de todo su libro. Sin embargo, el joven no se convencía. “Mi alegría era literaria, de anticuario, le faltaba la chispa del entusiasmo apasionado, la descarga eléctrica que pasa de un alma a otra”. Los Ensayos, sentía, no conectaban con su experiencia. Le faltaba vivir y presenciar uno de los periodos más oscuros y destructivos que sobre Europa (la de la libertad y tolerancia que lo enorgullecía) se cernía: el de las guerras mundiales y el ignominioso ascenso del nazismo.

En esa larga noche europea de desolación, la lectura de aquel humanista francés del siglo XVI cobraba todo su sentido. Zweig ahora lo sentía cercano. También a Montaigne le había tocado una época terrible: la de las sangrientas guerras de religión en Francia, en las que se enfrentaban con fanatismo homicida, bestial, católicos y hugonotes. A todos se les exigía tomar partido. Había que tomar una decisión: “formar parte del coro vocinglero de los posesos y los asesinos” o crear un mundo propio. A los 38 años, el amante de la templanza y la mediación se retiró a una torre de su castillo para aislarse no sólo del mundo exterior, sino de las molestias familiares y los negocios. Allí instaló su biblioteca. Clásicos latinos principalmente. Amaba la poesía, la biografía y la Historia. En esa torre redonda, también, inventó el ensayo para defender su individualidad, para examinarse, para ser él mismo y deslindarse de ideólogos y fanáticos. A este radical de la libertad, a este artista de sí mismo, es al que admiraba y honraba Stefan Zweig en su elogioso retrato (el cual no concluyó porque se quitó la vida en 1942). Lo consideraba su hermano, su amigo, su amparo y su consuelo.

Gracias a su padre, Montaigne recibió una excelente educación humanista desde su infancia. Con ayuda de un instructor, llegó a dominar el latín antes que el francés, y un poco de griego, para irrigar su alma con la sabiduría y poesía de los clásicos: los únicos, a su entender, que algo importante podían decirle en su animada conversación. Homero, Virgilio, Catulo, Cicerón, Plutarco, Séneca, Terencio, Sócrates. Éste por encima de todos. El punzón heredado de Sócrates le acompañará siempre. ¡Qué suerte la de Francia en haber comenzado con un escéptico!, apuntó Cioran. Montaigne llevó de la plaza pública a la página el escepticismo y el espíritu dialéctico del filósofo griego. Reivindicó así el lugar de la libertad, la ironía y la crítica en el porvenir de la era moderna.

Montaigne lee, y lee mucho: ciencia, historia, geografía, leyes, poesía, sobre todo poesía; y sin embargo no se acuerda, alardeaba de una mala memoria. Que sais-je?, escribió con humildad en las vigas del techo de su torre. Prefería olvidarlo todo: “si tengo alguna instrucción, no tengo memoria. Así, no aseguro ninguna certeza y sólo trato de asentar el punto a que llegan mis conocimientos actuales”. Con esta sentencia pintaba claras las orillas, no de su método, sino de su temperamento y su poética al redactar cada uno de sus célebres Ensayos. Si algo sé, por el momento no me acuerdo, parece decirnos el gran escéptico.

Al escribir Montaigne se entrega como si fuera su primera vez. Su renovable virginidad está en su capacidad de asombro; es incluso su herramienta de trabajo. De ahí el supremo vigor de Los Ensayos: en saber que no se sabe nada, en mirar de nuevo lo que ya se ha mirado. Como dice aquel personaje entrañable de Robert Walser que sale a pasear con los ojos bien abiertos para maravillarse, o decepcionarse según sea el caso, ante la vida: “El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez (El paseo, 1917)”. Ahí está Montaigne, en ese “como si lo viera por primera vez”. Se puede mirar el tedio cotidiano de una fuente; pero también podríamos contemplar la pirueta del agua que se levanta con gracia para luego desplomarse con gravedad. Ver sólo un chorro de agua o un contorsionista en el jardín.

Los Ensayos son un arte, una experiencia del caminar. Montaigne no es catedrático (le aburría la escuela) ni enseña ideas: las lleva de paseo. Camina con ellas sin rumbo muy claro, a sabiendas de su libertad y con el mismo deleite que los versos del poema Desinstrucciones de Francisco Cervantes:

Si puede andar, camine.
Tome el sendero equivocado.
Y no se arrepienta.
Va usted correctamente
quién sabe a dónde.
Es la receta mejor medicinada
Y que más puede aprovecharse.

Ensayar es caminar y caminar es eso… ir quién sabe a dónde. “Lo común es que el ensayo se desarrolle desarrollándose, viviendo, que ande ora por un sendero ora por otro, veloz o parsimonioso, a vuelo de pájaro o a paso de tortuga”, explicó el escritor Ezequiel Martínez Estrada. El ensayista suele ser un pepenador de retazos, un flanêur de la literatura: normalmente tiene idea de cómo empezar pero no de cómo ni en dónde terminará su paseo. La herencia que el escritor francés legó para la posteridad es un imprescindible caudal de “desinstrucciones”. Ensayar es desinstruirse. Olvidar con inteligencia.

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El lector nocturno

La antropóloga francesa Michèle Petit cree en las propiedades democráticas de la lectura. Sin embargo, no es ingenua. En su libro Del espacio íntimo al espacio público, FCE, 2001) nos advierte desde el principio: “No podemos conjugar lectura y democratización imaginando por ejemplo que la difusión de obras de alto nivel cultural, filosóficas o literarias, tendría un efecto profiláctico contra el totalitarismo o que bastaría para infundir una personalidad democrática”. Difundir obras literarias de calidad es fundamental. Fomentar la lectura en países sin lectores, inaplazable; siempre y cuando no confiemos a la lectura la función que no tiene. Los demasiados libros no pueden acabar con la violencia; es necesaria la participación activa de la sociedad y del gobierno en las áreas de seguridad. La lectura no hace menos pobres a los pobres; se requiere una política económica justa y redistributiva. La lectura no mejora a quien cree rozar el cielo: el soberbio. Tampoco la lectura disminuye la tasa de desempleo… y muchas cosas más no son funciones de ella.

¿Qué es entonces la lectura? Una oportunidad. Una valiosa ocasión para esbozar nuestro propio camino. ¿Puede servir a la democracia? Depende, hay de lecturas a lecturas. Según Petit, aquellas que se realizan de día o de noche. Las lecturas que se practican a la luz del día son producto de la revisión y de la aprobación por parte de la doxa escolar. Llevan puesta la etiqueta de la utilidad y la tarea. Son lecturas impuestas y debidamente ordenadas, no para disfrutarlas a profundidad (el goce es el primer expulsado), sino para atiborrar la memoria con una cascada imparable de datos. También para incrementar las frías estadísticas de la educación. No importa si no se aprende a leer críticamente, con paciencia y concentración, lo relevante es el número de tareas y lecturas obligatorias para tener ocupados a los educandos. Así lo han entendido los destinatarios de la enseñanza y asumen el rol. Ya no leen, (h) ojean. Con ello se justifican y acreditan.

Pero caída la noche irrumpe un lector distinto, transgresor, que en medio de números, calificaciones e imposiciones, abre un espacio: el espacio íntimo, donde está solo consigo mismo, protegido por la complicidad de la noche. Donde no hay reflectores que examinan sus conducta constantemente. Allí desempolva, sin ser visto, los otros libros. Esos que son mal vistos (a veces por los padres, la escuela o el trabajo) por ser placenteros, desordenados y divertidos; esos que te distraen, te mantienen como ensimismado, alejado. Esos que provocan carcajadas que cuestionan la seriedad y la tiesura del poder, sea este escolar, religioso o político. Me refiero a las novelas, los relatos de viaje, biografías, ensayos literarios, libros de poemas, filosofía…

El lector nocturno sabe que viola las reglas. No habrá tarea ni examen para la mañana siguiente. No obstante, lee compulsivamente, anota, regresa a la página, vuelve a anotar, se ha apoderado del texto. Algo ha encontrado en él que no puede abandonarlo. Lo ha descubierto. Se ha mirado. Es aquí cuando el espacio íntimo se dibuja y nace la posibilidad de articular el propio discurso. Dice Michèle Petit que la mayoría de jóvenes lectores (nocturnos) que ha entrevistado afirman que la lectura los enseña a dar nombre a las cosas. Trazan su destino gracias a la palabra que les ofrece la lectura: un lector, una voz. Pero ese espacio íntimo, reconocen, en ocasiones los aísla, los destierra del programa que otros habían diseñado para ellos.

Puede pensarse que la voluntaria y salvaje soledad que disfruta el lector nocturno mina los vínculos democráticos, pero, paradójicamente, los fortalece. “La lectura”, sostenía Juan García Ponce, “nos conduce siempre al espacio de los libros”. Casa común de la palabra y de la imaginación; sede privada cuyo arsenal de argumentos nos da la oportunidad de armarnos para la comunicación pública. “La palabra es nuestra casa. El lenguaje es una habitación que nos esculpe. Residencia, la palabra moldea, en su voz, nuestra experiencia” (Jesús Silva-Herzog Márquez). Es así como se fortalece la democracia: con el debate informado, con el ejercicio de la crítica. Giovanni Sartori advirtió que no se debe mezclar la biblioteca con la plaza pública. Lo que no observó es que muchas veces la primera nos lleva a la segunda. ¿Cuándo? Cuando en el espacio íntimo de la lectura toma uno la voz y la posición; cuando se tiene conciencia de la propia individualidad; cuando se sabe uno capaz de emitir un juicio porque la lectura lo capacitado para expresarse con imaginación y argumentos.

Una democracia con hombres y mujeres sin discurso es una democracia empobrecida, enmohecida ante la ausencia de discusión inteligente. El lenguaje es mediador de los conflictos y el creador de los grandes malentendidos. Su ejercicio en libertad es una condición democrática. La lectura nos hace participar, al menos con la palabra (que ya es bastante), y la participación nos obliga a regresar siempre a los libros para pensar un poco mejor y ver la realidad con nuevos ojos. La lectura juega un papel crucial en nuestra ciudadanización, nos hace conscientes de nuestro compromiso cívico. Por ello, nadie debe escandalizarse cuando los jóvenes o los niños se aparten a leer un libro en la intimidad; si hablan a solas, significa que se están preparando para ser ciudadanos más democráticos. Favor de tocar antes de entrar. Mantengamos los niños y los jóvenes al alcance de los libros.

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La seducción del ensayo

La fuerza del ensayo reside en la improvisación, dice Evodio Escalante. En escribir algo de pronto sin una gran preparación sobre el tema. En abandonar los planes y dejarse llevar. Permitir que broten las palabras y se vayan acomodando como por asociación, intuición, por su textura. A diferencia del tratado, de las tesis académicas, cuyo faro es el método, el orden del razonamiento, en el ensayo lo que reúne a las palabras y las enlaza es su disposición para sugerir, para fascinar y atraer al lector. “Libres de toda necesidad demostrativa, las palabras hacen como que argumentan y como que nos convencen cuando lo único que pretenden es desplegar una seducción”. Más que silogismos: guiños, miradas, olores, insinuación. El ensayo es un cuerpo que siente y piensa, que palpita y transpira en sus páginas con cada lectura. Las palabras están en perpetuo movimiento. Sobre los ensayos de Montaigne Emerson expresó: “Cortad esas palabras y sangrarán: son vasculares, están vivas”. Por esa vitalidad, por esa frescura, volvemos a ellas. Un buen ensayo intensifica la vida.

No es que el ensayista no se prepare antes de escribir. Al ensayo lo preceden vivencias, conversaciones y muchas lecturas, de las que se desprenden notas, diarios, esbozos, listas y toda clase de escrituras marginales. Pero cuando ensaya, más que seguir los trazos de un plan, el ensayista se aventura, improvisa, toma caminos inesperados y los desanda con autonomía. Divaga, incluso se pierde. Da vueltas. Avanza y retrocede. Se le acusa de disperso y, a veces, de falto de verdad. Pero el ensayista nunca se equivoca, “el mundo del ensayo no es el del error sino el del errar” (Gregorio Kaminsky). Quien busque ciencia que la pesque donde esté, decía el padre del ensayo. Las opiniones del ensayista no dan la medida de las cosas, sino la de su juicio. No es el conocimiento lo que nos cautiva de un ensayo, sino que ese conocimiento esté disuelto por el encanto de la escritura. Releemos ensayos como “Excursiones a pie” (Hazlitt) o “En defensa de los ociosos” (Stevenson) por el placer que nos procuran. Tiene razón Virginia Woolf: aquello que nos impulsa a tomar un volumen de ensayos de nuestro librero es sentir satisfacción. “En un ensayo todo ha de someterse a tal fin. Debe hechizarnos con la primera palabra y solo debemos despertar, renovados, con la última […] El ensayo debe envolvernos y echar su cortina sobre el mundo.”

El ensayo es seductor. Un animal que se mueve a tientas para cazarnos. “El ensayo es como la serpiente”, escribe Chesterton, “suave, graciosa y de movimiento fácil, y también ondulante y errabundo”. Como la serpiente, el ensayo también es tentativo: tienta, prueba, examina. Al menor descuido, ataca mortalmente y se escabulle. Abundante en ardides: el ensayo es arte de la evasión. Literatura de la escapatoria. A esta tradición, si se quiere egotista, elusiva e impresionista, pertenecen los 44 ensayos breves reunidos en el libro Por la tangente. De ensayos y ensayistas (Taurus, 2020), de Jesús Silva-Herzog Márquez, y esto se declara desde el primer texto, “La serpiente del ensayo”: “El ensayista se entrega a las orillas: no intenta demostrar nada, apenas mostrar. El ensayo es la fuga de la tangente: rozar el globo y huir”. Estos ensayos palpan y punzan con su aguda pluma. No demuestran nada, pero pretenden mostrarlo todo sin pedanterías. El autor entiende, con Virginia Woolf, que el lector común –ese que no lee como profesional ni por obligación, sino que curiosea en los libros, que salta de una página a otra sin más propósito que el disfrute de la lectura— es a la vez maestro y modelo del ensayista. Ese lector libre de prejuicios literarios y de la pesada carga de la erudición, es el guía de quien ensaya. El lector común no da cátedras: conversa en los cafés. Tampoco oficia lecciones: habla de libros mientras pasea. Aborrece a los pedantes: “Hombres de memoria llena y el juicio hueco”, escribe Jesús. El ensayo, desde su origen, es escritura de la conversación. Montaigne inventa el ensayo para continuar el diálogo y la amistad con el amigo muerto (Étienne de La Boétie); por eso el tono epistolar de los Ensayos. El estudio en los libros le parecía un movimiento lánguido comparado con el arte de conversar. Su invención renovó las maneras de leer y escribir.

Los libros, ha dicho Peter Sloterdijk, son voluminosas cartas a los amigos; y siempre hay destinatarios a la caza de ellas. Los libros son posibilidad de un intercambio epistolar, “seducción a la lejanía”, fundadores de amistad intelectual. En “El ensayista como cartero”, Jesús rescata la idea que George Steiner tenía de su trabajo. Sin talento para la creación (“carezco por completo de la inocencia y la sencillez de un gran creador”), Steiner se entregó al ensayo, a la crítica, al comentario. Se empeñó en ser un buen cartero. Llevar las cartas de Shakespeare, Tolstoi y Dostoievski, por ejemplo, y colocarlas ante los lectores. Labor secundaria pero fundamental. “El ensayo”, anota Jesús, “es entendido como el servicio postal de la cultura: depositar el mensaje en el buzón correcto, llevar informes de la belleza y del saber a quien los necesite, poner en contacto texto y lector”. Me parece que la misma labor desempeña Jesús Silva-Herzog Márquez en esta colección variopinta de ensayos. Con una prosa transparente, de oraciones concisas y bien trabajadas, el autor nos entrega las cartas de ensayistas, filósofos y poetas. Están aquí las piezas de combate que escribía con sus puños William Hazlitt, la crítica de Czesław Miłosz a los dogmas de la ideología, el imperativo del placer como principio rector de la lectura y la escritura ensayísticas, los aforismos de Gómez Dávila, el humor de W. H. Auden como vacuna contra la soberbia, el demoledor de nuestra vanidades que fue Swift, la risa lúcida de Hanna Arendt, los cortísimos ensayos de Julio Torri, la mirada de una filósofa sobre dos artes: “En Picasso, observa Zambrano, la pintura es descarga eléctrica y el dibujo es río vivo. La quietud de lo que fluye. El dibujante no atrapa: acaricia. No apresa, hace volar”, el artista de la queja en que se convirtió Rousseau, o el retrato de dos intensidades literarias, dos lenguajes, dos casas de la palabra frente a frente: Alfonso Reyes y Octavio Paz: “Palabra tersa o punzante; escritura conciliadora o belicosa. Crema que alivia o ácido que corroe”, por solo mencionar algunos de los textos reunidos. Autor también de un excelente libro de retratos, La idiotez de lo perfecto. Miradas a la política (FCE, 2006), Jesús suele enriquecer y salpicar sus ensayos (H. L. Mencken, Unamuno, Swift, Rousseau, Diderot) con el aderezo de esa figura, pintando con gracia y rapidez los rasgos de sus retratados.

El ensayismo, coincido con Brian Dillon, no es sólo la práctica de una forma literaria, sino una actitud hacia esa forma, a su espíritu de aventura y su naturaleza inacabada. Es una manera de pensar, escribir y vivir. La personalidad lo impregna todo. En estos ensayos reconocemos la forma y el estilo aventurero, serpentino y tentador del ensayista. Escritos que nacieron de la admiración. El ensayo, nos dice Jesús, es “deleite que no pretende lecciones”.

Publicado en El Sol de Sinaloa (15/08/2020).
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Un día sin música es un día triste

discos

Con el paso de los años he llegado a creer que el amor que profeso a la música desde la infancia, el hábito inexorable de escucharla, se lo debo a mi madre. Ignoro si esto es verdad, pero el relato que ha construido mi memoria arranca siempre del mismo recuerdo. La mañana de cada sábado y, probablemente, de cada domingo, mi madre me pedía que encendiera el tornamesa y pusiera a girar algún disco de vinilo o que sintonizara la F.M., mientras ella hacía labores de limpieza. En realidad, me lo decía de una manera sencilla y económica: “pon música”. Y yo corría a hacerlo. Apenas se escuchaba la melodía, todo era canto y júbilo. Un tararear alegre que llenaba el aire y lo hacía vibrar, con la excepción de algunas canciones tristes. Algo se transformaba en casa, en su atmósfera, y lo sentíamos como una brisa repentina. “El sonido es un temblor del aire y afecta tanto al cuerpo como a la mente” (Alex Ross). Era un rito de fin de semana que se convirtió también en una parte de mí. El simple acto de poner música que cada semana me encomendaba mi madre, hizo que, a fuerza de repetirlo, la costumbre se volviera una necesidad de sonido. “La música”, coincido en forma absoluta con George Steiner, “la necesito físicamente, todos los días. Un día sin música es un día muy triste.”

En cada reunión, en cada fiesta, bajo cualquier pretexto, en casa había música. Ayudaba mucho la colección de discos y casetes que guardaba mi padre. Desde boleros, rancheras, pasando por rock en español y en inglés, y música clásica. Si se estaba en compañía de otras personas, la música reforzaba la comunidad, la interacción, el desahogo y la complicidad. Como antídoto de la soledad, tenía la magia de animar y alargar esos momentos. De poner a mover los cuerpos y revivir recuerdos. “Llevamos el ritmo, de manera involuntaria, aunque no prestemos atención de manera consciente, y nuestra cara y postura reflejan la ‘narración’ de la melodía, y los pensamientos y sensaciones que provoca”, escribió el neurólogo y escritor Oliver Sacks en su imprescindible Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro (Anagrama, 2009). Pero si uno estaba solo, escuchando música con atención, entregado a ella como en un ensueño, milagrosamente se abría un espacio de silencio que daba entrada a una nueva forma de conversación. La música, ese lenguaje insondable sin conceptos, sin imágenes, es primordialmente un ejercicio de comunicación. Cuando nos sumergimos en una pieza musical, su concierto de formas sonoras nos cubre el cuerpo entero y colma nuestra vida interior con emociones y significados intraducibles. Cada nota, o el conjunto armonioso o disonante de ellas, nos dice algo. Pero hay que aprender a escuchar o a guardar silencio para que nos hable. Habilidades que parece que se están perdiendo. El estupendo pianista y director de orquesta argentino, Daniel Barenboim, citado por la filósofa polaca Alicja Gescinska en su libro La música como hogar (Siruela, 2020), nos recomienda que intentemos “meternos en la música desde la primera hasta la última nota y, para conseguirlo, según él, no hace falta ser un experto. Basta con tener voluntad de entregarse a la música, de dejarse llevar por ella.”

Cuando de verdad la escuchamos, la música no sólo nos expresa algo de ella misma, de su esencia, sino también de la vida interior, emotiva, del compositor, de los músicos y de los oyentes. Reproducir música es reproducir emociones íntimas. La música afecta todo nuestro ser. Por eso Platón la veía con recelo: en su ciudad ideal debía reinar la razón antes que el caudal de emociones ingobernables. El sonido de la pieza musical nos pone en contacto con la vida de los otros, es un atajo hacia la interioridad, hacia la interrogación silenciosa; y pone en relación la vida de esos otros con la nuestra. Es ejercicio de empatía, de comprensión. Un auténtico diálogo de tres a partir de y con la música. O como lo dice Rafael Vargas Escalante en el espléndido prólogo al también espléndido libro Necesidad de música (Grano de sal, 2019), en el que se reúnen artículos y conferencias que George Steiner escribió sobre música:

“En el hecho mismo de escuchar una obra musical hay por lo menos tres actores involucrados, a través de los cuales ‘circula’ esa obra: el compositor, el ejecutante y el escucha. Pero el diálogo o comunicación que se establece, más que un diálogo entre ellos, es un diálogo entre esos tres actores con la obra musical, que se compone, descompone y recompone a través de ellos.”

La experiencia musical es a la vez congregación y soledad. Para muchos también es un hogar. “Sin música, Polonia no existiría”, afirma Alicja Gescinska. Muchos de los polacos que se vieron obligados a emigrar como consecuencia de la represión impuesta por parte de Rusia, Prusia y la doble monarquía austrohúngara, que se habían repartido el territorio polaco a finales del siglo XVIII, eran integrantes de la élite cultural que continuarían sus obras en el exilio. Entre ellos se encontraba el gran Frédéric Chopin, quien llegó a Francia en 1831 para ofrecer unos conciertos, pero nunca pudo regresar a su patria y se inundó de nostalgia, de un anhelo por el hogar perdido. La tragedia personal de este genio del piano pronto cristalizó en música. La añoranza del terruño lo llevó de nuevo a sumirse en la música popular polaca y, a partir de ahí, compuso sus bellísimas polonesas y mazurcas que sirvieron de hogar, de patria musical, a tantos polacos de la diáspora. Pero como la música es un idioma universal, las composiciones inigualables de Chopin (estudios, nocturnos, sonatas para piano, valses, preludios, fantasías para piano, polonesas, etc.), como la de tantos otros compositores (de música clásica o popular), constituyen un verdadero hogar para quienes las disfrutamos una y otra vez. “Tú eres la música, mientras la música dura” (T.S. Eliot). Es una lección que indirectamente aprendí de mi madre.

Publicado en el Sol de Sinaloa.

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Poemas de Idea Vilariño

Les comparto un fragmento de la escritura lúcida, profunda, con un soplo de urgencia, de la poeta y ensayista uruguaya Idea Vilariño. Su poesía está recogida por Lumen en un bello libro que debe leerse y releerse:

Una lluvia pausada, alargada, serena,
envolvente, inquietante, sostenida, perfecta.
He dejado la música, ahogué todas las voces
para escuchar la suya que suena tenazmente
como un hilo de plata dentro de un viejo odre.

Y me digo, rendida, sin voz, pausadamente,
que la lluvia cayendo hace un ruido de gente
cayendo sobre el mundo a lo ancho de los siglos
acompasadamente.

Dentro de mí no hay ruidos.
Hay cántaros vacíos, campanarios en ruinas,
hogueras apagadas, hay agotadas minas
blancos ojos de estatua, grandes estrellas huecas,
relojes sin agujas y libros sin palabras
y violines sin cuerdas.

Y un silencio espantoso en que cae la música
armoniosa, cansada, perfecta, de la lluvia
con un ruido de perlas contra el fondo de un cofre,
con un ruido de alas, de dedos; con un ruido
monótono, angustioso, ancestral, monocorde.

***

Noche de sábado

Todo el aire
los cielos
el vasto mundo ebrio
dan vueltas y más vueltas y más
alrededor de este cuarto esta cama
esta luz esta hoja.
Toda la vida
toda
vibra frágil y densa
o brilla por ahí
o se rompe en lo oscuro.
Toda la vida vive
toda la noche es noche
el mundo mundo
todos
están afuera están
fuera de aquí
de mi ámbito
para todos es sábado
es la noche del sábado
y yo estoy sola sola
y estoy sola
y soy sola
aunque a veces
a veces
me invade a veces una
nostalgia de la vida.

***

Esto

Esto que va que viene
que llevamos traemos
de un lado a otro
huesitos ganglios médulas
la voz el tacto dulce
el cristalino
el pubis
esto que cada noche
guardamos
frágil cosa
todo esto
qué es esto
sangre
aliento
piel
nada.

***

La piel

Tu contacto
tu piel
suave fuerte tendida
dando dicha
apegada
al amor a lo tibio
pálida por la frente
sobre los huesos fina
triste en las sienes
fuerte en las piernas
blanda en las mejillas
y vibrante
caliente
llena de fuegos
viva
con una vida ávida de traspasarse
tierna
rendidamente íntima.
Así era tu piel
lo que tomé
que diste.

***

Playa Girón

Siempre habrá alguna bota sobre el sueño
efímero del hombre
una bota de fuerza y sin razón
pronta a golpear
dispuesta a ensangrentarse.
Cada vez que los hombres se incorporan
cada vez que reclaman lo que es suyo
o que buscan ser hombres solamente
cada vez que la hora de la verdad la hora
de la justicia suenan
la bota rompe ensucia aplasta
deshace la esperanza la ilusión
de simple dicha humana para todos
porque tiene otros fines como Dios
como dicen los curas que su dios
tiene otros altos fines misteriosos
otros planes en que entran Hiroshima
España Argelia Hungría y todo el resto
en que entran la injusticia la opresión
el abandono el hambre el frío el miedo
la explotación la muerte
todo el horror todo el dolor del hombre.
Va cambiando de pies según el oro
según la fuerza y el poder se mudan
pero siempre habrá alguna
a veces más de una
pisoteando los sueños de los hombres.

***

Como el que desvelado
a eso de las cuatro
mira con ojos tristes
a su amante que duerme
descifrando la vieja eterna estafa.

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Leer es una metáfora del viaje

Ahora que nos encontramos resguardados en casa desde hace semanas (quienes podemos), encerrados o confinados para evitar la propagación del nuevo coronavirus, sin saber hasta cuándo podremos salir a la calle con toda normalidad, la lectura literaria se torna indispensable para emprender innumerables viajes sin apenas movernos de nuestro casa. Los libros abren puertas que conducen a otra realidad y difuminan fronteras a la imaginación, ensanchándola, trasladándola a lugares ignotos mientras dura la travesía de los ojos sobre las páginas. Incluso después de cerrar el libro. La buena literatura tiene el poder de grabar en nuestra memoria los destellos infinitos del lenguaje que nos alumbrarán en la vida. Cuando se termina un libro, el lector nunca está en el mismo lugar en el que comenzó, aun cuando no haya movido sus piernas. Viajó de otra manera. Su yo es otro: se desplazó su imaginación, despertó su cuerpo, cambiaron sus percepciones, vibró todo su ser. “Vivir es viajar a través del libro del mundo, y leer es abrirse camino por un libro, es vivir, viajar por el mundo mismo (Alberto Manguel). De principio a fin, leer es estar en movimiento, visitar mundos alternos, andar y encontrar espacios distintos.

“La razón por la que me enamoré de los libros es porque fungían como un pasaporte a otros lugares y a otras vidas. Los libros imitaban el viaje. En un libro podía ir a cualquier parte y ser cualquiera”, escribió Jordan Kisner en The New York Times. Los libros, su lectura propiamente, son una metáfora del viaje en soledad. Salvoconductos que nos permiten entrar en otros territorios, expandir el horizonte y las posibilidades de la experiencia desde la mesa de lectura. Como le ocurre a José Arcadio Buendía, el patriarca fundador de Macondo en Cien años de soledad, quien no era lector pero me recuerda a uno en el siguiente fragmento: “Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.” Eso es un lector. O aquel otro personaje de la misma novela, Aureliano, este sí lector implacable, que llegó a conocer tanto de la Europa medieval sin haber puesto los pies en ella y sin dejar su cuarto; incluso aprendió varios idiomas. Seres de ficción que gracias a la lectura, como podría hacerlo cualquiera en la vida real, viajaron a través de sus sueños y de los conocimientos que iban adquiriendo. A su manera, ampliaron el mundo que los sitiaba y habitaron otros espacios allende las fronteras de Macondo. También entraron en la piel de los otros. “Solo la literatura”, escribe la antropóloga francesa Michèle Petit, “da un acceso semejante a lo que han sentido, soñado, temido, elaborado [los otros], aunque vivan en ambientes que difieren en todo del nuestro.”

Gracias a la pluma ingeniosa de Cervantes, acompañé por varios días a Don Quijote de la Mancha, ese “entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos”, y a su escudero Sancho Panza, en las más disparatadas aventuras. Visitamos castillos, peleamos contra gigantes, nos enamoramos de la belleza sin par de Dulcinea, deshicimos agravios, recibimos las más inverosímiles palizas y combatimos contra rufianes y ganapanes. De la primera a la última página, siempre estuvimos en movimiento, viajando como caballeros andantes. Porque, aseguraba Don Quijote, “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.” Por eso había que ir en busca de aventuras, las cuales no solo estaban afuera sino, con extremada vivacidad, en los libros de caballerías. El viaje es inherente a la literatura. “Viajo por el viaje en sí mismo. Lo grande es moverse”, apuntó ese gran escritor viajero que fue Stevenson. De igual forma, el lector habitual de literatura lee por la lectura, por la felicidad que procura y por la insólita sensación de estar en otra parte.

Pero si la lectura es movimiento, también, paradójicamente, es un refugio, un resguardo. En su libro Leer el mundo (FCE, 2015), Michèle Petit cuenta que al escuchar relatos sobre los recuerdos lectores de muchas personas, entre ellas hijos de inmigrantes, le sorprendió que esos recuerdos solían estar relacionados con metáforas espaciales. Los libros les habían dado un lugar: “los libros eran una tierra de asilo”, “tenía un lugar propio, mis libros”, “los libros eran mi casa, siempre estaban ahí para recibirme.” Porque los libros, la buena literatura, la mejor filosofía, sirven para ir al encuentro de uno mismo. Un buen libro es como una hoguera que nos enciende por dentro. Además de casa, hogar es el sitio donde se prende la lumbre en las cocinas o chimeneas, nos dice el diccionario. Hogar es morada, compañía y calor de los cuerpos; un lugar para entrar y estar ahí alrededor del fuego. Como sucede con los libros. Lo dice con claridad Jeanette Winterson, citada por Petit:

Para mí, los libros son un hogar. Los libros no hacen un hogar; lo son, en el sentido en que así como los abres del mismo modo en que abres una puerta, entras adentro. En el interior, descubres un tiempo y un espacio diferentes. También se desprende calor de ahí, como de una chimenea. Me siento con un libro y ya no tengo frío. Lo sé desde las noches heladas que pasé a la intemperie.

Leer es otra forma de viajar, la mejor garantía de sentirse en casa. No apresures el viaje: acomódate en él y aprovecha los obsequios del recorrido. “Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,/ ruega que tu camino sea largo/ y rico en aventuras y descubrimientos (Constantino Cavafis).

Publicado en El Sol de Sinaloa.

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El consuelo de la música

El Cultural publica una interesante entrevista con la filósofa polaca Alicja Gescinska, autora del ensayo La música como hogar, quien reivindica la música por su belleza intrínseca, por su fuerza para unir a la gente. Va un fragmento de la entrevista:

Pregunta. ¿Cómo nos puede ayudar la música en medio de esta crisis?
Respuesta. Los humanos encontramos consuelo en la belleza. Y en la música hay mucha. Lo vemos muy claro en tiempos de crisis: la música tiene una fuerza increíble para unir a la gente. Hay vídeos conmovedores de italianos cantando juntos en sus balcones, igual que en España. La música no puede curar un cuerpo atacado por el virus. Pero sí puede curarnos del virus de la soledad que ataca nuestras almas. Lo decía el compositor polaco Lutoslawski: “La creación artística puede ser una exploración del alma humana, y los resultados de la misma suavizan uno de los más intensos dolores del hombre: la soledad”.
P. En su opinión no sólo puede ser un hogar sino también una patria. ¿Es Chopin la suya?
R. Sí, muchas veces lo siento así al escuchar su música. Emigré de Polonia con mi familia cuando era niña. He vivido en Bélgica, unos años en Estados Unidos, y luego volví a Bélgica. Soy una persona desplazada. El hogar es un lugar que siempre está más allá de mi alcance. Nunca dejo de añorar algo. Es una nostalgia que no me puedo sacudir. Pero escuchar a Chopin siempre me ha ayudado a sentirme más en casa en cualquier sitio que me encontrase.
P. De alguna manera, es usted una filósofa rebelde porque sus colegas históricamente han mostrado bastantes recelos hacia la música, desde Platón hasta Kant pasando por Adorno y su inquina hacia el jazz. La ‘excomulgaron’ porque exaltaba las emociones y nublaba la razón. Aun así le han dedicado mucho tiempo a estudiarla. ¿A qué achaca esta aparente contradicción?
R. A que muchos filósofos argumentan que la esencia humana y su moralidad reside en la razón. Para ser bueno y hacer el bien debes guiarte por la razón, no por las emociones. Kant creía que era un arte muy inferior a la poesía. Platón era muy crítico con sus efectos, algo compartido con más filósofos y escritores. Piense en La sonata a Kreutzer de Tolstoi, donde se muestra que la música despierta pasiones que no debería despertar. Yo estoy en cambio con Schopenhauer y Nietzsche: sin música, la vida sería un error. No desconfío de las emociones: son tan importantes como la razón en nuestra conducta moral
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Una habitación propia

Jesús Silva-Herzog Márquez escribe en nexos sobre Una habitación propia, el famoso ensayo de Virginia Woolf, al que Borges vio como un simple alegato por el feminismo, pero que ha resultado, con el paso del tiempo, una pieza ensayística tan importante como vigente, no solo por las ideas sino por el libre fluir de su escritura.

Cuando Victoria Ocampo recibió en París un ejemplar de Una habitación propia, el gran ensayo de Virginia Woolf sobre la mujer y la escritura, quedó deslumbrada. Ahí estaba lo que ella quería decir sobre las dificultades de la expresión en un mundo masculino. Era 1929, muy poco tiempo después de haber sido publicadas las conferencias de las que proviene el libro. De inmediato, Ocampo busca a la novelista, le escribe cartas, le regala orquídeas, le envía cajas repletas de mariposas, la visita en su casa en Londres. Woolf se siente acosada por la adinerada sudamericana de “ojos de huevo de bacalao fosforescente”, pero permite que un argentino traduzca, para Sur, La habitación y también Orlando. Se llamaba Jorge Luis Borges.
Muchos años después, Borges confesó a Osvaldo Ferrari que, en realidad, había sido su madre la verdadera traductora del ensayo y que él solamente hizo la revisión. Tomaba distancia porque no le parecía un ensayo de gran valor. Lo veía como un alegato elemental por el feminismo y como tal, innecesario. “No necesito alegatos para convencerme del feminismo”, le dijo al entrevistador. Virginia Woolf aparece ahí como misionera y como comparto su propósito, me resulta prescindible. El poeta ponía la novela por encima del ensayo. Admiración por el arte, desprecio de la idea.
Continuar la lectura aquí

También recomiendo leer Virginia Woolf: la rebeldía imaginada, de Soledad Loaeza.

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Una ciudad devastada por la peste

La tarde del 16 de abril de 194 …, el doctor Bernard Rieux, antes de entrar en su departamento, vio salir del fondo de un corredor una enorme rata que se movía con torpeza. El animal hizo un alto, avanzó hacia el doctor, se detuvo, giró sobre sí mismo dando un gritito y cayó con el hocico ensangrentado frente a los ojos del doctor. Al día siguiente, con las ratas tomadas por las patas, el portero del edificio le dijo a Rieux que habían aparecido tres más. Era un anuncio, una señal, un presagio macabro. Intrigado por lo que había visto, decidió visitar a sus pacientes en los barrios más pobres y pudo observar decenas de ratas en los basureros; era el tema de conversación entre los vecinos. En un par de días comenzaron a salir a morir cientos de ratas en las fábricas, en los arroyos, en los patios y en las aceras. Fue en ese momento que los ciudadanos de Orán, una prefectura francesa en la costa de Argelia, se inquietaron. El portero, el viejo Michel, sería una de las primeras víctimas de un enemigo mortal que nadie esperaba.

Orán es la ciudad en la que el novelista, dramaturgo y ensayista Albert Camus (Argelia, 1912 – Francia, 1960) ubicó la historia de La peste (1947), la cual es narrada por un cronista que aspira a la objetividad de su relato, a decir “esto pasó”, valiéndose de su propio testimonio y el de otros personajes de la novela que de pronto se vieron atrapados en una circunstancia que a todos rebasaba. “El modo más cómodo de conocer una ciudad”, nos dice el narrador, “es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. En nuestra ciudad, por efecto del clima [caliente], todo ello se hace igual, con el mismo aire frenético y ausente. Es decir, que se aburre uno y se dedica a adquirir hábitos.” Los ciudadanos de Orán están entregados al comercio y a la idea fija de enriquecerse; solo los fines de semana se permiten frecuentar mujeres, el cine y el mar. “Esta ciudad, sin nada pintoresco, sin vegetación y sin alma, acaba por servir de reposo y al fin se adormece uno en ella.” En una comunidad de dormidos despiertos nada podía alertar a los oraneses de los graves hechos que se relatan en esta gran obra de ficción.

En la primera parte, el narrador nos cuenta la lenta transición de un periodo de desconcierto a un periodo de pánico. Primero la incredulidad, luego la confusión, después el miedo y con él la reflexión. En unos cuantos días las cosas empeoraron: se recogieron y se quemaron 8,000 ratas. Frente a estas cifras, los ciudadanos comenzaron a entender que se trataba de una seria amenaza cuyo origen desconocían. “En unos cuantos días los casos mortales se multiplicaron y se hizo evidente para los que se ocupaban [los médicos] de este mal curioso que se trataba de una verdadera epidemia.” Sin embargo, nadie llamaba por su nombre a lo que estaba ocurriendo. Nada de generar pánico, decían las autoridades, pero tampoco podía ocultarse por mucho tiempo. El mal de las plagas es algo común y que se repite a lo largo de la historia de la humanidad (la peste de Atenas en 430 a. C., la peste de Londres en 1665, la peste de Marsella en 1720, la gripe española en 1918, epidemias de cólera y viruela, por mencionar solo algunas); también es común que nos tome desprevenidos. Uno no cree en las plagas hasta que están encima de nosotros como arrojadas desde el cielo con una furia inusitada. El propio doctor Rieux sentía como algo irreal el mortífero fenómeno que se expandía por toda la ciudad; también él, junto con los otros médicos, estaba desarmado.

La peste, puede decirse entre muchas otras cosas, es la historia de una ciudad cuyos ciudadanos y autoridades tardaron en reaccionar ante los primeros signos de la horrenda epidemia, “sumidos en la estúpida confianza humana”, pues no quisieron renunciar en forma temprana a sus hábitos y a sus pequeñas costumbres con el objetivo de mitigar las infecciones transmitidas por las pulgas de las ratas. Continuaban las reuniones sociales y la asistencia al cine y a la ópera. Sin embargo, al ver las nuevas cifras, la prefectura endureció las medidas: declaración obligatoria de los síntomas, aislamientos, las casas de los enfermos cerradas y desinfectadas, y los familiares debían mantenerse en cuarentena. Entre tanto, llegó un parte oficial desde París en el que Rieux leyó: “Declaren el estado de peste. Cierren la ciudad.” Y las puertas de la ciudad se cerraron, confinando a miles de oraneses en sus casas y en su propia ciudad; separando de improviso a madres, padres, hijos, esposas, novias y amantes que habían salido del puerto y ya no podían entrar de vuelta en Orán. Los diálogos entre los seres queridos se redujeron a las fórmulas breves del telegrama: “Sigo bien. Cuídate. Cariños.” Los enamorados ansiaban atravesar las puertas selladas de la ciudad argumentando razones del corazón; los doctores lo prohibían respondiendo con el lenguaje de la razón y la evidencia. Nadie debía salir. Con la peste llegó una especie de exilio, una condición de prisioneros que vino a transformar tanto la atmósfera de la ciudad como los caracteres de sus habitantes. La animación del puerto había desaparecido con la peste. Una de las grandes revoluciones que trajo la enfermedad, se lee en alguna de las cinco partes que componen esta ficción, es que de pronto el mar estaba prohibido y la juventud se alejaba de las playas. “La gran ciudad silenciosa no era entonces más que un conjunto de cubos macizos e inertes, entre los cuales las efigies taciturnas de bienhechores olvidados o de antiguos grandes hombres, ahogados para siempre en el bronce, intentaban únicamente, con sus falsos rostros de piedra o de hierro, invocar una imagen desvaída de lo que había sido el hombre.”

Coincido con el apunte de Rafael Narbona acerca de la enseñanza que nos deja La peste, de Albert Camus: “… las peores epidemias no son biológicas, sino morales. En las situaciones de crisis, sale a luz lo peor de la sociedad: insolidaridad, egoísmo, inmadurez, irracionalidad. Pero también emerge lo mejor.” Efectivamente, si bien los oraneses al principio practicaban una muy tenue solidaridad, la epidemia los devolvió a la soledad y al silencio. Para los meses de septiembre y octubre, los efectos del agotamiento y la falta de tregua en una ciudad devastada por la peste bubónica condujeron a una creciente indiferencia de la población y a un preocupante abandono. Pese a todo, de igual forma surgió lo mejor de muchos ciudadanos, particularmente del doctor Rieux, héroe de la novela y un héroe de la ciudad sin buscarlo, quien estaba entregado en cuerpo y alma, hasta 20 horas diarias, junto con su equipo, al cuidado de la salud de sus conciudadanos. Había que dar la batalla por sus coterráneos y no dejarse vencer. “No tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre,” y también entiende la importancia de la simpatía para la vida cotidiana, pues “pensaba que este mundo sin amor es un mundo muerto, y que al fin llega un momento en que se cansa uno de la prisión, del trabajo y del valor, y no exige más que el rostro de un ser y el hechizo de la ternura en el corazón.”

Al final, en esta novela de gran profundidad moral y filosófica acerca de la condición humana –así como de un evidente compromiso estético de Albert Camus con una escritura bastante eficaz para lo que se relata, poética en muchos instantes y filosófica cuando nos quiere empujar a la reflexión de los grandes temas universales—, hay lugar para la esperanza. Es una enorme novela sobre la vulnerabilidad humana, pero también sobre su coraje, tenacidad, valor y solidaridad en las periodos más aciagos y amenazantes para su especie. En este mismo momento, mientras escribo, hay muchos doctores Rieux trabajando por la salud y por la vida en todo el mundo.

Publicado en El Sol de Sinaloa.

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Un conocido poema de Constantino Cavafis

Ítaca

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que tu camino sea largo
y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón;
no los encontrarás en tu camino
si mantienes en alto tu ideal,
si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón,
si de ti no provienen,
si tu alma no los imagina.

Ruega que tu camino sea largo,
que sean muchas las mañanas de verano,
cuando, con placer, llegues a puertos
que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:
madreperla, coral, ámbar, ébano
y voluptuosos perfumes de todas clases.
Compra todos los aromas sensuales que puedas;
ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.

Siempre ten a Ítaca en tu mente;
llegar allí es tu meta; pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho,
mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje
no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido;
pero no tiene más que ofrecerte,
y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.

Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia,
habrás comprendido lo que las ítacas significan.

1911

 

Versión de Cayetano Cantú.
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Lisístrata. La voz de las mujeres

De las comedias que nos ha legado la antigüedad, las de Aristófanes en particular “se construyen sobre una referencia constante a los acontecimientos, personajes, instituciones políticas y culturales de la sociedad ateniense contemporánea, a los que somete a juicio y crítica, en ocasiones de manera muy dura y burlona (…) Él proporcionaba al público una evasión, casi carnavalesca, de la vida cotidiana, al mostrar criticados y zaheridos a personajes públicos, posiblemente odiados y, muchas veces, envidiados por su posición social y poderío económico” (José García López). De hecho, en algún libro antiguo se cuenta que al pedirle Dionisio de Siracusa a Platón la constitución ateniense el filósofo le regaló las comedias de Aristófanes. Los aspectos más diversos de la realidad política, social y cultural de Atenas estaban en esas páginas: la “nueva educación” (Las nubes), los tribunales de justicia (Las avispas), el demagogo y el belicista (Los caballeros), la riqueza (Pluto), los gobernantes (Las aves), la guerra (La paz), Eurípides (Las ranas), etcétera. Junto a Cratino, Aristófanes encarnaba la sátira política y social convertida en arte dramático. Políticos, magistrados, guerreros, sofistas y ricos sufrieron la crítica, el escarnio y la insolencia del dramaturgo.

En la comedia Lisístrata (414 a. C) los temas son la guerra al mismo tiempo que la paz. Aristófanes eligió como protagonista a una mujer ateniense (Lisístrata), perspicaz y enérgica, que decide convocar a las mujeres de Atenas, de Beocia y del Peloponeso, para un asunto de importancia: detener la guerra que está arruinando a Grecia (La Guerra del Peloponeso comenzó en 431 y terminó en 404 a. C.). Convencida de lo poco que se puede esperar de los hombres, ávidos de poder y dinero, Lisístrata anuncia que la salvación de Grecia se halla en manos de las mujeres (“Sobre nosotras descansa la República”) y les hace una singular propuesta: “Mujeres, si queremos obligar a los hombres a hacer la paz, es preciso declararnos en huelga… de la cosita”. Todas las mujeres deberán evitar la relación sexual con sus maridos hasta verlos inflamarse por el deseo y la desesperación: “Abstengámonos y ellos harán rápidamente la paz. Estoy segura de ello”. Algunas se niegan al principio, como Calónice (“Haré todo lo que tú quieras […] Todo antes que renunciar a la cosita; pues no hay nada en el mundo que se le iguale”), pero al final todas aceptan y se encierran en la Acrópolis.

En una de las escenas memorables de la obra un magistrado interviene para interrumpir la revuelta: “Bastante se ha demostrado ya la desvergüenza femenina, con sus tamboriles, sus orgías sin fin y sus gritos”. Sin embargo, gracias a la habilidad y el vigor discursivo de Lisístrata, la huelga se mantiene incólume. La inusitada situación arroja pronto sus primeras víctimas. Cinesias, con una repentina y crecida tensión que le consume el cuerpo y le impide caminar debidamente, acude a la Acrópolis para encontrarse con Mirrina, su mujer. Pero ésta, fiel al plan de Lisístrata, se niega a satisfacerlo. En esta escena, Aristófanes utiliza su ingenio cómico para hacer arder a Cinesias en una pira intolerable de deseo por su mujer (que sólo juega cruelmente con él): “¡Maldita mujer! Me veo listo, preparado y desnudo, ¡y ella me abandona! ¿A quién deberé dirigirme, cuando la más hermosa de todas se burla de mí? ¿Y cómo darle alimento a este deseo?”.

La abstinencia masiva de las mujeres se torna insoportable no sólo para los hombres atenienses, sino también para los de Beocia y del Peloponeso, donde Lisístrata había enviado representantes. Por esa razón, y con incómodas protuberancias, comienzan a llegar embajadores de la paz a Atenas para firmar el cese de la guerra en Grecia. No pueden estar más sin sus mujeres. La estrategia había sido un éxito.

Como el teatro era la verdadera escuela de la vida en la antigua Grecia, Aristófanes aprovechó cada una de sus obras para cuestionar y ridiculizar duramente a los personajes públicos de su tiempo, odiados por muchos, así como para promover la paz en tiempos de guerra. Lisístrata es una comedia que da un ejemplo de ello. Esta pieza literaria no sólo critica lo absurdo de la guerra, sino que acaso constituye uno de los textos más antiguos en el que se reivindican los derechos de participación política de la mujer:

¿No podemos dar un consejo a la República? Somos mujeres, sin duda, ¿pero es ese motivo para rechazarnos, si traemos algún consuelo para nuestros males? Nosotras también pagamos nuestra parte en los impuestos.

Mientras otros enseñaban con gravedad las artes de la retórica y la política, Aristófanes, con sentido poético, ponía en escena las caricaturas del poder. El teatro de este autor fue y es un instrumento de conocimiento y educación cívica en el mejor sentido posible: el de la crítica.

Platón no se equivocó. Si Dionisio quería entender la constitución política de Atenas, debía leer primero a sus literatos. Una constitución es apenas el reflejo de una cultura.

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Sylvia Plath: el no ser perfecta, me hiere

 

El porvenir es una gaviota gris…
Sylvia Plath

Hace años leí sin parar la emocionante y a veces triste biografía de Sylvia Plath (Boston, 1932-Londres, 1963) escrita por Linda W. Wagner-Martin (Circe, 1997). A pesar de los éxitos en vida y de la admiración que muchos sentían por ella, la vida de Plath estuvo signada por la tragedia y por esa extraña soledad a que se condenan personas sensibles e inteligentes en exceso. Artista de la palabra, Plath fue una poetisa que transformaba la experiencia, la vitalidad de lo mundano, en arte, forma, ritmo. Trabajó desde adolescente con ese claro objetivo. Siempre quiso ser escritora, de las mejores; también deseó la fama. Logró ambas cosas. No obstante, la biografía enseña que su lucha por encontrar una identidad como escritora fue durísima. Topó con obstáculos y adversidades. Perfeccionista en casi todo, la devastaba el fracaso más leve: el rechazo de alguna revista a uno de sus poemas, la indiferencia de los hombres, la negativa de una beca, escribir poemas mediocres, etcétera.

Sylvia Plath vivió escindida por exigencias contradictorias. Quería ser una chica “buena” pero también experimentar con las relaciones sexuales (algo escandaloso en su época); quería casarse con el marido perfecto, tener un hogar de sueños, ser la esposa y madre ejemplares, pero simultáneamente deseaba tiempo para leer y escribir, para ser ella y ser libre.

Gracias a una beca viajó a Inglaterra. Allí conoció al poeta Ted Hughes, a quien besó violentamente desde el primer encuentro (“Me he enamorado irremediablemente, lo cual sólo puede acarrearme un gran dolor. He conocido al hombre más fuerte del mundo, exalumno de Cambridge, brillante poeta cuya obra estimaba antes de conocerlo, un Adán alto, desmañado, saludable, con voz de trueno, cantante, narrador de historias, león y trotamundos, un vagabundo que jamás se detendrá.”). Se casó con él. Con el matrimonio comenzaron las insatisfacciones de Sylvia y se disparó su depresión (en años anteriores había intentado suicidarse). Tuvo dos hijos con Ted, pero éste nunca ayudó en casa, al parecer ni en lo económico, prácticamente la tenía abandonada en su propio hogar. Ted se dedicaba a escribir buenos poemas y a publicarlos, mientras la talentosa Sylvia era absorbida por la vida matrimonial, por la “jaula de la costumbre y la rutina”. Antes que por la poesía, se preocupaba por los pañales, los gastos de la casa y por apoyar a Ted en su carrera como escritor. Al mismo tiempo, la situación la estaba asfixiando.

La vida de Plath, ante un Ted indiferente e infiel, se secaba. Circunstancias que la sumían en una intensa y profunda depresión que “se alternaba con un aspecto maniaco: su energía ilimitada, el insomnio, sus decisiones a veces volubles…”. Sin embargo, paradójicamente, esos momentos de melancolía y conflicto la impulsaban a escribir sus mejores poemas, alimentados por las pasiones del amor y del odio. Sus temas: Ted, la opresión de las mujeres, la vida matrimonial, los hijos… El 16 de octubre de 1962 escribió a su madre: “Soy escritora… soy una escritora genial: es algo que poseo. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida; me harán famosa… Estoy librando ahora una difícil lucha y estoy sola.”

Armada de valor, Sylvia se separó de Ted. Intentó mantener su integridad psicológica, asimilarse como una madre sola con sus dos hijos, pero el conflicto interno que padeció fue atroz. No tuvo el matrimonio perfecto que “debían” tener las muchachas buenas estadounidenses de los años cincuenta. No soportó el peso de toda la carga perfeccionista: ser la mejor mamá, tener buenos ingresos para vivir cómodamente con sus hijos, ser una escritora profesional, excelente, la mejor. Estaba profundamente agobiada y enferma. “El no ser perfecta, me hiere”, escribió; también: “La perfección es terrible, ella no puede tener niños”.

Así, el 11 de febrero de 1963, a primera hora de la mañana, luego de colocar dos vasos de leche en el cuarto de los niños y tapar con toallas alrededor y debajo de las puertas, luego también de haber tomado somníferos, Sylvia Plath se arrodilló junto al horno y abrió la llave del gas. A las nueve y media de la mañana la encontraron muerta. Contaba con 31 años de edad. Terminó aquí una lucha implacable por compaginar de manera total vida y literatura. A Plath la vida le hizo la vida imposible. “No quiero una caja cualquiera, quiero un sarcófago / con rayas de tigre, y una cara redonda / como la luna para poder contemplar. / Quiero estar mirándolos cuando vengan / juntando los minerales estúpidos, las raíces…”

Ted Hughes, a propósito del suicidio de su ex esposa y de la llamada telefónica que recibió cuando le avisaron, escribió el poema Last Letter, en el cual, en una de sus estrofas, se leen los siguiente versos:

Una voz como un arma elegida
o una inyección medida con cuidado
transportó fríamente cuatro palabras hasta el fondo de mi oído:
su esposa ha muerto”.

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Sobre el ensayo

Convencido de que “el más fructuoso y natural ejercicio de nuestro espíritu es […] la conversación”, deseando solamente entablar un diálogo ameno y casero, Michel de Montaigne inventó no sólo una nueva manera de charlar, sino un género literario, el ensayo, en el que la prosa discurre, divaga, gira, se acerca, palpa y retrocede si es necesario. El ensayo es un puente colgante, siempre trémulo, inseguro, por donde la prosa anda y titubea entre la pertinencia lógica del concepto y la necesidad estética de la metáfora. Es una realidad colmada de explicaciones, comprometida con la verdad; pero también acompañada de imágenes, paráfrasis, poesía y otros estruendos de la subjetividad, que la comprometen a su vez con la literatura. “Un discurso lógico; pero donde la lógica se pone a cantar”, diría Anderson Imbert.

A través de la lente del ensayo podemos ver cómo el ensayista corre desesperado hacia el monterrosiano árbol de la vida, y lo sacude fuertemente en busca de los frutos que le inspiren. Esa es la novedad del invento: refleja con nitidez el proceso desordenado de creación del individuo que ensaya. Es, pues, un artefacto didáctico, biográfico: el ensayo condensa la historia de un ser emocionado. Montaigne, al abrir sus Essais, nos previene: “lector, yo mismo soy el asunto de mi libro”. Este moi–même perfilará otra parte del rostro definitivo del ensayo, en el que el “yo” se posiciona, habla, piensa, interpreta, escribe, nos describe (por ello (nos) enseña) al describirse y comparte. ¿Con quién comparte? Con nosotros (esa comunidad que da sentido a las interpretaciones del ensayista o lo adquiere en ellas). En el laboratorio de la prosa ensayística la subjetividad –tan relegada por esa silla de ruedas que es el purismo metodológico– está en perpetuo movimiento, rehabilitándose de las convalecencias intelectuales, sin dejar de pensar en los otros. El ensayo es experiencia militante, viva, sentida, olfateada, largamente rumiada… comunicada.

Y el exótico centauro de la literatura tiene también otra exigencia en su origen: la brevedad. Sólo una bocanada de lo que podría ser. Un aliento. Una escritura en grado de tentativa, cuya consumación arruinaría la condición de su belleza. Un acto fallido intencionalmente. Una travesura que se pretende consciente. Una renuncia a los impulsos totalizadores de los merolicos omniscientes de su diminuta ciencia. Sin embargo, no es que el ensayo sea un asunto meramente superficial, los hay bastante profundos; pero su profundidad no radica en el peso ni en el volumen, sino en la certeza de la frase, del concepto y del acopio de imágenes con las cuales teje su discurso y su decurso. No es el número de páginas lo que hace breve al ensayo; es el placer con el que se degustan sus párrafos, como si su frescura apresurara las horas, apurara el tiempo. Podemos estar con Octavio Paz en su Laberinto de la soledad, o en su Sor Juana Inés de la Cruz, frente a cientos de páginas, y no tener verdaderamente noción del tiempo. La plática de Paz nos entretuvo, nos distrajo, nos abrió ese lugar “inexpugnable”: su biblioteca. ¡Se nos fueron las horas como segundos! Esta es la magia de la brevedad del género, y sobre ella han escrito muchos. Julio Torri, nuestro mejor y más olvidado ensayista (escribió poco y lo que escribió fueron “cosas breves”, hasta la gravedad y el insulto de la media cuartilla), dejó asentado con belleza lo siguiente: “El horror por las explicaciones y amplificaciones me parece la más preciosa de las virtudes literarias. Prefiero el enfatismo de las quintas esencias al aserrín insustancial con que se empaquetan usualmente los delicados vasos y las ánforas”.

Según nos revela el propio Montaigne, había previamente en él la idea de contar y explicar algo sin la intención de concluirlo. Escribir con la calidez y la perfección de los clásicos. Al menos intentarlo. Era un viaje; pero donde lo interesante sería el “transporte”, abreviado y trunco, de lo relatado. Una apuesta personal que nos permite inferir que la brevedad y lo inacabado de la empresa son resultado de la personalidad del ensayista. Hay algo en la sangre de éste último que le impide culminar enteramente una obra. Parece que siempre está jugando puerilmente, no se comporta. Jorge Luis Borges, a propósito de los niños, escribió que “juegan tanto, que juegan a jugar: juegan a emprender juegos que se van en puros preparativos y que nunca se cumplen, porque una nueva felicidad los distrae”. Así el ensayista: está aquí y ya está allá divertido con otras cosas, con otros temas. No puede esperar veinticinco años en el cubículo para reunir la información y publicar su primera y sólida investigación. Siempre lleva prisa, así es su temperamento. Es un devoto lector y coleccionista de aforismos y epígrafes. Viajero frecuente de prólogos y epílogos. Tiene una inclinación natural hacia lo fragmentario: vive recogiendo las piezas del rompecabezas de la vida, no para armarlo (sabe que faltan piezas), sino para jugar imaginativamente con cada una de ellas. Su espíritu es un poco desarreglado, demasiado libre, por eso no entiende la rigidez de las especialidades. La corbata y la etiqueta del saber le aprietan. Le aprisionan la garganta.

Por otro lado, hay que decirlo, el ensayo es difícil. Gabriel Zaid afirma, con una saña prosística, que “el ensayo es tan difícil que los escritores mediocres no deberían ensayar: deberían limitarse al trabajo académico”. La recomendación puede parecer exagerada, pero es pertinente. Como se sabe, en las academias es muy común la realización de “ensayos” (ensayos académicos, se precisa) donde pesa mucho más el adjetivo que el sustantivo, donde las reglas no las impone el oficio literario sino la academia. A la imaginación se le ponen cuartillas y al arte de citar oportunamente se le demandan cantidades: tanta cuartilla, tanta autoridad citada (la seriedad lo exige).

Por eso tiene sentido la propuesta de Zaid. Que no ensayen los que no estén interesados en ensayar realmente. Pero los que decidan hacerlo, que respeten en lo esencial las anti–reglas y el anti–método de la aventura ensayística. Que no insistan en dar prioridad al contenido despreciando el continente, ya que afean la escritura, la llenan de baches y topes artificiales, y no hay gobierno municipal que lo resuelva. Es mejor la renuncia voluntaria. O aceptar acaso el desafío nada fácil que plantea C. Wright Mills: “para superar la prosa académica tenéis que superar primero la pose académica”. Ese fue también el propósito y la tradición que fundó el diletante señor Montaigne.

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Los cafés y la conversación

“El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno”, apuntó George Steiner, con toda verdad, en una de sus conferencias. Si algo caracteriza a los cafés es la pluralidad, la constancia y la independencia de sus concurrentes habituales. Antes que atender una cita, en el café se coincide. No buscamos a nadie, simplemente nos encontramos, intercambiamos saludos y, a veces, compartimos una mesa. Aunque no faltan los impertinentes, “el Café es una sociedad de calores mutuos” (Ramón Gómez de la Serna). Estos espacios de libertad nos permiten estar solos entre la multitud; en medio de la vorágine de la vida pero a cierta distancia de ella. Estos establecimientos hacen posible pensar y celebrar la vida suspendiéndola temporalmente bajo el hechizo de una taza de café. Por eso los escritores, los científicos, los filósofos, los bohemios, los poetas malditos, los conspiradores, los picapleitos, los errantes que buscan un refugio momentáneo, han hecho de los cafés su segundo hogar, su principal gabinete de trabajo y su mirador privilegiado.

Los antecedentes de los cafés fueron los Salones literarios. En el siglo XVII algunas damas aristócratas de Francia (Madame de Sevigné, Madame de Stäel…) organizaban exclusivas veladas literarias, practicaban la conversación y la critique parlée de libros. En esos Salones se podía ver con frecuencia a La Rochefoucauld. Eran verdaderas instituciones de la conversación, pero con sus reglas y jerarquías para la admisión. Más tarde, en el siglo XVIII comenzaron a proliferar los cafés en ese país y en el siglo XIX había ya toda una cartografía de cafés también en otras partes del continente (Lisboa, Viena, Génova, Barcelona, etc.). Los cafés tomaron “de los Salones el modelo de la tertulia […] como centro aglutinador de las novedades culturales y epicentro de la discusión política, pero el Café lo despoja de los mecanismos de inclusión o exclusión aristocratizantes; deselitiza la pertenencia a su ámbito, seculariza el diálogo, la creación, la política; suprime el protocolo, flexibiliza las costumbres y los modales, y, sobre todo, desjerarquiza la conversación” (Antoni Martí Monterde, Poética del Café, Anagrama, 2007).1 En el café todos son bienvenidos y todos pueden participar, con la condición de que paguen su consumo.

Baudelaire pasó su juventud en los cafés del legendario barrio latino. Rubén Darío encontró a Verlaine en un café de París. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir se reunían todas las tardes con sus amigos en un café. Cioran dejó de ir al café para no ver más a “dos viejos patéticos” (Sartre y Beauvoir). Fernando Pessoa caminaba por Lisboa para tomar un café espresso. A Sigmund Freud había que buscarlo en los cafés. Lenin jugaba al ajedrez con Trotski en un café. Ramón Gómez de la Serna se autoproclamaba senador vitalicio del café. “Cuando las casas eran frías e inhóspitas, es natural que la gente corriera a reunirse en un café buscando otra temperatura física y moral”, escribió Francisco Umbral. Los cafés ofrecen calidez para nuestro cuerpo y consuelo para el individuo que escapa un rato de la multitud. El café es un lugar intermedio entre el silencio y el rumor de la calle, tiene su propia temperatura. Se le ha comparado con un sueño: “Salir del café y ver la luz del sol era como despertarse en medio de un sueño. Dentro se paraba el tiempo” (Joseph Roth); también con el viaje, pues estar en el café es una actitud, una acción de desplazamiento, una quietud pero que es al mismo tiempo una actividad. Apenas entramos a un café y ya estamos de viaje. Los aromas de la bebida y el murmullo de voces indescifrables nos transportan a otra dimensión. Salir de ahí puede demorar horas o un día entero, y nunca seremos los mismos después de esa experiencia plena de cafeína. Estar en el café, beber café, es un estado de ánimo.

Como espacios, los cafés son esenciales para la palabra, para la conversación apasionada pero civilizada. Templos laicos donde cada día y a toda hora se practica el rito del café. Alrededor de una taza de café se discrepa y se discute, en ocasiones hasta se generan acuerdos y treguas. El café activa el diálogo y el ingenio. Josep Pla, refiriéndose a la Barcelona del último tercio del siglo XIX, escribió: “Todo sucedía, en aquel entonces, en los cafés y lo que no sucedía en los cafés no existía. El café aguza la inteligencia y aviva la sociabilidad. La decadencia del café implica la decadencia de una civilización entera.” Por lo menos desde el siglo XVI se conocían los efectos de esta bebida oscura respecto a la inteligencia, la agudeza y la vigilia. “En París se estima mucho el café y hay una muchedumbre de sitios públicos donde lo despachan […] Una de estas casas hay en que hacen el café de manera que cuantos lo toman adquieren agudeza de ingenio; a lo menos nadie al salir deja de tenerse por mucho más hábil que cuando entró” (Montesquieu). Si la nuestra es una civilización fundada en la inteligencia y la luz de las palabras, los cafés contribuyen a afirmarla. Cuando desaparece un café se hace de noche así sea de mañana. Es un día triste.

Hay otra forma de la conversación que se realiza en los cafés desde siempre: la lectura. Leemos en la soledad de una mesa rodeados de miradas mudas. El habitual del café lee vorazmente la prensa, así toma el pulso de la ciudad y del mundo, para luego salir informado a su encuentro. También lee libros, muchos libros. La conjunción de la imprenta y el café son una revolución en sí misma. La entrada en el café, el consumo de la bebida, nos hace volcarnos a la lectura; y la lectura compulsiva nos obliga a pedir más tazas de café, olvidándonos del tiempo. Como muchos otros que me antecedieron y que me sucederán, debo a los cafés, mucho más que a la escuela, mi educación libresca, libre y omnívora. No recuerdo ni siquiera el intento de alguna institución escolar por contagiarme el hábito de la lectura; la letra con sangre entraba. Es en los cafés, en sus mesas y en sus tertulias, donde verdaderamente aprendí a leer de la única forma en que vale la pena: por placer. Sin más credenciales que la curiosidad, sin más pertrechos que una taza de café y un buen libro, en esos lugares leí, como un diletante, a las mentes brillantes de la literatura, la filosofía, la psicología, la sociología, la historia, la música, el Derecho, etc. Mis recuerdos de Shakespeare, de Molière, de Montaigne, de García Lorca, de Lope de Vega, de Flaubert, de Sartre, de Platón, de Aristóteles, de Paulo Freire, de Freud, de Hans Kelsen, de Norberto Bobbio, por mencionar algunos al azar, están asociados con el café y algunas taquicardias, no con la academia. Me sigue pareciendo cierto lo que decía Thomas Carlyle: “La verdadera universidad de hoy en día es una colección de libros.” Una colección de libros acompañada de café, agregaría yo.

Los cafés son un permanente centro de aprendizaje y de debate, más cerca de la tertulia democrática que de las universidades con sus conocimientos jerarquizados y credencializados. En el café el sociólogo puede hablar libremente de literatura y el literato comentar sobre política; el abogado puede recitar versos y el poeta reflexionar acerca de la filosofía. En la academia del café “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto. Se puede charlar, contar, pero no es posible predicar, dar mítines ni clase” (Claudio Magris). Los cafés son ágoras, no púlpitos para el sermón ni cátedras para los argumentos de autoridad. Hace quizás veinte años, en un café llamado “El Tabachín”, leyendo a E.M. Cioran me encontré con este aforismo suyo: “El café es el secreto de todo.” Desde entonces me hago cargo de estas palabras.

1 La mayoría de las citas las tomé del espléndido libro de Antoni Martí Monterde, mencionado en este texto.

Publicado en El Sol de Sinaloa.

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Escribir es una tarea infernal

“Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelva a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y, sin sentarse, garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente de ellos planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista. En efecto, escritor es aquel que se enfrenta como nadie al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás, sencillamente, redactan” (Fabio Morábito).

Tiene razón el poeta: solo los escritores tienen de verdad un problema con la escritura. Ese es el principal, cuando no el único, motivo que los desvela y angustia, que los obliga a pasar despiertos cientos de noches hasta el amanecer o a encerrarse durante el día mientras afuera la vida de los otros pasa. Así se trate de un recado escolar, todo texto implica un desafío para el escritor: ¿cómo empezar, qué palabras elegir, cuál es el tono correcto del texto, cómo escribir con eficacia lo que realmente se desea comunicar?, ¿no hay una traición inevitable cuando el pensamiento se traslada a la palabra escrita, acaso no nos alejamos de la perfección de lo pensado? En El libro del desasosiego (1982) Fernando Pessoa confesó que recostado, en meditación, esculpía frases enteras y perfectas, palabra por palabra, tramas de dramas se le narraban con precisión en sus ensueños y sentía el movimiento métrico de grandes poemas, pero si pasaba del lugar donde meditaba esos artefactos perfectos a la mesa en la que los escribiría las palabras de repente huían y los dramas morían. “Fui más genio en los sueños y menos en la vida. Mi tragedia es esta. Fui el corredor que cayó a un paso de la meta, tras haber ocupado la primera posición durante toda la carrera”, afirmó el gran poeta portugués.

Escribir es fracasar. El objetivo del escritor: fracasar cada día mejor. “Es imposible explicar cómo se escribe un buen libro. Pero esto es lo que hace que la profesión de escritor sea apasionante: la constante posibilidad de fracasar”, apuntó Patricia Highsmith. Se dice que La Fontaine reescribió hasta diez veces sus fábulas; Chateaubriand rehacía las mismas veces una página; Buffon transcribió dieciocho veces Las Épocas de la naturaleza y llegó a decir que todos los días aprendía a escribir; Flaubert se obstinaba hasta cinco días para lograr una buena frase; y Wilde, bromeando, escribió: “Estoy extenuado, trabajé todo el día: por la mañana puse una coma; por la noche, la quité”. Escribir es una tarea infernal, se quejaba Tomás Segovia. Y Adolfo Bioy Casares expresó que para escribir bien había que escribir mucho. Existe el mito de que Shakespeare no corregía, pero esto solo alimenta el mito de Shakespeare. Detrás de una obra de arte literaria están las cientos o miles de palabras que fueron arrojadas al fuego o a la papelera. “Necesito escribir y escribir. Es el único camino para conseguir una forma y un estilo”, leemos en los Diarios de ese gigante literario que fue Tolstoi. Se escribe y se reescribe porque una y otra vez se fracasa, no se logra la expresión literaria perfecta, se lucha por un sustantivo, un adjetivo preciso, por poner o quitar una coma, por esa maravilla que son los dos puntos, por las elipsis que permiten el punto y coma, por alargar o terminar de una buena vez con el párrafo, por encontrar incluso una melodía en las oraciones, y esto lo saben todos los escritores, para quienes la vida está hecha de palabras, de literatura, es el cristal con el que la miran.

“El estilo, que es algo que me tomo a pecho, me sacude los nervios horriblemente. Me lleno de despecho, me carcomo. Hay días en que me pone enfermo, y de noche tengo fiebre. Cada vez me siento más incapaz de expresar la idea. ¡Qué manía tan rara, pasarse la vida consumiéndose a propósito de palabras y sudando todo el día para redondear frases! Hay veces, es cierto, que se goza sin medida: pero ¡con cuántos desánimos y amarguras se paga ese placer”, se lamentaba ese maniático del estilo que fue Gustave Flaubert, cuya novela Madame Bovary es un portento de la prosa, un resultado genial de esa pugna con las palabras, extenuante y desigual, que el autor registró muy bien en las páginas de su Correspondance. Para el francés, escribir era como una droga: alivio y perjuicio para sus nervios al mismo tiempo. Perseguía como un obsesivo no solo “le mot juste”, sino la musicalidad en las oraciones, por eso gustaba de leerlas en voz alta hasta que las aprobara su oído. Escribir mal era una traición al idioma y a sí mismo. En eso se le fue la vida. “Escribir es como una droga. Se empieza por puro placer y acabas organizando tu vida como los drogadictos, en torno a tu vicio” (Antonio Lobo Antunes).

La gente feliz es feliz y punto, no se detiene a cavilar sobre su felicidad o su existencia. No consigo imaginar a personas sencillas y alegres preocupadas de pronto por el cosmos o el estilo y la corrección de las oraciones; ansiosas por crear un personaje o encontrar una buena frase. Un individuo feliz no hubiera podido escribir (porque no lo habría experimentado) lo siguiente: “…si pudieses asistir a lo que en mí ocurre, me compadecerías al ver las humillaciones que hacen sufrir los adjetivos y los ultrajes con que me abruman los ‘que’ relativos” (Flaubert). Solo un gran escritor, alguien que no sabe escribir y por eso escribe y escribe todos los días, pudo haber anotado, con ese tono, lo anterior.

Otro gran escritor, cuyas fuerzas estuvieron destinadas a la escritura literaria, cuando no estaba en las compañías de seguros para las que trabajó, fue el enfermizo Franz Kafka. Se oponía a sobrevalorar sus escritos, porque eso le impediría alcanzar lo que realmente deseaba escribir en estado de máxima concentración, por ejemplo, una obra maestra como La metamorfosis (1915). “Cuando mi organismo se dio cuenta que el escribir era el enfoque más provechoso de mi ser, todos mis esfuerzos tendieron hacia allí y abandonaron todas las facultades relativas a los placeres del sexo, de la comida, de la bebida, de la reflexión filosófica, de la música. Yo iba adelganzando en todas estas direcciones. Era algo necesario, puesto que en conjunto mis fuerzas eran tan débiles, que sólo unidas podían utilizarse para escribir.”

¡Y todo por la escritura!

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Mirar el mundo. Ficción y crítica

Lady Ottoline Morrell, Virginia Woolf – The Culturium

(Crédito: National Portrait Gallery)

Rara vez dedicamos nuestro tiempo a mirar detenidamente la naturaleza, las cosas, las personas. Las horas y los días pasan sobre nuestra muda indiferencia. Hemos perdido, la mayoría de nosotros, la capacidad de asombro que presumiblemente tuvimos en la infancia. Los escritores, en cambio, son esa clase de individuos cuyo trabajo consiste en observar la vida con atención y asombro, lo más cerca posible, para luego contarla, mediante la invención, a los lectores. “The art of writing is a very futile business if it does not imply first of all the art of seeing the world as the potentiality of fiction”, escribió Nabokov.

El arte de la mirada es quizás aquello que comparte la literatura con otras artes como la pintura o la fotografía. El dibujo de un árbol muestra, dice John Berger citado por James Wood en su último libro The nearest thing to life (2015), no un árbol, sino un árbol siendo mirado por el artista. El dibujo es el resultado de una larga y paciente experiencia de mirar no sólo los árboles sino los árboles dibujados por otros artistas. De la misma manera, el escritor se lanza a la vida con los ojos bien abiertos para captar sus colores, olores y texturas, así como para comprender, o al menos intentarlo, la inherente complejidad humana. Sólo con esa experiencia sensible y con la lectura de otros grandes escritores que también observaron los detalles de la vida, será capaz de reinventar el mundo (en sus novelas o cuentos) para sus lectores. “El ojo es el mejor artista”, decía el gran ensayista Emerson.

¿Qué hacen los escritores cuando observan minuciosamente el mundo?, se pregunta James Wood. Acaso nada menos que rescatar la vida de las cosas de su muerte; una muerte de la que somos responsables por nuestro desinterés hacia ellas. Si hay un arte que nos acerca a la vida de las cosas y las personas, a sus pormenores, que refleja y dramatiza en forma extraordinaria las contradicciones humanas, ese es la literatura, particularmente la ficción. Las grandes novelas, los grandes cuentos son, en principio, una disección del mundo practicada por el escritor (por eso tenemos mundos kafkianos, chejovianos, rulfianos, shakesperianos, dostoievskianos, homéricos, etc.); también son sistemas de alarma para que el lector despierte y vuelva a mirar, primero a través de los personajes, habitando la historia que le cuentan, luego por sí mismo.

Si el escritor reinventa el mundo mediante la ficción para entregarlo a la imaginación de los lectores, ¿qué le queda por hacer al crítico? ¿escribir sobre el libro de ficción con un lenguaje de argumentos? El escritor escribe sobre el mundo y el crítico sobre el libro, se ha dicho con frecuencia. Sin embargo, un escritor, al escribir sobre el mundo, lo hace siempre respaldado o espoleado por otros libros que le preceden (la propia tradición literaria que ha estudiado); y el crítico, al reseñar un libro, difícilmente puede evitar referirse al mundo, a la vida, a la experiencia. Para Filippo La Porta, crítico italiano que recientemente estuvo en México, la crítica literaria es también crítica de la vida, dado que la literatura no ha dejado de ser fuente de enseñanza moral y estética para los seres humanos. Lo mismo puede decirse de la crítica practicada por Lionel Trilling y Edmund Wilson: enjuician la obra leída y, a partir de ella, nos proponen su lectura del mundo.

Para James Wood, el trabajo de la crítica que él admira y cultiva consiste, principalmente, en una apasionada re-descripción: relatar una historia sobre la historia que el crítico leyó en el libro. Es una manera de escribir a través de los libros, como quería Roland Barthes, y no sólo acerca de ellos. Este tipo de crítica literaria ha sido ejercitada mayormente por los llamados críticos escritores (Oscar Wilde, Virginia Woolf, William Hazlitt, Coleridge, Baudelaire, Benjamin, etc.) y suele utilizar el mismo lenguaje de la literatura: la metáfora y el símil, la descripción y la reconstrucción de personajes. El crítico literario tiene el privilegio de ejecutar su arte con el mismo instrumento del que se ha valido el narrador (las palabras), a diferencia del crítico musical, por ejemplo. Intenta escribir literatura (así sea secundaria) a propósito de la literatura. ¡Qué importa! La escritura del narrador, del ensayista o del poeta despierta el deseo de escritura del crítico. Si por algo será recordado un crítico, será por su estilo, por su expresión estética además de argumentada, apuntó George Steiner. Si es que ocurre el milagro. También por la perspicacia de su mirada. Más que una escuela de crítica, hay críticos individuales.

“Metaphor is the language of literature, and hence of literary criticism”, concluye James Wood en uno de sus libros más autobiográficos y disfrutables.

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Lectores internautas

Me seduce la extrema calma del silencio y la lectura de los buenos libros, pero disfruto igualmente los conciertos de rock y el cine en DVD, Blu-Ray o en streaming. Me paseo y consulto diariamente en Internet decenas de diarios, semanarios, revistas, blogs, enciclopedias, exposiciones de fotografía o pintura. Descargo y escucho música todos los días. Elimino a lo largo del día más de 30 correos “basura”, mientras reviso mis bandejas de entrada. Compro libros y música en tiendas virtuales. Edito un blog (aunque los blogs ya son cosa del pasado, lo admito) cuya administración es tan adictiva como una droga; allí coloco textos e imágenes, me convierto en un empírico diseñador e interactúo con otros colegas.

¿Qué significa ser lector, espectador e internauta en lo que va del siglo XXI? ¿Cuáles son los hábitos culturales de una persona en la que concurren estas tres actividades? ¿Está peleada la lectura, como nos han hecho creer, con la televisión? ¿Qué significa leer en la era digital? ¿Un espectador o televidente que prefiere ver cine en la comodidad de su casa es, necesariamente, un individuo banal? Estas son algunas de las muchas preguntas que se planteó, hace ya 12 años, el antropólogo Néstor García Canclini (Argentina, 1939) en el libro Lectores, espectadores e internautas (Gedisa, 2007), armado a la manera de un diccionario: de la “A” de Apertura hasta la “Z” de Zapping. Temas sobre los que ha venido reflexionando desde hace años en otros textos, sobre todo en Diferentes, desiguales y desconectados: mapas de la interculturalidad (2004).

Cada vez con más insistencia los editores de los diarios piden a sus reseñistas de libros, cine, música o espectáculos que entreguen sus textos en no más de una o dos cuartillas, para que permitan leer descansadamente al lector de nuestro tiempo, que se distingue por no tener tiempo o vivir un tanto deprisa, aguijoneado por la multiplicidad de llamativos estímulos visuales. Pero, ¿de qué lector hablan? Sin duda de uno muy diferente al del siglo XIX o principios del XX, que leía reseñas literarias extensas en los diarios o en las revistas y conocía tanto de libros como de autores. Probablemente uno diferente al que han pensado autores como Roger Chartier, Umberto Eco, Macedonio Fernández, Ricardo Piglia o Alberto Manguel, o que han novelado otros como Miguel de Cervantes y Flaubert (aunque, hay que decirlo, grandes lectores los habrá en todas las épocas).

Se trata del lector-espectador-internauta del siglo XXI. “Un actor multimodal que lee, ve, escucha y combina materiales diversos, procedentes de la lectura y de los espectáculos”. Que lee más en Internet que en papel. Que pasa mucho más tiempo conectado a la red, navegando entre textos, imágenes, colores y sonidos, que frente a un gran libro que le demanda silencio, recogimiento.

Nunca antes, comenta García Canclini, se habían visto tantas películas y leído tantos libros o revistas como en la era digital. En su Pequeña ecología de los estudios literarios. ¿Por qué y cómo estudiar la literatura? (FCE, 2013) el filósofo francés Jean-Marie Schaeffer también sostiene que “nunca antes en la historia de la humanidad se ha leído tanto como hoy.” Una de las razones se debe a la proporción tan grande de seres humanos que hoy saben leer y escribir; y la otra es que el acceso y dominio de internet, cada vez mayor en nuestras sociedades, presuponen que los internautas sepan leer y escribir. La expansión de Internet abre las puertas hacia lo escrito. El problema es que la llave de acceso a las artes o al consumo de los bienes culturales ya no depende de los que saben y conocen de arte, sino que ahora está en manos de las grandes empresas que se fusionan para vender, simultáneamente, libros, juguetes, espectáculos, diarios, perfumes, comida, café, música, películas, etcétera; y a quienes no les interesa la calidad artística sino los números.

En un contexto internacional en el que el Estado retrocede frente al avance incontrolado del mercado, “las políticas culturales se repliegan en una escena predigital”. Solo buscan formar lectores tradicionales y espectadores de artes visuales. “Mientras que la industria está uniendo los lenguajes y combinando los espacios: se hacen libros y también audiolibros, se hace cine para las salas y para el sofá y el móvil”. Se montan espectáculos en el teatro pero se vende el Cascanueces en DVD. Podríamos apagar el televisor para no importunar a nuestra monacal tradición de aristócratas intelectuales; pero podríamos dejarlo encendido y disfrutar del gran cine, de exquisitos conciertos o de memorables documentales sobre la vida de un artista.

Claro, también está la inmensa basura de cierto “entretenimiento”, sobre todo en la web y la televisión. Y aquí García Canclini, como lo hace Zygmunt Bauman en Los retos de la educación en la modernidad líquida (2007), subraya el riesgo de la saturación informativa y la falta (muy democrática, eso sí) de juicios críticos de calidad que regulen ese diálogo interactivo entre la imagen, el texto y el sonido. Este es el riesgo, pero cada vez es más difícil vivir desconectado.

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La escritura como fracaso

(Harlan Ellison)

Hay personas que en la vida, por un saludable defecto de carácter, atesoran más propósitos que logros. Si algo se les puede envidiar, es el número de cosas que planearon y no hicieron. Espíritus veleidosos, son personas que no han hecho y se les reconoce por eso. Un día están aquí y otro allá, fracasando alegremente, pasando siempre a otra cosa. La dispersión es el principal rasgo de su temperamento. Soñadores, inquietos, haraganes, enamorados, egocéntricos y con una energía desbordada. Son una categoría especial de los viajeros: su vida transcurre entre abandonos y desplazamientos. Apenas comienzan una actividad, renuncian a ella porque se distraen con otra, al igual que los niños. De esa constitución suele ser mi carácter.

Motivado por la intención de escribir en el futuro un buen artículo, acostumbro recortar partes del periódico o de alguna revista cuyo contenido me atrae, las apilo junto a otro tanto de revistas y libros leídos, subrayados y también amontonados, hasta que me pierdo en un océano de papel cuyo volumen aumenta cada día. Moverme entre esa maleza es una manera de vivir, de hacerme creer que tengo un proyecto de escritura. Y lo tengo, pero sólo en mi imaginación. Es un extraño placer quedarse en el intento, observar cómo los frutos nunca logran desprenderse. Dice Robert Louis Stevenson que “todo comienzo debe ser precedido por una demora”. El problema es que hay demoras que no acaban e individuos que parecen destinados a perderse en ellas. Cada vez que decido ordenar mi biblioteca, me encuentro con las hojas amarillas de algún periódico o revista que en el pasado me sugirió ideas para escribir y no lo hice. Las guardé y se marchitaron junto al entusiasmo de la escritura. A veces no recuerdo por qué llamaron mi atención. Lo cierto es que los artículos y ensayos que imaginé o esbocé, y que incluso les di provisional título (meditaciones sobre el libro de bolsillo, un elogio de las librerías, mis impresiones sobre la legendaria librería Shakespeare and Company, un retrato de George Orwell, etcétera), nunca los escribí.

“Un libro no escrito –afirma George Steiner— es algo más que un vacío. Acompaña la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste. Es una de las vidas que podríamos haber vivido, uno de los viajes que nunca emprendimos […] Es el libro que nunca hemos escrito el que podría haber establecido esa diferencia. El que podría habernos permitido fracasar mejor. O tal vez no” (Los libros que nunca he escrito, 2008). La idea del crítico aplica también al escritor de piezas sueltas, al que ensaya con sus ideas en las páginas de revistas y periódicos. Los artículos que no hemos escrito son un conjunto de sombras que pudieron marcar una diferencia; sobre todo, la oportunidad de fracasar con mayor decoro y decir: hice lo que pude.

¿Qué misterio hay detrás de los textos no escritos? En mi caso, además de la escasa creatividad, impera el auto sabotaje. La inmovilidad frente a la página en blanco. En su libro de ensayos La historia comienza (1996), el escritor israelí Amos Oz relata que su padre, autor de libros “sesudos” y científicos, envidiaba la libertad creadora de la que gozaba su hijo novelista para escribir, sin todas esas limitaciones que implica reunir la información, corroborar la autenticidad de las fuentes, confrontar unos datos con otros, consultar diccionarios y enciclopedias, y atiborrar la mesa con fichas de trabajo. El escritor de ficción, pensaba el padre, toma la pluma y deja fluir a chorros su imaginación, “directamente de la cabeza a la página”, sin mayor lucha, sin necesidad de demostrarle a nadie la confiabilidad de sus historias. En la mesa del escritor, fantasea el científico, no hay enciclopedias ni malcaradas fichas de trabajo.

Sin embargo, secretamente, el hijo también envidiaba al padre: “Él nunca tenía que estar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto, como un cráter en la superficie de la luna. Sólo yo y el vacío y la desesperación”.

Ambos se equivocaban. Comenzar a escribir es un problema para el que de verdad escribe o pretende escribir, asumiendo un compromiso ético y estético. Es tal la exigencia de decir la verdad, o de mentir sabrosamente, con estilo, que algunos escritores jamás logran escribir, se bloquean con la insistencia de un trastornado, esperando la frase correcta. Así es su carácter. Mientras, el tiempo pasa y las sombras crecen. Y yo sigo aquí, escribiendo borradores.

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Correo literario de Wisława Szymborska

En 1951 apareció en Polonia el semanario Zycie literackie (Vida literaria), el cual, años más tarde, inauguraría una sección en la que dos miembros del consejo de redacción, entre los que se encontraba la poeta Wislawa Zsymborska (Prowent, actual Kórnik, 1923-Cracovia, 2012), respondían a los autores que les enviaban sus obras o colaboraciones.

A principios de 2018 la editorial Nórdica Libros publicó Correo literario, un espléndido libro, muy disfrutable, que recoge una selección de las mejores respuestas que dio Wislawa, como parte de la sección, a un buen número de jóvenes y no tan jóvenes cuyo deseo era publicar en la revista antes que leer o prepararse literariamente. Las respuestas son breves pero claras y contundentes, llenas de humor y una gran ironía; a veces, incluso, pueden parecernos crueles.

Enseguida unos fragmentos:

WL. T-K., Poronin. «Pido perdón de antemano por las faltas de ortografía, pero tenía mucha prisa cuando estaba pasando el texto a limpio…». Es curioso. Hasta ahora pensábamos que las prisas afectaban solo a la legibilidad de la letra. Además, si ya nos ponemos así, haya se escribe más rápido que halla, y… Por otra parte, ¿para qué todas esas prisas? […] sus versos son de momento apenas notas sueltas, de las que solo con una desbordante imaginación se podría llegar a hacer un poema. Un saludo.

P.Z.D., Chorzów. «O me dan cierta esperanza –por mínima que sea— de ser publicado, o si no, al menos, consuélenme…». Tras la lectura de su texto nos vemos obligados a elegir lo segundo. Así que, ¡atención!, ahí van nuestras palabras de consuelo. Le espera a usted una vida fantástica, una vida de lector, y de lector de los mejores, de lector desinteresado; la vida de un amante de la literatura, un amante que será siempre el miembro más fuerte de la pareja, es decir, no el que tiene que conquistar, sino el que es conquistado. Leerá usted las cosas más diversas por el puro placer de leer […]

IR. PRZYB., Gdansk. No intente ser poético a toda costa, lo poético es aburrido, porque siempre es secundario. La poesía, al igual, por otra parte, que toda la literatura, saca sus fuerzas vitales del mundo en que vivimos, de las vivencias realmente vividas, de las experiencias realmente sufridas y de los pensamientos pensados de forma autónoma. El mundo hay que volverlo a describir continuamente porque nunca es el de antes, aunque solo sea porque antes no estábamos nosotros […]

KAR. M., Sędziszów. ¡Qué suerte tienen los médicos, siempre pueden recetar alguna pastilla! En nuestro campo, Polfa [empresa farmacéutica] todavía no ha inventado nada. Así que le recomendamos la gramática de la lengua polaca tres veces al día después de desayuno, comida y cena.

BAŚKA. «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjunto?». Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa.

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La soledad del escritor

No hay experiencia o sentimiento más extraño que el de la soledad, el del peso y la saturación del silencio. Estar o sentirse solo puede ser un acontecimiento doloroso, triste (muchas veces lo es); también representar una conquista de la libertad. La soledad que no elegimos es la que más nos lastima: la sentimos y vivimos como abandono. Los amigos se van (o nunca llegan), los amantes pierden el interés, la familia deja de llamar, los compañeros de trabajo te miran como a un extraño, la calle, de pronto, con su movimiento, te parece ajena. Todo se ha retirado; en su lugar, el silencio desplegando sus grandes alas y el vacío. “Muchas soledades hieren, asfixian, impiden la vida. Duelen las que se prolongan por mucho tiempo y laceran profundamente aquellas donde el abandono es una constante”, escribe Arnoldo Kraus. Si el amor es pasión, la soledad desdichada es erosión pura: nos debilita y desanima, nos aleja de aquellos que creíamos importantes para nosotros.

Aunque no deja de ser difícil y amarga, la soledad del escritor es peculiar porque descansa en una elección o un destino. El escritor desea, profundamente, escribir; es decir, estar solo. Es probable que sufra por ello, pero jamás renunciará a esos estados de autonomía y libertad, a esa condición endemoniada. La literatura es hija de la soledad; los libros, hijos del silencio, de una quietud paradójica, a veces agitada. “Hay una soledad sin la cual el libro no podría ser escrito, y para leerlo haría falta otra soledad equivalente […]” (Antonio Muñoz Molina). Kafka lo sabía: “Tengo que estar mucho tiempo solo. Todo cuanto he realizado es sólo un logro de la soledad”. En una de sus cartas a Felice Bauer, mujer a la que amó, Kafka le escribe con toda sinceridad: “No te espera la vida de esa mujer feliz que tú ves caminar ante ti, no te espera la alegre charla, cogidos del brazo, sino una vida monacal al lado de un hombre afligido, triste, callado, descontento, enfermizo, quien –cosa que podría parecerte una locura— está atado con invisibles cadenas a la literatura, y que prorrumpe en gritos cuando uno se acerca a él, porque, según afirma, se tocan sus cadenas.” El respeto por la literatura detuvo a Kafka frente al matrimonio; el respeto y el amor por Felice, también. Un escritor sincero, convencido de su vocación, que renuncia a la vida en común antes de que sea demasiado tarde, antes de que lleguen los hijos y las hipotecas, las colegiaturas y los cursos de verano.

“Apenas hay menos tormento en el gobierno de una familia que en el de un Estado entero. Allí donde el alma está ocupada, lo está toda ella. Y aunque las ocupaciones domésticas sean menos importantes, no son menos importunas.” (Montaigne).

“Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en el que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas” (María Zambrano). Sólo quien ha estado sumido por temporadas en el silencio puede revelarnos algo importante, imprevisto o maravilloso. Nadie está más solo que el que escribe. Quizás por eso son los escritores quienes más necesitados parecen estar de lo emotivo, lo sensual y lo amoroso. Tienen un pie aquí y otro allá. Enamorados de la vida, escriben para intentar apresarla y recontarla con palabras. Digamos que se aferran a lo que ellos creen más vivo de la vida; desean sentirla de una manera distinta. La literatura existe porque la vida [tal cual es] no basta, decía Fernando Pessoa. La literatura anima y enriquece nuestra existencia ordinaria. Alguna vez Guimaraes Rosa dijo a Clarice Lispector: la leo “no por la literatura, sino por la vida”. Mayor homenaje no puede recibir un escritor. Es la prueba de que ha logrado inventar o modelar, a través del lenguaje literario, artístico, mundos alternos para él mismo y sus lectores. Y esta es la ambición soterrada del que escribe. Dylan Thomas: “Quiero construir poemas lo bastante sólidos y grandes como para que la gente pueda caminar y sentarse, comer y beber y hacer el amor en ellos.”

La soledad de un escritor, además de una elección, es un continuo aprendizaje. Debe luchar por distinguirla del abandono. La compañía de los demás, su ausencia, puede entenderse de diversas formas. A estar solo se aprende. La soledad es más una percepción personal, melancólica y luminosa, que un hecho. No se puede negar que de pronto sea triste y sin embargo bella, como los versos de Guillermo Fernández:

La soledad es cosa mía
resplandece en todo lo que amo
No hay más verdad que la acrobacia del quedarse a
solas
algún gemido en una bolsa de papel
o el discurrir de la sangre que no sabe a dónde va
Me había hecho la promesa de no volver a mi
cancioncita triste
de saciar la hora con un grano de anís
con una nube niña durmiendo en la palma de mi mano
Ahora vuelvo a casa como un criminal
Alguien me lapida implacablemente desde la sombra
Tropiezo a cada paso con la polvorienta tristeza
Nuestras cosas están en sus sitios hundiéndose
Toco tu mano en la llave del agua
en la cama revuelta
en el pliegue más hondo de la sábana
Si tú supieras cómo me aterra la limpidez del aire
el insomnio ese tren que nunca llega al mar
En veces me devora la rabia y me largo a las calles
husmeo en los basureros en los parques
De las carnicerías obtengo espléndidos trozos
Mis compañeros de trabajo me oyen hablar a solas
como un tonto
y en toda estas noches remastico las cucarachas de la
soledad.

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Fascinación por la lectura

(Imagen de la Agencia EFE)

Más allá de cómo se convierte uno en lector, cuál es el proceso que nos conduce al vicio de la lectura, me interesa responder a la pregunta ¿qué es un lector?, particularmente el lector literario. ¿Es lector aquel que sabe leer, transformar las letras en palabras y estas en oraciones y párrafos; quien lee de forma mecánica, por algún encargo o para obtener alguna utilidad? Me parece que no, y coincido con quienes han dado la misma respuesta.

En un conocido ensayo, Homo legens, el filósofo Bolívar Echeverría examina las características de esta especie cuya existencia ha provocado, a lo largo de los siglos, asombro y desconfianza por igual, admiración y rechazo; una especie que, para algunos extremistas, está en vías de extinción. “El homo legens no es simplemente el ser humano que practica la lectura entre otras cosas, sino el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura; aquel cuya experiencia directa e íntima del mundo […] tiene lugar sin embargo a través de otra experiencia indirecta del mismo, más convincente para él que la anterior: la que adquiere en la lectura solitaria de los libros.” El homo legens lee con la misma naturalidad con la que respira, es instintivo, no puede dejar de hacerlo, la lectura es parte de su alimentación diaria y de su gozoso retiro. Para Ricardo Piglia, el lector adicto, el que no puede renunciar a leer, representado literariamente en Don Quijote, es el lector puro, para quien la lectura no es solo una práctica sino una forma de vida.

El homo legens, el lector puro o el lector nato del que habla Edith Wharton en El vicio de la lectura, no lee para superarse como se exigía en la Ilustración y como demanda hoy la sociedad de la información, tampoco para matar el tiempo, curar un mal de amor o ascender en el escalafón; el lector lee por placer, por el goce y la inigualable felicidad que obtiene de esa práctica tan antigua. Es una lectura que nace del ocio, de la libertad y de la imaginación; es lectura creativa, lúdica, encuentro de pensamientos y emociones, una pausa (que puede durar horas) en el tiempo. En ese sentido, el homo legens es un lector anticapitalista: se opone a la lectura útil, a la lectura impuesta como deber por la vida productiva. “Para el lector mecánico, los libros, una vez leídos, no son cosas que crecen, echan raíces y tienen ramas que se entrelazan, sino que son como fósiles etiquetados y guardados en los cajones del armario de un geólogo […] Para una mentalidad de este tipo, los libros nunca hablan entre sí” (Edith Wharton).

Pero, ¿cuál es el secreto de la fascinación que ejerce la lectura y que constituye al homo legens?, se pregunta Bolívar Echeverría. ¿Por qué Jorge Luis Borges, ese lector total, nos preguntamos nosotros, se enorgullecía más por los libros que había leído que por los que había escrito, imaginando el paraíso como una especie de biblioteca? ¿Qué hay ahí oculto, en el vicio de leer, en la pasión por la letra escrita, que con tanta fuerza atrae y sujeta para siempre a muchísimos individuos. “[…] En el hecho de la lectura”, apunta el filósofo, “el lector no sólo acepta la propuesta de un uso concreto del código, que es lo primero que realiza el emisor-autor, más allá de sus intenciones explícitas. El receptor-lector se apodera de esta propuesta y la explora por su cuenta y a su manera, incitando con su inquietud inquisitiva a que el autor adquiera una vida virtual y entre en un proceso de metamorfosis.” Es esta actividad del lector, que se apropia del texto y lo interroga incesantemente con cada lectura, la que desencadena la magia de la lectura; es este diálogo virtual lo que fascina y embelesa. Por eso uno puede leer y releer, digamos, la Ilíada, Otelo o Hamlet, porque en cada encuentro, gracias al hechizo de la lectura activa, esas obras literarias cambian, y sus autores también. Cada lector crea a su autor y viceversa. Hay un Homero, un Shakespeare, un Montaigne o una Woolf para cada lector. El Franz Kafka de nuestra juventud no es el mismo que el de nuestra madurez. Extrañamente, hay obras literarias que envejecen; otras, acaso las mejores, rejuvenecen con el contacto diario, amoroso, de sus lectores.

“Leer es el arte de dar vida a la página, de establecer con un texto una relación amorosa en la cual experiencia íntima y palabra ajena, el vocabulario propio y la experiencia de otro, convergen y se entremezclan como las aguas de dos ríos y se funden en un solo caudal” (Alberto Manguel). Si esto implica leer –propiamente un arte de dar vida a lo leído, de entablar una relación con lo escrito hasta que comiencen a iluminarse y ramificarse las palabras—, se equivocan rotundamente quienes oponen la lectura literaria a la vida. No hay prejuicio más errado que el que enfrenta literatura y vida, como si se tratara de fuerzas que se repelen. Probablemente haya más vida en las páginas de Madame Bovary y de Crimen y castigo, en un cuento de Chéjov, que en la de muchos que caminamos por las calles. Pero para entrar en esos textos, respirar su aire y pasear por sus avenidas, es necesario leer de una manera viva, despierta: dispuestos a conversar con la creación literaria que se nos ofrece. Para un lector, el texto no es algo muerto, sino, como dice Roland Barthes, es una productividad. No tanto porque sea el resultado de un trabajo, sino porque es el escenario, el teatro mismo de una peculiar producción de sentido en el que convergen el autor (productor del texto) y el lector (quien reescribe con su imaginación el texto dado). “[El] texto ‘trabaja’ a cada momento y se lo tome por donde se lo tome; incluso una vez escrito (fijado), no cesa de trabajar, de mantener un proceso de producción. ¿Qué trabaja el texto? La lengua”, nos dice el crítico francés.

En esa productividad y diálogo virtuales descansa la fascinación por la lectura y lo que da origen al lector.

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La lectura del periódico

En un artículo titulado “Prensa y civilización” (La Jornada, 26/2/09) el poeta Hugo Gutiérrez Vega escribió que “la lectura de la prensa diaria, con la taza de café y el jugo de naranja sobre la mesa del desayuno, es algo más que una costumbre trivial. Es un acto civilizatorio que significa el cumplimiento de esa necesidad de información y de interpretación de los hechos que nos permite, partiendo de la observación de la realidad y del análisis del estado del mundo y del país, participar e involucrarnos en la vida sociopolítica”.

Si tenemos en cuenta la mala calidad de algunos periódicos que circulan hoy día, nos parecerán erróneas las afirmaciones del escritor: el encuentro del lector con su diario no sería un acto civilizatorio, sino una pérdida de tiempo o una fuente de frustración por tanta mala escritura y ausencia de investigación. Pero no lo son tanto si pensamos que la buena prensa escrita, el periódico en particular, contribuye aún a informar, interpretar y contextualizar políticamente las noticias diarias. La mejor prensa ofrece crónicas, reportajes, gráficas y artículos de opinión confiables. Su lectura es un acto civilizatorio en tanto que crea en la comunidad de lectores, y luego amplía, un espacio público para conocer y debatir los hechos que son noticia.

Recibir un periódico impreso a las 5 de la mañana (sé que sueno nostálgico), oír con emoción el golpe seco de su caída, abrir la puerta, recogerlo, oler la tinta y el papel, abrirlo y comenzar a leer, es entrar de inmediato en otro lugar, subir a otro nivel e incorporarse a un diálogo público animado por la información, la investigación y el análisis. El lector de prensa diaria no solo tiene la posibilidad de informarse y entretenerse, sino de formarse a través de la lectura de textos que van más allá de los titulares. “Cabe hablar del periódico mismo como un hecho cultural, que configura la sensibilidad del lector y lo hace receptivo a determinadas opciones no sólo éticas, sino también estéticas…”, apuntó el crítico Ignacio Echevarría (http://www.observatoriofucatel.cl/cultura-periodistica/). Esta es una de las ventajas del periódico frente a la marea de noticias que pasan veloces por Internet.

Cada vez son más los lectores que se “informan” a través de los titulares e hipervínculos noticiosos de Yahoo, Google, Facebook o Twitter, sin acceder al texto completo. La lectura de periódicos que trasciende los encabezados y se sumerge en una historia o una crítica, genera opinión pública; la lectura de titulares, opinión mediática. Esta “prima lo obvio e inmediato y opera un reduccionismo que hace ininteligible lo más nuevo y transformador confinando la noticia en lo sabido o presumible” (José Vidal-Beneyto). La superficialidad informativa, traficante del chisme, contribuye a formar comunidades de espectadores (más que de lectores) desinformados y apáticos ante su realidad, porque no los compromete políticamente: viven la noticia como espectáculo, como una diversión alrededor de la nota roja, rosa o amarilla.

Por el contrario, la lectura de una buena crónica o de una opinión seria nos hace partícipes de golpe en la vida social y política de nuestro entorno, porque nos acercan a la realidad con ayuda de la imaginación y la inteligencia. Como fenómeno cultural, el periódico nos ofrece la oportunidad de ubicar en el contexto la noticia que leemos con cierta prisa; nos ayuda a construir una opinión propia, algo más compleja.

Michael Luo, editor de newyorker.com, el sitio web de la prestigada revista del mismo nombre, luego de darse cuenta que su lectura de noticias (útimamente más digital que impresa) se había vuelto fragmentaria y superficial –obteniendo la información mayormente por medio de redes sociales y aplicaciones noticiosas, “aunque estaba leyendo mucho más que antes, con frecuencia sentía que entendía menos”—, decidió experimentar y hacer cambios en su dieta mediática. En su texto The urgent quest for slower, better news (newyorker.com, 10/4/2019) Michael nos comparte que, sin dejar los medios digitales, adoptó un nuevo ritual: leer la edición impresa del New York Times en el desayuno. ¿Resultado? Al leer sin interrupciones cada mañana el periódico impreso se involucraba con las noticias de una manera más concentrada, enfocada. Leía artículos de gran interés que no estaban en sus redes sociales o que se perdía al estar navegando por diferentes aplicaciones y que le ampliaban el alcance de su lectura. “Me parecía que estaba mejor informado.” La profundidad y la concentración que le proveyó ese modesto ritual de lectura lo hizo sentirse, y seguramente también estar, mucho más informado. La edición impresa de un diario de calidad impuso una forma de leer más detenida y enfocada, con menos distracciones. Frente a las presiones del consumo rápido de noticias hay que oponer la sagrada lentitud de la concentración.

Acaso por lo anterior, para algunos de nosotros resulta preocupante la crisis actual de los periódicos y la desaparición de algunos suplementos culturales. Debido al aumento de los costos de los materiales, a la disminución de los anunciantes que sostienen a los diarios impresos y a la migración de los nuevos lectores a las plataformas digitales, en Estados unidos han cerrado sus puertas algunos periódicos locales y en México han desaparecido suplementos culturales importantes como Hoja por Hoja y El ángel, lo que empobrecerá la calidad de la conversación pública. Las razones que explican esta crisis, sin embargo, no son solo económicas, sino culturales. Se han transformado los hábitos de lectura y de consumo de la información. Las nuevas generaciones leen en pantalla y ya no compran periódicos. El problema es que en la pantalla (¿influirá el soporte, el formato?) suelen leer titulares (spot news) y no pasan de ahí (spot reading), de lo inmediato. Brincan como pulgas de un encabezado a otro, en espera de la nota más escandalosa y farandulera. Vivimos una especie de cacofonía mediática que poco tiene que ver con uno de los objetivos del periodismo más serio: formar una ciudadanía informada. En este contexto, no es casual que una de las recomendaciones que Timothy Snyder nos ofrece en su libro On tyranny (2017) para fortalecer la democracia sea que nos suscribamos a algún periódico de la localidad, puesto que su vitalidad y su circulación importan, pero su vigencia depende de que los ciudadanos estemos dispuestos a pagar por sus investigaciones y su crítica.

No censuro Internet, por supuesto: soy adicto a la red. Pero el periódico impreso conserva todavía un encanto como producto de la cultura y como objeto que incentiva la discusión del día. Además el papel del periódico es útil, como ninguno, para limpiar vidrios, para embalar objetos delicados, para las piñatas, para…

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Pasear por las librerías

(Crédito de la imagen: Chema Moya)

Es habitual que la gran mayoría de personas visite las librerías solo cuando necesite algún libro, frecuentemente un libro de texto. De hecho, es más habitual que no las visite nunca, según han reportado diversas encuestas sobre cultura en los últimos años. Sencillamente los libros no forman parte de su vida: no le dicen nada o cree que no le dicen nada; puesto que no han experimentado el golpe de lectura, para qué malgastar el tiempo y el dinero en esos lugares, cuando la vida parece estar en otra parte. Sin embargo, hay otras personas, quizá las menos, y parece que cada vez son menos, cuyo pasatiempo consiste en ir de paseo por las librerías (cuando las hay) una o dos veces por semana, deambular por sus pasillos, detenerse frente a un título que convoque su atención, continuar, volver, pasear la mirada por los estantes en que mudos descansan los libros. No buscan uno en particular, tampoco lo necesitan, en realidad presienten que ahí puede estar un libro que las necesite a ellas. Son amantes de los libros. Paseantes cuya vocación reside en la alegría de pescar libros o ser atrapados por ellos. Por eso no faltan a su cita semanal en la librería: pueden encontrar allí el libro de su vida.

Este es el momento en que debo confesar que soy una de esas personas que acuden religiosamente, una vez por semana, a lo que podríamos llamar una tienda de libros. Pocas veces pregunto por un libro, a pesar de la obstinada y molesta interrogación de los muchachos de la librería: “¿busca algún libro?”, “¿le puedo ayudar en algo?” ¡No, no busco ningún libro y quizá tampoco puedan ayudarme! Solo quiero caminar y pasear entre los libros, observarlos, tocarlos, abrirlos, olerlos y hojearlos; esperar que alguno de ellos me hable porque ese día, precisamente ese día, me esperaba. Escasas alegrías hay para mí como la que ocurre cuando descubro un libro, lo miro de cerca y sé que es mío para siempre, que debo llevármelo o es él quien debe irse conmigo. Hay algo poderoso e indescriptible que emana de ciertos libros; una sustancia imperceptible que nos atrapa y nos hace volver la mirada cuando pasamos junto a ellos, la atmósfera cambia. Es imposible ignorarlos. Sentimos sus radiaciones incluso antes de que los veamos; su silencio nos llena precipitadamente. Ocurre con los volúmenes desconocidos y también con los familiares.

¿Qué tiene el libro de cuentos reunidos de Inés Arredondo que consigue detenerme cada vez que camino frente a él; qué quiere decirme, por qué me retiene? Oculta una fuerza que me atrae, indescifrable, aun cuando ya lo conozca y lo tenga en mi biblioteca; sin duda, hay algo para mí en ese libro. ¿Por qué cada nueva edición de las reflexiones de Séneca sobre la felicidad, la vejez, la brevedad de la vida y la amistad, de las tragedias de Shakespeare o de A sangre fría de Truman Capote, me cierra el paso en una librería? ¿Cuál es su demanda, por qué me interpelan con tal porfía esos difuntos? Se supone que no los busco porque ya los guardo en mi biblioteca, y sin embargo me encuentran. Antes de abrirlos y luego de leerlos hubo una conexión entre nosotros. La mayoría de las veces no voy a las librerías para comprar un libro en especial, sino para descubrirlos o descubrirme en ellos. Cuando entro en una librería, no estoy seguro si soy yo el pescador que lanza su red para atrapar algún milagro o soy la presa que se agita en un mar de libros. Me gusta no saberlo.

El encuentro con un buen libro, con lo que presentimos que es sin duda un buen libro (incluso sin leerlo), puede modificar nuestro estado de ánimo o nuestro día completo. Hace años viajé a la Ciudad de México y visité sus librerías, cerré los ojos (metafóricamente) y me dejé llevar por el azar y las invisibles fuerzas de atracción que se concentran en ellas. Durante horas paseaba placenteramente de una librería a otra y me topaba con muy buenos libros; lo delicioso de ello residía en el viaje, en la continua no-búsqueda, en el merodear sin fin. El último día de mi estancia, avanzada la noche, cuando creí que habían concluido mis compras librescas, me dirigí a la caja de una de las librerías que visité para pagar. En ese momento, mientras sacaba el dinero de mi bolsillo, algo pequeño pero seductor cautivó mi atención. Detrás de la chica que me cobraba había un librero en el que alcanzaba yo a ver, achicando mis ojos y enfocando el objeto del deseo con esfuerzo, un pequeño ensayo de Virginia Woolf titulado ¿Cómo debería leerse un libro?, en una muy bella edición. Apenas lo vi, supe que era mío. Estaba dispuesto a sacrificar otros libros por ese pequeño ensayo que se me arrojaba en silencio, sin moverse. Por supuesto, lo incluí en mi compra. De pronto, la noche tuvo un clima diferente. No sé por qué, ese pequeño libro puso el sabor a mi vagabundeo por las librerías. Regresé feliz y como renovado a casa, el diminuto pero valioso hallazgo me había transformado.

No creo que existan en la vida cosas más placenteras que el ocio y el paseo al aire libre. “El alma de una caminata es la libertad, la libertad perfecta de pensar, sentir y hacer exactamente lo que uno quiera”, dice William Hazlitt. Cuando paseo por las librerías, siento esa misma libertad de estar al aire libre, de sentir el viento resbalar en mi rostro y el oxígeno entrar en mis fosas nasales, de pensar y hacer lo que me venga en gana.

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La utilidad de las humanidades

“Las humanidades no solamente son enseñanza intelectual y placer estético, sino también fuente de disciplina moral”. Con tal claridad hablaba, en 1908, Pedro Henríquez Ureña, ilustre miembro de uno de los grupos que mayor influencia ha tenido en la cultura de México: el Ateneo de la Juventud. Era la época de una pax porfiriana a punto de desmoronarse por la revuelta social. En esa tormenta, Vasconcelos, Alfonso Reyes, Henríquez Ureña, Antonio Caso, entre otros jóvenes del Ateneo, decidieron participar en la revolución mexicana con el capital más importante que poseían: el estudio y la crítica; aportando su propia revolución: la de la cultura. Se trataba de abrir nuevas vías, aprovechar el río revuelto. Y lo hicieron: restauraron la otra República, la de las letras. El programa no era sencillo, pero sí impostergable. Había que defender y reivindicar las humanidades (literatura, filosofía, filología, música, arte en general, etc.) frente al llamado conocimiento “útil” de la época. Hacer pequeños o grandes agujeros a la capa de un positivismo científico que los asfixiaba. Era una revolución dentro de otra. Un movimiento armado de ideas. Frente a Comte, hubo de oponerse a Schopenhauer y a Nietzsche.

A pesar de la distancia, aquella opresión intelectual que padecieron los ateneístas vuelve a sentirse en la actualidad con mucho más fuerza. Cada día se organizan seminarios, encuentros, donde se rinde culto al conocimiento útil, “el que sirve para algo”, “el que me enseña a hacer cosas concretas”, “el que da dinero”, que más bien llamaría yo utilitario. Se difunde la idea de que estudiar humanidades es aceptar anticipadamente el exilio del desempleo. Según algunos, acicateados por su abrumadora ignorancia, el sector productivo ya no requiere (ni quiere) filósofos, sociólogos, historiadores, literatos, antropólogos, músicos, etc., sino ingenieros. Por ende, hay que ser cuidadosos y observar lo que demanda el señor mercado para sujetar a él nuestra vocación.

Recuerdo que el periodista Andrés Oppenheimer dijo alguna vez estar sorprendido al saber que aún se estudiaban los libros de Marx en la escuela de economía de la UNAM, cuando en las escuelas de los países ricos esas teorías ya fueron, según él, olvidadas. Es una posición extremista y dogmática, pues el problema no es leer a Marx (gran pensador y teórico), sino sólo leerlo a él; esto sí sería en verdad contrario a los fines de una universidad. Otros ideólogos de la técnica y la ganancia, adoradores de la mercancía, han sostenido que la pobreza de los países subdesarrollados se debe a que han apostado su crecimiento y competitividad a las premodernas carreras humanísticas y no a aquellas que son productivas e innovadoras, según el último grito del mercado. El tufillo conservador, además del eminentemente mercantil, que despiden estas afirmaciones no requiere mayor explicación: son un disparate.

Si el sector productivo no solicita filósofos, no es culpa de las humanidades sino de la ignorancia de aquél: un filósofo podría servir incluso para elaborar el código de ética de una empresa o para conducir un proceso que va de las ideas a la producción, siempre en libre diálogo con los técnicos. Un sociólogo, para estudiar el comportamiento de los consumidores, los clientes, proveedores. En lugar de buscar chivos expiatorios, los tecnócratas (que de eso presumen) deberían diseñar políticas públicas para generar empleos o, al menos, no acabar con los que había, teniendo en cuenta la calidad y no solo la cantidad. Más que eliminar las humanidades de las escuelas y universidades o invitar a los jóvenes a que no las estudien, como quiere el homo economicus o ignorantis, es necesario diversificar la oferta de carreras. Quizás promover con mayor entusiasmo la informática, la electrónica, la biotecnología, pero jamás quitar el dedo del renglón de las humanidades, pues estas, a partir del juego, la creatividad, la belleza y la más amplia libertad, sin objetivos puramente utilitaristas, nos empujan a ser autónomos. Y menos cuando somos una sociedad cada vez más apática, indiferente y lastimada por la violencia.

Vincular la empresa con la universidad es recomendable, siempre y cuando la primera no se trague a la segunda. La ciencia, la adquisición del conocimiento y la apreciación artística tienen su autonomía como el mercado quizá la suya. La vocación es un emplazamiento para el alma que no debiera depender de las posibilidades inmediatas de encontrar trabajo. Si nuestros gobernantes, empresarios y líderes de la sociedad no valoran o no entienden la utilidad de la ética, la filosofía, la historia, la literatura, las artes y tantas otras disciplinas afines, una utilidad que no puede tasarse por la cantidad de rentas que genere, no es responsabilidad de las humanidades, sino de quienes confunden el conocimiento, la creación artística, con una máquina de hacer dinero; aquellos que han olvidado lo esencial: las humanidades, el pensamiento crítico, la reflexión, la belleza y la imaginación hacen mucho más habitable el mundo. Como bien lo expresa Nuccio Ordine en su manifiesto La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013): “No tenemos […] conciencia de que la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo.”

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Montaigne y la pedantería

Jesús Silva-Herzog Márquez escribe en la revista nexos de este mes acerca de Montaigne y su pensamiento, sus divagaciones sobre los pedantes, “… eruditos que a golpe de lecturas han perdido el sentido común”, que coleccionan y devoran libros pero no los digieren porque tampoco los incorporan a la vida. “Hombres de memoria llena y el juicio hueco”, apunta Jesús. Espíritus refrigerados que no salen a pasear ni por error. Escribe el columnista:

Montaigne sabía que era posible volverse docto e idiota por la misma ruta. Saberlo todo sin entender nada; haber leído todos los libros sin comprender un párrafo. La lectura es inservible o dañina si no metaboliza en experiencia. “¿De qué sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?”. El saber de los otros es inservible hasta que se integra plenamente a nuestro organismo. Lo confiesa Montaigne: lo que sé de Séneca lo pude haber aprendido de mí mismo si tan sólo me habría ejercitado en el empeño. No hay saber que no esté, en semilla, en nosotros mismos.

Por eso nos fascinan los Ensayos: nada nos dicen que no hayamos podido advertir confusamente en nosotros. Nada ahí que no hayamos vivido, pensado, sentido. Los Ensayos nos tutean acariciando lo que entrevemos en nuestras inclinaciones naturales, en el trato con otros, en el sentido de nuestros temores y disfrutes. De ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada. La única instructora en la que confía Montaigne es en la vida misma.

Ningún profesor de escuela repetiría uno de sus principales consejos: olvida. No te tomes muy en serio lo que lees, despréndete pronto de lo que estudias, olvida lo que has aprendido, duda de lo que sabes. Quienes se aferran a los libros, quienes atan su juicio a una lección pueden ser ridículos pero también temibles. Risibles son quienes ven el mundo con ojos vendados por los libros. Se tropezarán a cada paso y se perderán de las maravillas de la sorpresa. Temibles quienes pretenden hacer de un libro el instructivo de la historia. Estarán dispuestos al exterminio de todo aquel que reciba la condena de las letras.

Le irritaba la arrogancia de conducir a otros. Le empalagaba la vanidad de quienes se ofrecen para mostrar el camino a los ciegos. Nadie camina por nosotros, nadie puede pensar por nosotros, a nadie podemos ceder la responsabilidad de apreciar el mérito de las cosas. Montaigne nos recuerda que pedagogía y pedantería comparten raíz. Guías de ignorantes. Pedante es el maestro de escuela que aparece como bufón en las comedias italianas. Alecciona a los niños sin percatarse que el verdadero ignorante es él. Suele el profesor enseñar para la escuela, no para la vida. Pedantes que forman pedantes: hombres de letras que no se entienden a sí mismos ni entienden al de enfrente. Hombres de ciencia que no comprenden su circunstancia. Hombres de memoria llena y el juicio hueco.

Acá continúa el texto.

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