Poemas de Giovanni Boccaccio

La editorial Almadía y la UNAM acaban de publicar, para gran fortuna de los lectores, una selección de las Rimas escritas por el escritor italiano medieval Giovanni Boccaccio (1313-1375), autor de la célebre obra narrativa el Decamerón. Esta edición bilingüe italiano-español incluye un estudio introductorio esclarecedor y notas a cargo de Fernando Ibarra Chávez, quien nos introduce en la lírica de este gran escritor. Se trata de una pequeña joya editorial, dado que es raro encontrar obra de este autor en español. Aquí una muestra de los poemas:

XXI [VI]

Amor es denostado por villanos:
lo llaman accidente doloroso,
lleno de espanto, adverso, codicioso,
y de suspiros proveedor cortés.

No se percata el ciego error de aquellos
cómo proceda su fuerza escondida
en hombres justos, briosos y prudentes
para buscar honor, con bien actuar.

Cuando ese ser en las almas gentiles
se muestra como objeto valeroso,
las vuelve humildes y también corteses.

Ornarse de gracias es su deleite;
huye, enemigo, de todo acto vil:
¿quién cesará de estar bajo su yugo?

LXXIV [LXXIV]

Si en los lazos, Amor, caer pudieses
en los que a tantos has enmarañado
los brazos rotos séante y obtusas
las garras, y las alas desplumadas

y quitado el vigor, tu culto horrendo
sea aquel que nacerá y ha ya nacido,
rotos séante el arco y los venablos
y que tu nombre siempre dolor sea.

Fraudulento, desleal y mentiroso,
falso, ladrón, asesino y sicario,
cruel, tirano y homicida perjuro.

Luego de mi servir tan largo y vano
pusiste antes de mí a quien menos vale.
¡Que caiga en ti una flecha y que te mate!

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El enojo y la justicia criminal

(en la imagen Annalise Acorn)

Letras Libres publica un interesante texto, originalmente una conferencia, de la profesora de derecho Annalise Acorn en el que reivindica el rol que juegan (o deberían jugar) las emociones, particularmente el enojo de las víctimas y la sociedad, en la impartición de justicia penal. Somos seres morales y debemos expresar nuestras emociones frente a un acto criminal, para así buscar una moral recíproca que involucre y haga responsable de sus actos al infractor. La autora se aparta de una larga tradición que viene de Platón, Aristóteles, Séneca, Montaigne y desemboca en la filósofa Martha Nussbaum, quienes rechazan “las emociones incriminatorias en la ley y en la vida.”

En fin, una reflexión provocadora que nos mueve a pensar. Van unos fragmentos del ensayo A favor del enojo:

Las emociones tienen estatus moral. El acto de culpar implica emociones como el enojo, la indignación y el resentimiento que, como respuestas afectivas a un acto de maldad real e imputable, son indispensables para nuestra existencia como seres morales; expresarlas tiene un valor intrínseco porque son parte de la búsqueda humana por una moral recíproca. Hay, me parece, aspectos de la relación entre el Estado y el criminal –y de sus roles tal y como los estructura el sistema judicial– que hacen de estas emociones un problema moral en el contexto actual del castigo. Pese a ello, mi postura es que debemos entender la sentencia como la expresión social de las emociones que culpan al infractor por el mal que hizo. De ese modo, la sentencia debe hablar del enojo y la indignación ante los actos graves de maldad criminal.

No es la posición predominante en la academia, donde se considera que es mejor erradicar hasta donde sea posible las emociones que conlleva el acto de culpar tanto de la ley como de la vida. A lo largo de este ensayo sugeriré, en cambio, que si nosotros, como sociedad o comunidad, no estamos enojados con el asesino, escandalizados con el violador, resentidos con el estafador, indignados con el golpeador, quizá tendremos un buen motivo para confinar, incapacitar, tratar, entrenar o manejar de algún modo al agresor, pero no tendremos derecho a sancionarlo si se entiende el castigo como la imposición de un merecido trato duro.

El filósofo de Oxford Peter Strawson escribió, en 1961, el célebre ensayo “Freedom and resentment”. Tomaré prestadas dos ideas suyas. La primera es que la sanción penal en realidad deriva de nuestra práctica interpersonal de responsabilizar a la gente por sus actos. La segunda es contrastar la actitud reactiva, que percibe al otro como agente responsable, con la actitud objetiva que lo define como foco de políticas, como un objeto que debe ser manejado, incentivado, controlado.

Estas actitudes tienen rangos emocionales distintos. La actitud reactiva está acompañada de emociones que apuntan a que el otro asuma su responsabilidad: el resentimiento, la indignación, el perdón, la gratitud, el enojo. La objetiva, por el contrario, es compatible con la piedad, el desprecio, el duelo, el asco e incluso con algunas formas del amor, pero no con las emociones de culpar y responsabilizar. A partir de ello, Strawson escribe que la actitud objetiva impide expresar sentimientos que suponen participar e involucrarse –el resentimiento, la gratitud, la disculpa, el enojo, el amor recíproco–. Solo la actitud reactiva es participativa, solo esta se involucra con el criminal. La actitud objetiva, en cambio, es gerencial, estratégica, indiferente; permite combatir el crimen, negociar con el criminal, pero no discutir y razonar con él.

Cuando alguien hace el mal (cuando comete una auténtica violación moral) y se encuentra con la reacción participativa y afectiva de otras personas –cuando se encuentra con su resentimiento, su indignación–, se le involucra en una disputa que respeta su agencia moral y se crea una oportunidad para que asuma su parte en la misión que tiene la humanidad de buscar una moral común. Cuando confrontamos al agresor con esta actitud emocional, lo reconocemos como par, como ser moral y compañero, lo respetamos como agente responsable, lo que es imposible con una actitud distante, objetiva, gerencial.

El libro La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia (2016), de Martha Nussbaum, es un rechazo categórico de las emociones incriminatorias en la ley y en la vida. Para Nussbaum, la respuesta apropiada ante una mala conducta es deshacerse del enojo y ceder de manera desapasionada el asunto a la ley que, por su parte, debe responder de la misma forma: sin enojo institucional, del modo más productivo posible en términos sociales. La autora acude a De la ira (ca. 50) de Séneca para sostener su postura. El filósofo estoico descarta el enojo en cualquier situación, por considerarlo inapropiado e inútil, y, a la vez, considera a la venganza una necesidad y un deber en los casos donde el acto de maldad pueda comprobarse: “¿No debe un buen hombre enojarse si asesinan a su padre, si ultrajan a su madre ante sus ojos? No, no debe enojarse, sino vengarlos o protegerlos […] Si mi padre está en riesgo de ser asesinado, lo defenderé; si lo matan, lo vengaré, no porque sienta dolor, sino porque es mi deber.” El flemático y estirado Adam Smith decía, con razón, que Séneca era el gran predicador de la insensibilidad y la recomendación de Nussbaum de abstenerse del enojo y ceder el asunto a la ley abreva de esa tradición. El que se enoja pierde; mejor, véngate.

Continuar con la lectura aquí.

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La novela inconclusa de Bernardino Casablanca

Mi primer encuentro literario con César López Cuadras, de lector a autor, hace ya como diez años, ocurrió por medio de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, cuya tercera edición de 2007, publicada por Ediciones Arlequín en su atinada colección El Gran Padrote, conseguí casi de milagro en una librería de esta ciudad. Cuando uno regresa a esta que fue la primera novela de nuestro autor, después de haber leído toda su obra, sorprende que ya están ahí las virtudes y virtuosismos narrativos que más admiramos sus lectores. Y de los que espero hablar esta noche.

Desde las primeras líneas de esta novela, el lector se encontrará con el personaje del escritor norteamericano Truman Capote, autor de la famosa novela-reportaje A sangre fría (1966), quien decide escapar por unos días de Beverly Hills y de su amante en turno con el objetivo de venir a tierras sinaloenses y visitar, en la plenitud infernal de un día de agosto de 1975, a su amigo Narciso Capistrán, un treintañero prófugo de la facultad de letras a quien había conocido en Nueva York en condiciones de escritor famélico, pidiendo monedas para el pasaje, “rondando los imprecisos límites entre la pobreza y la indigencia”. Sin embargo, ahora que Capote lo reencuentra en Guasachi, Sinaloa (el mítico pueblo inventado por César), la nueva imagen de Narciso es la del sinaloense típico, según resume el narrador: “[…] una figura embarnecida y un paso firme y seguro. Sus jeans se ajustaban al cuerpo, y la media luna horizontal del cinturón contenía una modesta barriga cervecera, que le abría ligeramente la camisa a la altura del ombligo. Adornaba su cara pulcramente afeitada con un copioso bigote de ganadero.”

Con cincuenta y un años de edad y quizás agobiado aún por el suplicio de haber escrito A sangre fría, Truman Capote llega a Guasachi, Sinaloa, con la finalidad de divertirse, comer mariscos y conocer los cuartitos de cerveza Pacífico, obsesión nostálgica de Narciso durante su estancia en Nueva York y escudo cotidiano de los habitantes de Guasachi frente a las inclemencias del calor. Capote no quiere hablar de literatura y mucho menos de teoría literaria, pero Narciso, entre “órdenes de ostiones, callos de hacha, patas de mula, camarones e incontables tandas de cerveza”, le comparte su proyecto de novela: intenta reconstruir un misterioso asesinato ocurrido hacía unos meses en Guasachi. Bernardino Rentería, gloria regional y padrote precoz, tratante de blancas, dandi de pueblo, empresario exitoso de la vida disipada y dueño del burdel más concurrido de Guasachi, el Casablanca, había sido asesinado. Tenía muchos enemigos, decían en el pueblo, cualquiera pudo haberlo matado. Narciso Capistrán quería repetir el experimento literario realizado por su diminuto amigo gringo, sólo que el expediente aún no estaba resuelto. Ni podía estarlo.

En el estado de Kansas, Truman Capote tuvo acceso a los archivos policiales y expedientes judiciales del caso criminal que reconstruía con su pluma por encargo de la revista New Yorker, pudo conversar en diversas ocasiones con el agente asignado a la investigación, y entrevistar a la gente de Holcomb, pueblo en el que habían asesinado a una familia ejemplar. En el desarrollo de su trabajo, el escritor caminó al lado de un sistema policial y de justicia que, a su manera brutal, funcionaba: hubo una investigación seria que concluyó con la detención y posterior ahorcamiento de los asesinos. En esa reconstrucción del caso, además, el escritor estableció una valiosa proximidad con los jóvenes acusados del crimen y, a través de charlas e investigaciones, logró llevar a cabo, respecto de cada uno de ellos, retratos literarios quizá sin parangón en el periodismo policiaco, alejándose del estricto reportaje y acercándose mucho más al mundo de la novela.

En cambio, la suerte de Capistrán tenía que ser, fatalmente, otra. Con solo el rumor pueblerino, el chismorreo y los mitoteros insaciables de Guasachi era imposible escribir una obra documentada como la de su amigo, dado que en Guasachi las investigaciones de la policía no avanzan, se abandonan o se les da carpetazo. A Capistrán le estaba negado escribir una réplica sinaloense de A sangre fría pero no una pieza de pura ficción. “Solo tienes dos caminos:”, le dice Capote a su joven discípulo, “o esperas a que las investigaciones de la policía resuelvan el caso [cosa que no ocurrirá, lo sabemos nosotros y también Capistrán], y puedas así contar con mayores elementos o, a partir de lo que tienes, creas tu propia historia, lo que ya sería algo muy diferente a mi novela, aunque, quizá, más interesante, pues abres un amplio horizonte a la imaginación y a la creatividad.” En realidad, la única opción de Capistrán consistía en entregarse a la conjetura y la fabulación literaria. Sacudirse el peso y la ilusión de la verdad histórica de un caso que la policía y el ministerio público del pueblo jamás resolverían. En esa intersección entre la verdad y la invención radica la magia de toda ficción.

¿Cuál es el lugar de la verdad en todo esto, en la investigación periodística, en los procesos judiciales y, sobre todo, en la ficción? Sostiene Ricardo Piglia que “la ficción trabaja con la verdad para construir un discurso que no es ni verdadero ni falso. Que no pretende ser ni verdadero ni falso. Y en ese matiz indecidible entre la verdad y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción.” Desde mi perspectiva, esa pregunta esencial por el lugar de la verdad, lo que llamamos verdad, y su cruce impreciso, difuminado, con la ficción atraviesa la narrativa de César López Cuadras. La manera en que una colectividad construye, deconstruye y se relaciona con su verdad está en el centro de su obra. Cada una de sus novelas nos muestra la habilidad que puede llegar a tener una comunidad para tejer diferentes relatos y leyendas, muchas veces encontrados, acerca de un hecho, desvaneciendo los límites entre la ficción y la verdad. En uno de sus cuentos más memorables, El león que fue a misa de siete, asistimos a una descarada como divertida tergiversación periodística de los hechos, más propia de la invención literaria que del rigor objetivo.

Truman Capote se exaspera al ver a su amigo Narciso Capistrán más preocupado por la verdad que por la literatura:

Ve todo lo que tienes; todo lo que has reunido: dos asesinatos en los que se mezcla la pasión y el dinero, un tratante de blancas, una pareja de amantes, narcotraficantes, putas, policías y funcionarios corruptos, todo esto en un pueblo de borrachos que toman cerveza a destajo. ¿Qué más quieres? Ponte a trabajar con eso, y deja la verdad en paz; sobre todo cuando ni siquiera a la policía le interesa.

La verdad de la novela está en la imaginación. La realidad no fabrica novelas; las novelas, en cambio, inventan realidades literarias que no son más que formas de leer, interpretar y estar en el mundo. César López Cuadras, al igual que Capistrán, conoce inmejorablemente los compuestos de su objeto narrativo: la región del norte, sus registros de lenguaje, sus personajes típicos, la interminable fiesta de prostíbulos y cantinas, el béisbol, las drogas, la corrupción, el calor extremoso como elemento omnipresente y su antídoto más común por estas tierras: la cerveza en cantidades ingentes. Lo que para algunos críticos podrían ser clichés de la literatura del norte, en La novela inconclusa de Bernardino Casablanca son recursos que se articulan eficazmente en la invención y organización de un mundo y un espacio peculiares, con vida propia, el de Guasachi, Sinaloa.

Una de las virtudes más notables de esta primera novela, así como de toda la ficción de nuestro autor, radica en la construcción de sus personajes, en el ingenio de César para dibujar con una gran fuerza expresiva a sus personajes, ya sea con una breve descripción física o haciendo pausa en la narración para relatarnos toda una biografía como en el caso de Bernardino, acaso el personaje más redondo y complejo de la novela, el niño prieto y chamagoso de Las Tinajas, cerca de Badiraguato, cuya educación sentimental transcurrió entre putas y burdeles, cuya inteligencia práctica y arrojo lo convirtieron en leyenda, en el exitoso proveedor de placeres carnales para los habitantes de Guasachi. En esta obra no hay personaje importante que carezca de su historia, de su conflicto, moral o no, y de una caracterización que destaca por su economía y precisión de palabras. Parranderos, enamorados, narcotraficantes, profesores, curas de dudosa religiosidad, policías corruptos, mandaderos, estafadores, machos, padrotes, persignadas, rancheras y prostitutas pueblan el universo narrativo de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca.

Gracias a un plan finamente trazado y una fecunda imaginación –utilizando con dominio técnicas literarias como el diálogo, el monólogo narrado, el discurso epistolar, la canción popular, las alusiones bíblicas, literarias y cinematográficas, o figuras como la perífrasis y la ironía—, las acciones de los personajes, su discurso, su psicología, su idiosincrasia, se corresponden perfectamente con el desarrollo de la historia; de ahí la solidez, originalidad y coherencia de cada uno de ellos, tanto de los personajes principales como de los secundarios.

Y si bien lo apreciable de una historia depende, muchas veces, del hábil tratamiento técnico de sus personajes, en el caso de La novela inconclusa… se hace además con otro de los ingredientes característicos e inseparables de la ficción de César López Cuadras, como lo fue de Jorge Ibargüengoitia: el humor, una jovialidad a prueba de tragedias. Incluso cuando se pone dramático es divertido. “La intención del humor en la literatura”, apuntaba Julio Cortázar, es casi siempre desacralizar, echar hacia abajo una cierta importancia que algo pueda tener, cierto prestigio, cierto pedestal. El humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas.” En ese sentido profano, La novela inconclusa… desacraliza la verdad, las leyendas, lo maravilloso, las buenas costumbres, la rígida moral y los arquetipos sociales. Su sentido del humor, su agudo uso de la ironía en cada oración y en cada capítulo, son recursos a través de los cuales César López Cuadras ejerció también una crítica social y política, su hipótesis de lectura sobre el mundo.

Ante la fascinación de Narciso Capistrán por el rigor implacable con el que Truman Capote había escrito su novela basada en hechos reales, este le aconseja: “No le apuestes tanto al rigor, mejor procura divertirte cuando escribas.” Para fortuna de todos sus lectores, a eso, precisamente, le apostó César López Cuadras.

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Una metáfora de la vida

Quisiera comenzar con una cuestión que planteó, en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el gran escritor e historiador de la lectura, Alberto Manguel, al inicio de la presentación de la última novela del escritor mexicano, y amigo de Manguel, Alberto Ruy Sánchez. El ensayista argentino se refirió a lo que llamó “un aspecto un poco duro” de la lectura, de la lectura profunda y honesta cuando se trata de leer y luego presentar el libro de un amigo. Uno no puede leer por amistad; o en su defecto, la amistad debe trabarse, gracias a la magia de la lectura, con el libro, no con la persona. Uno debe intentar leer ese libro escrito por un amigo como si fuese de un autor anónimo. Hay que olvidar la amistad y encerrarse a solas con el libro.

Comienzo con estas palabras porque me unen a Miguel Tapia no sólo la amistad sino un profundo agradecimiento. Hace ya nueve años, en invierno, padeciendo una temperatura de 1º C, visitaba yo la ciudad de París en calidad de turista y flâneur y fue en el departamento que por entonces alquilaba Miguel donde me refugié una semana del frío. Como pueden ahora entender, estoy muy agradecido con nuestro escritor por ese gesto de pura solidaridad y camaradería, que mucho ayuda cuando uno está lejos de su tierra. Entonces, ¿será posible olvidar la amistad y leer el libro de miguel Tapia como si de un autor desconocido para mí se tratara? Alberto Manguel respondería que sí. Yo todavía no estoy tan seguro, pero diría: hagamos a un lado al amigo y dejémonos impulsar por la lectura de su libro.

Con el riesgo siempre de simplificar la historia, Los ríos errantes (Era, 2017), la primera novela de Miguel Tapia, luego de publicar su libro de relatos Señor de señores y Los caimanes (Almadía, 2010), cuenta la historia o andanzas de un joven norteño, el Tona, fugitivo de la universidad, presunto vendedor de las empanadas y galletas que hace su madre (y digo presunto porque nunca lo vemos vender o entregar dicha repostería; como un aviador de gobierno: ostenta el cargo pero no trabaja), adicto a las entrevistas de trabajo que no se concretan, inexperto mujeriego, bebedor y, pronto nos enteramos, muy mala copa, un individuo impulsivo, de mecha corta, que parece haber sido diseñado para meterse en problemas. Un gandul de tiempo completo. Y sin embargo, un alma buena; o eso dicen sus amigos.

El Tona que vive con Amelia, su madre, en una casa cuyo patio linda con la ribera del río, río que en su chapoteo, en su rumor de agua, concentra la vida familiar: la de los antepasados, la infancia, los sueños, el fracaso amoroso de los padres del Tona y su inevitable separación, una familia que solía caminar entre la humedad y los árboles de la ribera para de algún modo acallar o escapar del ruido constante de las avenidas ahora pavimentadas. “Todo crecía alrededor”, narra el protagonista, “y encima de aquel pequeño reducto intocable que se iba quedando de lado, permanecía lodoso y hediondo.” Concluía una época: parecía que una ciudad se levantaba encima de la otra. Dragaron los ríos, cambiaron de color sus aguas, la vitalidad de su corriente se apagó, la ribera cedió su lugar al relleno de tierra y al pavimento. Como se lee al final de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco: “Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país”. El barrio de Amelia y su hijo se había quedado como felizmente al margen, como una extraña fortificación que resistía con nostalgia frente a un río que se alejaba cada vez más y se transformaba en un recipiente de basura y de muertos. Cuenta el Tona:

[…] Sólo en las tardes, cuando Amelia abría el ventanal de par en par, la pieza [la casa] recobraba el esplendor de décadas atrás; ahora que el barrio había perdido el atractivo de antaño, el río y sus humores eran de nuevo recibidos con gusto. La afición de la ciudad por el asfalto, el aire acondicionado, las grandes vías y los centros comerciales había condenado la zona a una especie de céntrica periferia, rodeada de tantas vías y tanto ajetreo que se había vuelto invisible. El río y sus contornos habían dejado de ser el hilo conductor de la vida local para convertirse en un resquicio infecto, una grieta que todos parecían querer colmar con basura, una larga cicatriz indecorosa sobre la cual sólo cabía construir puentes desde los que fuera imposible mirar el fondo.

Otro personaje que resulta afortunado en esta novela, porque contrasta eficazmente con la personalidad inquieta y exasperada del protagonista, es el de Amelia, una mujer observadora, meditabunda, solitaria, misteriosa, melancólica y de una lucidez que sólo brinda la serenidad del reiterado ensueño y los recuerdos. Es ella, me parece, quien con su ejemplo, enseña a su hijo los placeres del ocaso, el arte de contemplar los atardeceres junto al río mientras la noche avanza y desciende a hurtadillas, cubriendo con su sombra las ramas, los árboles y las fachadas de las casas. El Tona se admira:

[…] volvió a concentrarse en mirar la ribera coloreada por el ocaso, allá al fondo del patio. […] Amelia era capaz de seguir la secuencia de desaparición de las matas: el guayabo primero, el naranjo y los arbustos después. El limón, el arrayán, y por fin las macetas junto a la ventana. Nunca pude concentrarme el tiempo suficiente para comprobar ese orden. Con suerte, mientras miraba distraído hacia el exterior, notaba de pronto cómo el guayabo o el mango desaparecían de mi campo visual. Recordaba entonces con claridad la imagen que habían dejado en mi retina, como una reverberación causada no por el sol sino por la brusca oscuridad de la noche junto al río. Amelia me dijo una vez, en medio de la penumbra, que lo mismo sucede con lo que perdemos en la vida.

Gracias a esas tardes con su madre, será posible leer, muchas páginas más adelante, al desempleado hiperactivo del Tona relatar, inspirado, un atardecer junto a la chica de sus sueños y causante de su posterior locura:

Volvimos cuando el sol hacía enrojecer las nubes sobre el pacífico. Me ofrecí a tomar el volante. En el trayecto ella se fue callando junto con el día. De vuelta en la ciudad, fuimos directamente a lo alto del cerro de la iglesia, adonde ella me había llevado un par de ocasiones. El cassette había terminado, le pedí que pusiera algo de Creedence, pero ella dejó que el silencio llenara el vacío. Del valle sembrado de motas titilantes se levantaba una calma envolvente, una nube de noche evaporada al contacto con la tierra caliente.

Nuestro protagonista convertido en poeta.

Puede decirse que Los ríos errantes, como se afirma en la cuarta de forros, es una novela de aprendizaje, esto es, un relato acerca de la educación o el progreso moral o espiritual de su protagonista, al que seguimos durante toda la novela en su obstinada persecución de Tania Romo, una joven hermosa, de incierta fama lectora y cinéfila, atleta, caprichosa, nalgas robustas e imponentes, mariguana, de un erotismo esquivo y autoritario, una amenaza en sí misma que sólo el Tona no pudo prever. La historia se va desarrollando entre el calor y la humedad, entre recuerdos de una adolescencia y una ciudad ya difuminadas, en una atmósfera festiva, con días y noches de cerveza, devaneos con mujeres, historia en la que también asoman los negros rostros de la prepotencia y el abuso de autoridad, los rumores del narco, la violencia y el crimen, la imposibilidad del amor o el engaño amoroso, que son también parte del aprendizaje o de la desventura de crecer.

El teórico rumano de la literatura Thomas Pavel afirma, con toda razón, que “el acierto de una obra narrativa –su belleza, se habría dicho no hace mucho— surge de la convergencia entre el universo ficticio representado y los procedimientos formales que se utilizan para evocarlo.” En ese sentido, buena parte del acierto de la novela Los ríos errantes radica no sólo en el universo familiar y urbano que Miguel Tapia logra construir con su imaginación y su memoria –creando un entorno que a los del norte nos es conocido pero al mismo tiempo dotando de ciertos rasgos y manías a sus personajes, conflictuándolos, que los hace difícil de olvidar: el Tona, Amelia, Tania Romo, Camilo, el Chuy, por mencionar los que a mí me atraparon—, sino en la manera en la cual está contada, con sutileza, otra de las formas de la inteligencia que impide, por fortuna, que esta novela naufrague en esa marea de clichés que alguna vez atribuyeron los críticos, en ocasiones con justicia, a la literatura del norte. Aquí la violencia no es explícita, sino un rumor distante pero siempre presente.

Si bien el estilo en esta novela es mayormente llano, natural y fluido como la buena conversación, en diferentes momentos de la narración destaca el lenguaje por su vivacidad, por su sonido, por su construcción poética y su sensualidad:

[Tania] se estiró y deshizo la cola de cabello. La melena coronó su garbo, la autoridad desde la que tejía su elocuencia. Yo escuchaba fascinado, trataba de conectar algún comentario, pero me perdía sin remedio en el trazo mental de caminos que llevaran hasta su dedo gordo, hasta el brillo esporádico de su pantorrilla, hasta esa risa que, entre exabruptos y reclamos sin destino, lograba reaparecer por momentos, ligera y generosa. Temí que dejara de hablar, que renunciara a mantener vivo el momento. Tal vez por eso estiré la mano y la coloqué sobre su empeine. Ella no calló, pero sentí que sus ojos fijaban mis dedos trémulos […] me tomó por la muñeca y tiró de mí. Metió la lengua en mi boca, la llenó de una marea ávida, agria y dulce. Como una inundación, una corriente salvaje abandonada a sí misma.

Con estos ejemplos he querido resaltar el trabajo esmerado de Miguel Tapia con el lenguaje (tarea principal de todo escritor), que en esta obra es poderoso y sugerente.

Hay otra cosa que debe subrayarse de Los ríos errantes: su narración disruptiva o fragmentaria del tiempo, sin que esto afecte la solidez de la trama ni mucho menos la comprensión de la novela: que busca retratar a su protagonista en sus apuros para habitar el mundo. No sólo comienza por el final y termina por el principio, sino que el desarrollo de la historia se compone de breves episodios o escenas resumidas que corresponden al tiempo presente del joven narrador universitario, pero también, sin aviso explícito para el lector, a los tiempos de esa ciudad que dejó de existir y que sólo por la fuerza de los recuerdos es posible rememorar. Así, gracias a la hábil imbricación de los tiempos y los diferentes hilos narrativos que sostienen toda la historia, una vez que se ha comenzado la lectura, me pasó a mí, es difícil abandonarla. Necesitaba yo conocer el destino del Tona y encontrar, junto con él, a Tania, esa belleza fantasmagórica.

“Narrar”, dice el crítico inglés Terry Eagleton, “es una empresa absurda. Es un intento de plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto. Por consiguiente, es lenguaje en estado puro.” Partiendo de esta premisa, de repente parece impreciso y reduccionista clasificar Los ríos errantes como una novela de aprendizaje, pues a pesar de que intrínsecamente toda narración, como la realidad, está condenada a la discontinuidad, la novela de aprendizaje quiere relatar un progreso educativo y sentimental de su protagonista, y no es lo que ocurre, al menos no completamente, en la novela de Miguel Tapia. Desde mi perspectiva, si bien hay una búsqueda, un aprendizaje contado por el propio narrador y protagonista, también se narra una permanente fuga, un fracaso en seguir los caminos que parecían trazados y, en todo caso, lo descubrirán ustedes en la novela, una regresión. Una vuelta al origen.

Los ríos errantes, prefiero pensar, es una metáfora de la vida, una lectura sobre el mundo que nos ofrece su autor y que descansa en el fluir de las aguas del río como reflejo de nuestras vidas. La mayoría nos acomodamos en la corriente, en la resignación, cruzamos los brazos y nos dejamos llevar; otros, intentan salir del río; otros más se oponen a la corriente e intentan remontarla toda su vida, sin que muchos logren moverse del mismo lugar; muchos, pocos, no lo sabemos, mueren en silencio. La vida es lucha, rara vez lo que habíamos imaginado. En palabras del narrador:

No la carrera que habíamos planeado, encauzada con horarios y espaldas numeradas, sino la otra, la real y caótica, la huida sin sentido que al avanzar me lleva neciamente atrás, de vuelta al principio. La corriente que desde entonces me arrastra, entre afluentes y remolinos, y me obliga a recorrerla aguas arriba, pisando en los recuerdos como sobre piedras firmes entre los rápidos.

Al final, no sé si pude olvidar al amigo y concentrarme sólo en el libro, pero traté de compartir con honestidad lo que hallé en esta novela: ejercicio ingenioso de la memoria y, reitero, metáfora de la vida. Si la amistad no es un proceso sino un instante, como dice el poeta, Miguel me ha regalado con su amistad, y ahora sobre todo con su primera novela, instantes notables como lector.

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Mapas, literatura de viajes


La edición de julio de 2018 de la bellísima Revista de la Universidad de México está dedicada al tema de los mapas a partir de una gran variedad y riqueza de puntos de vista; por si no fuera poco la revista incluye un suplemento de literatura de viajes con textos de Luciano de Samósata, Martín Caparrós, Juan Villoro, Stendhal, por mencionar algunos. Vale mucho la pena el número.

En esta edición se recuperan tres poemas de María Auxiliadora Álvarez publicados en el Periódico de Poesía de la UNAM; les comparto dos de ellos:

33

como en las trazas
de un cuerpo quemado

el mapa produce territorio

líneas transustanciadas en grietas
herméticas
e inmóviles
dibujan el plano de la inmovilidad

hasta el próximo estallido
del volcán:

cuando la avalancha de las viejas costras
colaboren
con el (re)establecimiento
de la nueva (de)formación

35

sostenerse de pie
en la ladera inclinada

erguir la columna
como el hueso
de la estaca

ofrecer la ovalidad
del rostro
con los invidentes abiertos
los sordos dispuestos
y pender
del abismo
invertido
como una estalactita

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La librería

El Boomeran (g) nos comparte las primeras páginas de la novela La librería (Impedimenta), de la brillante escritora inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000), cuyas novelas recomiendo sin dudarlo, particularmente La flor azul (1995). A continuación los primeros fragmentos de La Librería (historia que ha sido llevada al cine recientemente por Isabel Coixet):

En 1959 Florence Green de vez en cuando pasabauna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Era por la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era la incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza y se le veía un cuarto, la mitad o a veces tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado. Florence tenía la sensación de que si no había dormido nada —y la gente a menudo dice esto cuando quiere decir algo muy diferente— debía de haber sido por pensar en aquella garza.

Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir. Durante más de ocho años, a lo largo de media vida, había subsistido en Hardborough con la pequeña cantidad de dinero que su marido le había dejado al morir, y últimamente se había empezado a preguntar si no tendría la obligación de demostrarse a sí misma, y posiblemente a los demás, que ella existía por derecho propio. La supervivencia a menudo se consideraba lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del este de Inglaterra. Muerte o curación, pensaban sus vecinos, una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio.

Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignifcante vista desde delante y completamente insignificante por detrás. No se hablaba mucho de ella, ni siquiera en Hardborough, donde los amplios espacios permitían ver a todos los que se acercaban, y donde todo lo que se veía era objeto de comentario. Hacía pocos cambios estacionales en su atuendo. Todo el mundo conocía su abrigo de invierno, que era de esos que quizás estuvieran pensados para durar siempre un año más.

En Hardborough, en 1959, uno no podía tomarse una ración de Fish and Chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos. En cierto modo se sentía la necesidad de todas estas cosas, pero a nadie se le había ocurrido —y desde luego nadie pensó que a la señora Green se le hubiera ocurrido tampoco— abrir una librería en el pueblo.

[…]

Continuar con la lectura en este enlace.

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El deseo lector debe contagiarse

Para que un libro deje de ser un simple objeto y se convierta en poesía, narrativa o ensayo, requiere de la lectura. Es el acto de leer el que lo activa y lo anima. La lectura es, en sí misma, un diálogo con el autor o con uno mismo, que suele extenderse a otros lectores mediante una nueva escritura. El lector se transforma en escritor para transmitir lo leído, para relatar sus impresiones y los viajes de papel emprendidos. “La lectura”, escribe el gran ensayista Juan Villoro, “pide compañía”. El deseo lector está ahí para contagiarse.

La Editorial Anagrama puso a circular el libro de ensayos literarios La utilidad del deseo, del escritor mexicano Juan Villoro, y el blog El Boomeran (g) nos comparte las primeras páginas:

El camino de la madera

Hay preguntas inútiles que los adultos no dejan de hacer a los niños o a los jóvenes. Cuando un amigo presenta a su hijo adolescente, le preguntan qué carrera desea estudiar, sabiendo que recibirán una invariable respuesta: «No sé.» Ante un niño de cinco o seis años formulan otra interrogante retórica: «¿Ya sabes leer?» En estos torpes diálogos, la réplica importa poco; el sentido del intercambio consiste en demostrar que el adulto se «interesó » en el niño.

A los seis años yo contestaba de manera poco común a la pregunta sobre la lectura. Estudiaba la preprimaria en el Grupo A del Anexo 1 del Colegio Alemán Alexander von Humboldt de la Ciudad de México. De pronto, un adulto fingía interés en mi condición académica. ¿Ya sabía leer? «Solo en alemán», respondía. Durante nueve años cursé en ese idioma todas las materias, salvo Lengua Nacional. La adquisición escrita del español representó para mí el desplazamiento hacia un idioma posterior, subalterno, extrañamente «sencillo», que por eso mismo me gustaba pero también me parecía carente de importancia. Un dialecto para jugar.

De manera no siempre intencional, he procurado conservar esa relación con mi lengua. Pero como lector aprecio la «extranjería» de los otros, su peculiar creación de un lenguaje privado, único, así escriban en español. Interpretar es traducir.

[…]

El texto completo pueden leerlo aquí.

Les recomiendo también la entrevista que Anna María Iglesia le hizo a Juan Villoro para Letras Libres, a propósito de su libro.

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Entrevista con Cristina Rivera Garza

Cristina Rivera Garza, autora, entre otros, del polémico libro Había mucho humo o niebla o no sé qué (Random House, 2016) dice: “Si yo hubiera creído que escribir quería decir darle gusto a alguien, jamás habría escrito. Para mí la escritura sigue siendo un ejercicio fundamentalmente crítico.” Para la novelista y ensayista, el mejor libro es el que incomoda y toca fibras sensibles.

Alejandra Costamagna entrevista a Rivera Garza en la revista Dossier:

No fue su alumna ni su amiga ni su discípula. No intercambió cartas ni lo escuchó en alguna charla ni lo vio por casualidad en la calle. Tampoco conoció a su familia. La relación de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza con Juan Rulfo fue y sigue siendo así: mediada única y exclusivamente por la lectura. Un vínculo devoto y crítico al mismo tiempo. Por eso donde dice «lectura» no debe entenderse verticalidad y menos pasividad. «La lectura es imaginación, ciertamente, o no es», advierte la novelista, viajera, poeta, historiadora, ensayista y activa bloguera en las primeras páginas de Había mucha neblina o humo o no sé qué (Penguin Random House, 2016). Y luego zanja: «Éste es, luego entonces y sin duda, un Rulfo mío de mí». Porque este libro, que va del diario de viaje a la ficción, pasando por el ensayo, la poesía, la crónica y una particular etnografía, es sin duda sobre Juan Rulfo y su obra, pero también sobre quien escribe estas doscientas cuarenta y cinco páginas. Y sobre el México de mediados del siglo xx y el México de hoy. Y sobre el progreso asociado al despojo. Y, en definitiva, sobre las relampagueantes huellas del tiempo en el presente.

Rivera Garza, quien reside en Estados Unidos desde 1989 y ha sido distinguida con un doctorado honoris causa en la Universidad de Houston, lleva años escarbando en la obra del escritor jalisciense. En su blog Mi Rulfo mío de mí, que inauguró en 2011, transcribió fragmento a fragmento y reconfiguró, con distintas estrategias visuales, la novela Pedro Páramo. Una reescritura personalísima y acaso el embrión de este nuevo libro que, en su proceso, la condujo a indagar en archivos, bibliotecas y hemerotecas, a recorrer los pueblos y los rincones apartados que alguna vez visitó el escritor, a caminar junto a él en un cruce temporal, a subir el Zempoaltépetl (el cerro sagrado de los mixes), tal como lo hizo el Rulfo alpinista, y a seguir, con los ojos muy abiertos, los rastros de un fantasma demasiado vivo como para no dejarse guiar por sus pasos.

«Como suele ser el caso, hay más de un inicio. Todo depende del angular. Tal vez un inicio sea esa primera lectura de Rulfo asignada en una escuela pública del norte de México –dice la escritora, nacida en el estado de Tamaulipas–. Tal vez los regresos constantes, continuos, avorazados a lo largo de los años, hasta ese puñado de páginas. O tal vez los recorridos gozosos, extenuantes, por las sierras de Oaxaca. Y, en definitiva, también ese esfuerzo lúdico de reescritura de Pedro Páramo —palabra por palabra, signo de puntuación por signo de puntuación, en una especie de traducción alucinada del párrafo a la línea corta en distintas métricas. Hay, en todos estos proyectos o exploraciones, la necesidad y el gusto de estar lo más cerca posible de una escritura admirada y querida (no por nada creo que las formas más detalladas de la lectura son tanto la traducción como la transcripción) . Escribir así, haciendo visibles los lazos de deuda que unen a la lectura con la reescritura, por cierto, no es apropiar sino desapropiar: su contrario estético y político.»

Decimos, en Chile, Juan Pérez cuando queremos decir cualquiera, un tipo de a pie, un ciudadano común y corriente. Decimos Juan Pérez para indicar normalidad, medianía. Había mucha neblina o humo o no sé qué es un libro que habla de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno: de un sujeto que tuvo una vida «de a de veras», con las contradicciones, los dilemas éticos y las inquietudes propias de un hombre cualquiera. Intentando establecer vínculos activos entre la obra y la vida de Juan N. Pérez V., Rivera Garza indagó en su experiencia laboral y en las condiciones materiales que sostuvieron la escritura y la obra completa (no sólo sus dos libros publicados, sino también sus miles de fotografías y su rol como editor en el Instituto Nacional Indigenista). En una entrevista que dio a la televisión española al recibir el Premio Príncipe de Asturias, en 1983, Rulfo fue interrogado sobre su largo silencio. «Lo que pasa es que yo trabajo», dijo entonces. Rivera Garza se pregunta en este libro qué significaba trabajar «para un escritor de medio siglo que se veía a sí mismo, además, como el proveedor de una casa». Y su respuesta va al hueso: «Significaba, entre otras cosas, caminar sobre dagas». La autora desentierra minuciosamente esas dagas y nos muestra al escritor como capataz de obreros, agente de ventas y editor de una guía de viajes para una trasnacional de llantas, que impulsó el negocio del turismo en México. Y, más tarde, como asesor de la Comisión del Papaloapan, un organismo oficial que, entre otras funciones y siempre en nombre del progreso y la modernidad, abrió camino al desalojo de comunidades indígenas para albergar grandes represas en sus territorios.

Entonces –era acaso inevitable– este libro, que expande las múltiples lecturas del autor y su obra, ha ido encontrando detractores. La Fundación Juan Rulfo lo catalogó de «difamatorio» y canceló su participación en un encuentro literario organizado por la UNAM, donde estaría Rivera Garza. Es más: prohibió a la universidad el uso de su nombre en la actividad. En redes sociales también han surgido voces discordantes. El escritor Heriberto Yépez, por ejemplo, ha hablado de «apropiación» y «descrédito», y se ha referido al libro como un «retrato amarillista». Pero Rivera Garza lo tiene muy claro: «Si yo hubiera creído que escribir quería decir darle gusto a alguien, jamás habría escrito. Para mí la escritura sigue siendo un ejercicio fundamentalmente crítico. Si una argumentación basada en evidencias concretas y una investigación en archivos públicos a la que cualquier lector tiene acceso resulta incómoda, algo bueno ha de estar haciendo. Un libro que toca fibras tan delicadas y provoca reacciones tan vehementes debe ser, sin duda, un libro necesario».

[…]

Entrevista completa.

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Marginalia. Escritor y lector se encuentran

Es en los márgenes, opinaba Edgar Allan Poe, “fuera de los límites marcados por la página y la imprenta, en la periferia del discurso, donde el escritor y el lector se encuentran.” Es el lugar donde el lector toma la palabra a través de la pluma, coincide, discrepa, replica, escribe y reescribe el texto que tiene frente a sus ojos. A veces anota un comentario; en otras, dibuja o garabatea sobre las tierras vírgenes de la página. A esa costumbre Coleridge la llamó marginaliaEl Cultural publica un breve reportaje de Mireya Hernández sobre esa escritura excéntrica:

Cuando Nelson Mandela estaba encarcelado en Sudáfrica, cayó en sus manos un libro de Shakespeare que circulaba entre los presos y anotó su nombre junto al pasaje de Julio César donde dice: “Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte”. 260 años antes, en la Bastilla, un joven Voltaire estudiaba literatura y escribía en los márgenes de las obras que leía. Los dos tuvieron más suerte que Sir Walter Raleigh, que fue decapitado en Londres justo después de redactar una declaración en el libro que estaba leyendo. En condiciones más favorables, otros como Milton, Quevedo, Thomas Jefferson, Darwin, Jane Austen,William Blake, Melville, T. S. Eliot, Borges o Northrop Frye, encontraron consuelo o libertad en los bordes inmaculados de las páginas.

Coleridge, un apuntador compulsivo, llamó a este hábito marginalia. Los comentarios del poeta inglés eran tan famosos que sus amigos le dejaban sus libros para que se los devolviera marcados. Era una costumbre que ya se practicaba en los textos clásicos del siglo I a. C. (los llamados escolios) y fue muy común en la Edad Media (los monjes que copiaban manuscritos solían llenar los pergaminos de expresiones de hastío y dibujos de conejos homicidas). El humor que puebla los márgenes de los libros puede ser descarnado como el de los frailes o un poco más divertido como el de Juan Ramón Jiménez o el de David Foster Wallace cuando decide dibujarle gafas, bigote y colmillos a Cormac McCarthy en la foto de su ejemplar de Suttree. Luego hay un humor un poco más sarcástico, como el comentario que hace Sylvia Plath junto al fragmento de la novela de Fitzgerald en que Gatsby espera en la entrada de la casa de los Buchannan mientras Daisy hace las paces con su marido: “El caballero espera fuera, el dragón se acuesta con la princesa”.

A veces la ironía se transforma en una crítica mordaz. Coleridge cuestionaba la calidad de las metáforas de Robert Southey. Mark Twain, que llenaba páginas enteras con sus opiniones y vituperios, se rió del inglés “pésimo” de John Dryden y escribió: “Un gato haría mejor literatura que ésta” en una novela de Sarah Grand. El escultor y cineasta sin cine Jorge Oteiza le dedicó un poema a Octavio Paz al comienzo de Árbol adentro donde lo acusaba de no tener talento y escribir poesía vulgar. David Markson, autor de La amante de Wittgenstein (la novela preferida de Foster Wallace), escribió: “Ya lo hemos entendido en páginas anteriores, está empezando a ser aburrido” en los márgenes de Ruido de fondo de DeLillo, casualmente la segunda novela favorita del escritor malogrado. La letra pequeña y precisa de Nabokov solía plasmar en inglés frases lapidarias alrededor de los párrafos que no aprobaba. En una antología del New Yorker calificó todos los cuentos y otorgó la máxima nota a Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger, y a su propio Colette. La mayoría de autores salen mal parados, pero no es de extrañar teniendo en cuenta que el escritor y profesor de literatura describía la obra de T. S. Eliot y la de Thomas Mann como “de segunda” y “estúpida” respectivamente.

[…]

El texto completo puede leerse aquí.

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Milagrosa forma de ver el mundo


(Imagen de Bright Wall, Dark Room)

El epílogo que escribió la cronista Leila Guerriero para acompañar al libro David Foster Wallace portátil (Random House, 2016) fue publicado en el número 35 de la revista Dossier. En su texto, la escritora argentina reflexiona en torno a la obra de no ficción de Foster Wallace y su máquina de mirar única. Van algunos párrafos:

Sin perder de vista la perspectiva: cuando David Foster Wallace publicó en la revista Harper’s «Deporte derivado en el corredor de los tornados» (1991), «Dejar de estar bastante alejado de todo» (1994) y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» (1996), ya era el autor de su novela La escoba del sistema (1987), de los relatos de La niña del pelo raro (1989), y trabajaba en la escritura y corrección de La broma infinita, más de mil páginas que, publicadas en 1996, estallaron con la potencia de un evento de dimensiones jurásicas en el rostro de la li- teratura norteamericana contemporánea. Dicho de otro modo: en los 90, a sus treinta y pocos, Foster Wallace era un escritor de ficción avezado y reconocido (y también un poco aterrado e insatisfecho, porque empezaba a descubrir que el caldero rebosante de ¿placer, prestigio? que esperaba encontrar al pie del arco iris de la vida de escritor no era tal) y, al mismo tiempo, un autor de no ficción casi bisoño. La revista Harper’s le había publicado, en diciembre de 1991, «Tennis, Trigonometry, Tornadoes: A Midwestern boyhood», un texto autorreferencial sobre su adolescencia en el que empezaba hablando de su gusto por las matemáticas, continuaba discurriendo acerca del tenis, del viento endiablado de su Illinois natal, de la difícil morfología del terreno de su Illinois natal, de cómo el viento endiablado y la difícil morfología del terreno afectaban las canchas de tenis y la forma de jugar al tenis en su Illinois natal, de la habilidad que él había desarrollado para sobreponerse a las diabólicas ráfagas de viento y a la difícil morfología del terreno que afectaban a las canchas de tenis en su Illinois natal y de cómo esa habilidad lo había transformado en un jugador más exitoso del que hubiera sido en condiciones normales, para terminar contando lo espeluznante que resultaba vivir en el Corredor de los Tornados (donde, de hecho, se encuentra su Illinois natal) y, atando todas esas digresiones matemáticas, climáticas, geográficas y deportivas en una sola escena que describía una práctica de tenis en la que él y su adversario habían sido sorprendidos por un tornado, en uno de esos cambios de rumbo espectaculares con los que lograba sumergir sus crónicas en atmósferas casi paranormales: «Ninguno de nosotros se había dado cuenta de que hacía bastantes minutos que el viento no soplaba ni nos metía la familiar arenilla en los ojos; una mala señal. (…) Era el 6 de junio de 1978. La temperatura del aire descendió tan deprisa que pudimos notar cómo se nos erizaba el vello». El artículo –que él había titulado originalmente «Deporte derivado en el corredor de los torna- dos»– gustó. Y llevó a todo lo demás. Que, por suerte, fue mucho.

En 1993, Harper’s le ofreció escribir sobre la feria estatal de Illinois, y el resultado fue «Ticketto the Fair», publicado en julio de 1994. En 1995 la misma revista le encargó un artículo acerca de un crucero por el Caribe y el resulta- do fue «Shipping Out», publicado en enero de 1996. «Ticket to the Fair» y «Shipping Out» no son otra cosa que las versiones tamaño revista de «Dejar de estar bastante alejado de todo» y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer», publicados en toda su extensión –con sus títulos originales– en un libro de 1997 llamado, precisamente, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. (Foster Wallace, como todos los periodistas, tenía que adecuar sus textos a medidas humanas, lo cual era una pesadilla para su mirada devoradora y su escritura aluvional: «El ensayo sobre el crucero –le dijo a Tom Stocca, en 1998– era de unas cien páginas, y creo que lo terminé cortando a la mitad. Cada vez que me quejaba, en Harper’s me decían que, así y todo, era la cosa más larga que habían publicado jamás. Con lo cual yo tenía que callarme la boca; si no, hubiera parecido una prima donna más grande de lo que ya soy»). Si «Deporte derivado…» había sido el auspicioso principio, las dos piezas siguientes –basadas ya no en la evocación y la memoria sino en ir, ver y volver para contar– fueron la definitiva puesta en marcha de una obra de no cción que quizás, en un futuro no tan lejano, coloque a David Foster Wallace en el sitio que aún (¿por distracción, por omisión, porque el canon considera que es mejor ser rey en la cción que emperador en territorios reales?) no termina de ocupar: el de haber sido uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos. Alguien que, treinta años después de que Tom Wolfe definiera las bases del Nuevo Periodismo, y de que esa nueva forma no presentara paradójicamente mayor novedad a lo largo de décadas, empezó a hacer algo que no se parecía a nada.

Es difícil saber hasta dónde hubiera llegado. Qué nuevas cosas hubiera podido arrastrar hasta la Tierra, desde los con nes de la galaxia en que vivía, su milagrosa forma de ver el mundo.

[…]

El texto completo se puede leer acá.

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La emoción exaltada de Leila Guerriero


Foto: UDP-María José Durán

La escritora y periodista Leila Guerriero (1967, Argentina) nos habla, casi de una manera compulsiva (“soy hija de la emoción exaltada”), de su pasión temprana por la lectura y la escritura, de su acercamiento metódico a los clásicos, de su comprensión, gracias a un maestro, de que “mi labor no es brincar de fiesta en fiesta sino permanecer oculta y escribiendo, y que hay que responder con el cuerpo, el alma y la cabeza las consecuencias de todo lo que hacemos…”, de sus inicios como periodista y el descubrimiento de la mirada profunda de Martín Caparrós, el cine, etc.

No dejen de leer el siguiente ensayo autobiográfico, publicado por la Revista de la Universidad de México de este mes:

Escribo como si boxeara. Hay una rabia infinita dentro de mí, una violencia infinita dentro de mí, una nostalgia infinita dentro de mí, una furia infinita dentro de mí, un arrebato ciego dentro de mí. Porque siempre, siempre, siempre, escribo como si boxeara. O mejor: ¿por qué, siempre, siempre, siempre, escribo como si boxeara?

***

Hace días que intento encontrar una escena, la escena primigenia, el momento en que todo comenzó. Y no la encuentro. Seguramente porque esa escena no existe. Recuerdo, apenas, una calcomanía a medias rota, pegada en los azulejos de la cocina del pequeño departamento alquilado de la calle Narbondo de la ciudad de Junín en el que vivía con mis padres. Yo no debía tener más de cuatro años, pero recuerdo esa calcomanía —una casita de tejados rojos que habría pegado allí algún inquilino anterior—, y recuerdo que, mirándola, encontraba cierto solaz, cierto refugio, como si el mundo pudiera condensarse y desaparecer dentro de las infinitas posibilidades de vida que yo imaginaba en esa casa —y que he olvidado por completo, aunque no olvidé la sensación de haber imaginado cosas—, y recuerdo también a mi padre sentado a mi lado en la cama, antes de dormir, leyéndome en voz alta las historietas de Larguirucho, del Pato Donald, de la Pequeña Lulú, y que fue así como descubrió que me había quedado sorda, porque me hacía preguntas sobre lo que acababa de leerme y yo seguía con la vista fija en las tiras, sin responder. La sordera no duró mucho, pero me pregunto ahora si era sordera o si ya era todo lo que fue después: abstracción, abducción, inmersión en esos mundos a los que yo agregaba fantasía y que, ingenuamente, creí construir cuando en verdad era víctima de ellos: cuando esos mundos me construían a mí.

Pero todo eso no importa. Es un comienzo falso, innecesario. Algo que escribí sólo porque no quería ir directo al tema. Porque el tema implica revolver armarios viejos, hundir los dedos en el polvo de fantasmas pasados, revisar tiempos remotos para entender algo imposible: qué cosas hubo que leer y escuchar y ver —y pasar— para que esto —este oficio de escribir— resultara en algo con voz y mirada propias. De modo que no vengo a preguntarme cómo fue que empezaron las cosas, sino quiénes fueron mis maestros y mis héroes: aquellos que, con su forma de ver el mundo, construyeron —y construyen— mi forma de verlo y de contar. Vengo a preguntarme qué materiales hay en lo que escribo, y por qué son esos y no otros, y de dónde provienen. Qué hay en ese tejido en el que se mezclan una infancia de apache en un pueblo de provincias, la melancolía de todos los domingos de la Tierra, la esquizofrénica biblioteca de la casa de mis padres, el combinado de mi abuela en el que escuchaba tanto a Beethoven como a las estrellas del Festival de San Remo, las revistas como El Tony y D’artagnan que consumía cual drogadicta, las noches de invierno cazando liebres en el campo con escopeta de dos caños a bordo de un Rastrojero azul y las tardes de verano amarillas y celestes en la pileta del Golf, haciendo la plancha boca arriba, encandilada por el sol, sintiéndome tan feliz que, en el fondo, era como estar triste.

Por entonces tenía algunos héroes. Jackaroe, por ejemplo, un personaje de historieta guionado por Robin Wood, cuyo nombre se traducía como Viento de la Noche, un hombre hermoso y rubio, de patillas largas, criado por los indios de América del Norte, que tenía una puntería escalofriante, era parco y nómade y vagabundeaba por el oeste americano, primero buscando revancha de quienes habían aniquilado a su familia y después, supongo, sólo por vagabundear. Ni indio ni blanco, ni de aquí ni de allá, yo soñaba con ser como él, vivir de lo que llevara en mis alforjas y vagar sin rumbo. Otro de mis héroes de historieta era Nippur, un guerrero sumerio que había abandonado Lagash, la ciudad de las Blancas Murallas, luego de que fuera invadida por el pavoroso rey Luggal Zaggizi. Exiliado eterno de un sitio que añoraría siempre, Nippur sólo tenía una espada, sed de venganza y errancia impenitente. A ellos se sumó, poco después, el héroe magno: el Corto Maltés. Iba a escribir “el personaje” de Hugo Pratt, pero me cuesta decirle personaje porque, como a otros —Madame Bovary, Frank Bascombe—, lo conozco más que a mi vecino del segundo piso. De todas las cosas que me gustaban del Corto (que anduviera ligero de equipaje, que fuera tan parco y tan valiente, que no tuviera casa ni ataduras, que se sacudiera la adversidad de los hombros como si la adversidad fuera un pequeño inconveniente), la que más me gustaba era que, como había nacido sin línea de la fortuna, se la había hecho él mismo con una navaja, cortándose la palma de la mano, como quien dice: “El destino soy yo: yo me lo hago”. Ahora, con el correr de los años, me pregunto si no he terminado siendo una mezcla de todas esas cosas: un cowboy que necesita poco, un errante con hogar establecido, alguien que anda con la navaja en el bolsillo dispuesto a hacer destino por mano propia…

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Los dos mundos de Andrea Bajani

La Revista de la Universidad de México publica en su número de junio un bello texto narrativo-ensayístico del escritor italiano Andrea Bajani, cuya vida transcurre diariamente entre dos mundos separados por apenas siete minutos de caminata: el de la casa familiar y el del estudio del escritor, en el que pasa todo el día pescando frente a la nada, ante un cursor que parpadea socarronamente, aguardando el momento en que una palabra o una oración muerdan el anzuelo que les ha tendido el escritor.

Les comparto el siguiente fragmento:

Siete Minutos

1
Desde hace muchos años, y aún hoy, salgo temprano por la mañana. Recorro a pie la calle que desde mi casa lleva a la estación de tren, la cruzo, salgo al otro lado del edificio, continúo un poco más por un par de manzanas y luego me encierro en una habitación a escribir durante todo el día. Siete minutos de camino. Por la noche, cada noche, hago el recorrido contrario. Cierro con llave la puerta del estudio, vuelvo a cruzar la estación, llego a casa, dejo en el vestíbulo la mochila con el ordenador, saludo a mi mujer y a mi hija y después cenamos, y cada uno pasa revista al día. Yo siempre he hablado mucho sin decir nada de lo que ocurre en el estudio.

Después de cenar, algunas noches vemos una película juntos, charlamos sentados en el sofá, invitamos a alguien a tomar una copa o una infusión con nosotros, leemos cada uno su propio libro en la misma habitación o en diferentes lugares de la casa. Luego nos vamos a la cama, y allí nos decimos las cosas más importantes y las más nimias, recapitulando juntos el día transcurrido. A veces hacemos el amor, otras veces no, algunas noches con pasión, otras sin ella, y nos quedamos dormidos, abrazados o cada uno en su lado.

Por la mañana siempre me despierto temprano, desayuno y salgo de casa antes de que mi mujer se despierte. A veces oigo sonar el despertador de mi hija, ella aparece en pijama y nos damos los buenos días. Mas a menudo salgo cuando ambas siguen dormidas. Bajo por las escaleras y, como todos los días, me encamino hacia Porta Nuova. Cruzo la estación, me encierro en el estudio. Todos los días, durante todo el día, vivo —y sigo viviendo— encerrado en un mundo del que no cuento nada a la persona con la que me he casado. Todos los días, detrás de esa puerta, río y lloro, amo, odio, me exalto, me desespero, triunfo, fracaso, lucho, sucumbo. Cuando apago la luz, recorro siete minutos de camino, y me siento en la mesa como si nada hubiera ocurrido.

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Poemas de Rose Ausländer

Les comparto algunos poemas de la escritora Rose Ausländer (Chernivtsi, Ucrania, 1901 – Düsseldorf, Alemania, 1988), traducidos por Nuria Manzur Bernabéu y publicados por la editorial Sexto Piso en una bella edición (2016):

Lengua II

Me consagro a tu servicio
de por vida
en ti quiero respirar

Tengo sed de ti
te bebo palabra a palabra
mi manantial

Tu fulgor airado
palabra de invierno

Fina como lila
en mí floreces
palabra de primavera

Te sigo
hasta el sueño
deletreo tus anhelos

Nos comprendemos en la palabra
Nos amamos mutuamente

Mandamiento

Un poema
yace en la espera

Sin malicia yo paso
de largo

Se arroja sobre mí
susurra palabras
en mi oído
ordena: escribe

No puedo quitármelo de encima
impaciente
escribo

El papel es paciente

Experiencia II

La experiencia se concentra
en selvas montañas
ciudades

en los ojos
de los hombres

en diálogos
en silencio

Encontrar I

Busco encuentro la palabra
que no se pierde

Entrégala a todos
a quienes pertenece

Paul Celan

En hermético silencio
sepultada
su palabra sangrante
desde la cápsula del corazón
prensada
traída por alas
negro sideral
despliega una luz punzante
cuya sombra
atroz
lo iluminó

El oído

En su tolva
caen tonos
impetuosos
suaves

Con hebras de sonido
desde el caracol
trenzo yo
oraciones

Bien elevado
en el tejido de la palabra
tú y tú

Oído
mi patria
musical

Minuciosa

La hora no hace
salto alguno

Sus doce paisajes
giran
en torno a tu vida

Ninguna cordillera
ningún valle
sólo clara simetría

minuciosa

Dónde estaban

Dónde
estaban las tierras amigas
cuando nos hundimos
en la noche pantanosa

Dónde estaban
los ruidosamente silenciosos
hombres

Aún queda

Aún así magnífico
polvo de la carne

Este alumbramiento
en seno de pestañas

Labios

aún queda
mucho por decir

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Dos consejos de Ricardo Piglia

En el número de mayo de 2017 la revista La Tempestad publica una entrevista de Irasema Fernández con el escritor argentino Ricardo Piglia, a quien le pregunta, entre muchas otras cosas, lo siguiente:

¿Qué consejo le hubiera gustado recibir cuando comenzó a escribir?

Hay dos consejos que doy a los jóvenes y que yo también recibí o aprendí, a veces a destiempo. Uno es que aprendan lenguas, porque es un elemento de aprendizaje que un escritor debe saber manejar bien; y dos, que la escritura está ligada a ciertos hábitos, aunque pueden ser desarreglados. Por ejemplo, Onetti escribía de viernes a domingo y a veces tomaba anfetaminas (que no son muy recomendables); trabajaba toda la semana, se encerraba los viernes y no aparecía hasta los lunes. Hay que estar ligada a la escritura con una disciplina de trabajo, aunque al principio la producción no signifique que se escriba, puede haber un tiempo dedicado a cualquier tipo de invento que el sujeto quiera hacer […] Pienso que hay que construir un tiempo propio: por ejemplo, yo desde que tengo 19 años escribo todas las mañanas, o casi todas. De tres a cuatro horas al día: desayuno, tomo el café, no leo los diarios, dejo todo en suspenso hasta que me da la una de la tarde… Ésa es mi manera. Hay que encontrar la manera de sostener un tiempo propio más allá de las presiones que uno sufre y que siempre parecen ser cosas más útiles.”

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Dossier sobre literatura mexicana actual

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La revista digital Iowa Literaria acaba de publicar un interesante dossier sobre literatura mexicana actual, coordinado por la narradora y periodista Inma Aljaro. Recomiendo que lo revisen y disfruten de una buena entrevista con el escritor mexicano Luigi Amara, en la cual reflexiona sobre diversos temas que le apasionan como el paseo, el aburrimiento, la edición independiente, el ensayo como ficción, la escritura como forma, así como el rol del escritor frente al poder y la violencia.

En este dossier también pueden encontrar fragmentos de las novelas En medio de extrañas víctimas de Daniel Saldaña París y Anatomía de la memoria de Eduardo Ruiz Sosa, un ensayo de Brian Gollnick (en el que se analiza la obra de Yuri Herrera), poemas de Jesús Ramón Ibarra, y dos reseñas de los libros Evangelia y Las tierras arrasadas, firmadas por Irad Nieto e Inma Aljaro, respectivamente.

Les comparto algunos párrafos de la entrevista con el poeta y ensayista Luigi Amara:

Qué fue primero: el escritor o el paseante?

En el principio fue la vagancia. El placer de perderme en las calles como otra forma de conocerlas y hacerlas mías, pero también, en el principio fue la lectura y, más importante, la lectura como una variedad estática de la vagancia. Cuando advertí que podía perderme en las páginas de los libros como en los barrios de una ciudad, intuí que también los pies estaban dispuestos a escribir.

¿Te ocurre como a Montaigne, que decía que si dejaba sus pensamientos sentados, se le dormían?

Hay quienes escriben de pie, desnudos o con horarios estrictos; yo escribo muchas veces caminando. Tengo, por supuesto, una mesa y una computadora para la escritura sedentaria, pero me gusta que los pensamientos vengan a mí a la intemperie, por así decirlo on the road, antes que estar invocándolos y casi tironeándolos en el escritorio. Basta salir a caminar, internarse en el ajetreo o el bullicio de la urbe (o bien en la tranquilidad y silencio del campo) para que acudan a tu cabeza y te atraviesen. El vértigo de la página en blanco es una superstición de lo que en México denominamos “horas/nalga”: el horario como rector del trabajo, ¡incluso de la escritura!

Eres, pues, firme defensor del paseo y de la necesidad de más banquetas en las ciudades, pero, me pregunto, ¿cómo podríamos convencer a una sociedad tan pegada a las pantallas de la importancia de caminar con la mirada puesta en el camino?

El paseo, las banquetas, las calles peatonales, son lugares de encuentro, pistas horizontales para que los cuerpos y las miradas se reconozcan y humanicen. Las pantallas, en contraste, aunque prometan lo opuesto, son lugares de desencuentro, como los automóviles y sus segundos pisos, que instauran dinámicas cotidianas de aislamiento y exclusión. Pasear, no llegar a ningún lado, deambular, no sólo son vías para recuperar las calles; también se recupera con ellas el propio cuerpo y, más decisivo aún, esa parte de nosotros mismos que suele estar eclipsada por la vida práctica, por una fase mental permanentemente económica, por la moral de la utilidad.

¿Cuál es la diferencia entre el peatón y el paseante?

Todos somos peatones —incluso el más recalcitrante automovilista cuando se sube o baja del choche—: es decir, ciudadanos que nos desplazamos por la vía pública gracias a nuestras articulaciones. El paseante, en cambio, es un peatón que no se propone llegar a ninguna parte, pero asimismo alguien para quien, de camino al trabajo, la escuela o a alguna cita, cada paso puede ser un punto de llegada, el pretexto para una desviación. Me encanta aquella frase de Marx, de ese incorregible sedentario que fue Marx, según la cual “el camino forma parte de la verdad tanto como el resultado”. Para el paseante, el camino es una suerte de meta desplegada, un fin en sí mismo que se desenrolla a cada paso.

Entonces, ¿sólo te mantiene encerrado en casa el deseo de experimentar con el aburrimiento, como en La escuela del aburrimiento?

El placer de la deriva es complementario al de estar entre cuatro paredes. Como han escrito los grandes autores del paseo —Stevenson, Walser et al.— la mitad del deleite de vagar consiste en estar de vuelta en casa. Disfruto mucho de la horizontalidad, de estar echado leyendo en una hamaca o simplemente contemplando el techo.

Decía David Foster Wallace en su novela El Rey pálido que si conseguimos “capear” las olas del aburrimiento, sentiremos “un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos” ¿Te parece exagerado?

Coincido plenamente con la idea de David Foster Wallace. Heidegger decía que tal vez tememos al aburrimiento porque nunca dejamos que crezca plenamente y entonces diga lo que quiere; antes de correr ese riesgo, nos apresuramos a silenciarlo, a conjurarlo con toda clase de distracciones. El aburrimiento puede llegar a ser una experiencia estremecedora, una auténtica sacudida, aunque se verifique, por así decirlo, en cámara lenta. Las horas del aburrimiento son las más intensamente personales, las más formativas; configuran una especie de espejo implacable de nosotros; la cuestión es que casi nadie soporta mirarse a sí mismo durante mucho tiempo, y entonces enciende el televisor, sale de compras o entra a las redes sociales como una forma de evadirse de sí mismo. El temor al aburrimiento no es más que otra cara del temor a uno mismo

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Horas en una biblioteca

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El boomeran, blog literario, nos comparte un estupendo ensayo de la escritora Virginia Woolf: Horas en una biblioteca, incluido en el libro del mismo título que acaba de lanzar la editorial Seix Barral. Van dos párrafos de este delicioso ensayo en el que la autora distingue o separa al hombre que ama la erudición del hombre que ama la lectura:

HORAS EN UNA BIBLIOTECA

Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos. El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán de descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón. Si la pasión de la lectura lo conquista, sus ganancias menguan y se le escurren entre los dedos. Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada.

A pesar de todo esto, fácilmente se puede conjurar una imagen que presta un buen servicio al hombre libresco y que suscita una sonrisa a sus expensas. Imaginamos a una figura pálida e incluso ojerosa, delgada, con una bata de vestir, perdida en sus especulaciones, incapaz de levantar una sartén del hornillo, o de abordar a una dama sin sonrojarse, ignorante de las noticias del día, si bien versada en los catálogos de las librerías de lance, en cuyos oscuros recintos pasa las horas de luz diurna: un personaje sin duda delicioso en su sencillez refunfuñona, aunque en modo alguno se asemeje a ese otro al que preferiríamos dirigir nuestra atención. Y es que el lector verdadero es esencialmente joven. Es un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado. Camina por las calzadas reales, asciende más alto, cada vez más alto, por los montes, hasta que el aire es tan exiguo que se hace difícil respirar. Para él, la lectura no es una dedicación sedentaria

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Seis poemas de Lasse Söderberg

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Caminos

Tengo en la mano un pájaro
y no sé si está vivo:
levedad pasmosa, canto
transmutado en cuerpo fraudulento.

El camino de los escolares era el ala
alzándose en la era de los vientos.
Mas mi camino desciende por el barranco
donde el pájaro cayó inaudible.

El poeta escribe para el viento

¿Para quién escribe el poeta?
Para todo lo errante y sufriente,
para todo lo que es incesantemente abatido,
aniquilado. Para los grises guijarros,
porque son semejantes a los hombres.
Para todos y para nadie.

Cara a cara

Sinceramente, ¿qué haremos con ellas? ¿Qué haremos con esas envolturas elásticas, esos guantes para el cráneo? En cualquier caso la verdad se halla siempre detrás de la cara. Y entonces: ¿de qué nos sirve toda esa laboriosa mascarada?

Defendamos en su lugar la planta del pie, que nadie necesita memorizar, que nadie necesita adorar o despreciar. ¡Defendamos la planta del pie, fisonomía revolcada!

El esqueleto

Está en mí, lo sé, aunque él no diga nada. Pero cuando me siento, se inclina también cómodamente hacia atrás. Cuando corro, se precipita conmigo. Como una sombra interna imita cada uno de mis ademanes. Nunca me abandona y no puedo vivir sin él.

Ciego y demacrado bajo la piel, este servidor de librea me da su apoyo, silenciosamente, pero con una mueca sarcástica que sólo muestra después de la muerte. Es entonces cuando llega su hora, liberado de mí, arpa grotesca en la que toca, con dedos fríos, un agua subterránea.

Estatua

Me quedaré totalmente inmóvil
entre mis dos hombros.
Nadie me saludará.
No saludaré a nadie.

A los muertos podría hacerles señas
o enviarles una carta
firmada: “Su admirador”.
¿Cuál es el importe para la eternidad?

En todas partes acechan teléfonos,
listos a morder como escorpiones.
Cada puerta que se abre
es falaz, carnívora.

A veces quiero vivir olvidado
hasta por mí mismo.
Ni siquiera las moscas me visitarían.
¿Por qué entonces me palpita este maldito corazón?

Señales para Tapiés

(…)

Para hacer un nudo
se necesita una cuerda.

Para colgar la cuerda
se necesita un clavo.

Para balancearse en el espacio
el nudo necesita una garganta.

(Estos poemas, entre muchos otros, fueron publicados en la bella antología poética Lo inconstante (2012, La Otra / Universidad Autónoma de Sinaloa) en la colección Temblor de Cielo)
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Cuatro poemas de Lêdo Ivo

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Les comparto cuatro poemas del extraordinario escritor brasileño Lêdo Ivo (1924-2012), en la espléndida versión del traductor Martín López-Vega, publicada por ediciones Vaso Roto (2010):

Cuervos

Aún hoy puedo ver los cuervos.
Estaban posados sobre la hierba.
Ninguno de ellos graznaba.

Siempre me acuerdo de los cuervos
y de sus plumas lustrosas y suaves
brillando en el día inmóvil.

Cuando camino por una gran ciudad
y cruzo un puente sobre el río
los cuervos silenciosos me acompañan.

Y es ese silencio el que me incomoda.
El silencio de los cuervos posados sobre la hierba.
El silencio del mundo cuando hay cuervos.

La misma casa

Estoy cansado de llevar
mi alma dentro del cuerpo.
No soporto más
la mentira de tener un pensamiento
que se deshace en el viento.
Y a ella le digo, muerto de fatiga:
–Vete de mí, déjame en paz.
Sube al cielo a buscar tu paraíso.
No te necesito ya.
Y dentro de mí ella responde:
–Las almas no son ángeles. No tienen alas.
No vuelan en el azul firmamento.
Tu casa es la mía.
No hay alma que se vaya
antes que el cuerpo que espera la hora
de la lápida o la vil fosa.
Las almas, como el hielo, se evaporan
en el día acabado.

Soneto de la puerta

Quien llama a mi puerta no me busca a mí.
Busca siempre al otro que no soy
y, figura inmóvil detrás de cualquier muro,
es mi doble o mi clon, en mí oculto.

Que sepa quien me busca y no me encuentra
que soy aquel que está más allá de mí,
sombra que bebe el sol, ensenada y laguna
unidas en la quimera del horizonte.

Siempre me anduve buscando y nunca me encontré.
Y en la puesta de sol, mientras espero la llegada
de la luz perdida de una estrella muerta,

siento nostalgias de cuanto nunca fui,
de lo que dejé de ser, de lo que soñé
y tras la puerta se escondió de mí.

Caminando entre la niebla

Quien busca el amor
nunca encontrará nada.
El amor no se busca.
No es una bolsa olvidada
en un banco de la plaza
ni una polilla en el armario.
Para encontrar todo
lo que el amor encierra
en un ático
o en una favela
nunca busques nada.
Camina en la bruma
que envuelve la ciudad.
Contempla el crepúsculo
desde una balaustrada.
Quien busca encuentra apenas
su propia búsqueda:
molusco fijado
a la concha preclara
u olor a meada
arrojada en el muro.
Aprende a vivir.
No busques nada,
ni siquiera la aguja
caída en el suelo.
Ni siquiera una rima
para una canción.
Ya sea durante el día claro
o a la hora del crepúsculo
no pierdas el tiempo
buscando el amor,
pues no es algo
que pueda ser buscado.
De pronto
reúne a dos iguales
que andaban perdidos
en la densa niebla.

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Sobre Ignacio Padilla

Ignacio-Padilla

El pasado sábado murió el escritor mexicano Ignacio Padilla (1968-2016), acaso el escritor más importante y completo de la llamada Generación del Crack, autor de una extensa obra narrativa y ensayística. Una noticia muy lamentable no sólo para las letras mexicanas, sino, sobre todo, para quienes apreciaban al amigo sincero, honesto y risueño que supo ser Nacho (como le llamaban sus amigos).

El polítólogo y ensayista Jesús Silva-Herzog Márquez escribió, a manera de homenaje y recuerdo, un artículo sobre el hombre de letras cuya sonrisa era pura naturalidad:

Físico cuéntico

Pensando en Cervantes, nuestro máximo poeta dijo que aprender a ser libre era aprender a sonreír. Para Ignacio Padilla, la sonrisa no era aprendizaje sino naturaleza. No había esfuerzo ni impostura en la cordialidad de su gesto. En un tiempo malhumorado y quejumbroso, Nacho sonreía con la naturalidad con la que parpadeaba. Así lo retrataron todas las cámara, así lo han recordado todos sus amigos: sonriendo. “Saludaba sonriendo con esa gracia que empieza por los ojos y la mirada poco a poco se volvía palabra, escribió hace unos días Jorge F. Hernández. Leía en voz alta con entonaciones y gestos que mantenían su boca en media luna, e incluso callado y oyente, Nacho parecía sonreír.”

Se entregó, como pocos lo han hecho en mi generación, al gozo de la literatura. A su culto. Apenas se distrajo en otras ocupaciones. Si alguna vez se desvió de el taller donde combinaba palabras, regresó de inmediato a la vocación. Fue un lector atentísimo que encontró en Cervantes una fértil obsesión. Iba y volvía al Quijote y en cada viaje encontraba algo fresco. Fue un crítico afilado que supo compartir, ante todo, el entusiasmo por las letras. No cayó nunca en el pedantismo académico: No se dedicó, a pesar de su imponente erudición, a la explotación de irrelevancias. Debe haber sido, simplemente, un lector que trasmite sus pasiones. Recordaba la indignación del lingüista Roman Jakobson al conocer que Nabokov había sido invitado a la facultad de Harvard. ¿Cómo es posible que se admita a este advenedizo? Aún admitiendo que fuera un buen novelista, decía el profesor, no conoce la teoría, no es uno de nosotros. ¿Invitaremos ahora al elefante para que dé clases de zoología? Así se sentía Ignacio Padilla frente a sus alumnos: un elefante dando el curso de paquidermos. Contagiaba

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“El misterio escapó vuelto aire…”

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Nombre en el viento

Busca ese nombre y se le esconde
en el orden del diccionario.
Olió la hoja y su recuerdo,
saltó la palabra a sus labios
y las letras danzaron,
unidas por un instante
antes de volver a ser libres.
El misterio escapó vuelto aire
en la increíble fragilidad del tiempo,
hacia aquel patio,
el sitio verde de la infancia,
un instante en la historia
de una casa
y ésta en la de un país.
Un coágulo agreste
cuyos cimientos pocos ya
conocen, aman.

(Ida Vitale, de su poemario Casa en el viento)
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Un poema de Lêdo Ivo

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El sol de los amantes

El oficio de quien ama es ver
un sol oscuro sobre la cama,
y engendrar en el frío el fuego
de un verano que calla su nombre.

Es ver, constelación de pétalos,
cuando la nieve cae sobre la tierra,
algodón del cielo, aire del silencio
que nace entre dos espaldas.

Es morir, lúcido y secreto,
cerca de tierras absolutas,
de ese amor que mueve las estrellas
y encierra a los amantes en un cuarto.

(Este y otros poemas se pueden leer en Material de Lectura)
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Lector y escritor nacen del conflicto

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“El lector, como el escritor, nace del conflicto”, escribe Juan José Millás. Sin conflicto, se ha dicho siempre, no hay lectura ni escritura. Porque algo está mal en el mundo (o entre el mundo y nosotros), leemos y escribimos. El escritor y el lector surgen gracias al desacuerdo. “Tanto el uno como el otro […] son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón […]

Leer y escribir son vicios que se cultivan en la clandestinidad y la soledad porque hay algo, o mucho, de transgresión en ellos. O había, pues como afirma Millás hoy existe un extraño consenso respecto a las virtudes de la lectura, lo que probablemente está alejando de ella a los jóvenes ávidos de adrenalina.

Por acá les dejo un fragmento del artículo publicado en revista v del diario El País:

A veces me llaman profesores de enseñanza media para que acuda a sus centros de trabajo e intente convencer a sus alumnos de que lean.

-¿De que lean qué? -pregunto.

-Cualquier cosa -dicen-. Novelas, por ejemplo.

A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas. Las leía debajo de las sábanas, sujetando con los dientes la linterna con la que mi padre nos miraba la garganta cuando teníamos anginas. Mi padre no era médico: nos veía la garganta por vicio. Tampoco yo era un lector profesional. Me asomaba a la boca de los libros por una inclinación morbosa. Jamás pensé que esa actividad formara parte de mi educación, aunque más tarde comprendería que se empieza a leer por las mismas razones por las que se empieza a escribir: para comprender el mundo.

Iremos por partes, pero permítanme de entrada la afirmación de que el lector, como el escritor, nace del conflicto. Sin conflicto no hay escritura ni lectura. Leemos y escribimos porque algo no funciona entre el mundo y nosotros. El conflicto no desaparece al leer o al escribir, pero se atenúa de manera notable. Decía Blanchot que la página del libro (del libro literario, quiero decir, de la novela, del poema, del buen ensayo) tiene dos caras; en una se mira el escritor y en la otra el lector, aunque los dos buscan lo mismo: un espejo que les devuelva de sí y de la realidad una imagen menos fragmentada que aquella que sufren a diario. Tanto el uno como el otro, tanto el escritor como el lector, son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón, diríamos, allí es donde se encuentran.

El libro ha tenido siempre algo de callejón frecuentado por personas huidizas con tendencia, como decíamos, a la clandestinidad. Por eso, uno de los factores que más daño ha hecho a la lectura es el consenso respecto a sus virtudes. Cuando yo era pequeño, cuando yo era joven, la lectura no estaba muy bien vista. Los niños y los adolescentes lectores dábamos un poco de miedo a nuestros padres, a nuestros profesores. Ese miedo de los otros nos confirmaba que estábamos en el buen camino. Por haber, había incluso una lista, una bendita lista de libros prohibidos por el Vaticano, que eran, lógicamente, los que con más ansia buscábamos. Hoy, en cambio, todo el mundo asegura que leer es bueno. Lo dicen los padres, lo predican los profesores y lo corroboraría, si tuviéramos la oportunidad de preguntarle, el ministro del Interior. Con franqueza, si yo fuera adolescente, ni me acercaría a una actividad ensalzada por mis padres, por mis profesores y por el ministro del Interior. Me entregaría a los videojuegos, que producen aún mucha inquietud en las personas de orden

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Tres poemas de Ida Vitale

Ida Vitale

La palabra

Expectantes palabras,
fabulosas en sí,
promesas de sentidos posibles,
airosas,
aéreas,
aireadas,
ariadnas.

Un breve error
las vuelve ornamentales.
Su indescriptible exactitud
nos borra.

Pájaro, comienzo

Fled is that music: -Do I wake or sleep?

Sigo esta partitura
de violentos latidos,
inaudible,
esta alocada médula
escandida por dentro,
canto sin música,
sin labios.
Canto.
Puedo cantar
en medio del más cauto,
atroz silencio.
Puedo, lo descubro,
en medio de mi estrépito,
parecer una callada playa
sin sonidos,
que atiende, suspensa,
el grito permitido de un pájaro
que llama a amor
al filo de la tarde.

Mes de mayo

Escribo, escribo, escribo,
y no conduzco a nada, a nadie;
las palabras se espantan de mí
como palomas, sordamente crepitan,
arraigan en su terrón oscuro,
se prevalecen con escrúpulo fino
del innegable escándalo:
por sobre la imprecisa escrita sombra
me importa más amarte.

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Motel del voyeur

Emiliano Ponzi

(Ilustración de Emiliano Ponzi)

The New Yorker publica en su edición de esta semana una estupenda y deliciosa crónica del escritor norteamericano Gay Talese, uno de los fundadores del periodismo literario, acerca de Gerald Foos, un individuo que a finales de los años sesenta compró un motel de veintiún habitaciones con el objetivo de espiar a sus huéspedes en sus actividades sexuales, particularmente a las parejas jóvenes.

A través de unos conductos o respiraderos que instaló en el ático de algunas habitaciones, Gerald se dedicó a observar durante décadas el comportamiento sexual de cientos de norteamericanos y algunos extranjeros. Nunca creyó que lo que hacía estaba mal, pues ningún huésped sabía que lo observaban y, por tanto, en la lógica de Gerald, no se les invadía en su privacidad.

Este singular personaje del que nos habla con detalle Talese, se miraba así mismo como un investigador sexual serio, dotado de un laboratorio más real y confiable que aquellos utilizados por otros científicos de la sexualidad que requieren el consentimiento de los sujetos estudiados. Y cuando las personas se saben estudiadas y observadas tienden a mentir, lo que no ocurría en el motel de Gerald Foos. Por eso, el mirón consideraba de gran importancia su trabajo y decidió registrar cada encuentro sexual que pudo atestiguar.

A principios de 1980, Gerald Foos escribió a Gay Talese para compartirle su voluminoso diario de voyeur que algún día, en el futuro, serviría para escribir un libro sobre conducta sexual. Gerald Foos quizás ignoraba que el registro puntual que realizó durante décadas a partir de las observaciones en el ático de su motel hablaba más de sí mismo, de sus obsesiones, que de los hombres y mujeres espiados.

El libro de Gay Talese, The Voyeur’s Motel, basado en los escritos de Foos, saldrá a la venta el 12 de julio de 2016. Por lo pronto, The New Yorker nos ofrece parte de esta interesante historia:

I know a married man and father of two who bought a twenty-one-room motel near Denver many years ago in order to become its resident voyeur. With the assistance of his wife, he cut rectangular holes measuring six by fourteen inches in the ceilings of more than a dozen rooms. Then he covered the openings with louvred aluminum screens that looked like ventilation grilles but were actually observation vents that allowed him, while he knelt in the attic, to see his guests in the rooms below. He watched them for decades, while keeping an exhaustive written record of what he saw and heard. Never once, during all those years, was he caught.

I first became aware of this man after receiving a handwritten special-delivery letter, without a signature, dated January 7, 1980, at my house in New York. It began:

Dear Mr. Talese:
Since learning of your long awaited study of coast-to-coast sex in America, which will be included in your soon to be published book, “Thy Neighbor’s Wife,” I feel I have important information that I could contribute to its contents or to contents of a future book.

He then described the motel he had owned for more than ten years.

The reason for purchasing this motel was to satisfy my voyeuristic tendencies and compelling interest in all phases of how people conduct their lives, both socially and sexually. . . . I did this purely out of my unlimited curiosity about people and not as just a deranged voyeur.

He explained that he had “logged an accurate record of the majority of the individuals that I watched”

and compiled interesting statistics on each, i.e., what was done; what was said; their individual characteristics; age & body type; part of the country from where they came; and their sexual behavior. These individuals were from every walk of life. The businessman who takes his secretary to a motel during the noon hour, which is generally classified as “hot sheet” trade in the motel business. Married couples traveling from state to state, either on business or vacation. Couples who aren’t married, but live together. Wives who cheat on their husbands and visa versa. Lesbianism, of which I made a particular study. . . . Homosexuality, of which I had little interest, but still watched to determine motivation and procedure. The Seventies, later part, brought another sexual deviation forward, namely, group sex, which I took great interest in watching . . . .
I have seen most human emotions in all their humor and tragedy carried to completion. Sexually, I have witnessed, observed and studied the best first hand, unrehearsed, non-laboratory sex between couples, and most other conceivable sex deviations during these past 15 years.
My main objective in wanting to provide you with this confidential information is the belief that it could be valuable to people in general and sex researchers in particular.

He went on to say that although he had been wanting to tell his story, he was “not talented enough” as a writer and had “fears of being discovered.” He then invited me to correspond with him in care of a post-office box and suggested that I come to Colorado to inspect his motel operation:

Presently I cannot reveal my identity because of my business interests, but [it] will be revealed when you can assure me that this information would be held in complete confidence.

After reading this letter, I put it aside for a few days, undecided on whether to respond. As a nonfiction writer who insists on using real names in articles and books, I knew that I could not accept his condition of anonymity. And I was deeply unsettled by the way he had violated his customers’ trust and invaded their privacy. Could such a man be a reliable source? Still, as I reread the letter, I reflected that his “research” methods and motives bore some similarity to my own in “Thy Neighbor’s Wife.” I had, for example, kept notes while managing massage parlors in New York and while mingling with swingers at the Sandstone nudist commune in Southern California (one key difference: the people I observed and reported on had given me their consent). Also, the opening line of my 1969 book about the Times, “The Kingdom and the Power,” was: “Most journalists are restless voyeurs who see the warts on the world, the imperfections in people and places.”

As to whether my correspondent in Colorado was, in his own words, “a deranged voyeur”—a version of Hitchcock’s Norman Bates, or the murderous filmmaker in Michael Powell’s “Peeping Tom”—or instead a harmless, if odd, man of “unlimited curiosity,” or even a simple fabulist, I could know only if I accepted his invitation. Since I was planning to be in Phoenix later in the month, I decided to send him a note, with my phone number, proposing that we meet during a stopover in Denver. He left a message on my answering machine a few days later, saying that he would meet me at the airport baggage claim.

Two weeks later, when I approached the luggage carrousel, I spotted a man holding out his hand and smiling. “Welcome to Denver,” he said, waving in his left hand the note I had mailed him. “My name is Gerald Foos.”

My first impression was that this amiable stranger resembled many of the men I had flown with from Phoenix. He seemed in no way peculiar. In his mid-forties, Foos was hazel-eyed, around six feet tall, and slightly overweight. He wore a tan jacket and an open-collared dress shirt that seemed a size small for his heavily muscled neck. He had neatly trimmed dark hair, and, behind horn-rimmed glasses, he projected a friendly expression befitting an innkeeper.

After we had exchanged courtesies, I accepted his invitation to be a guest at his motel for a few days.

“We’ll put you in one of the rooms that doesn’t provide me with viewing privileges,” he said, with a lighthearted grin. He added that, later on, he would take me up to the special attic viewing platform, but only after his mother-in-law, Viola, who helped out in the motel office, had gone to bed. “My wife, Donna, and I have been careful never to let her in on our secret, and the same thing goes, of course, for our children,” he said

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Un poema de Adolfo Castañón

Hopper

El suplemento Confabulario publica este poema del escritor Adolfo Castañón:

¿Ese vicio impune?

No le creas al que te dice
que la lectura no tiene castigo.
Leer puede costar la vida.
Pregúntaselo al aprendiz
caído en la fosa común.
Al lector de periódicos
que dejó de envolver
la carne para la perra
en una hoja de diario
y se puso rumiar.

Leer es más peligroso
de lo que el otro se imagina.
“El que añade conocimiento,
aumenta el dolor”.
Para la herida producida
por leer,
no hay paliativos.
Sobre todo,
trata de no re-leer,
y de no pensar.
Hasta esta gimnasia
puede ser un riesgo.
¿Qué hacer?
Quizá,
seguir tomándote fotos
hasta que te acabe la luz.

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Literatura y crítica en el México de hoy

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(Ilustración de Luis Pombo)

El sitio Horizontal publicó un pertinente artículo del escritor mexicano Geney Beltrán Félix en el que reflexiona acerca de la casi nula discrepancia en la literatura mexicana actual. Se desarrollan festivales y encuentros literarios todo el año, se impulsan programas generosos de becas, se arman antologías de escritores becados, etc., pero todo eso acontece en un medio en el que la crítica, el desacuerdo, la polémica, el examen honesto de las obras, están ausentes. Lo han dicho muchos críticos, particularmente Edmund Wilson y, en forma reiterada, Octavio Paz: sin crítica no hay creación; y si la hay, florece en una mezquina autocomplacencia.

Les invito a leer el siguiente texto:

Esto es lo que (no) hay: la literatura en el México del 2016

El panorama es alentador. Un país con una significativa tradición literaria, lograda con la fértil continuidad de varias generaciones de voces inquietas y propositivas a lo largo de poco más de un siglo; una tradición que presume de un puñado de obras maestras en los distintos géneros.

Un país que, hoy, cuenta con un campo literario amplio y diverso, donde lo mismo publican autores de larga trayectoria (de setenta, ochenta años de edad) que otros muy jóvenes (rozando la veintena incluso); predominan los novelistas y los poetas, pero el ensayo, el cuento, la dramaturgia, la crónica no se hallan descobijados; los hay autores de perfil clasicista y evidente maestría técnica, o virados hacia la exploración de las potencias del estilo, y otros con un sino por la búsqueda experimental; ya no obligatoriamente acuartelados en una sola metrópoli sino repartidos y en plena fase creativa en ciudades del norte, el occidente, el Golfo, el sur del país y, también, en el extranjero.

El panorama comprende un sistema de fomento de la creación artística desde las instituciones del Estado: becas nacionales y estatales, ferias de libro todo el año en cada esquina del mapa, ediciones subsidiadas por áreas del gobierno federal o local o por universidades, una cantidad jamás vista de premios regionales y nacionales de poesía, de cuento, de novela, hasta de ensayo, con montos para nada raquíticos…

Hay autores –pocos, sí, pero como nunca antes ha habido en nuestra literatura, que tradicionalmente ha viajado poco y mal–, hay autores, decía, que han llegado a un punto de reconocimiento internacional que se advierte en sus obras editadas en otros países hispanohablantes, en traducciones, invitaciones a ferias y congresos en dos o tres continentes, premios en España o Sudamérica. Un dato de indudable peso: tres Premios Cervantes para autores mexicanos en un lapso de seis años.

En suma: sería mezquino negar que ha habido y hay autores de talento, inteligentes y rigurosos, con una formación cosmopolita y universal, que han entregado piezas sólidas, maduras, en, digamos, las últimas tres décadas…

Esto es lo que hay. No es mal momento –pensaríamos– para la literatura mexicana.

Y sin embargo.

Y, sin embargo, hay algo que no terminamos de entender.

Prolífica y becada, viajera y galardonada, la literatura mexicana del siglo xxi es un literatura sin discrepancia. Sorprende lo reacia que se ha vuelto a la polémica y el desacuerdo. Ciertamente, ha habido y hay libros de talante crítico, fuertes revisiones del pasado y el presente, de la propia tradición cultural o del marco de pobreza y corrupción, de impunidad y violencia que padece la nación. No sería justa, pues, la visión de una literatura desentendida de los problemas sociales y políticos del país. Pero ¿qué ocurre después de la escritura?

No se dice nada nuevo –pero es necesario decirlo otra vez– cuando se dice que la conversación en torno de la literatura de hoy ha perdido filo, carece de pluralidad; lo que hay es, apabullantemente, solo aplauso y cortesanía.

No solo hablo de la moribunda reseña (fenómeno visible en México y muchos otros países): condenada a breves o nulos espacios en dos o tres suplementos, ejercida complacientemente entre amigos. Como ya veía José Emilio Pacheco hace dos décadas, la reseña ha cedido el lugar a la entrevista, esa no conversación entre un reportero que no ha tenido tiempo ni de leer la solapa de un ejemplar que no volverá a hojear y un novelista –solo se busca entrevistar a los autores de novelas– sabedor de las condiciones que impone la mercadotecnia editorial: por ello sonreímos y abundamos ante cualquier pregunta, sea la más superficial o desorientada.

El fenómeno también se aprecia en el hecho de que la reseña ha cedido sus espacios al “adelanto” editorial, esa curiosa forma de publicidad gratuita que suplementos y revistas encartan con gran soltura –aunque, si se exige precisión, de adelanto o de exclusiva no hay mucho en esta práctica: los fragmentos se difunden en más de un foro y usualmente con retraso, es decir, cuando el libro ya está en librerías.

Hay en estos síntomas, en esta conversación donde nadie desentona, un ambiente de forzada camaradería; una expectativa de respeto a la regla no escrita de no pisarse los callos entre cofrades: ¿para qué importunar con peros el libro mediocre de un autor coetáneo o coequipero cuando lo que queremos es que la gente lea, cualquier cosa, incluso el bodrio más blandengue o trivial?

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A propósito del texto de Geney Beltrán Félix, el crítico Jorge Téllez publica en un blog de la revista Letras Libres un artículo en el que expone que quizás la nostalgia (que lee en el artículo de Geney) por una esfera pública en la que se fomente el diálogo, la crítica y la polémica con las obras artísticas sea la causa principal de que no se adviertan, más allá de la reseña o la crítica periodística, otras voces analíticas como, por ejemplo, las que provienen de la academia.

Jorge Téllez afirma que en el campo literario mexicano existe cierto clima general que excluye del debate público a la universidad, a la academia. Esto puede ser cierto sobre todo en los espacios periodísticos de análisis literario, en los que dada la naturaleza de dichas publicaciones se privilegia un lenguaje más cercano a la divulgación, menos teórico, y que debe desplegarse en una extensión casi ridículamente breve. Sin embargo, también me pregunto si no es la propia academia la que se ha encerrado en sus cubículos colaborando con ese clima de exclusión.

Va un fragmento del artículo de Jorge Téllez:

Stendhal en el parque

La semana pasada circuló un texto titulado “Esto es lo que (no) hay: la literatura en México en el 2016” del crítico y narrador Geney Beltrán Félix, una crítica sobre la uniformidad, apatía y falta de discrepancia que hay en la literatura mexicana.

Como yo lo leo, hay en el artículo cierta nostalgia por una esfera pública que fomente el diálogo, el análisis, la crítica y la polémica con la producción artística y la rescate del aislamiento y cortesanía en que vive actualmente, con el objetivo de restablecer su función como “arma de cambio social”. Lo que antes era posible gracias a la reseña literaria, dice el autor, ahora es imposible debido al dominio de la publicidad como discurso privilegiado en la conversación literaria.

Me pregunto si esta nostalgia no es la causa principal de que las posibles excepciones a esta aridez general se reconozcan pero no se mencionen. Como coeditor de uno de los pocos suplementos culturales que quedan en México, Geney Beltrán lamenta que los escritores jóvenes hayan perdido interés en escribir reseñas y ensayos críticos.

Esto que él ve como una anomalía es, en realidad, la regla y se explica de manera muy simple: los escritores no quieren escribir reseñas o ensayos críticos porque no saben cómo. No puede haber crítica o polémica sin ideas, y lo que sucede es que la crítica periodística de México en 2016 es muchas veces impresionista, otras simplemente conservadora, y con bastante frecuencia es ambas cosas.

En el campo literario mexicano, fundamentalmente anti-intelectual y conservador, trivializar cualquier intento por superar estos defectos es una práctica habitual, tanto del lado de la creación como del lado de la crítica. México es el país donde los escritores utilizan la palabra “profesor” como insulto: cualquier aproximación medianamente informada, sistemática o teórica a la literatura se descalifica como “académica” y, en cambio, se privilegia eso que se ha dado en denominar “ensayo creativo”.

¿Qué es el ensayo creativo?

Aquí la definición institucional que propone el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los criterios para jóvenes creadores que quieren solicitar becas:

Ensayo creativo: incluye todas las manifestaciones literarias de corte ensayístico que sin seguir parámetros académicos sino creativos abordan el estudio de temas tan variados como la literatura, el arte, la ciencia, la vida cotidiana y el humanismo en general.

Los reto a que encuentren una definición más idiota. De lo que sea.

No quiero decir que no haya ideas en el ensayo creativo, sino que existe un clima general que excluye del debate público uno de los espacios dedicados a la producción de conocimiento crítico: la universidad.

¿Saben dónde sí hay debate, crítica, polémica e ideas? En el salón de clases. ¿Saben quiénes son las personas que más usan las bibliotecas públicas? Los estudiantes universitarios que leen discuten y critican ideas que luego cristalizan en, sí, textos académicos.

El problema no es la ausencia de crítica, ni la ausencia de todavía más entidades institucionales que resuelvan este problema –Geney Beltrán propone como posible solución la creación de un Instituto del libro–, sino la naturalización de “lo creativo” como algo necesariamente opuesto a “lo académico”, y la segregación del discurso informado de la discusión pública…

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La polémica no se acaba. Geney Beltrán responde en su blog a los señalamientos y reflexiones que Jorge Téllez expuso en su artículo Stendhal en el parque. Van los argumentos:

Una respuesta
El texto de Jorge Téllez incluye tergiversaciones y simplificaciones de lo que yo he escrito. Él afirma que, para resolver el problema de la ausencia de disenso en la literatura mexicana, propongo en “Esto es lo que (no) hay” el nacimiento de un Instituto del Libro. Falso. Lo que sí dije es que un Instituto de Libro sería el mecanismo adecuado para hacer resurgir —no la crítica— la industria editorial mexicana. ¿Por qué la confusión? Me temo que Téllez ve más fácil refutar a un colega caricaturizando sus argumentos.

Lo mismo ocurre en su muy veloz comentario de mi texto “Escribir esta historia es imposible”, sobre los dos libros recientes de cuentos de Gabriel Wolfson, Profesores y Be y Pies. Téllez omite sospesar mi reflexión sobre las condiciones en que se gestaría una ficción con esas características, y las repercusiones políticas que habría de tener; todo lo explica, en cambio, con base en un supuesto prejuicio ante el académico que no sale al parque. Téllez se apresura: antes de juzgar, es necesario analizar los decires ajenos. De fondo hay en este reparo suyo, sospecho, la idea de que la creación contemporánea sólo puede ser desmenuzada de una estricta forma, con unos lentes que, por lo que leo, él supone sólo se entregan en la academia. Pienso en la crítica como un diálogo más amplio y más libre, donde no se requieren doctorados sino argumentos.

El tenor principal de la respuesta de Téllez es la reivindicación de las labores académicas. Para él, si no lo leí con el apresuramiento que él mismo se permite, la reseña ha desaparecido en México porque ha cedido su lugar a los estudios y monografías que salen de los cubículos. Hay dos errores aquí. Uno es: desde hace muchas décadas existen estudios académicos en México; convivieron, de hecho, con el periodismo literario. Lo que sí es innegable es que, mientras la academia en México sigue recibiendo subsidios para fomentar investigaciones como las que Téllez cita, y muchas más, y mientras numerosos mexicanos han podido realizar su carrera y su obra, con merecidos apoyos, en universidades de Estados Unidos, la reseña no ha contado con la misma suerte. Que Téllez se permita la impresionista afirmación de que en mi ensayo hay una “nostalgia” por un mundo perdido, le sirve para validar el actual estado de cosas y no adentrarse, libre de prejuicios, en la exploración del fenómeno. Así, evita enfrentar lo que al fin señalo en “Esto es lo que (no) hay”: que la muerte de la reseña tiene en México causas sistémicas (el mecenazgo y la concentración editorial) y consecuencias sociales y políticas (el nulo diálogo en torno de los libros en la vida del ciudadano de a pie), y que hay una relación entre una comunidad cultural que no discute públicamente sus libros y la dificultad de nuestra sociedad para enfrentar con mayor énfasis crítico la deriva de corrupción y violencia en que se halla el país. ¿Por qué Téllez elude estos temas?

Jorge Téllez también se equivoca en otro aspecto: la reseña y el paper nunca han tenido la misma función. Es ilusorio buscar aquí una dicotomía: no es que los reseñistas de hace cuarenta años sean los profesores de 2016; no es que, si hay academia, no puede haber periodismo literario. Investigación y divulgación se necesitan una a la otra. Porque lo que tenemos ahora es la pérdida de espacios para la difusión y el diálogo libresco en la esfera pública. De hecho, la producción académica conoce la misma suerte de mucha de la literatura mexicana: su escasa o nula circulación fuera del ámbito propio da lugar a que lo verdaderamente valioso de sí difícilmente alcance una repercusión social. Esto se debe, creo, no a una conjura de escritores prejuiciosos contra el medio universitario, sino a un problema estructural que define la ordalía de la cultura de hoy en México, y en lo que nunca será innecesario insistir: tanto el desastre educativo, la falta de librerías y el desabastecimiento de las bibliotecas públicas, como la disposición de un estado mecenas a subsidiar la creación mas no la crítica y los requerimientos de validación universitaria —los de Conacyt en México— que desestimulan la participación de los investigadores en labores de divulgación.

Llama la atención que si Téllez tan económicamente despide a la reseña actual como “impresionista”, “conservadora” o “ambas cosas”, no tenga el mismo ánimo exigente con la producción académica. Cualquier diría, luego de leer su texto, que en ese espacio no hay la menor mediocridad ni complacencia, y que, por citar ejemplos, Liliana Weinberg e Ignacio Sánchez Prado, dos pensadores de lo más lúcidos, son la norma y no, lamentablemente, las excepciones en un panorama, por lo menos en lo que respecta al entorno mexicano, donde no están ausentes las mafias, los plagios y el adocenamiento intelectual.

El camino que toma Téllez es lo menos crítico que hay: la propaganda. Su operación de soltar nombres y acomodar links de ejemplos de trabajo académico actual es un ejercicio de relaciones públicas, pues lo lleva a obviar la exigencia de ofrecer argumentos que sostengan sus elogios. No da más pruebas que sus dichos: la enumeración entusiasta de investigadores y proyectos suple la revisión puntual de cada uno, tarea que, ya entrados en esto, podría él mismo emprender quincenalmente en su bitácora. El trabajo de Oswaldo Zavala, de Tumbona o de Sur + saldría ganando si, más que blurbs apresurados que a muy poco comprometen, recibieran un examen más detenido. El crítico, sea del gremio que sea, nunca debe volverse un publicista; por más encomiables que nos parezcan, y sean, las intenciones de una editorial independiente o un proyecto de investigación, la mayor muestra de respeto que les debemos es, siempre, leerlos con distancia y rigor, sin condescendientes palmaditas en la espalda.

Curiosa forma de refutar mi ensayo la que encuentra Téllez: dándome la razón. En mi ensayo señalo esa camaradería, ese campamento de boy scouts en que se ha convertido el medio literario de México; Téllez me hace creer que esa misma camaradería sonriente parece estar campeando en las parcelas de la academia por las que él transita.

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Carol, primeras páginas de la novela

Carol

El Cultural nos comparte las primeras páginas de la novela Carol (1952), de Patricia Highsmith, en cuya historia se basó la bellísima película del mismo título, filmada con gran sutileza por Todd Haynes y nominada para este año con seis Oscars.

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Zona de confluencias

Paz

Buena parte de mi formación literaria no sólo la debo a los muchos libros que me han acompañado desde mi juventud, sino sobre todo a revistas y suplementos culturales. Es una pasión que cultivo con esmero; también un vicio que ha empeorado con el paso de los años. Me gustan las revistas y mi casa está felizmente anegada de ellas. Si la lectura de un libro enciende la conversación, la revista cultural es el espacio colectivo donde rebota el eco de esa conversación. Para muchos de nosotros, como apuntó Thomas Carlyle, la verdadera universidad consistió en la lectura tenaz de un puñado de buenos libros y revistas.

Al menos en México puede decirse que las revistas culturales, por sí mismas, constituyen una tradición literaria vinculada con la aparición de grupos y generaciones de escritores. Uno crece editando, leyendo, combatiendo o despreciando ciertas revistas. Fue el caso del poeta Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998): un escritor educado y espoleado por esa literatura fugaz de la imaginación y la crítica que han albergado siempre las mejores revistas. Publicaciones como Ulises, Contemporáneos, Examen, Revista de Occidente, Sur, entre otras, forjaron el temperamento del incansable editor, además de creador, en que se convertiría Paz para toda la vida.

Ya en 1931, con 17 años de edad, funda la revista Barandal con un grupo de amigos y ahí comienza a bosquejar su idea de revista. Búsqueda que pasará por Cuadernos del Valle de México (1933), Taller (1938), Plural (1971) y terminará con la prodigiosa Vuelta (1976), publicación que logró reunir en sus páginas a autores de la talla de Cornelius Castoriadis, Milan Kundera, Cioran, Susan Sontag, Isaiah Berlin, Mario Vargas Llosa, por citar unos cuantos.

Según el libro Habitación con retratos. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, tomo 2 (Ediciones Era / CONACULTA, 2015), del escritor Guillermo Sheridan (Ciudad de México, 1950), para Octavio Paz “una revista es la creación de una zona de confluencias”. El lugar en el que diversas soledades creativas, blasfemos aislados, se encuentran, se unen y se cruzan para la invención de otros mundos y la crítica moral, política, de este mundo. Creación crítica y crítica creativa fueron las marcas que buscó dejar en sus publicaciones. El compromiso era con la literatura: invención verbal y lectura imaginativa de la realidad. “No nos avergüenza decir que la literatura es nuestro oficio y nuestra pasión”.

Paz se sabía temperamental: “Fui vehemente, no mezquino; colérico, no rencoroso; excesivo a veces, nunca desleal. Como todos, acerté y me equivoqué”. Hijo de un siglo de guerras y revoluciones, de esperanzas y desencantos, Paz fue además de creador un persistente polemista en el ágora de los diarios y revistas. De joven creyó en el anarquismo y en el socialismo, para más tarde, con la caída del llamado socialismo real, abrazar la democracia. Lo que provocó duras críticas desde la izquierda y atizó en el poeta ese temple de rival en el campo de las ideas que mucho benefició, estimo, a los lectores.

Los ensayos reunidos en este segundo volumen se acercan a la vida de Octavio Paz a través de una lectura meticulosa de su poesía y ensayística. Y al revés: sus poemas se leen también bajo la luz que sobre ellos arroja una vida cimbrada por el siglo XX.

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Meditación y silencio

BiografiaDelSilencio

No me considero un místico; tampoco soy dado a la meditación. Soy impaciente y un tanto escéptico con las prácticas de la espiritualidad. El silencio y la soledad, en cambio, me han atraído desde siempre; me han servido de refugio en toda ocasión y como oportunidad para entablar un diálogo conmigo mismo. Me he preguntado: ¿de qué esta hecho el silencio? ¿Por qué es tan bella su melodía? ¿qué palabras o no-palabras lo contienen? Por supuesto, el silencio mismo es la única respuesta. Soberano, autosuficiente.

En su libro Biografía del silencio. Breve ensayo sobre meditación (Siruela, colección Biblioteca de ensayo / Serie menor 54, 2015), publicado en 2012 y con 13 ediciones hasta hoy, el novelista, ensayista y sacerdote español Pablo d’Ors (Madrid, 1963) reflexiona, a la vez que narra, su experiencia de sentarse todos los días a meditar; a respirar tranquilamente y acallar los pensamientos. Una experiencia en principio física. Duelen las piernas, la espalda, el pecho, duele casi todo el cuerpo, hasta que se observa en silencio el dolor y por tanto se hace uno consciente del mismo. Desaparece o se mueve de lugar. “La pura observación es transformadora […], no hay arma más eficaz que la atención”.

Vivimos dispersos, desatentos, disgregados, picoteados por la información y por el afán de poseer. No sé si hoy más que ayer, pero hay indicios de que así es en la actualidad. Gilles Lipovetsky, Nicholas Carr y Zygmunt Bauman han estudiado el fenómeno. La meditación, por el contrario, es un acto de resistencia: nos invita a silenciarnos y concentrarnos. Ofrece la revelación de que se puede estar con uno mismo sin planear, sin analizar, sin calcular, sin aprovechar, sin odiar, sin desear, sin rendir, sin codiciar. Entregado a uno, a nuestro mundo interior, dejándose llevar por la vida sin oponerse. “La meditación”, para decirlo con el autor, “nos devuelve a casa”, a la morada del ser.

Pero meditar no es nada fácil; querer hacerlo, menos aún. Estamos acostumbrados, por no decir empujados, a producir, a dar frutos materiales, a conseguir el éxito (siempre valuado en dinero) mediante el esfuerzo, a vivir de prisa y activamente. La meditación exige parar, callar, sentarse, cerrar los ojos y entregarse. “La meditación es una práctica de la espera”. También es una enseñanza constante. Hay que lograr abandonarse, suspender el juicio, salirse de sí, para entender que no somos el ombligo del mundo. Que éste no depende de nosotros. Nuestro lugar es mucho más modesto.

La batalla frontal es con el ego, ese pequeño yo insaciable que nos hace padecer por sus caprichos. Según Pablo d’Ors, la fórmula consiste en aceptar las cosas como son, no como desearíamos que fueran. “Cuando dejas de esperar que tu pareja se ajuste al patrón o idea que te has hecho de ella, dejas de sufrir por su causa. Cuando dejas de esperar que la obra que estás realizando se ajuste al patrón o idea que te has hecho de ella, dejas de sufrir por este motivo. La vida se nos va en el esfuerzo por ajustarla a nuestras ideas y apetencias”. Las marionetas de la ilusión son el verdadero enemigo. Meditar implica limpiar la propia casa.

Biografía del silencio es una pequeña joya del ensayo personal. Una invitación honesta y elocuente al silencio.

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José Emilio Pacheco en “Historias de vida”

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