Nostalgia. Un poema de Rosario Castellanos

Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
-sal, espuma y estruendo-,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.

Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.

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Roger Ebert: la vida misma

Fernanda Solórzano escribe en Letras Libres una interesante reflexión sobre el crítico de cine Roger Ebert y el documental que narra su vida: Life itself. Roger fue parte fundamental de una generación de críticos que no dudó en utilizar las ventajas que le ofrecía la web y de conectar con públicos más amplios. Les comparto un fragmento del texto de Fernanda:

Nadie puede arrebatarle a Roger Ebert el título del crítico de cine más popular de Estados Unidos. Tras su muerte en abril de 2013, periódicos, revistas y programas en varios países le dedicaron el tipo de tributo asociado a quienes protagonizan y dirigen películas, no a los que escriben sobre ellas. Sin embargo, hubo un tiempo en que Ebert era considerado un crítico ubicuo y sin relevancia. Para la comunidad cinéfila “seria”, Ebert y su colega Gene Siskel eran culpables de reducir el análisis del cine a una cuestión de “pulgares arriba” o “pulgares abajo”: el gesto con el que los críticos remataban sus comentarios sobre películas en sus populares programas de televisión.

El ensayo que mejor documenta la cruzada contra la crítica “rápida” fue escrito por Richard Corliss, crítico de la revista Time. Se titulaba “All thumbs: Or, is there a future for film criticism?” y apareció en la edición de marzo/abril de 1990 de la revista Film Comment. En él, Corliss hacía un recuento reverencial de la crítica de cine “de tipo elevado” y afirmaba que sus exponentes –James Agee, Manny Farber, Andrew Sarris, Pauline Kael– eran una especie en extinción. Serían reemplazados, decía, por “un servicio al consumidor que es todo pulgares y cero cerebro”. Corliss argumentaba que la pantalla podía ser una herramienta útil en el estudio del cine dirigido a un público amplio. Así lo demostraban, agregaba, los magníficos análisis cuadro por cuadro que conducía Roger Ebert en algunos festivales. “Sí, ese Roger Ebert”, remataba, confiando en que los lectores compartirían su desencanto al comprender que se refería a uno de los conductores de Siskel & Ebert & the movies, donde los críticos “jugaban a ser emperadores romanos”.

Ebert respondió en el número siguiente de la revista con el ensayo “All stars: Or, is there a cure for criticism of film criticism?” –una invitación serena a reflexionar sobre las necesidades de los nuevos espectadores de cine–. “Llegó la era de la reseña de cine instantánea y empaquetada –arrancaba, desarmando a Corliss–, y muchos asistentes al cine no tienen tiempo de leer a los críticos serios y buenos –los Kaels y los Kauffmanns–.” Lo que Corliss no comprendía, agregaba, era que la nueva tendencia de productores y editores de ofrecer en sus medios “veredictos” de los estrenos, era preferible a la nula difusión que tenía la crítica de cine en los años sesenta. Ebert instaba a Corliss a recordar que fuera de la academia y de un par de revistas especializadas, nadie publicaba comentarios sobre películas. (De la televisión, ni hablar.) Era cierto que la calidad del cine se había ido a pique, pero el interés por comentarlo se había multiplicado de forma exponencial. Y eso, decía, era un motivo para celebrar.

Corliss y Ebert recrearon una escena recurrente en la historia de la cultura. Toda innovación técnica que promete acercar las ideas a mayor cantidad de gente es percibida como un peligro para la integridad de esas ideas. El trasfondo suele ser el miedo de grupos cerrados de perder la custodia de las obras, los libros, los debates. Cada época tiene visionarios que confrontan y se convierten en verdaderos protectores de una tradición. Ebert previó la revolución mediática de fines del siglo y supo que la crítica solo sobreviviría si dejaba de aferrarse a la tinta y el papel. Las razones por las que Ebert insistía en que los críticos debían de aliarse con los medios de masas explican que unos años después aprovechara como ningún otro crítico las posibilidades que le ofrecía la web.

La revaloración de Roger Ebert comenzó apenas en la última década. Podría atribuirse a su presencia en las plataformas virtuales, pero la sola expansión de su base de lectores no era suficiente para que se le percibiera distinto. Tampoco su muerte habría bastado para que algunos lo elevaran de rango. Fue otro incidente el que aceleró su vindicación: un cáncer de tiroides que lo orilló a llevar al límite su capacidad para ejercer la crítica. En marzo de 2010, la revista Esquire llevó en su portada una fotografía impactante del crítico. Ebert miraba a la cámara con expresión aguerrida, mostrando al mundo una cara desfigurada por la ausencia de mandíbula derecha. Se sabía que en 2006 el cáncer se había extendido al tejido adyacente al hueso, y que complicaciones en la cirugía lo habían dejado para siempre sin comer, beber y hablar. La foto, sin embargo, no era un llamado a la lástima. Era más bien la ratificación de un compromiso adquirido cincuenta años antes con sus lectores: nunca interrumpir el diálogo

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Novela de anécdotas

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El suplemento cultural Confabulario publica hoy mi reseña del libro El dios de Darwin, de la narradora, dramaturga y ensayista mexicana Sabina Berman. Les comparto un fragmento del texto:

El Dios de Darwin, última novela de Sabina Berman (México, 1955), vuelve a colocar en el centro de una trama a Karen Nieto, protagonista de La mujer que buceó dentro del corazón del mundo (2011). Autista y genial, solitaria, nerviosa, zoóloga convertida en bióloga marina, adoradora de los atunes que ahora protege y estudia, reacia al contacto con los seres humanos, Karen afirma vivir en el mundo de las cosas, fuera de las palabras, en un lugar que se llama realidad. Es aquí donde comienza la historia narrada por ella misma.

Sumergida en un punto del Atlántico, Karen bucea para encontrar y fotografiar unos puntos luminosos en círculo que llamará luciérnagas marinas y que propondrá para su incorporación en la Enciclopedia de la Vida, del doctor Edward O. Willis. Apenas sube a su barco, Karen enciende su computadora y recibe, de golpe, 15 mensajes con el título de “¡Urgente!” que se habían acumulado. En los correos se le informa de la desaparición de su amigo y compañero de la universidad, Antonio Márquez (Tonio), en una ciudad del Medio Oriente, adonde fue a trabajar para la Oficina de Derechos Humanos de la ONU. La Interpol sólo tiene dos indicios: un video en el que Tonio aparece rodeado de hombres con túnicas y pañuelos en la cabeza y un correo electrónico dirigido a Karen cuyo contenido es una fórmula, una clave o una ficha de catálogo que los detectives no logran descifrar, pero presumen se refiere a un texto de Darwin. Como destinataria del último correo enviado por Tonio, la Interpol solicita su colaboración.

Luego de descifrar la clave de su amigo, Karen viaja a Londres para visitar la abadía de Westminster, donde está la tumba de Darwin e indagar en los archivos del monasterio. Al descubrir la existencia de un documento póstumo de Darwin, su Autobiografía teológica, en la que el Gran Ateo narra su relación con su dios —la cual fue sustraída de los archivos—, Karen se ve envuelta en una intriga internacional religiosa, política y científica, en la que intervienen el Vaticano, musulmanes, judíos y ateos. Del contenido y la autenticidad del texto dependerá si la ciencia y la religión contraen nuevas nupcias o permanecen como mundos separados. La autobiografía, pues, deviene crucial para resolver la controversia ideológica que ha dividido a la humanidad entre creyentes y ateos.

Ya se ha escrito, a propósito de La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, que personajes como Karen Nieto y Christopher John Francis Boone —el joven con síndrome de Asperger protagonista de la novela El curioso incidente del perro a medianoche (2003), de Mark Haddon— ofrecen una mirada peculiar, descarnada, seca y contundente. Su incapacidad para la comunicación ordinaria que hemos desarrollado los humanos “normales”, atestada de códigos, gestos, etiquetas, figuraciones, tonos, chistes, metáforas y malos entendidos, les otorga una perspectiva distinta, ensimismada, más cercana a los hechos concretos que a la mera palabrería. Así, tanto en la vida cotidiana como en la literaria, ese tipo de personajes siempre representarán un cuestionamiento directo a nuestra soberbia racionalista, mediada por el discurso, y a ese sentimiento de seguridad que nos hace creer que el mundo está a nuestros pies: pienso, luego existo y existe el mundo…

Continuar la lectura aquí.

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Ensayos viajeros de Stevenson

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La editorial Páginas de Espuma acaba de publicar un libro que reúne los ensayos de Robert Louis Stevenson acerca de un arte que él practicó alegremente: el arte de viajar. Un libro pleno de experiencias y vagancias gozosas. El Cultural nos comparte dos ensayos del libro que pueden leerse aquí.

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La escritura furtiva de Fabio Morábito

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Una sociedad que privilegia, hasta la exacerbación, el rendimiento, la productividad, el trabajo útil y el dinero no puede sino mirar con recelo, cuando no con menosprecio, la lectura y la escritura literarias. Dos prácticas, dos hábitos que suelen florecer, ostensivamente, en los momentos inútiles de ocio creador, soledad, silencio y calma. Hijas de la quietud, la introspección y la noche. Leer y escribir es poner una pausa, tomar un respiro, suspender los negocios, hacer estallar la realidad, bajar el volumen a nuestras palabras y escuchar mejor los mundos interiores propios y de quienes nos rodean. Pero parece que en la sociedad del consumo y las prisas hay que leer o escribir furtivamente, casi ocultos como ladrones (aunque hoy los ladrones ya no se escondan). Quien lee y escribe en el trabajo roba horas a su empleador; quien lo hace en su tiempo libre, roba horas a su familia y a sus amigos. Al menos queda la sensación culposa de que se es el autor de un robo.

En su libro El idioma materno (Sexto Piso, 2014) Fabio Morábito (Alejandría, 1955) confiesa que se levanta muy temprano a escribir, “cuando todo el mundo está dormido”. Lo imagino desplazándose a hurtadillas de su recámara hacia la mesa de escribir, acechando, mirando a todos lados, esperando el instante preciso de la madrugada para cometer el robo, “porque cuando se escribe con intensidad [y Morábito escribe así] se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más”. No sólo por la hora en la que escribe, sino por el saqueo de palabras al que se entrega nuestro escritor, es comprensible que éste conciba la escritura como una actividad furtiva y ladrona; una huida del agobio habitual. A fuerza de buscar las palabras exactas, el escritor se dedica a sustraerlas de todas partes y a acomodarlas en su provecho. “El artista de la prosa [también del verso] evoluciona dentro de un mundo lleno de palabras ajenas, a través de las cuales busca su camino” (Bajtin).

El idioma materno reúne 84 textos breves, de apenas página y media, en los que el también poeta Fabio Morábito ensaya mientras relata o narra mientras reflexiona acerca de la condición vampírica del escritor que escribe en una lengua distinta a la materna –como lo hace el propio autor, cuya infancia y parte de la adolescencia transcurrió en Italia— y que padece la sensación de vivir dos vidas o de llevar una doble máscara (“yo nací en un combate/ de lenguas y de orígenes”); un rasgo, el de estos escritores afincados en otro idioma, que “suele traducirse en un exceso de estilo”. No sé si exceso, pero si hay un elemento común en todos los escritos de este libro ese es la voluntad y la consecución de estilo, la búsqueda y conquista de la eficacia (hasta del sonido) de cada frase. La verdadera diferencia entre la prosa y la poesía es que “sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea”, apunta Morábito. La poesía avanza por pasos; la prosa marcha, sin detenerse, como seducida por el anzuelo de su objetivo. No obstante, la prosa de nuestro autor en estas miniaturas textuales parece estar escrita a la manera del poema: línea a línea, comunicando lo esencial, comprometiendo la escritura con el arte, “porque escribir sin estilo equivale a no escribir”. Flaubertiano, Morábito es un arquitecto de la frase, acaso un obrero de la depuración.

En Fabio Morábito no sorprende la brevedad de sus prosas, como tampoco la de sus poemas (La ola que regresa, 2006). Se trata de un escritor que ha decidido viajar por la vida ligero de equipaje, como quien habita y se traslada permanentemente en una casa rodante, obligado a utilizar pequeños espacios de muy distintas maneras. Su escritura ha logrado hacer “caber la mayor cantidad de materia en el menor espacio”: versos y ensayos cortos cuya ejecución no deja de ser memorable, ¡hacen mucho con tan poco!, son casas rodantes de palabras. Podría extenderse más, quizá comprar un excedente de terreno. Sin embargo, para qué malgastar palabras si se puede reducir la literatura a la “efusividad del arrebato comunicativo”, al lenguaje de las miradas y los gestos, a los balbuceos primarios del idioma materno, a la poesía.

“Un escritor de narrativa o de poesía que posea más de mil libros empieza a ser sospechoso. Para qué escribe, me pregunto. Sólo debería escribirse para paliar alguna carencia de lectura”. Entre menos libros tiene un escritor, más huecos encontrará en su biblioteca y sentirá la necesidad de tomar la pluma para corregir esa falta en sus estantes. Cuando uno lee los libros de Fabio Morábito e identifica una voz original entiende que han sido escritos para suplir una ausencia en los libreros de los más variados lectores.

Hay otra manera peculiar de concebir y escribir libros con paciencia a lo largo del tiempo: subrayarlos. “Los subrayados son la evidencia de una lectura acuciosa y apasionada”. Quien subraya va escribiendo también un libro autónomo, propio, el libro que siempre quiso escribir. A la vuelta de los años uno debería recopilar las frases, las oraciones subrayadas y las divagaciones anotadas en los márgenes de los libros leídos, sólo para descubrir que hay ahí, acabado, otro libro de sorprendente unidad y consistencia –que fue cobrando forma en los momentos en que deteníamos la lectura, tomábamos la pluma o el lápiz y comenzábamos a escribir la lectura—: nuestro libro, el que faltaba en la biblioteca. Si lo meditamos un poco, subrayar libros, reescribirlos mientras leemos, es otra manera de robar palabras y apropiarnos de un lenguaje que al principio parecía ajeno. Piratas de la lectura, cavamos en las páginas como quien busca tesoros para desenterrarlos. Subrayar libros es otra forma de la escritura furtiva.

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Un poema de Fabio Morábito

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Café

Rodeado escribo,
me aíslo en el barullo,
dejo descortezarme
hasta encontrar la voz que busco
(no escribo nunca la mía),
y así me gano, entre estas voces,
mi escritura,
y todos vienen a lo mismo,
a consumir no el desayuno que ordenaron,
sino este vocerío,
porque el bullicio es nuestra cafeína.

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Un diálogo con Francisco González Crussí

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En Letras Libres Fernando García Ramírez entrevista al patólogo y gran ensayista Francisco González Crussí, autor de dieciséis libros que en su mayoría reflexionan, con gran sabiduría, en torno al cuerpo, a la fragilidad y grandeza del ser humano. Vale la pena leer esta charla. Los invito:

A lo largo de su obra ha escrito sobre todo lo relacionado con el cuerpo, ¿qué nos puede decir sobre uno de los anhelos más poderosos del hombre: el anhelo de inmortalidad, que ahora la ciencia ha retomado bajo la forma de la clonación?

Francamente pienso que no veremos la inmortalidad por muchas generaciones. La mortalidad es una ley biológica inmodificable, hasta hoy nadie ha dicho que las células puedan alcanzar una vida indefinida. Será una gran victoria de la medicina si puede prolongar la vida. Eso es perfectamente posible. Hay tantos factores tóxicos que pueden eliminarse sistemáticamente y, de ese modo, prolongar la vida a unos ciento veinte años, quizá más. Pero no la inmortalidad. En primer lugar, no me parece que fuera algo benéfico, al contrario, la gente se lamentaría de tener que vivir mucho tiempo. Tampoco creo que sea biológicamente posible. Aunque el futuro en la ciencia es impredecible, creo que está más allá de los límites humanos.

En la Antigüedad el cuerpo estaba ligado al cosmos, más adelante pensamos que formaba parte de la naturaleza y, posteriormente, de la trama social, ¿qué lugar ocupa hoy el cuerpo en el imaginario colectivo?

El problema lo creó la famosa dualidad que postuló Descartes, que se convirtió en un dogma a todos los niveles. En vez de identificarnos plenamente con nuestro cuerpo, con la entidad que encarna nuestra persona, hablamos del cuerpo como si fuera algo diferente, como si el cuerpo y el yo fueran dos cosas distintas. El yo por un lado y el cuerpo por el otro, con todas las grandes desventajas que eso implica. En la medicina lo vemos muy claro: el médico suele atender la enfermedad cuidadosamente y se desentiende del ser humano, de la persona, que está formado también de sueños, angustias y temores. Este es uno de los problemas clave de nuestra época: el resurgimiento de un dualismo no muy bien entendido.

¿Por qué se especializó en patología?

Hubo muchos factores que determinaron esa elección. Uno de ellos fue la existencia de modelos, como Ruy Pérez Tamayo e Isaac Costero, un gran maestro burgalés avecindado en México. Un maestro lleno de dichos y dicharachos. La gente se desternillaba oyéndolo, además de que era cultísimo. Había estudiado en Alemania, que era la meca de la patología, antes de que los norteamericanos tomaran la estafeta a partir de la Segunda Guerra. Yo quería ser como Costero, por su erudición, su cultura, su aire europeo, pero también como Pérez Tamayo por su dinamismo y su brillantez intelectual.

Otro de los factores que me condujeron a la patología fue mi gusto por la microscopía. Observar las preparaciones histológicas al microscopio tiene una satisfacción estética. Las imágenes que uno ve parecen cuadros de arte abstracto. Y bueno, la patología estudia los problemas médicos desde el punto de vista teórico in extenso, sin la terrible presión del cuidado de los enfermos. Eso de que lo levanten a medianoche, “doctor, doctor, venga…”, no le pasa al patólogo.

En otras ramas de la medicina un diagnóstico erróneo puede ser fatal, pero en la patología hay tiempo para estudiar las enfermedades en el laboratorio, de consultar con otros colegas. Un cirujano que está operando tiene que tomar al momento decisiones trascendentales, si se la va la mano muere el paciente, no existe el “voy a consultar con mis colegas”.

Pero usted no se dedicó propiamente a la investigación, sino a labores clínicas.

Cierto, mi intención era volver a México a trabajar como patólogo, pero me di cuenta de que las oportunidades para hacer investigación eran muy reducidas. Para ganarse la vida hay que hacer diagnósticos. Los médicos nos preguntan: “¿Esta biopsia del hígado presenta hepatitis o no?” La analizo en el microscopio. Un investigador puede saber mucho sobre la función del hígado, sobre la síntesis de las proteínas, etcétera, pero si le presentan un hígado y le dicen “a ver, dime ¿es hepatitis?”, no está seguro. No lo sabe porque no es su campo. La patología diagnóstica requiere cierto virtuosismo, hay que practicar todos los días, entrenar el ojo y la memoria. Eso me gustaba mucho. Pero, para ganarme la vida, tuve que salir de México. Me dijeron: “¿Te irías al Canadá?” “Me voy adonde sea.” “¿Harías patología pediátrica?” “Haré lo que sea para que me dejen trabajar.” Así fue que me terminé dedicando a la patología pediátrica. Cuando empecé estaba muy mal comprendida, mucha gente pensaba que el cuerpo de un niño era igual que el de un adulto, solo que en miniatura. Y no, el niño no es un adulto en miniatura. Tiene sus problemas patológicos sui géneris, propios de la infancia, los tumores no son los mismos, en fin.

En su obra es clara una manufactura literaria, ¿cómo se descubrió escritor?, ¿cuáles son sus lecturas literarias favoritas?

Empecé muy tarde a escribir porque la medicina académica es muy absorbente. Todos están trabajando como demonios, no puede uno quedarse atrás. Pero desde joven tuve la inquietud de escribir literatura. A los cincuenta años comencé a leer sistemáticamente y con mucha atención sobre todo a autores ingleses del siglo XVIII, ensayistas como Steele y Addison y hasta poetas como Alexander Pope, también al novelista Henry Fielding. Todos de un estilo rimbombante, de frases interminables. Una vez que tuve ese bagaje, comencé a escribir artículos no técnicos, tratando de imitar a los autores que hasta la fecha me siguen gustando mucho. He recibido críticas, sobre todo en Estados Unidos, de que mi estilo es arcaizante, que me pierdo en florilegios. La crítica en general me ha tratado bien, aunque a veces ha señalado que uso frases fuera de moda. El gusto actual tiende a las frases cortas y yo tiendo a lo contrario.

Mis autores preferidos han variado con el tiempo. Actualmente estoy leyendo a los italianos, entre otras cosas porque tengo que preparar mi discurso de recepción del premio Merck. Me gustan mucho Luigi Pirandello, Luigi Capuana, Guido Ceronetti, Piero Camporesi y hasta Umberto Eco

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