Correo literario de Wisława Szymborska

En 1951 apareció en Polonia el semanario Zycie literackie (Vida literaria), el cual, años más tarde, inauguraría una sección en la que dos miembros del consejo de redacción, entre los que se encontraba la poeta Wislawa Zsymborska (Prowent, actual Kórnik, 1923-Cracovia, 2012), respondían a los autores que les enviaban sus obras o colaboraciones.

A principios de 2018 la editorial Nórdica Libros publicó Correo literario, un espléndido libro, muy disfrutable, que recoge una selección de las mejores respuestas que dio Wislawa, como parte de la sección, a un buen número de jóvenes y no tan jóvenes cuyo deseo era publicar en la revista antes que leer o prepararse literariamente. Las respuestas son breves pero claras y contundentes, llenas de humor y una gran ironía; a veces, incluso, pueden parecernos crueles.

Enseguida unos fragmentos:

WL. T-K., Poronin. «Pido perdón de antemano por las faltas de ortografía, pero tenía mucha prisa cuando estaba pasando el texto a limpio…». Es curioso. Hasta ahora pensábamos que las prisas afectaban solo a la legibilidad de la letra. Además, si ya nos ponemos así, haya se escribe más rápido que halla, y… Por otra parte, ¿para qué todas esas prisas? […] sus versos son de momento apenas notas sueltas, de las que solo con una desbordante imaginación se podría llegar a hacer un poema. Un saludo.

P.Z.D., Chorzów. «O me dan cierta esperanza –por mínima que sea— de ser publicado, o si no, al menos, consuélenme…». Tras la lectura de su texto nos vemos obligados a elegir lo segundo. Así que, ¡atención!, ahí van nuestras palabras de consuelo. Le espera a usted una vida fantástica, una vida de lector, y de lector de los mejores, de lector desinteresado; la vida de un amante de la literatura, un amante que será siempre el miembro más fuerte de la pareja, es decir, no el que tiene que conquistar, sino el que es conquistado. Leerá usted las cosas más diversas por el puro placer de leer […]

IR. PRZYB., Gdansk. No intente ser poético a toda costa, lo poético es aburrido, porque siempre es secundario. La poesía, al igual, por otra parte, que toda la literatura, saca sus fuerzas vitales del mundo en que vivimos, de las vivencias realmente vividas, de las experiencias realmente sufridas y de los pensamientos pensados de forma autónoma. El mundo hay que volverlo a describir continuamente porque nunca es el de antes, aunque solo sea porque antes no estábamos nosotros […]

KAR. M., Sędziszów. ¡Qué suerte tienen los médicos, siempre pueden recetar alguna pastilla! En nuestro campo, Polfa [empresa farmacéutica] todavía no ha inventado nada. Así que le recomendamos la gramática de la lengua polaca tres veces al día después de desayuno, comida y cena.

BAŚKA. «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjunto?». Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa.

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La soledad del escritor

No hay experiencia o sentimiento más extraño que el de la soledad, el del peso y la saturación del silencio. Estar o sentirse solo puede ser un acontecimiento doloroso, triste (muchas veces lo es); también representar una conquista de la libertad. La soledad que no elegimos es la que más nos lastima: la sentimos y vivimos como abandono. Los amigos se van (o nunca llegan), los amantes pierden el interés, la familia deja de llamar, los compañeros de trabajo te miran como a un extraño, la calle, de pronto, con su movimiento, te parece ajena. Todo se ha retirado; en su lugar, el silencio desplegando sus grandes alas y el vacío. “Muchas soledades hieren, asfixian, impiden la vida. Duelen las que se prolongan por mucho tiempo y laceran profundamente aquellas donde el abandono es una constante”, escribe Arnoldo Kraus. Si el amor es pasión, la soledad desdichada es erosión pura: nos debilita y desanima, nos aleja de aquellos que creíamos importantes para nosotros.

Aunque no deja de ser difícil y amarga, la soledad del escritor es peculiar porque descansa en una elección o un destino. El escritor desea, profundamente, escribir; es decir, estar solo. Es probable que sufra por ello, pero jamás renunciará a esos estados de autonomía y libertad, a esa condición endemoniada. La literatura es hija de la soledad; los libros, hijos del silencio, de una quietud paradójica, a veces agitada. “Hay una soledad sin la cual el libro no podría ser escrito, y para leerlo haría falta otra soledad equivalente […]” (Antonio Muñoz Molina). Kafka lo sabía: “Tengo que estar mucho tiempo solo. Todo cuanto he realizado es sólo un logro de la soledad”. En una de sus cartas a Felice Bauer, mujer a la que amó, Kafka le escribe con toda sinceridad: “No te espera la vida de esa mujer feliz que tú ves caminar ante ti, no te espera la alegre charla, cogidos del brazo, sino una vida monacal al lado de un hombre afligido, triste, callado, descontento, enfermizo, quien –cosa que podría parecerte una locura— está atado con invisibles cadenas a la literatura, y que prorrumpe en gritos cuando uno se acerca a él, porque, según afirma, se tocan sus cadenas.” El respeto por la literatura detuvo a Kafka frente al matrimonio; el respeto y el amor por Felice, también. Un escritor sincero, convencido de su vocación, que renuncia a la vida en común antes de que sea demasiado tarde, antes de que lleguen los hijos y las hipotecas, las colegiaturas y los cursos de verano.

“Apenas hay menos tormento en el gobierno de una familia que en el de un Estado entero. Allí donde el alma está ocupada, lo está toda ella. Y aunque las ocupaciones domésticas sean menos importantes, no son menos importunas.” (Montaigne).

“Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en el que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas” (María Zambrano). Sólo quien ha estado sumido por temporadas en el silencio puede revelarnos algo importante, imprevisto o maravilloso. Nadie está más solo que el que escribe. Quizás por eso son los escritores quienes más necesitados parecen estar de lo emotivo, lo sensual y lo amoroso. Tienen un pie aquí y otro allá. Enamorados de la vida, escriben para intentar apresarla y recontarla con palabras. Digamos que se aferran a lo que ellos creen más vivo de la vida; desean sentirla de una manera distinta. La literatura existe porque la vida [tal cual es] no basta, decía Fernando Pessoa. La literatura anima y enriquece nuestra existencia ordinaria. Alguna vez Guimaraes Rosa dijo a Clarice Lispector: la leo “no por la literatura, sino por la vida”. Mayor homenaje no puede recibir un escritor. Es la prueba de que ha logrado inventar o modelar, a través del lenguaje literario, artístico, mundos alternos para él mismo y sus lectores. Y esta es la ambición soterrada del que escribe. Dylan Thomas: “Quiero construir poemas lo bastante sólidos y grandes como para que la gente pueda caminar y sentarse, comer y beber y hacer el amor en ellos.”

La soledad de un escritor, además de una elección, es un continuo aprendizaje. Debe luchar por distinguirla del abandono. La compañía de los demás, su ausencia, puede entenderse de diversas formas. A estar solo se aprende. La soledad es más una percepción personal, melancólica y luminosa, que un hecho. No se puede negar que de pronto sea triste y sin embargo bella, como los versos de Guillermo Fernández:

La soledad es cosa mía
resplandece en todo lo que amo
No hay más verdad que la acrobacia del quedarse a
solas
algún gemido en una bolsa de papel
o el discurrir de la sangre que no sabe a dónde va
Me había hecho la promesa de no volver a mi
cancioncita triste
de saciar la hora con un grano de anís
con una nube niña durmiendo en la palma de mi mano
Ahora vuelvo a casa como un criminal
Alguien me lapida implacablemente desde la sombra
Tropiezo a cada paso con la polvorienta tristeza
Nuestras cosas están en sus sitios hundiéndose
Toco tu mano en la llave del agua
en la cama revuelta
en el pliegue más hondo de la sábana
Si tú supieras cómo me aterra la limpidez del aire
el insomnio ese tren que nunca llega al mar
En veces me devora la rabia y me largo a las calles
husmeo en los basureros en los parques
De las carnicerías obtengo espléndidos trozos
Mis compañeros de trabajo me oyen hablar a solas
como un tonto
y en toda estas noches remastico las cucarachas de la
soledad.

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Fascinación por la lectura

(Imagen de la Agencia EFE)

Más allá de cómo se convierte uno en lector, cuál es el proceso que nos conduce al vicio de la lectura, me interesa responder a la pregunta ¿qué es un lector?, particularmente el lector literario. ¿Es lector aquel que sabe leer, transformar las letras en palabras y estas en oraciones y párrafos; quien lee de forma mecánica, por algún encargo o para obtener alguna utilidad? Me parece que no, y coincido con quienes han dado la misma respuesta.

En un conocido ensayo, Homo legens, el filósofo Bolívar Echeverría examina las características de esta especie cuya existencia ha provocado, a lo largo de los siglos, asombro y desconfianza por igual, admiración y rechazo; una especie que, para algunos extremistas, está en vías de extinción. “El homo legens no es simplemente el ser humano que practica la lectura entre otras cosas, sino el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura; aquel cuya experiencia directa e íntima del mundo […] tiene lugar sin embargo a través de otra experiencia indirecta del mismo, más convincente para él que la anterior: la que adquiere en la lectura solitaria de los libros.” El homo legens lee con la misma naturalidad con la que respira, es instintivo, no puede dejar de hacerlo, la lectura es parte de su alimentación diaria y de su gozoso retiro. Para Ricardo Piglia, el lector adicto, el que no puede renunciar a leer, representado literariamente en Don Quijote, es el lector puro, para quien la lectura no es solo una práctica sino una forma de vida.

El homo legens, el lector puro o el lector nato del que habla Edith Wharton en El vicio de la lectura, no lee para superarse como se exigía en la Ilustración y como demanda hoy la sociedad de la información, tampoco para matar el tiempo, curar un mal de amor o ascender en el escalafón; el lector lee por placer, por el goce y la inigualable felicidad que obtiene de esa práctica tan antigua. Es una lectura que nace del ocio, de la libertad y de la imaginación; es lectura creativa, lúdica, encuentro de pensamientos y emociones, una pausa (que puede durar horas) en el tiempo. En ese sentido, el homo legens es un lector anticapitalista: se opone a la lectura útil, a la lectura impuesta como deber por la vida productiva. “Para el lector mecánico, los libros, una vez leídos, no son cosas que crecen, echan raíces y tienen ramas que se entrelazan, sino que son como fósiles etiquetados y guardados en los cajones del armario de un geólogo […] Para una mentalidad de este tipo, los libros nunca hablan entre sí” (Edith Wharton).

Pero, ¿cuál es el secreto de la fascinación que ejerce la lectura y que constituye al homo legens?, se pregunta Bolívar Echeverría. ¿Por qué Jorge Luis Borges, ese lector total, nos preguntamos nosotros, se enorgullecía más por los libros que había leído que por los que había escrito, imaginando el paraíso como una especie de biblioteca? ¿Qué hay ahí oculto, en el vicio de leer, en la pasión por la letra escrita, que con tanta fuerza atrae y sujeta para siempre a muchísimos individuos. “[…] En el hecho de la lectura”, apunta el filósofo, “el lector no sólo acepta la propuesta de un uso concreto del código, que es lo primero que realiza el emisor-autor, más allá de sus intenciones explícitas. El receptor-lector se apodera de esta propuesta y la explora por su cuenta y a su manera, incitando con su inquietud inquisitiva a que el autor adquiera una vida virtual y entre en un proceso de metamorfosis.” Es esta actividad del lector, que se apropia del texto y lo interroga incesantemente con cada lectura, la que desencadena la magia de la lectura; es este diálogo virtual lo que fascina y embelesa. Por eso uno puede leer y releer, digamos, la Ilíada, Otelo o Hamlet, porque en cada encuentro, gracias al hechizo de la lectura activa, esas obras literarias cambian, y sus autores también. Cada lector crea a su autor y viceversa. Hay un Homero, un Shakespeare, un Montaigne o una Woolf para cada lector. El Franz Kafka de nuestra juventud no es el mismo que el de nuestra madurez. Extrañamente, hay obras literarias que envejecen; otras, acaso las mejores, rejuvenecen con el contacto diario, amoroso, de sus lectores.

“Leer es el arte de dar vida a la página, de establecer con un texto una relación amorosa en la cual experiencia íntima y palabra ajena, el vocabulario propio y la experiencia de otro, convergen y se entremezclan como las aguas de dos ríos y se funden en un solo caudal” (Alberto Manguel). Si esto implica leer –propiamente un arte de dar vida a lo leído, de entablar una relación con lo escrito hasta que comiencen a iluminarse y ramificarse las palabras—, se equivocan rotundamente quienes oponen la lectura literaria a la vida. No hay prejuicio más errado que el que enfrenta literatura y vida, como si se tratara de fuerzas que se repelen. Probablemente haya más vida en las páginas de Madame Bovary y de Crimen y castigo, en un cuento de Chéjov, que en la de muchos que caminamos por las calles. Pero para entrar en esos textos, respirar su aire y pasear por sus avenidas, es necesario leer de una manera viva, despierta: dispuestos a conversar con la creación literaria que se nos ofrece. Para un lector, el texto no es algo muerto, sino, como dice Roland Barthes, es una productividad. No tanto porque sea el resultado de un trabajo, sino porque es el escenario, el teatro mismo de una peculiar producción de sentido en el que convergen el autor (productor del texto) y el lector (quien reescribe con su imaginación el texto dado). “[El] texto ‘trabaja’ a cada momento y se lo tome por donde se lo tome; incluso una vez escrito (fijado), no cesa de trabajar, de mantener un proceso de producción. ¿Qué trabaja el texto? La lengua”, nos dice el crítico francés.

En esa productividad y diálogo virtuales descansa la fascinación por la lectura y lo que da origen al lector.

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La lectura del periódico

En un artículo titulado “Prensa y civilización” (La Jornada, 26/2/09) el poeta Hugo Gutiérrez Vega escribió que “la lectura de la prensa diaria, con la taza de café y el jugo de naranja sobre la mesa del desayuno, es algo más que una costumbre trivial. Es un acto civilizatorio que significa el cumplimiento de esa necesidad de información y de interpretación de los hechos que nos permite, partiendo de la observación de la realidad y del análisis del estado del mundo y del país, participar e involucrarnos en la vida sociopolítica”.

Si tenemos en cuenta la mala calidad de algunos periódicos que circulan hoy día, nos parecerán erróneas las afirmaciones del escritor: el encuentro del lector con su diario no sería un acto civilizatorio, sino una pérdida de tiempo o una fuente de frustración por tanta mala escritura y ausencia de investigación. Pero no lo son tanto si pensamos que la buena prensa escrita, el periódico en particular, contribuye aún a informar, interpretar y contextualizar políticamente las noticias diarias. La mejor prensa ofrece crónicas, reportajes, gráficas y artículos de opinión confiables. Su lectura es un acto civilizatorio en tanto que crea en la comunidad de lectores, y luego amplía, un espacio público para conocer y debatir los hechos que son noticia.

Recibir un periódico impreso a las 5 de la mañana (sé que sueno nostálgico), oír con emoción el golpe seco de su caída, abrir la puerta, recogerlo, oler la tinta y el papel, abrirlo y comenzar a leer, es entrar de inmediato en otro lugar, subir a otro nivel e incorporarse a un diálogo público animado por la información, la investigación y el análisis. El lector de prensa diaria no solo tiene la posibilidad de informarse y entretenerse, sino de formarse a través de la lectura de textos que van más allá de los titulares. “Cabe hablar del periódico mismo como un hecho cultural, que configura la sensibilidad del lector y lo hace receptivo a determinadas opciones no sólo éticas, sino también estéticas…”, apuntó el crítico Ignacio Echevarría (http://www.observatoriofucatel.cl/cultura-periodistica/). Esta es una de las ventajas del periódico frente a la marea de noticias que pasan veloces por Internet.

Cada vez son más los lectores que se “informan” a través de los titulares e hipervínculos noticiosos de Yahoo, Google, Facebook o Twitter, sin acceder al texto completo. La lectura de periódicos que trasciende los encabezados y se sumerge en una historia o una crítica, genera opinión pública; la lectura de titulares, opinión mediática. Esta “prima lo obvio e inmediato y opera un reduccionismo que hace ininteligible lo más nuevo y transformador confinando la noticia en lo sabido o presumible” (José Vidal-Beneyto). La superficialidad informativa, traficante del chisme, contribuye a formar comunidades de espectadores (más que de lectores) desinformados y apáticos ante su realidad, porque no los compromete políticamente: viven la noticia como espectáculo, como una diversión alrededor de la nota roja, rosa o amarilla.

Por el contrario, la lectura de una buena crónica o de una opinión seria nos hace partícipes de golpe en la vida social y política de nuestro entorno, porque nos acercan a la realidad con ayuda de la imaginación y la inteligencia. Como fenómeno cultural, el periódico nos ofrece la oportunidad de ubicar en el contexto la noticia que leemos con cierta prisa; nos ayuda a construir una opinión propia, algo más compleja.

Michael Luo, editor de newyorker.com, el sitio web de la prestigada revista del mismo nombre, luego de darse cuenta que su lectura de noticias (útimamente más digital que impresa) se había vuelto fragmentaria y superficial –obteniendo la información mayormente por medio de redes sociales y aplicaciones noticiosas, “aunque estaba leyendo mucho más que antes, con frecuencia sentía que entendía menos”—, decidió experimentar y hacer cambios en su dieta mediática. En su texto The urgent quest for slower, better news (newyorker.com, 10/4/2019) Michael nos comparte que, sin dejar los medios digitales, adoptó un nuevo ritual: leer la edición impresa del New York Times en el desayuno. ¿Resultado? Al leer sin interrupciones cada mañana el periódico impreso se involucraba con las noticias de una manera más concentrada, enfocada. Leía artículos de gran interés que no estaban en sus redes sociales o que se perdía al estar navegando por diferentes aplicaciones y que le ampliaban el alcance de su lectura. “Me parecía que estaba mejor informado.” La profundidad y la concentración que le proveyó ese modesto ritual de lectura lo hizo sentirse, y seguramente también estar, mucho más informado. La edición impresa de un diario de calidad impuso una forma de leer más detenida y enfocada, con menos distracciones. Frente a las presiones del consumo rápido de noticias hay que oponer la sagrada lentitud de la concentración.

Acaso por lo anterior, para algunos de nosotros resulta preocupante la crisis actual de los periódicos y la desaparición de algunos suplementos culturales. Debido al aumento de los costos de los materiales, a la disminución de los anunciantes que sostienen a los diarios impresos y a la migración de los nuevos lectores a las plataformas digitales, en Estados unidos han cerrado sus puertas algunos periódicos locales y en México han desaparecido suplementos culturales importantes como Hoja por Hoja y El ángel, lo que empobrecerá la calidad de la conversación pública. Las razones que explican esta crisis, sin embargo, no son solo económicas, sino culturales. Se han transformado los hábitos de lectura y de consumo de la información. Las nuevas generaciones leen en pantalla y ya no compran periódicos. El problema es que en la pantalla (¿influirá el soporte, el formato?) suelen leer titulares (spot news) y no pasan de ahí (spot reading), de lo inmediato. Brincan como pulgas de un encabezado a otro, en espera de la nota más escandalosa y farandulera. Vivimos una especie de cacofonía mediática que poco tiene que ver con uno de los objetivos del periodismo más serio: formar una ciudadanía informada. En este contexto, no es casual que una de las recomendaciones que Timothy Snyder nos ofrece en su libro On tyranny (2017) para fortalecer la democracia sea que nos suscribamos a algún periódico de la localidad, puesto que su vitalidad y su circulación importan, pero su vigencia depende de que los ciudadanos estemos dispuestos a pagar por sus investigaciones y su crítica.

No censuro Internet, por supuesto: soy adicto a la red. Pero el periódico impreso conserva todavía un encanto como producto de la cultura y como objeto que incentiva la discusión del día. Además el papel del periódico es útil, como ninguno, para limpiar vidrios, para embalar objetos delicados, para las piñatas, para…

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Pasear por las librerías

(Crédito de la imagen: Chema Moya)

Es habitual que la gran mayoría de personas visite las librerías solo cuando necesite algún libro, frecuentemente un libro de texto. De hecho, es más habitual que no las visite nunca, según han reportado diversas encuestas sobre cultura en los últimos años. Sencillamente los libros no forman parte de su vida: no le dicen nada o cree que no le dicen nada; puesto que no han experimentado el golpe de lectura, para qué malgastar el tiempo y el dinero en esos lugares, cuando la vida parece estar en otra parte. Sin embargo, hay otras personas, quizá las menos, y parece que cada vez son menos, cuyo pasatiempo consiste en ir de paseo por las librerías (cuando las hay) una o dos veces por semana, deambular por sus pasillos, detenerse frente a un título que convoque su atención, continuar, volver, pasear la mirada por los estantes en que mudos descansan los libros. No buscan uno en particular, tampoco lo necesitan, en realidad presienten que ahí puede estar un libro que las necesite a ellas. Son amantes de los libros. Paseantes cuya vocación reside en la alegría de pescar libros o ser atrapados por ellos. Por eso no faltan a su cita semanal en la librería: pueden encontrar allí el libro de su vida.

Este es el momento en que debo confesar que soy una de esas personas que acuden religiosamente, una vez por semana, a lo que podríamos llamar una tienda de libros. Pocas veces pregunto por un libro, a pesar de la obstinada y molesta interrogación de los muchachos de la librería: “¿busca algún libro?”, “¿le puedo ayudar en algo?” ¡No, no busco ningún libro y quizá tampoco puedan ayudarme! Solo quiero caminar y pasear entre los libros, observarlos, tocarlos, abrirlos, olerlos y hojearlos; esperar que alguno de ellos me hable porque ese día, precisamente ese día, me esperaba. Escasas alegrías hay para mí como la que ocurre cuando descubro un libro, lo miro de cerca y sé que es mío para siempre, que debo llevármelo o es él quien debe irse conmigo. Hay algo poderoso e indescriptible que emana de ciertos libros; una sustancia imperceptible que nos atrapa y nos hace volver la mirada cuando pasamos junto a ellos, la atmósfera cambia. Es imposible ignorarlos. Sentimos sus radiaciones incluso antes de que los veamos; su silencio nos llena precipitadamente. Ocurre con los volúmenes desconocidos y también con los familiares.

¿Qué tiene el libro de cuentos reunidos de Inés Arredondo que consigue detenerme cada vez que camino frente a él; qué quiere decirme, por qué me retiene? Oculta una fuerza que me atrae, indescifrable, aun cuando ya lo conozca y lo tenga en mi biblioteca; sin duda, hay algo para mí en ese libro. ¿Por qué cada nueva edición de las reflexiones de Séneca sobre la felicidad, la vejez, la brevedad de la vida y la amistad, de las tragedias de Shakespeare o de A sangre fría de Truman Capote, me cierra el paso en una librería? ¿Cuál es su demanda, por qué me interpelan con tal porfía esos difuntos? Se supone que no los busco porque ya los guardo en mi biblioteca, y sin embargo me encuentran. Antes de abrirlos y luego de leerlos hubo una conexión entre nosotros. La mayoría de las veces no voy a las librerías para comprar un libro en especial, sino para descubrirlos o descubrirme en ellos. Cuando entro en una librería, no estoy seguro si soy yo el pescador que lanza su red para atrapar algún milagro o soy la presa que se agita en un mar de libros. Me gusta no saberlo.

El encuentro con un buen libro, con lo que presentimos que es sin duda un buen libro (incluso sin leerlo), puede modificar nuestro estado de ánimo o nuestro día completo. Hace años viajé a la Ciudad de México y visité sus librerías, cerré los ojos (metafóricamente) y me dejé llevar por el azar y las invisibles fuerzas de atracción que se concentran en ellas. Durante horas paseaba placenteramente de una librería a otra y me topaba con muy buenos libros; lo delicioso de ello residía en el viaje, en la continua no-búsqueda, en el merodear sin fin. El último día de mi estancia, avanzada la noche, cuando creí que habían concluido mis compras librescas, me dirigí a la caja de una de las librerías que visité para pagar. En ese momento, mientras sacaba el dinero de mi bolsillo, algo pequeño pero seductor cautivó mi atención. Detrás de la chica que me cobraba había un librero en el que alcanzaba yo a ver, achicando mis ojos y enfocando el objeto del deseo con esfuerzo, un pequeño ensayo de Virginia Woolf titulado ¿Cómo debería leerse un libro?, en una muy bella edición. Apenas lo vi, supe que era mío. Estaba dispuesto a sacrificar otros libros por ese pequeño ensayo que se me arrojaba en silencio, sin moverse. Por supuesto, lo incluí en mi compra. De pronto, la noche tuvo un clima diferente. No sé por qué, ese pequeño libro puso el sabor a mi vagabundeo por las librerías. Regresé feliz y como renovado a casa, el diminuto pero valioso hallazgo me había transformado.

No creo que existan en la vida cosas más placenteras que el ocio y el paseo al aire libre. “El alma de una caminata es la libertad, la libertad perfecta de pensar, sentir y hacer exactamente lo que uno quiera”, dice William Hazlitt. Cuando paseo por las librerías, siento esa misma libertad de estar al aire libre, de sentir el viento resbalar en mi rostro y el oxígeno entrar en mis fosas nasales, de pensar y hacer lo que me venga en gana.

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La utilidad de las humanidades

“Las humanidades no solamente son enseñanza intelectual y placer estético, sino también fuente de disciplina moral”. Con tal claridad hablaba, en 1908, Pedro Henríquez Ureña, ilustre miembro de uno de los grupos que mayor influencia ha tenido en la cultura de México: el Ateneo de la Juventud. Era la época de una pax porfiriana a punto de desmoronarse por la revuelta social. En esa tormenta, Vasconcelos, Alfonso Reyes, Henríquez Ureña, Antonio Caso, entre otros jóvenes del Ateneo, decidieron participar en la revolución mexicana con el capital más importante que poseían: el estudio y la crítica; aportando su propia revolución: la de la cultura. Se trataba de abrir nuevas vías, aprovechar el río revuelto. Y lo hicieron: restauraron la otra República, la de las letras. El programa no era sencillo, pero sí impostergable. Había que defender y reivindicar las humanidades (literatura, filosofía, filología, música, arte en general, etc.) frente al llamado conocimiento “útil” de la época. Hacer pequeños o grandes agujeros a la capa de un positivismo científico que los asfixiaba. Era una revolución dentro de otra. Un movimiento armado de ideas. Frente a Comte, hubo de oponerse a Schopenhauer y a Nietzsche.

A pesar de la distancia, aquella opresión intelectual que padecieron los ateneístas vuelve a sentirse en la actualidad con mucho más fuerza. Cada día se organizan seminarios, encuentros, donde se rinde culto al conocimiento útil, “el que sirve para algo”, “el que me enseña a hacer cosas concretas”, “el que da dinero”, que más bien llamaría yo utilitario. Se difunde la idea de que estudiar humanidades es aceptar anticipadamente el exilio del desempleo. Según algunos, acicateados por su abrumadora ignorancia, el sector productivo ya no requiere (ni quiere) filósofos, sociólogos, historiadores, literatos, antropólogos, músicos, etc., sino ingenieros. Por ende, hay que ser cuidadosos y observar lo que demanda el señor mercado para sujetar a él nuestra vocación.

Recuerdo que el periodista Andrés Oppenheimer dijo alguna vez estar sorprendido al saber que aún se estudiaban los libros de Marx en la escuela de economía de la UNAM, cuando en las escuelas de los países ricos esas teorías ya fueron, según él, olvidadas. Es una posición extremista y dogmática, pues el problema no es leer a Marx (gran pensador y teórico), sino sólo leerlo a él; esto sí sería en verdad contrario a los fines de una universidad. Otros ideólogos de la técnica y la ganancia, adoradores de la mercancía, han sostenido que la pobreza de los países subdesarrollados se debe a que han apostado su crecimiento y competitividad a las premodernas carreras humanísticas y no a aquellas que son productivas e innovadoras, según el último grito del mercado. El tufillo conservador, además del eminentemente mercantil, que despiden estas afirmaciones no requiere mayor explicación: son un disparate.

Si el sector productivo no solicita filósofos, no es culpa de las humanidades sino de la ignorancia de aquél: un filósofo podría servir incluso para elaborar el código de ética de una empresa o para conducir un proceso que va de las ideas a la producción, siempre en libre diálogo con los técnicos. Un sociólogo, para estudiar el comportamiento de los consumidores, los clientes, proveedores. En lugar de buscar chivos expiatorios, los tecnócratas (que de eso presumen) deberían diseñar políticas públicas para generar empleos o, al menos, no acabar con los que había, teniendo en cuenta la calidad y no solo la cantidad. Más que eliminar las humanidades de las escuelas y universidades o invitar a los jóvenes a que no las estudien, como quiere el homo economicus o ignorantis, es necesario diversificar la oferta de carreras. Quizás promover con mayor entusiasmo la informática, la electrónica, la biotecnología, pero jamás quitar el dedo del renglón de las humanidades, pues estas, a partir del juego, la creatividad, la belleza y la más amplia libertad, sin objetivos puramente utilitaristas, nos empujan a ser autónomos. Y menos cuando somos una sociedad cada vez más apática, indiferente y lastimada por la violencia.

Vincular la empresa con la universidad es recomendable, siempre y cuando la primera no se trague a la segunda. La ciencia, la adquisición del conocimiento y la apreciación artística tienen su autonomía como el mercado quizá la suya. La vocación es un emplazamiento para el alma que no debiera depender de las posibilidades inmediatas de encontrar trabajo. Si nuestros gobernantes, empresarios y líderes de la sociedad no valoran o no entienden la utilidad de la ética, la filosofía, la historia, la literatura, las artes y tantas otras disciplinas afines, una utilidad que no puede tasarse por la cantidad de rentas que genere, no es responsabilidad de las humanidades, sino de quienes confunden el conocimiento, la creación artística, con una máquina de hacer dinero; aquellos que han olvidado lo esencial: las humanidades, el pensamiento crítico, la reflexión, la belleza y la imaginación hacen mucho más habitable el mundo. Como bien lo expresa Nuccio Ordine en su manifiesto La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013): “No tenemos […] conciencia de que la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo.”

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Montaigne y la pedantería

Jesús Silva-Herzog Márquez escribe en la revista nexos de este mes acerca de Montaigne y su pensamiento, sus divagaciones sobre los pedantes, “… eruditos que a golpe de lecturas han perdido el sentido común”, que coleccionan y devoran libros pero no los digieren porque tampoco los incorporan a la vida. “Hombres de memoria llena y el juicio hueco”, apunta Jesús. Espíritus refrigerados que no salen a pasear ni por error. Escribe el columnista:

Montaigne sabía que era posible volverse docto e idiota por la misma ruta. Saberlo todo sin entender nada; haber leído todos los libros sin comprender un párrafo. La lectura es inservible o dañina si no metaboliza en experiencia. “¿De qué sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?”. El saber de los otros es inservible hasta que se integra plenamente a nuestro organismo. Lo confiesa Montaigne: lo que sé de Séneca lo pude haber aprendido de mí mismo si tan sólo me habría ejercitado en el empeño. No hay saber que no esté, en semilla, en nosotros mismos.

Por eso nos fascinan los Ensayos: nada nos dicen que no hayamos podido advertir confusamente en nosotros. Nada ahí que no hayamos vivido, pensado, sentido. Los Ensayos nos tutean acariciando lo que entrevemos en nuestras inclinaciones naturales, en el trato con otros, en el sentido de nuestros temores y disfrutes. De ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada. La única instructora en la que confía Montaigne es en la vida misma.

Ningún profesor de escuela repetiría uno de sus principales consejos: olvida. No te tomes muy en serio lo que lees, despréndete pronto de lo que estudias, olvida lo que has aprendido, duda de lo que sabes. Quienes se aferran a los libros, quienes atan su juicio a una lección pueden ser ridículos pero también temibles. Risibles son quienes ven el mundo con ojos vendados por los libros. Se tropezarán a cada paso y se perderán de las maravillas de la sorpresa. Temibles quienes pretenden hacer de un libro el instructivo de la historia. Estarán dispuestos al exterminio de todo aquel que reciba la condena de las letras.

Le irritaba la arrogancia de conducir a otros. Le empalagaba la vanidad de quienes se ofrecen para mostrar el camino a los ciegos. Nadie camina por nosotros, nadie puede pensar por nosotros, a nadie podemos ceder la responsabilidad de apreciar el mérito de las cosas. Montaigne nos recuerda que pedagogía y pedantería comparten raíz. Guías de ignorantes. Pedante es el maestro de escuela que aparece como bufón en las comedias italianas. Alecciona a los niños sin percatarse que el verdadero ignorante es él. Suele el profesor enseñar para la escuela, no para la vida. Pedantes que forman pedantes: hombres de letras que no se entienden a sí mismos ni entienden al de enfrente. Hombres de ciencia que no comprenden su circunstancia. Hombres de memoria llena y el juicio hueco.

Acá continúa el texto.

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