Lectores internautas

Me seduce la extrema calma del silencio y la lectura de los buenos libros, pero disfruto igualmente los conciertos de rock y el cine en DVD, Blu-Ray o en streaming. Me paseo y consulto diariamente en Internet decenas de diarios, semanarios, revistas, blogs, enciclopedias, exposiciones de fotografía o pintura. Descargo y escucho música todos los días. Elimino a lo largo del día más de 30 correos “basura”, mientras reviso mis bandejas de entrada. Compro libros y música en tiendas virtuales. Edito un blog (aunque los blogs ya son cosa del pasado, lo admito) cuya administración es tan adictiva como una droga; allí coloco textos e imágenes, me convierto en un empírico diseñador e interactúo con otros colegas.

¿Qué significa ser lector, espectador e internauta en lo que va del siglo XXI? ¿Cuáles son los hábitos culturales de una persona en la que concurren estas tres actividades? ¿Está peleada la lectura, como nos han hecho creer, con la televisión? ¿Qué significa leer en la era digital? ¿Un espectador o televidente que prefiere ver cine en la comodidad de su casa es, necesariamente, un individuo banal? Estas son algunas de las muchas preguntas que se planteó, hace ya 12 años, el antropólogo Néstor García Canclini (Argentina, 1939) en el libro Lectores, espectadores e internautas (Gedisa, 2007), armado a la manera de un diccionario: de la “A” de Apertura hasta la “Z” de Zapping. Temas sobre los que ha venido reflexionando desde hace años en otros textos, sobre todo en Diferentes, desiguales y desconectados: mapas de la interculturalidad (2004).

Cada vez con más insistencia los editores de los diarios piden a sus reseñistas de libros, cine, música o espectáculos que entreguen sus textos en no más de una o dos cuartillas, para que permitan leer descansadamente al lector de nuestro tiempo, que se distingue por no tener tiempo o vivir un tanto deprisa, aguijoneado por la multiplicidad de llamativos estímulos visuales. Pero, ¿de qué lector hablan? Sin duda de uno muy diferente al del siglo XIX o principios del XX, que leía reseñas literarias extensas en los diarios o en las revistas y conocía tanto de libros como de autores. Probablemente uno diferente al que han pensado autores como Roger Chartier, Umberto Eco, Macedonio Fernández, Ricardo Piglia o Alberto Manguel, o que han novelado otros como Miguel de Cervantes y Flaubert (aunque, hay que decirlo, grandes lectores los habrá en todas las épocas).

Se trata del lector-espectador-internauta del siglo XXI. “Un actor multimodal que lee, ve, escucha y combina materiales diversos, procedentes de la lectura y de los espectáculos”. Que lee más en Internet que en papel. Que pasa mucho más tiempo conectado a la red, navegando entre textos, imágenes, colores y sonidos, que frente a un gran libro que le demanda silencio, recogimiento.

Nunca antes, comenta García Canclini, se habían visto tantas películas y leído tantos libros o revistas como en la era digital. En su Pequeña ecología de los estudios literarios. ¿Por qué y cómo estudiar la literatura? (FCE, 2013) el filósofo francés Jean-Marie Schaeffer también sostiene que “nunca antes en la historia de la humanidad se ha leído tanto como hoy.” Una de las razones se debe a la proporción tan grande de seres humanos que hoy saben leer y escribir; y la otra es que el acceso y dominio de internet, cada vez mayor en nuestras sociedades, presuponen que los internautas sepan leer y escribir. La expansión de Internet abre las puertas hacia lo escrito. El problema es que la llave de acceso a las artes o al consumo de los bienes culturales ya no depende de los que saben y conocen de arte, sino que ahora está en manos de las grandes empresas que se fusionan para vender, simultáneamente, libros, juguetes, espectáculos, diarios, perfumes, comida, café, música, películas, etcétera; y a quienes no les interesa la calidad artística sino los números.

En un contexto internacional en el que el Estado retrocede frente al avance incontrolado del mercado, “las políticas culturales se repliegan en una escena predigital”. Solo buscan formar lectores tradicionales y espectadores de artes visuales. “Mientras que la industria está uniendo los lenguajes y combinando los espacios: se hacen libros y también audiolibros, se hace cine para las salas y para el sofá y el móvil”. Se montan espectáculos en el teatro pero se vende el Cascanueces en DVD. Podríamos apagar el televisor para no importunar a nuestra monacal tradición de aristócratas intelectuales; pero podríamos dejarlo encendido y disfrutar del gran cine, de exquisitos conciertos o de memorables documentales sobre la vida de un artista.

Claro, también está la inmensa basura de cierto “entretenimiento”, sobre todo en la web y la televisión. Y aquí García Canclini, como lo hace Zygmunt Bauman en Los retos de la educación en la modernidad líquida (2007), subraya el riesgo de la saturación informativa y la falta (muy democrática, eso sí) de juicios críticos de calidad que regulen ese diálogo interactivo entre la imagen, el texto y el sonido. Este es el riesgo, pero cada vez es más difícil vivir desconectado.

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