Montaigne y la pedantería

Jesús Silva-Herzog Márquez escribe en la revista nexos de este mes acerca de Montaigne y su pensamiento, sus divagaciones sobre los pedantes, “… eruditos que a golpe de lecturas han perdido el sentido común”, que coleccionan y devoran libros pero no los digieren porque tampoco los incorporan a la vida. “Hombres de memoria llena y el juicio hueco”, apunta Jesús. Espíritus refrigerados que no salen a pasear ni por error. Escribe el columnista:

Montaigne sabía que era posible volverse docto e idiota por la misma ruta. Saberlo todo sin entender nada; haber leído todos los libros sin comprender un párrafo. La lectura es inservible o dañina si no metaboliza en experiencia. “¿De qué sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?”. El saber de los otros es inservible hasta que se integra plenamente a nuestro organismo. Lo confiesa Montaigne: lo que sé de Séneca lo pude haber aprendido de mí mismo si tan sólo me habría ejercitado en el empeño. No hay saber que no esté, en semilla, en nosotros mismos.

Por eso nos fascinan los Ensayos: nada nos dicen que no hayamos podido advertir confusamente en nosotros. Nada ahí que no hayamos vivido, pensado, sentido. Los Ensayos nos tutean acariciando lo que entrevemos en nuestras inclinaciones naturales, en el trato con otros, en el sentido de nuestros temores y disfrutes. De ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada. La única instructora en la que confía Montaigne es en la vida misma.

Ningún profesor de escuela repetiría uno de sus principales consejos: olvida. No te tomes muy en serio lo que lees, despréndete pronto de lo que estudias, olvida lo que has aprendido, duda de lo que sabes. Quienes se aferran a los libros, quienes atan su juicio a una lección pueden ser ridículos pero también temibles. Risibles son quienes ven el mundo con ojos vendados por los libros. Se tropezarán a cada paso y se perderán de las maravillas de la sorpresa. Temibles quienes pretenden hacer de un libro el instructivo de la historia. Estarán dispuestos al exterminio de todo aquel que reciba la condena de las letras.

Le irritaba la arrogancia de conducir a otros. Le empalagaba la vanidad de quienes se ofrecen para mostrar el camino a los ciegos. Nadie camina por nosotros, nadie puede pensar por nosotros, a nadie podemos ceder la responsabilidad de apreciar el mérito de las cosas. Montaigne nos recuerda que pedagogía y pedantería comparten raíz. Guías de ignorantes. Pedante es el maestro de escuela que aparece como bufón en las comedias italianas. Alecciona a los niños sin percatarse que el verdadero ignorante es él. Suele el profesor enseñar para la escuela, no para la vida. Pedantes que forman pedantes: hombres de letras que no se entienden a sí mismos ni entienden al de enfrente. Hombres de ciencia que no comprenden su circunstancia. Hombres de memoria llena y el juicio hueco.

Acá continúa el texto.

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Poemas de Giovanni Boccaccio

La editorial Almadía y la UNAM acaban de publicar, para gran fortuna de los lectores, una selección de las Rimas escritas por el escritor italiano medieval Giovanni Boccaccio (1313-1375), autor de la célebre obra narrativa el Decamerón. Esta edición bilingüe italiano-español incluye un estudio introductorio esclarecedor y notas a cargo de Fernando Ibarra Chávez, quien nos introduce en la lírica de este gran escritor. Se trata de una pequeña joya editorial, dado que es raro encontrar obra de este autor en español. Aquí una muestra de los poemas:

XXI [VI]

Amor es denostado por villanos:
lo llaman accidente doloroso,
lleno de espanto, adverso, codicioso,
y de suspiros proveedor cortés.

No se percata el ciego error de aquellos
cómo proceda su fuerza escondida
en hombres justos, briosos y prudentes
para buscar honor, con bien actuar.

Cuando ese ser en las almas gentiles
se muestra como objeto valeroso,
las vuelve humildes y también corteses.

Ornarse de gracias es su deleite;
huye, enemigo, de todo acto vil:
¿quién cesará de estar bajo su yugo?

LXXIV [LXXIV]

Si en los lazos, Amor, caer pudieses
en los que a tantos has enmarañado
los brazos rotos séante y obtusas
las garras, y las alas desplumadas

y quitado el vigor, tu culto horrendo
sea aquel que nacerá y ha ya nacido,
rotos séante el arco y los venablos
y que tu nombre siempre dolor sea.

Fraudulento, desleal y mentiroso,
falso, ladrón, asesino y sicario,
cruel, tirano y homicida perjuro.

Luego de mi servir tan largo y vano
pusiste antes de mí a quien menos vale.
¡Que caiga en ti una flecha y que te mate!

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El enojo y la justicia criminal

(en la imagen Annalise Acorn)

Letras Libres publica un interesante texto, originalmente una conferencia, de la profesora de derecho Annalise Acorn en el que reivindica el rol que juegan (o deberían jugar) las emociones, particularmente el enojo de las víctimas y la sociedad, en la impartición de justicia penal. Somos seres morales y debemos expresar nuestras emociones frente a un acto criminal, para así buscar una moral recíproca que involucre y haga responsable de sus actos al infractor. La autora se aparta de una larga tradición que viene de Platón, Aristóteles, Séneca, Montaigne y desemboca en la filósofa Martha Nussbaum, quienes rechazan “las emociones incriminatorias en la ley y en la vida.”

En fin, una reflexión provocadora que nos mueve a pensar. Van unos fragmentos del ensayo A favor del enojo:

Las emociones tienen estatus moral. El acto de culpar implica emociones como el enojo, la indignación y el resentimiento que, como respuestas afectivas a un acto de maldad real e imputable, son indispensables para nuestra existencia como seres morales; expresarlas tiene un valor intrínseco porque son parte de la búsqueda humana por una moral recíproca. Hay, me parece, aspectos de la relación entre el Estado y el criminal –y de sus roles tal y como los estructura el sistema judicial– que hacen de estas emociones un problema moral en el contexto actual del castigo. Pese a ello, mi postura es que debemos entender la sentencia como la expresión social de las emociones que culpan al infractor por el mal que hizo. De ese modo, la sentencia debe hablar del enojo y la indignación ante los actos graves de maldad criminal.

No es la posición predominante en la academia, donde se considera que es mejor erradicar hasta donde sea posible las emociones que conlleva el acto de culpar tanto de la ley como de la vida. A lo largo de este ensayo sugeriré, en cambio, que si nosotros, como sociedad o comunidad, no estamos enojados con el asesino, escandalizados con el violador, resentidos con el estafador, indignados con el golpeador, quizá tendremos un buen motivo para confinar, incapacitar, tratar, entrenar o manejar de algún modo al agresor, pero no tendremos derecho a sancionarlo si se entiende el castigo como la imposición de un merecido trato duro.

El filósofo de Oxford Peter Strawson escribió, en 1961, el célebre ensayo “Freedom and resentment”. Tomaré prestadas dos ideas suyas. La primera es que la sanción penal en realidad deriva de nuestra práctica interpersonal de responsabilizar a la gente por sus actos. La segunda es contrastar la actitud reactiva, que percibe al otro como agente responsable, con la actitud objetiva que lo define como foco de políticas, como un objeto que debe ser manejado, incentivado, controlado.

Estas actitudes tienen rangos emocionales distintos. La actitud reactiva está acompañada de emociones que apuntan a que el otro asuma su responsabilidad: el resentimiento, la indignación, el perdón, la gratitud, el enojo. La objetiva, por el contrario, es compatible con la piedad, el desprecio, el duelo, el asco e incluso con algunas formas del amor, pero no con las emociones de culpar y responsabilizar. A partir de ello, Strawson escribe que la actitud objetiva impide expresar sentimientos que suponen participar e involucrarse –el resentimiento, la gratitud, la disculpa, el enojo, el amor recíproco–. Solo la actitud reactiva es participativa, solo esta se involucra con el criminal. La actitud objetiva, en cambio, es gerencial, estratégica, indiferente; permite combatir el crimen, negociar con el criminal, pero no discutir y razonar con él.

Cuando alguien hace el mal (cuando comete una auténtica violación moral) y se encuentra con la reacción participativa y afectiva de otras personas –cuando se encuentra con su resentimiento, su indignación–, se le involucra en una disputa que respeta su agencia moral y se crea una oportunidad para que asuma su parte en la misión que tiene la humanidad de buscar una moral común. Cuando confrontamos al agresor con esta actitud emocional, lo reconocemos como par, como ser moral y compañero, lo respetamos como agente responsable, lo que es imposible con una actitud distante, objetiva, gerencial.

El libro La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia (2016), de Martha Nussbaum, es un rechazo categórico de las emociones incriminatorias en la ley y en la vida. Para Nussbaum, la respuesta apropiada ante una mala conducta es deshacerse del enojo y ceder de manera desapasionada el asunto a la ley que, por su parte, debe responder de la misma forma: sin enojo institucional, del modo más productivo posible en términos sociales. La autora acude a De la ira (ca. 50) de Séneca para sostener su postura. El filósofo estoico descarta el enojo en cualquier situación, por considerarlo inapropiado e inútil, y, a la vez, considera a la venganza una necesidad y un deber en los casos donde el acto de maldad pueda comprobarse: “¿No debe un buen hombre enojarse si asesinan a su padre, si ultrajan a su madre ante sus ojos? No, no debe enojarse, sino vengarlos o protegerlos […] Si mi padre está en riesgo de ser asesinado, lo defenderé; si lo matan, lo vengaré, no porque sienta dolor, sino porque es mi deber.” El flemático y estirado Adam Smith decía, con razón, que Séneca era el gran predicador de la insensibilidad y la recomendación de Nussbaum de abstenerse del enojo y ceder el asunto a la ley abreva de esa tradición. El que se enoja pierde; mejor, véngate.

Continuar con la lectura aquí.

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La novela inconclusa de Bernardino Casablanca

Mi primer encuentro literario con César López Cuadras, de lector a autor, hace ya como diez años, ocurrió por medio de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, cuya tercera edición de 2007, publicada por Ediciones Arlequín en su atinada colección El Gran Padrote, conseguí casi de milagro en una librería de esta ciudad. Cuando uno regresa a esta que fue la primera novela de nuestro autor, después de haber leído toda su obra, sorprende que ya están ahí las virtudes y virtuosismos narrativos que más admiramos sus lectores. Y de los que espero hablar esta noche.

Desde las primeras líneas de esta novela, el lector se encontrará con el personaje del escritor norteamericano Truman Capote, autor de la famosa novela-reportaje A sangre fría (1966), quien decide escapar por unos días de Beverly Hills y de su amante en turno con el objetivo de venir a tierras sinaloenses y visitar, en la plenitud infernal de un día de agosto de 1975, a su amigo Narciso Capistrán, un treintañero prófugo de la facultad de letras a quien había conocido en Nueva York en condiciones de escritor famélico, pidiendo monedas para el pasaje, “rondando los imprecisos límites entre la pobreza y la indigencia”. Sin embargo, ahora que Capote lo reencuentra en Guasachi, Sinaloa (el mítico pueblo inventado por César), la nueva imagen de Narciso es la del sinaloense típico, según resume el narrador: “[…] una figura embarnecida y un paso firme y seguro. Sus jeans se ajustaban al cuerpo, y la media luna horizontal del cinturón contenía una modesta barriga cervecera, que le abría ligeramente la camisa a la altura del ombligo. Adornaba su cara pulcramente afeitada con un copioso bigote de ganadero.”

Con cincuenta y un años de edad y quizás agobiado aún por el suplicio de haber escrito A sangre fría, Truman Capote llega a Guasachi, Sinaloa, con la finalidad de divertirse, comer mariscos y conocer los cuartitos de cerveza Pacífico, obsesión nostálgica de Narciso durante su estancia en Nueva York y escudo cotidiano de los habitantes de Guasachi frente a las inclemencias del calor. Capote no quiere hablar de literatura y mucho menos de teoría literaria, pero Narciso, entre “órdenes de ostiones, callos de hacha, patas de mula, camarones e incontables tandas de cerveza”, le comparte su proyecto de novela: intenta reconstruir un misterioso asesinato ocurrido hacía unos meses en Guasachi. Bernardino Rentería, gloria regional y padrote precoz, tratante de blancas, dandi de pueblo, empresario exitoso de la vida disipada y dueño del burdel más concurrido de Guasachi, el Casablanca, había sido asesinado. Tenía muchos enemigos, decían en el pueblo, cualquiera pudo haberlo matado. Narciso Capistrán quería repetir el experimento literario realizado por su diminuto amigo gringo, sólo que el expediente aún no estaba resuelto. Ni podía estarlo.

En el estado de Kansas, Truman Capote tuvo acceso a los archivos policiales y expedientes judiciales del caso criminal que reconstruía con su pluma por encargo de la revista New Yorker, pudo conversar en diversas ocasiones con el agente asignado a la investigación, y entrevistar a la gente de Holcomb, pueblo en el que habían asesinado a una familia ejemplar. En el desarrollo de su trabajo, el escritor caminó al lado de un sistema policial y de justicia que, a su manera brutal, funcionaba: hubo una investigación seria que concluyó con la detención y posterior ahorcamiento de los asesinos. En esa reconstrucción del caso, además, el escritor estableció una valiosa proximidad con los jóvenes acusados del crimen y, a través de charlas e investigaciones, logró llevar a cabo, respecto de cada uno de ellos, retratos literarios quizá sin parangón en el periodismo policiaco, alejándose del estricto reportaje y acercándose mucho más al mundo de la novela.

En cambio, la suerte de Capistrán tenía que ser, fatalmente, otra. Con solo el rumor pueblerino, el chismorreo y los mitoteros insaciables de Guasachi era imposible escribir una obra documentada como la de su amigo, dado que en Guasachi las investigaciones de la policía no avanzan, se abandonan o se les da carpetazo. A Capistrán le estaba negado escribir una réplica sinaloense de A sangre fría pero no una pieza de pura ficción. “Solo tienes dos caminos:”, le dice Capote a su joven discípulo, “o esperas a que las investigaciones de la policía resuelvan el caso [cosa que no ocurrirá, lo sabemos nosotros y también Capistrán], y puedas así contar con mayores elementos o, a partir de lo que tienes, creas tu propia historia, lo que ya sería algo muy diferente a mi novela, aunque, quizá, más interesante, pues abres un amplio horizonte a la imaginación y a la creatividad.” En realidad, la única opción de Capistrán consistía en entregarse a la conjetura y la fabulación literaria. Sacudirse el peso y la ilusión de la verdad histórica de un caso que la policía y el ministerio público del pueblo jamás resolverían. En esa intersección entre la verdad y la invención radica la magia de toda ficción.

¿Cuál es el lugar de la verdad en todo esto, en la investigación periodística, en los procesos judiciales y, sobre todo, en la ficción? Sostiene Ricardo Piglia que “la ficción trabaja con la verdad para construir un discurso que no es ni verdadero ni falso. Que no pretende ser ni verdadero ni falso. Y en ese matiz indecidible entre la verdad y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción.” Desde mi perspectiva, esa pregunta esencial por el lugar de la verdad, lo que llamamos verdad, y su cruce impreciso, difuminado, con la ficción atraviesa la narrativa de César López Cuadras. La manera en que una colectividad construye, deconstruye y se relaciona con su verdad está en el centro de su obra. Cada una de sus novelas nos muestra la habilidad que puede llegar a tener una comunidad para tejer diferentes relatos y leyendas, muchas veces encontrados, acerca de un hecho, desvaneciendo los límites entre la ficción y la verdad. En uno de sus cuentos más memorables, El león que fue a misa de siete, asistimos a una descarada como divertida tergiversación periodística de los hechos, más propia de la invención literaria que del rigor objetivo.

Truman Capote se exaspera al ver a su amigo Narciso Capistrán más preocupado por la verdad que por la literatura:

Ve todo lo que tienes; todo lo que has reunido: dos asesinatos en los que se mezcla la pasión y el dinero, un tratante de blancas, una pareja de amantes, narcotraficantes, putas, policías y funcionarios corruptos, todo esto en un pueblo de borrachos que toman cerveza a destajo. ¿Qué más quieres? Ponte a trabajar con eso, y deja la verdad en paz; sobre todo cuando ni siquiera a la policía le interesa.

La verdad de la novela está en la imaginación. La realidad no fabrica novelas; las novelas, en cambio, inventan realidades literarias que no son más que formas de leer, interpretar y estar en el mundo. César López Cuadras, al igual que Capistrán, conoce inmejorablemente los compuestos de su objeto narrativo: la región del norte, sus registros de lenguaje, sus personajes típicos, la interminable fiesta de prostíbulos y cantinas, el béisbol, las drogas, la corrupción, el calor extremoso como elemento omnipresente y su antídoto más común por estas tierras: la cerveza en cantidades ingentes. Lo que para algunos críticos podrían ser clichés de la literatura del norte, en La novela inconclusa de Bernardino Casablanca son recursos que se articulan eficazmente en la invención y organización de un mundo y un espacio peculiares, con vida propia, el de Guasachi, Sinaloa.

Una de las virtudes más notables de esta primera novela, así como de toda la ficción de nuestro autor, radica en la construcción de sus personajes, en el ingenio de César para dibujar con una gran fuerza expresiva a sus personajes, ya sea con una breve descripción física o haciendo pausa en la narración para relatarnos toda una biografía como en el caso de Bernardino, acaso el personaje más redondo y complejo de la novela, el niño prieto y chamagoso de Las Tinajas, cerca de Badiraguato, cuya educación sentimental transcurrió entre putas y burdeles, cuya inteligencia práctica y arrojo lo convirtieron en leyenda, en el exitoso proveedor de placeres carnales para los habitantes de Guasachi. En esta obra no hay personaje importante que carezca de su historia, de su conflicto, moral o no, y de una caracterización que destaca por su economía y precisión de palabras. Parranderos, enamorados, narcotraficantes, profesores, curas de dudosa religiosidad, policías corruptos, mandaderos, estafadores, machos, padrotes, persignadas, rancheras y prostitutas pueblan el universo narrativo de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca.

Gracias a un plan finamente trazado y una fecunda imaginación –utilizando con dominio técnicas literarias como el diálogo, el monólogo narrado, el discurso epistolar, la canción popular, las alusiones bíblicas, literarias y cinematográficas, o figuras como la perífrasis y la ironía—, las acciones de los personajes, su discurso, su psicología, su idiosincrasia, se corresponden perfectamente con el desarrollo de la historia; de ahí la solidez, originalidad y coherencia de cada uno de ellos, tanto de los personajes principales como de los secundarios.

Y si bien lo apreciable de una historia depende, muchas veces, del hábil tratamiento técnico de sus personajes, en el caso de La novela inconclusa… se hace además con otro de los ingredientes característicos e inseparables de la ficción de César López Cuadras, como lo fue de Jorge Ibargüengoitia: el humor, una jovialidad a prueba de tragedias. Incluso cuando se pone dramático es divertido. “La intención del humor en la literatura”, apuntaba Julio Cortázar, es casi siempre desacralizar, echar hacia abajo una cierta importancia que algo pueda tener, cierto prestigio, cierto pedestal. El humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas.” En ese sentido profano, La novela inconclusa… desacraliza la verdad, las leyendas, lo maravilloso, las buenas costumbres, la rígida moral y los arquetipos sociales. Su sentido del humor, su agudo uso de la ironía en cada oración y en cada capítulo, son recursos a través de los cuales César López Cuadras ejerció también una crítica social y política, su hipótesis de lectura sobre el mundo.

Ante la fascinación de Narciso Capistrán por el rigor implacable con el que Truman Capote había escrito su novela basada en hechos reales, este le aconseja: “No le apuestes tanto al rigor, mejor procura divertirte cuando escribas.” Para fortuna de todos sus lectores, a eso, precisamente, le apostó César López Cuadras.

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Una metáfora de la vida

Quisiera comenzar con una cuestión que planteó, en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el gran escritor e historiador de la lectura, Alberto Manguel, al inicio de la presentación de la última novela del escritor mexicano, y amigo de Manguel, Alberto Ruy Sánchez. El ensayista argentino se refirió a lo que llamó “un aspecto un poco duro” de la lectura, de la lectura profunda y honesta cuando se trata de leer y luego presentar el libro de un amigo. Uno no puede leer por amistad; o en su defecto, la amistad debe trabarse, gracias a la magia de la lectura, con el libro, no con la persona. Uno debe intentar leer ese libro escrito por un amigo como si fuese de un autor anónimo. Hay que olvidar la amistad y encerrarse a solas con el libro.

Comienzo con estas palabras porque me unen a Miguel Tapia no sólo la amistad sino un profundo agradecimiento. Hace ya nueve años, en invierno, padeciendo una temperatura de 1º C, visitaba yo la ciudad de París en calidad de turista y flâneur y fue en el departamento que por entonces alquilaba Miguel donde me refugié una semana del frío. Como pueden ahora entender, estoy muy agradecido con nuestro escritor por ese gesto de pura solidaridad y camaradería, que mucho ayuda cuando uno está lejos de su tierra. Entonces, ¿será posible olvidar la amistad y leer el libro de miguel Tapia como si de un autor desconocido para mí se tratara? Alberto Manguel respondería que sí. Yo todavía no estoy tan seguro, pero diría: hagamos a un lado al amigo y dejémonos impulsar por la lectura de su libro.

Con el riesgo siempre de simplificar la historia, Los ríos errantes (Era, 2017), la primera novela de Miguel Tapia, luego de publicar su libro de relatos Señor de señores y Los caimanes (Almadía, 2010), cuenta la historia o andanzas de un joven norteño, el Tona, fugitivo de la universidad, presunto vendedor de las empanadas y galletas que hace su madre (y digo presunto porque nunca lo vemos vender o entregar dicha repostería; como un aviador de gobierno: ostenta el cargo pero no trabaja), adicto a las entrevistas de trabajo que no se concretan, inexperto mujeriego, bebedor y, pronto nos enteramos, muy mala copa, un individuo impulsivo, de mecha corta, que parece haber sido diseñado para meterse en problemas. Un gandul de tiempo completo. Y sin embargo, un alma buena; o eso dicen sus amigos.

El Tona que vive con Amelia, su madre, en una casa cuyo patio linda con la ribera del río, río que en su chapoteo, en su rumor de agua, concentra la vida familiar: la de los antepasados, la infancia, los sueños, el fracaso amoroso de los padres del Tona y su inevitable separación, una familia que solía caminar entre la humedad y los árboles de la ribera para de algún modo acallar o escapar del ruido constante de las avenidas ahora pavimentadas. “Todo crecía alrededor”, narra el protagonista, “y encima de aquel pequeño reducto intocable que se iba quedando de lado, permanecía lodoso y hediondo.” Concluía una época: parecía que una ciudad se levantaba encima de la otra. Dragaron los ríos, cambiaron de color sus aguas, la vitalidad de su corriente se apagó, la ribera cedió su lugar al relleno de tierra y al pavimento. Como se lee al final de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco: “Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país”. El barrio de Amelia y su hijo se había quedado como felizmente al margen, como una extraña fortificación que resistía con nostalgia frente a un río que se alejaba cada vez más y se transformaba en un recipiente de basura y de muertos. Cuenta el Tona:

[…] Sólo en las tardes, cuando Amelia abría el ventanal de par en par, la pieza [la casa] recobraba el esplendor de décadas atrás; ahora que el barrio había perdido el atractivo de antaño, el río y sus humores eran de nuevo recibidos con gusto. La afición de la ciudad por el asfalto, el aire acondicionado, las grandes vías y los centros comerciales había condenado la zona a una especie de céntrica periferia, rodeada de tantas vías y tanto ajetreo que se había vuelto invisible. El río y sus contornos habían dejado de ser el hilo conductor de la vida local para convertirse en un resquicio infecto, una grieta que todos parecían querer colmar con basura, una larga cicatriz indecorosa sobre la cual sólo cabía construir puentes desde los que fuera imposible mirar el fondo.

Otro personaje que resulta afortunado en esta novela, porque contrasta eficazmente con la personalidad inquieta y exasperada del protagonista, es el de Amelia, una mujer observadora, meditabunda, solitaria, misteriosa, melancólica y de una lucidez que sólo brinda la serenidad del reiterado ensueño y los recuerdos. Es ella, me parece, quien con su ejemplo, enseña a su hijo los placeres del ocaso, el arte de contemplar los atardeceres junto al río mientras la noche avanza y desciende a hurtadillas, cubriendo con su sombra las ramas, los árboles y las fachadas de las casas. El Tona se admira:

[…] volvió a concentrarse en mirar la ribera coloreada por el ocaso, allá al fondo del patio. […] Amelia era capaz de seguir la secuencia de desaparición de las matas: el guayabo primero, el naranjo y los arbustos después. El limón, el arrayán, y por fin las macetas junto a la ventana. Nunca pude concentrarme el tiempo suficiente para comprobar ese orden. Con suerte, mientras miraba distraído hacia el exterior, notaba de pronto cómo el guayabo o el mango desaparecían de mi campo visual. Recordaba entonces con claridad la imagen que habían dejado en mi retina, como una reverberación causada no por el sol sino por la brusca oscuridad de la noche junto al río. Amelia me dijo una vez, en medio de la penumbra, que lo mismo sucede con lo que perdemos en la vida.

Gracias a esas tardes con su madre, será posible leer, muchas páginas más adelante, al desempleado hiperactivo del Tona relatar, inspirado, un atardecer junto a la chica de sus sueños y causante de su posterior locura:

Volvimos cuando el sol hacía enrojecer las nubes sobre el pacífico. Me ofrecí a tomar el volante. En el trayecto ella se fue callando junto con el día. De vuelta en la ciudad, fuimos directamente a lo alto del cerro de la iglesia, adonde ella me había llevado un par de ocasiones. El cassette había terminado, le pedí que pusiera algo de Creedence, pero ella dejó que el silencio llenara el vacío. Del valle sembrado de motas titilantes se levantaba una calma envolvente, una nube de noche evaporada al contacto con la tierra caliente.

Nuestro protagonista convertido en poeta.

Puede decirse que Los ríos errantes, como se afirma en la cuarta de forros, es una novela de aprendizaje, esto es, un relato acerca de la educación o el progreso moral o espiritual de su protagonista, al que seguimos durante toda la novela en su obstinada persecución de Tania Romo, una joven hermosa, de incierta fama lectora y cinéfila, atleta, caprichosa, nalgas robustas e imponentes, mariguana, de un erotismo esquivo y autoritario, una amenaza en sí misma que sólo el Tona no pudo prever. La historia se va desarrollando entre el calor y la humedad, entre recuerdos de una adolescencia y una ciudad ya difuminadas, en una atmósfera festiva, con días y noches de cerveza, devaneos con mujeres, historia en la que también asoman los negros rostros de la prepotencia y el abuso de autoridad, los rumores del narco, la violencia y el crimen, la imposibilidad del amor o el engaño amoroso, que son también parte del aprendizaje o de la desventura de crecer.

El teórico rumano de la literatura Thomas Pavel afirma, con toda razón, que “el acierto de una obra narrativa –su belleza, se habría dicho no hace mucho— surge de la convergencia entre el universo ficticio representado y los procedimientos formales que se utilizan para evocarlo.” En ese sentido, buena parte del acierto de la novela Los ríos errantes radica no sólo en el universo familiar y urbano que Miguel Tapia logra construir con su imaginación y su memoria –creando un entorno que a los del norte nos es conocido pero al mismo tiempo dotando de ciertos rasgos y manías a sus personajes, conflictuándolos, que los hace difícil de olvidar: el Tona, Amelia, Tania Romo, Camilo, el Chuy, por mencionar los que a mí me atraparon—, sino en la manera en la cual está contada, con sutileza, otra de las formas de la inteligencia que impide, por fortuna, que esta novela naufrague en esa marea de clichés que alguna vez atribuyeron los críticos, en ocasiones con justicia, a la literatura del norte. Aquí la violencia no es explícita, sino un rumor distante pero siempre presente.

Si bien el estilo en esta novela es mayormente llano, natural y fluido como la buena conversación, en diferentes momentos de la narración destaca el lenguaje por su vivacidad, por su sonido, por su construcción poética y su sensualidad:

[Tania] se estiró y deshizo la cola de cabello. La melena coronó su garbo, la autoridad desde la que tejía su elocuencia. Yo escuchaba fascinado, trataba de conectar algún comentario, pero me perdía sin remedio en el trazo mental de caminos que llevaran hasta su dedo gordo, hasta el brillo esporádico de su pantorrilla, hasta esa risa que, entre exabruptos y reclamos sin destino, lograba reaparecer por momentos, ligera y generosa. Temí que dejara de hablar, que renunciara a mantener vivo el momento. Tal vez por eso estiré la mano y la coloqué sobre su empeine. Ella no calló, pero sentí que sus ojos fijaban mis dedos trémulos […] me tomó por la muñeca y tiró de mí. Metió la lengua en mi boca, la llenó de una marea ávida, agria y dulce. Como una inundación, una corriente salvaje abandonada a sí misma.

Con estos ejemplos he querido resaltar el trabajo esmerado de Miguel Tapia con el lenguaje (tarea principal de todo escritor), que en esta obra es poderoso y sugerente.

Hay otra cosa que debe subrayarse de Los ríos errantes: su narración disruptiva o fragmentaria del tiempo, sin que esto afecte la solidez de la trama ni mucho menos la comprensión de la novela: que busca retratar a su protagonista en sus apuros para habitar el mundo. No sólo comienza por el final y termina por el principio, sino que el desarrollo de la historia se compone de breves episodios o escenas resumidas que corresponden al tiempo presente del joven narrador universitario, pero también, sin aviso explícito para el lector, a los tiempos de esa ciudad que dejó de existir y que sólo por la fuerza de los recuerdos es posible rememorar. Así, gracias a la hábil imbricación de los tiempos y los diferentes hilos narrativos que sostienen toda la historia, una vez que se ha comenzado la lectura, me pasó a mí, es difícil abandonarla. Necesitaba yo conocer el destino del Tona y encontrar, junto con él, a Tania, esa belleza fantasmagórica.

“Narrar”, dice el crítico inglés Terry Eagleton, “es una empresa absurda. Es un intento de plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto. Por consiguiente, es lenguaje en estado puro.” Partiendo de esta premisa, de repente parece impreciso y reduccionista clasificar Los ríos errantes como una novela de aprendizaje, pues a pesar de que intrínsecamente toda narración, como la realidad, está condenada a la discontinuidad, la novela de aprendizaje quiere relatar un progreso educativo y sentimental de su protagonista, y no es lo que ocurre, al menos no completamente, en la novela de Miguel Tapia. Desde mi perspectiva, si bien hay una búsqueda, un aprendizaje contado por el propio narrador y protagonista, también se narra una permanente fuga, un fracaso en seguir los caminos que parecían trazados y, en todo caso, lo descubrirán ustedes en la novela, una regresión. Una vuelta al origen.

Los ríos errantes, prefiero pensar, es una metáfora de la vida, una lectura sobre el mundo que nos ofrece su autor y que descansa en el fluir de las aguas del río como reflejo de nuestras vidas. La mayoría nos acomodamos en la corriente, en la resignación, cruzamos los brazos y nos dejamos llevar; otros, intentan salir del río; otros más se oponen a la corriente e intentan remontarla toda su vida, sin que muchos logren moverse del mismo lugar; muchos, pocos, no lo sabemos, mueren en silencio. La vida es lucha, rara vez lo que habíamos imaginado. En palabras del narrador:

No la carrera que habíamos planeado, encauzada con horarios y espaldas numeradas, sino la otra, la real y caótica, la huida sin sentido que al avanzar me lleva neciamente atrás, de vuelta al principio. La corriente que desde entonces me arrastra, entre afluentes y remolinos, y me obliga a recorrerla aguas arriba, pisando en los recuerdos como sobre piedras firmes entre los rápidos.

Al final, no sé si pude olvidar al amigo y concentrarme sólo en el libro, pero traté de compartir con honestidad lo que hallé en esta novela: ejercicio ingenioso de la memoria y, reitero, metáfora de la vida. Si la amistad no es un proceso sino un instante, como dice el poeta, Miguel me ha regalado con su amistad, y ahora sobre todo con su primera novela, instantes notables como lector.

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Mapas, literatura de viajes


La edición de julio de 2018 de la bellísima Revista de la Universidad de México está dedicada al tema de los mapas a partir de una gran variedad y riqueza de puntos de vista; por si no fuera poco la revista incluye un suplemento de literatura de viajes con textos de Luciano de Samósata, Martín Caparrós, Juan Villoro, Stendhal, por mencionar algunos. Vale mucho la pena el número.

En esta edición se recuperan tres poemas de María Auxiliadora Álvarez publicados en el Periódico de Poesía de la UNAM; les comparto dos de ellos:

33

como en las trazas
de un cuerpo quemado

el mapa produce territorio

líneas transustanciadas en grietas
herméticas
e inmóviles
dibujan el plano de la inmovilidad

hasta el próximo estallido
del volcán:

cuando la avalancha de las viejas costras
colaboren
con el (re)establecimiento
de la nueva (de)formación

35

sostenerse de pie
en la ladera inclinada

erguir la columna
como el hueso
de la estaca

ofrecer la ovalidad
del rostro
con los invidentes abiertos
los sordos dispuestos
y pender
del abismo
invertido
como una estalactita

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La librería

El Boomeran (g) nos comparte las primeras páginas de la novela La librería (Impedimenta), de la brillante escritora inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000), cuyas novelas recomiendo sin dudarlo, particularmente La flor azul (1995). A continuación los primeros fragmentos de La Librería (historia que ha sido llevada al cine recientemente por Isabel Coixet):

En 1959 Florence Green de vez en cuando pasabauna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Era por la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era la incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza y se le veía un cuarto, la mitad o a veces tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado. Florence tenía la sensación de que si no había dormido nada —y la gente a menudo dice esto cuando quiere decir algo muy diferente— debía de haber sido por pensar en aquella garza.

Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir. Durante más de ocho años, a lo largo de media vida, había subsistido en Hardborough con la pequeña cantidad de dinero que su marido le había dejado al morir, y últimamente se había empezado a preguntar si no tendría la obligación de demostrarse a sí misma, y posiblemente a los demás, que ella existía por derecho propio. La supervivencia a menudo se consideraba lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del este de Inglaterra. Muerte o curación, pensaban sus vecinos, una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio.

Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignifcante vista desde delante y completamente insignificante por detrás. No se hablaba mucho de ella, ni siquiera en Hardborough, donde los amplios espacios permitían ver a todos los que se acercaban, y donde todo lo que se veía era objeto de comentario. Hacía pocos cambios estacionales en su atuendo. Todo el mundo conocía su abrigo de invierno, que era de esos que quizás estuvieran pensados para durar siempre un año más.

En Hardborough, en 1959, uno no podía tomarse una ración de Fish and Chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos. En cierto modo se sentía la necesidad de todas estas cosas, pero a nadie se le había ocurrido —y desde luego nadie pensó que a la señora Green se le hubiera ocurrido tampoco— abrir una librería en el pueblo.

[…]

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