Una metáfora de la vida

Quisiera comenzar con una cuestión que planteó, en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el gran escritor e historiador de la lectura, Alberto Manguel, al inicio de la presentación de la última novela del escritor mexicano, y amigo de Manguel, Alberto Ruy Sánchez. El ensayista argentino se refirió a lo que llamó “un aspecto un poco duro” de la lectura, de la lectura profunda y honesta cuando se trata de leer y luego presentar el libro de un amigo. Uno no puede leer por amistad; o en su defecto, la amistad debe trabarse, gracias a la magia de la lectura, con el libro, no con la persona. Uno debe intentar leer ese libro escrito por un amigo como si fuese de un autor anónimo. Hay que olvidar la amistad y encerrarse a solas con el libro.

Comienzo con estas palabras porque me unen a Miguel Tapia no sólo la amistad sino un profundo agradecimiento. Hace ya nueve años, en invierno, padeciendo una temperatura de 1º C, visitaba yo la ciudad de París en calidad de turista y flâneur y fue en el departamento que por entonces alquilaba Miguel donde me refugié una semana del frío. Como pueden ahora entender, estoy muy agradecido con nuestro escritor por ese gesto de pura solidaridad y camaradería, que mucho ayuda cuando uno está lejos de su tierra. Entonces, ¿será posible olvidar la amistad y leer el libro de miguel Tapia como si de un autor desconocido para mí se tratara? Alberto Manguel respondería que sí. Yo todavía no estoy tan seguro, pero diría: hagamos a un lado al amigo y dejémonos impulsar por la lectura de su libro.

Con el riesgo siempre de simplificar la historia, Los ríos errantes (Era, 2017), la primera novela de Miguel Tapia, luego de publicar su libro de relatos Señor de señores y Los caimanes (Almadía, 2010), cuenta la historia o andanzas de un joven norteño, el Tona, fugitivo de la universidad, presunto vendedor de las empanadas y galletas que hace su madre (y digo presunto porque nunca lo vemos vender o entregar dicha repostería; como un aviador de gobierno: ostenta el cargo pero no trabaja), adicto a las entrevistas de trabajo que no se concretan, inexperto mujeriego, bebedor y, pronto nos enteramos, muy mala copa, un individuo impulsivo, de mecha corta, que parece haber sido diseñado para meterse en problemas. Un gandul de tiempo completo. Y sin embargo, un alma buena; o eso dicen sus amigos.

El Tona que vive con Amelia, su madre, en una casa cuyo patio linda con la ribera del río, río que en su chapoteo, en su rumor de agua, concentra la vida familiar: la de los antepasados, la infancia, los sueños, el fracaso amoroso de los padres del Tona y su inevitable separación, una familia que solía caminar entre la humedad y los árboles de la ribera para de algún modo acallar o escapar del ruido constante de las avenidas ahora pavimentadas. “Todo crecía alrededor”, narra el protagonista, “y encima de aquel pequeño reducto intocable que se iba quedando de lado, permanecía lodoso y hediondo.” Concluía una época: parecía que una ciudad se levantaba encima de la otra. Dragaron los ríos, cambiaron de color sus aguas, la vitalidad de su corriente se apagó, la ribera cedió su lugar al relleno de tierra y al pavimento. Como se lee al final de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco: “Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país”. El barrio de Amelia y su hijo se había quedado como felizmente al margen, como una extraña fortificación que resistía con nostalgia frente a un río que se alejaba cada vez más y se transformaba en un recipiente de basura y de muertos. Cuenta el Tona:

[…] Sólo en las tardes, cuando Amelia abría el ventanal de par en par, la pieza [la casa] recobraba el esplendor de décadas atrás; ahora que el barrio había perdido el atractivo de antaño, el río y sus humores eran de nuevo recibidos con gusto. La afición de la ciudad por el asfalto, el aire acondicionado, las grandes vías y los centros comerciales había condenado la zona a una especie de céntrica periferia, rodeada de tantas vías y tanto ajetreo que se había vuelto invisible. El río y sus contornos habían dejado de ser el hilo conductor de la vida local para convertirse en un resquicio infecto, una grieta que todos parecían querer colmar con basura, una larga cicatriz indecorosa sobre la cual sólo cabía construir puentes desde los que fuera imposible mirar el fondo.

Otro personaje que resulta afortunado en esta novela, porque contrasta eficazmente con la personalidad inquieta y exasperada del protagonista, es el de Amelia, una mujer observadora, meditabunda, solitaria, misteriosa, melancólica y de una lucidez que sólo brinda la serenidad del reiterado ensueño y los recuerdos. Es ella, me parece, quien con su ejemplo, enseña a su hijo los placeres del ocaso, el arte de contemplar los atardeceres junto al río mientras la noche avanza y desciende a hurtadillas, cubriendo con su sombra las ramas, los árboles y las fachadas de las casas. El Tona se admira:

[…] volvió a concentrarse en mirar la ribera coloreada por el ocaso, allá al fondo del patio. […] Amelia era capaz de seguir la secuencia de desaparición de las matas: el guayabo primero, el naranjo y los arbustos después. El limón, el arrayán, y por fin las macetas junto a la ventana. Nunca pude concentrarme el tiempo suficiente para comprobar ese orden. Con suerte, mientras miraba distraído hacia el exterior, notaba de pronto cómo el guayabo o el mango desaparecían de mi campo visual. Recordaba entonces con claridad la imagen que habían dejado en mi retina, como una reverberación causada no por el sol sino por la brusca oscuridad de la noche junto al río. Amelia me dijo una vez, en medio de la penumbra, que lo mismo sucede con lo que perdemos en la vida.

Gracias a esas tardes con su madre, será posible leer, muchas páginas más adelante, al desempleado hiperactivo del Tona relatar, inspirado, un atardecer junto a la chica de sus sueños y causante de su posterior locura:

Volvimos cuando el sol hacía enrojecer las nubes sobre el pacífico. Me ofrecí a tomar el volante. En el trayecto ella se fue callando junto con el día. De vuelta en la ciudad, fuimos directamente a lo alto del cerro de la iglesia, adonde ella me había llevado un par de ocasiones. El cassette había terminado, le pedí que pusiera algo de Creedence, pero ella dejó que el silencio llenara el vacío. Del valle sembrado de motas titilantes se levantaba una calma envolvente, una nube de noche evaporada al contacto con la tierra caliente.

Nuestro protagonista convertido en poeta.

Puede decirse que Los ríos errantes, como se afirma en la cuarta de forros, es una novela de aprendizaje, esto es, un relato acerca de la educación o el progreso moral o espiritual de su protagonista, al que seguimos durante toda la novela en su obstinada persecución de Tania Romo, una joven hermosa, de incierta fama lectora y cinéfila, atleta, caprichosa, nalgas robustas e imponentes, mariguana, de un erotismo esquivo y autoritario, una amenaza en sí misma que sólo el Tona no pudo prever. La historia se va desarrollando entre el calor y la humedad, entre recuerdos de una adolescencia y una ciudad ya difuminadas, en una atmósfera festiva, con días y noches de cerveza, devaneos con mujeres, historia en la que también asoman los negros rostros de la prepotencia y el abuso de autoridad, los rumores del narco, la violencia y el crimen, la imposibilidad del amor o el engaño amoroso, que son también parte del aprendizaje o de la desventura de crecer.

El teórico rumano de la literatura Thomas Pavel afirma, con toda razón, que “el acierto de una obra narrativa –su belleza, se habría dicho no hace mucho— surge de la convergencia entre el universo ficticio representado y los procedimientos formales que se utilizan para evocarlo.” En ese sentido, buena parte del acierto de la novela Los ríos errantes radica no sólo en el universo familiar y urbano que Miguel Tapia logra construir con su imaginación y su memoria –creando un entorno que a los del norte nos es conocido pero al mismo tiempo dotando de ciertos rasgos y manías a sus personajes, conflictuándolos, que los hace difícil de olvidar: el Tona, Amelia, Tania Romo, Camilo, el Chuy, por mencionar los que a mí me atraparon—, sino en la manera en la cual está contada, con sutileza, otra de las formas de la inteligencia que impide, por fortuna, que esta novela naufrague en esa marea de clichés que alguna vez atribuyeron los críticos, en ocasiones con justicia, a la literatura del norte. Aquí la violencia no es explícita, sino un rumor distante pero siempre presente.

Si bien el estilo en esta novela es mayormente llano, natural y fluido como la buena conversación, en diferentes momentos de la narración destaca el lenguaje por su vivacidad, por su sonido, por su construcción poética y su sensualidad:

[Tania] se estiró y deshizo la cola de cabello. La melena coronó su garbo, la autoridad desde la que tejía su elocuencia. Yo escuchaba fascinado, trataba de conectar algún comentario, pero me perdía sin remedio en el trazo mental de caminos que llevaran hasta su dedo gordo, hasta el brillo esporádico de su pantorrilla, hasta esa risa que, entre exabruptos y reclamos sin destino, lograba reaparecer por momentos, ligera y generosa. Temí que dejara de hablar, que renunciara a mantener vivo el momento. Tal vez por eso estiré la mano y la coloqué sobre su empeine. Ella no calló, pero sentí que sus ojos fijaban mis dedos trémulos […] me tomó por la muñeca y tiró de mí. Metió la lengua en mi boca, la llenó de una marea ávida, agria y dulce. Como una inundación, una corriente salvaje abandonada a sí misma.

Con estos ejemplos he querido resaltar el trabajo esmerado de Miguel Tapia con el lenguaje (tarea principal de todo escritor), que en esta obra es poderoso y sugerente.

Hay otra cosa que debe subrayarse de Los ríos errantes: su narración disruptiva o fragmentaria del tiempo, sin que esto afecte la solidez de la trama ni mucho menos la comprensión de la novela: que busca retratar a su protagonista en sus apuros para habitar el mundo. No sólo comienza por el final y termina por el principio, sino que el desarrollo de la historia se compone de breves episodios o escenas resumidas que corresponden al tiempo presente del joven narrador universitario, pero también, sin aviso explícito para el lector, a los tiempos de esa ciudad que dejó de existir y que sólo por la fuerza de los recuerdos es posible rememorar. Así, gracias a la hábil imbricación de los tiempos y los diferentes hilos narrativos que sostienen toda la historia, una vez que se ha comenzado la lectura, me pasó a mí, es difícil abandonarla. Necesitaba yo conocer el destino del Tona y encontrar, junto con él, a Tania, esa belleza fantasmagórica.

“Narrar”, dice el crítico inglés Terry Eagleton, “es una empresa absurda. Es un intento de plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto. Por consiguiente, es lenguaje en estado puro.” Partiendo de esta premisa, de repente parece impreciso y reduccionista clasificar Los ríos errantes como una novela de aprendizaje, pues a pesar de que intrínsecamente toda narración, como la realidad, está condenada a la discontinuidad, la novela de aprendizaje quiere relatar un progreso educativo y sentimental de su protagonista, y no es lo que ocurre, al menos no completamente, en la novela de Miguel Tapia. Desde mi perspectiva, si bien hay una búsqueda, un aprendizaje contado por el propio narrador y protagonista, también se narra una permanente fuga, un fracaso en seguir los caminos que parecían trazados y, en todo caso, lo descubrirán ustedes en la novela, una regresión. Una vuelta al origen.

Los ríos errantes, prefiero pensar, es una metáfora de la vida, una lectura sobre el mundo que nos ofrece su autor y que descansa en el fluir de las aguas del río como reflejo de nuestras vidas. La mayoría nos acomodamos en la corriente, en la resignación, cruzamos los brazos y nos dejamos llevar; otros, intentan salir del río; otros más se oponen a la corriente e intentan remontarla toda su vida, sin que muchos logren moverse del mismo lugar; muchos, pocos, no lo sabemos, mueren en silencio. La vida es lucha, rara vez lo que habíamos imaginado. En palabras del narrador:

No la carrera que habíamos planeado, encauzada con horarios y espaldas numeradas, sino la otra, la real y caótica, la huida sin sentido que al avanzar me lleva neciamente atrás, de vuelta al principio. La corriente que desde entonces me arrastra, entre afluentes y remolinos, y me obliga a recorrerla aguas arriba, pisando en los recuerdos como sobre piedras firmes entre los rápidos.

Al final, no sé si pude olvidar al amigo y concentrarme sólo en el libro, pero traté de compartir con honestidad lo que hallé en esta novela: ejercicio ingenioso de la memoria y, reitero, metáfora de la vida. Si la amistad no es un proceso sino un instante, como dice el poeta, Miguel me ha regalado con su amistad, y ahora sobre todo con su primera novela, instantes notables como lector.

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Mapas, literatura de viajes


La edición de julio de 2018 de la bellísima Revista de la Universidad de México está dedicada al tema de los mapas a partir de una gran variedad y riqueza de puntos de vista; por si no fuera poco la revista incluye un suplemento de literatura de viajes con textos de Luciano de Samósata, Martín Caparrós, Juan Villoro, Stendhal, por mencionar algunos. Vale mucho la pena el número.

En esta edición se recuperan tres poemas de María Auxiliadora Álvarez publicados en el Periódico de Poesía de la UNAM; les comparto dos de ellos:

33

como en las trazas
de un cuerpo quemado

el mapa produce territorio

líneas transustanciadas en grietas
herméticas
e inmóviles
dibujan el plano de la inmovilidad

hasta el próximo estallido
del volcán:

cuando la avalancha de las viejas costras
colaboren
con el (re)establecimiento
de la nueva (de)formación

35

sostenerse de pie
en la ladera inclinada

erguir la columna
como el hueso
de la estaca

ofrecer la ovalidad
del rostro
con los invidentes abiertos
los sordos dispuestos
y pender
del abismo
invertido
como una estalactita

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La librería

El Boomeran (g) nos comparte las primeras páginas de la novela La librería (Impedimenta), de la brillante escritora inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000), cuyas novelas recomiendo sin dudarlo, particularmente La flor azul (1995). A continuación los primeros fragmentos de La Librería (historia que ha sido llevada al cine recientemente por Isabel Coixet):

En 1959 Florence Green de vez en cuando pasabauna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Era por la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era la incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza y se le veía un cuarto, la mitad o a veces tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado. Florence tenía la sensación de que si no había dormido nada —y la gente a menudo dice esto cuando quiere decir algo muy diferente— debía de haber sido por pensar en aquella garza.

Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir. Durante más de ocho años, a lo largo de media vida, había subsistido en Hardborough con la pequeña cantidad de dinero que su marido le había dejado al morir, y últimamente se había empezado a preguntar si no tendría la obligación de demostrarse a sí misma, y posiblemente a los demás, que ella existía por derecho propio. La supervivencia a menudo se consideraba lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del este de Inglaterra. Muerte o curación, pensaban sus vecinos, una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio.

Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignifcante vista desde delante y completamente insignificante por detrás. No se hablaba mucho de ella, ni siquiera en Hardborough, donde los amplios espacios permitían ver a todos los que se acercaban, y donde todo lo que se veía era objeto de comentario. Hacía pocos cambios estacionales en su atuendo. Todo el mundo conocía su abrigo de invierno, que era de esos que quizás estuvieran pensados para durar siempre un año más.

En Hardborough, en 1959, uno no podía tomarse una ración de Fish and Chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos. En cierto modo se sentía la necesidad de todas estas cosas, pero a nadie se le había ocurrido —y desde luego nadie pensó que a la señora Green se le hubiera ocurrido tampoco— abrir una librería en el pueblo.

[…]

Continuar con la lectura en este enlace.

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El deseo lector debe contagiarse

Para que un libro deje de ser un simple objeto y se convierta en poesía, narrativa o ensayo, requiere de la lectura. Es el acto de leer el que lo activa y lo anima. La lectura es, en sí misma, un diálogo con el autor o con uno mismo, que suele extenderse a otros lectores mediante una nueva escritura. El lector se transforma en escritor para transmitir lo leído, para relatar sus impresiones y los viajes de papel emprendidos. “La lectura”, escribe el gran ensayista Juan Villoro, “pide compañía”. El deseo lector está ahí para contagiarse.

La Editorial Anagrama puso a circular el libro de ensayos literarios La utilidad del deseo, del escritor mexicano Juan Villoro, y el blog El Boomeran (g) nos comparte las primeras páginas:

El camino de la madera

Hay preguntas inútiles que los adultos no dejan de hacer a los niños o a los jóvenes. Cuando un amigo presenta a su hijo adolescente, le preguntan qué carrera desea estudiar, sabiendo que recibirán una invariable respuesta: «No sé.» Ante un niño de cinco o seis años formulan otra interrogante retórica: «¿Ya sabes leer?» En estos torpes diálogos, la réplica importa poco; el sentido del intercambio consiste en demostrar que el adulto se «interesó » en el niño.

A los seis años yo contestaba de manera poco común a la pregunta sobre la lectura. Estudiaba la preprimaria en el Grupo A del Anexo 1 del Colegio Alemán Alexander von Humboldt de la Ciudad de México. De pronto, un adulto fingía interés en mi condición académica. ¿Ya sabía leer? «Solo en alemán», respondía. Durante nueve años cursé en ese idioma todas las materias, salvo Lengua Nacional. La adquisición escrita del español representó para mí el desplazamiento hacia un idioma posterior, subalterno, extrañamente «sencillo», que por eso mismo me gustaba pero también me parecía carente de importancia. Un dialecto para jugar.

De manera no siempre intencional, he procurado conservar esa relación con mi lengua. Pero como lector aprecio la «extranjería» de los otros, su peculiar creación de un lenguaje privado, único, así escriban en español. Interpretar es traducir.

[…]

El texto completo pueden leerlo aquí.

Les recomiendo también la entrevista que Anna María Iglesia le hizo a Juan Villoro para Letras Libres, a propósito de su libro.

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Entrevista con Cristina Rivera Garza

Cristina Rivera Garza, autora, entre otros, del polémico libro Había mucho humo o niebla o no sé qué (Random House, 2016) dice: “Si yo hubiera creído que escribir quería decir darle gusto a alguien, jamás habría escrito. Para mí la escritura sigue siendo un ejercicio fundamentalmente crítico.” Para la novelista y ensayista, el mejor libro es el que incomoda y toca fibras sensibles.

Alejandra Costamagna entrevista a Rivera Garza en la revista Dossier:

No fue su alumna ni su amiga ni su discípula. No intercambió cartas ni lo escuchó en alguna charla ni lo vio por casualidad en la calle. Tampoco conoció a su familia. La relación de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza con Juan Rulfo fue y sigue siendo así: mediada única y exclusivamente por la lectura. Un vínculo devoto y crítico al mismo tiempo. Por eso donde dice «lectura» no debe entenderse verticalidad y menos pasividad. «La lectura es imaginación, ciertamente, o no es», advierte la novelista, viajera, poeta, historiadora, ensayista y activa bloguera en las primeras páginas de Había mucha neblina o humo o no sé qué (Penguin Random House, 2016). Y luego zanja: «Éste es, luego entonces y sin duda, un Rulfo mío de mí». Porque este libro, que va del diario de viaje a la ficción, pasando por el ensayo, la poesía, la crónica y una particular etnografía, es sin duda sobre Juan Rulfo y su obra, pero también sobre quien escribe estas doscientas cuarenta y cinco páginas. Y sobre el México de mediados del siglo xx y el México de hoy. Y sobre el progreso asociado al despojo. Y, en definitiva, sobre las relampagueantes huellas del tiempo en el presente.

Rivera Garza, quien reside en Estados Unidos desde 1989 y ha sido distinguida con un doctorado honoris causa en la Universidad de Houston, lleva años escarbando en la obra del escritor jalisciense. En su blog Mi Rulfo mío de mí, que inauguró en 2011, transcribió fragmento a fragmento y reconfiguró, con distintas estrategias visuales, la novela Pedro Páramo. Una reescritura personalísima y acaso el embrión de este nuevo libro que, en su proceso, la condujo a indagar en archivos, bibliotecas y hemerotecas, a recorrer los pueblos y los rincones apartados que alguna vez visitó el escritor, a caminar junto a él en un cruce temporal, a subir el Zempoaltépetl (el cerro sagrado de los mixes), tal como lo hizo el Rulfo alpinista, y a seguir, con los ojos muy abiertos, los rastros de un fantasma demasiado vivo como para no dejarse guiar por sus pasos.

«Como suele ser el caso, hay más de un inicio. Todo depende del angular. Tal vez un inicio sea esa primera lectura de Rulfo asignada en una escuela pública del norte de México –dice la escritora, nacida en el estado de Tamaulipas–. Tal vez los regresos constantes, continuos, avorazados a lo largo de los años, hasta ese puñado de páginas. O tal vez los recorridos gozosos, extenuantes, por las sierras de Oaxaca. Y, en definitiva, también ese esfuerzo lúdico de reescritura de Pedro Páramo —palabra por palabra, signo de puntuación por signo de puntuación, en una especie de traducción alucinada del párrafo a la línea corta en distintas métricas. Hay, en todos estos proyectos o exploraciones, la necesidad y el gusto de estar lo más cerca posible de una escritura admirada y querida (no por nada creo que las formas más detalladas de la lectura son tanto la traducción como la transcripción) . Escribir así, haciendo visibles los lazos de deuda que unen a la lectura con la reescritura, por cierto, no es apropiar sino desapropiar: su contrario estético y político.»

Decimos, en Chile, Juan Pérez cuando queremos decir cualquiera, un tipo de a pie, un ciudadano común y corriente. Decimos Juan Pérez para indicar normalidad, medianía. Había mucha neblina o humo o no sé qué es un libro que habla de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno: de un sujeto que tuvo una vida «de a de veras», con las contradicciones, los dilemas éticos y las inquietudes propias de un hombre cualquiera. Intentando establecer vínculos activos entre la obra y la vida de Juan N. Pérez V., Rivera Garza indagó en su experiencia laboral y en las condiciones materiales que sostuvieron la escritura y la obra completa (no sólo sus dos libros publicados, sino también sus miles de fotografías y su rol como editor en el Instituto Nacional Indigenista). En una entrevista que dio a la televisión española al recibir el Premio Príncipe de Asturias, en 1983, Rulfo fue interrogado sobre su largo silencio. «Lo que pasa es que yo trabajo», dijo entonces. Rivera Garza se pregunta en este libro qué significaba trabajar «para un escritor de medio siglo que se veía a sí mismo, además, como el proveedor de una casa». Y su respuesta va al hueso: «Significaba, entre otras cosas, caminar sobre dagas». La autora desentierra minuciosamente esas dagas y nos muestra al escritor como capataz de obreros, agente de ventas y editor de una guía de viajes para una trasnacional de llantas, que impulsó el negocio del turismo en México. Y, más tarde, como asesor de la Comisión del Papaloapan, un organismo oficial que, entre otras funciones y siempre en nombre del progreso y la modernidad, abrió camino al desalojo de comunidades indígenas para albergar grandes represas en sus territorios.

Entonces –era acaso inevitable– este libro, que expande las múltiples lecturas del autor y su obra, ha ido encontrando detractores. La Fundación Juan Rulfo lo catalogó de «difamatorio» y canceló su participación en un encuentro literario organizado por la UNAM, donde estaría Rivera Garza. Es más: prohibió a la universidad el uso de su nombre en la actividad. En redes sociales también han surgido voces discordantes. El escritor Heriberto Yépez, por ejemplo, ha hablado de «apropiación» y «descrédito», y se ha referido al libro como un «retrato amarillista». Pero Rivera Garza lo tiene muy claro: «Si yo hubiera creído que escribir quería decir darle gusto a alguien, jamás habría escrito. Para mí la escritura sigue siendo un ejercicio fundamentalmente crítico. Si una argumentación basada en evidencias concretas y una investigación en archivos públicos a la que cualquier lector tiene acceso resulta incómoda, algo bueno ha de estar haciendo. Un libro que toca fibras tan delicadas y provoca reacciones tan vehementes debe ser, sin duda, un libro necesario».

[…]

Entrevista completa.

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Marginalia. Escritor y lector se encuentran

Es en los márgenes, opinaba Edgar Allan Poe, “fuera de los límites marcados por la página y la imprenta, en la periferia del discurso, donde el escritor y el lector se encuentran.” Es el lugar donde el lector toma la palabra a través de la pluma, coincide, discrepa, replica, escribe y reescribe el texto que tiene frente a sus ojos. A veces anota un comentario; en otras, dibuja o garabatea sobre las tierras vírgenes de la página. A esa costumbre Coleridge la llamó marginaliaEl Cultural publica un breve reportaje de Mireya Hernández sobre esa escritura excéntrica:

Cuando Nelson Mandela estaba encarcelado en Sudáfrica, cayó en sus manos un libro de Shakespeare que circulaba entre los presos y anotó su nombre junto al pasaje de Julio César donde dice: “Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte”. 260 años antes, en la Bastilla, un joven Voltaire estudiaba literatura y escribía en los márgenes de las obras que leía. Los dos tuvieron más suerte que Sir Walter Raleigh, que fue decapitado en Londres justo después de redactar una declaración en el libro que estaba leyendo. En condiciones más favorables, otros como Milton, Quevedo, Thomas Jefferson, Darwin, Jane Austen,William Blake, Melville, T. S. Eliot, Borges o Northrop Frye, encontraron consuelo o libertad en los bordes inmaculados de las páginas.

Coleridge, un apuntador compulsivo, llamó a este hábito marginalia. Los comentarios del poeta inglés eran tan famosos que sus amigos le dejaban sus libros para que se los devolviera marcados. Era una costumbre que ya se practicaba en los textos clásicos del siglo I a. C. (los llamados escolios) y fue muy común en la Edad Media (los monjes que copiaban manuscritos solían llenar los pergaminos de expresiones de hastío y dibujos de conejos homicidas). El humor que puebla los márgenes de los libros puede ser descarnado como el de los frailes o un poco más divertido como el de Juan Ramón Jiménez o el de David Foster Wallace cuando decide dibujarle gafas, bigote y colmillos a Cormac McCarthy en la foto de su ejemplar de Suttree. Luego hay un humor un poco más sarcástico, como el comentario que hace Sylvia Plath junto al fragmento de la novela de Fitzgerald en que Gatsby espera en la entrada de la casa de los Buchannan mientras Daisy hace las paces con su marido: “El caballero espera fuera, el dragón se acuesta con la princesa”.

A veces la ironía se transforma en una crítica mordaz. Coleridge cuestionaba la calidad de las metáforas de Robert Southey. Mark Twain, que llenaba páginas enteras con sus opiniones y vituperios, se rió del inglés “pésimo” de John Dryden y escribió: “Un gato haría mejor literatura que ésta” en una novela de Sarah Grand. El escultor y cineasta sin cine Jorge Oteiza le dedicó un poema a Octavio Paz al comienzo de Árbol adentro donde lo acusaba de no tener talento y escribir poesía vulgar. David Markson, autor de La amante de Wittgenstein (la novela preferida de Foster Wallace), escribió: “Ya lo hemos entendido en páginas anteriores, está empezando a ser aburrido” en los márgenes de Ruido de fondo de DeLillo, casualmente la segunda novela favorita del escritor malogrado. La letra pequeña y precisa de Nabokov solía plasmar en inglés frases lapidarias alrededor de los párrafos que no aprobaba. En una antología del New Yorker calificó todos los cuentos y otorgó la máxima nota a Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger, y a su propio Colette. La mayoría de autores salen mal parados, pero no es de extrañar teniendo en cuenta que el escritor y profesor de literatura describía la obra de T. S. Eliot y la de Thomas Mann como “de segunda” y “estúpida” respectivamente.

[…]

El texto completo puede leerse aquí.

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Milagrosa forma de ver el mundo


(Imagen de Bright Wall, Dark Room)

El epílogo que escribió la cronista Leila Guerriero para acompañar al libro David Foster Wallace portátil (Random House, 2016) fue publicado en el número 35 de la revista Dossier. En su texto, la escritora argentina reflexiona en torno a la obra de no ficción de Foster Wallace y su máquina de mirar única. Van algunos párrafos:

Sin perder de vista la perspectiva: cuando David Foster Wallace publicó en la revista Harper’s «Deporte derivado en el corredor de los tornados» (1991), «Dejar de estar bastante alejado de todo» (1994) y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» (1996), ya era el autor de su novela La escoba del sistema (1987), de los relatos de La niña del pelo raro (1989), y trabajaba en la escritura y corrección de La broma infinita, más de mil páginas que, publicadas en 1996, estallaron con la potencia de un evento de dimensiones jurásicas en el rostro de la li- teratura norteamericana contemporánea. Dicho de otro modo: en los 90, a sus treinta y pocos, Foster Wallace era un escritor de ficción avezado y reconocido (y también un poco aterrado e insatisfecho, porque empezaba a descubrir que el caldero rebosante de ¿placer, prestigio? que esperaba encontrar al pie del arco iris de la vida de escritor no era tal) y, al mismo tiempo, un autor de no ficción casi bisoño. La revista Harper’s le había publicado, en diciembre de 1991, «Tennis, Trigonometry, Tornadoes: A Midwestern boyhood», un texto autorreferencial sobre su adolescencia en el que empezaba hablando de su gusto por las matemáticas, continuaba discurriendo acerca del tenis, del viento endiablado de su Illinois natal, de la difícil morfología del terreno de su Illinois natal, de cómo el viento endiablado y la difícil morfología del terreno afectaban las canchas de tenis y la forma de jugar al tenis en su Illinois natal, de la habilidad que él había desarrollado para sobreponerse a las diabólicas ráfagas de viento y a la difícil morfología del terreno que afectaban a las canchas de tenis en su Illinois natal y de cómo esa habilidad lo había transformado en un jugador más exitoso del que hubiera sido en condiciones normales, para terminar contando lo espeluznante que resultaba vivir en el Corredor de los Tornados (donde, de hecho, se encuentra su Illinois natal) y, atando todas esas digresiones matemáticas, climáticas, geográficas y deportivas en una sola escena que describía una práctica de tenis en la que él y su adversario habían sido sorprendidos por un tornado, en uno de esos cambios de rumbo espectaculares con los que lograba sumergir sus crónicas en atmósferas casi paranormales: «Ninguno de nosotros se había dado cuenta de que hacía bastantes minutos que el viento no soplaba ni nos metía la familiar arenilla en los ojos; una mala señal. (…) Era el 6 de junio de 1978. La temperatura del aire descendió tan deprisa que pudimos notar cómo se nos erizaba el vello». El artículo –que él había titulado originalmente «Deporte derivado en el corredor de los torna- dos»– gustó. Y llevó a todo lo demás. Que, por suerte, fue mucho.

En 1993, Harper’s le ofreció escribir sobre la feria estatal de Illinois, y el resultado fue «Ticketto the Fair», publicado en julio de 1994. En 1995 la misma revista le encargó un artículo acerca de un crucero por el Caribe y el resulta- do fue «Shipping Out», publicado en enero de 1996. «Ticket to the Fair» y «Shipping Out» no son otra cosa que las versiones tamaño revista de «Dejar de estar bastante alejado de todo» y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer», publicados en toda su extensión –con sus títulos originales– en un libro de 1997 llamado, precisamente, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. (Foster Wallace, como todos los periodistas, tenía que adecuar sus textos a medidas humanas, lo cual era una pesadilla para su mirada devoradora y su escritura aluvional: «El ensayo sobre el crucero –le dijo a Tom Stocca, en 1998– era de unas cien páginas, y creo que lo terminé cortando a la mitad. Cada vez que me quejaba, en Harper’s me decían que, así y todo, era la cosa más larga que habían publicado jamás. Con lo cual yo tenía que callarme la boca; si no, hubiera parecido una prima donna más grande de lo que ya soy»). Si «Deporte derivado…» había sido el auspicioso principio, las dos piezas siguientes –basadas ya no en la evocación y la memoria sino en ir, ver y volver para contar– fueron la definitiva puesta en marcha de una obra de no cción que quizás, en un futuro no tan lejano, coloque a David Foster Wallace en el sitio que aún (¿por distracción, por omisión, porque el canon considera que es mejor ser rey en la cción que emperador en territorios reales?) no termina de ocupar: el de haber sido uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos. Alguien que, treinta años después de que Tom Wolfe definiera las bases del Nuevo Periodismo, y de que esa nueva forma no presentara paradójicamente mayor novedad a lo largo de décadas, empezó a hacer algo que no se parecía a nada.

Es difícil saber hasta dónde hubiera llegado. Qué nuevas cosas hubiera podido arrastrar hasta la Tierra, desde los con nes de la galaxia en que vivía, su milagrosa forma de ver el mundo.

[…]

El texto completo se puede leer acá.

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