Pasear por las librerías

(Crédito de la imagen: Chema Moya)

Es habitual que la gran mayoría de personas visite las librerías solo cuando necesite algún libro, frecuentemente un libro de texto. De hecho, es más habitual que no las visite nunca, según han reportado diversas encuestas sobre cultura en los últimos años. Sencillamente los libros no forman parte de su vida: no le dicen nada o cree que no le dicen nada; puesto que no han experimentado el golpe de lectura, para qué malgastar el tiempo y el dinero en esos lugares, cuando la vida parece estar en otra parte. Sin embargo, hay otras personas, quizá las menos, y parece que cada vez son menos, cuyo pasatiempo consiste en ir de paseo por las librerías (cuando las hay) una o dos veces por semana, deambular por sus pasillos, detenerse frente a un título que convoque su atención, continuar, volver, pasear la mirada por los estantes en que mudos descansan los libros. No buscan uno en particular, tampoco lo necesitan, en realidad presienten que ahí puede estar un libro que las necesite a ellas. Son amantes de los libros. Paseantes cuya vocación reside en la alegría de pescar libros o ser atrapados por ellos. Por eso no faltan a su cita semanal en la librería: pueden encontrar allí el libro de su vida.

Este es el momento en que debo confesar que soy una de esas personas que acuden religiosamente, una vez por semana, a lo que podríamos llamar una tienda de libros. Pocas veces pregunto por un libro, a pesar de la obstinada y molesta interrogación de los muchachos de la librería: “¿busca algún libro?”, “¿le puedo ayudar en algo?” ¡No, no busco ningún libro y quizá tampoco puedan ayudarme! Solo quiero caminar y pasear entre los libros, observarlos, tocarlos, abrirlos, olerlos y hojearlos; esperar que alguno de ellos me hable porque ese día, precisamente ese día, me esperaba. Escasas alegrías hay para mí como la que ocurre cuando descubro un libro, lo miro de cerca y sé que es mío para siempre, que debo llevármelo o es él quien debe irse conmigo. Hay algo poderoso e indescriptible que emana de ciertos libros; una sustancia imperceptible que nos atrapa y nos hace volver la mirada cuando pasamos junto a ellos, la atmósfera cambia. Es imposible ignorarlos. Sentimos sus radiaciones incluso antes de que los veamos; su silencio nos llena precipitadamente. Ocurre con los volúmenes desconocidos y también con los familiares.

¿Qué tiene el libro de cuentos reunidos de Inés Arredondo que consigue detenerme cada vez que camino frente a él; qué quiere decirme, por qué me retiene? Oculta una fuerza que me atrae, indescifrable, aun cuando ya lo conozca y lo tenga en mi biblioteca; sin duda, hay algo para mí en ese libro. ¿Por qué cada nueva edición de las reflexiones de Séneca sobre la felicidad, la vejez, la brevedad de la vida y la amistad, de las tragedias de Shakespeare o de A sangre fría de Truman Capote, me cierra el paso en una librería? ¿Cuál es su demanda, por qué me interpelan con tal porfía esos difuntos? Se supone que no los busco porque ya los guardo en mi biblioteca, y sin embargo me encuentran. Antes de abrirlos y luego de leerlos hubo una conexión entre nosotros. La mayoría de las veces no voy a las librerías para comprar un libro en especial, sino para descubrirlos o descubrirme en ellos. Cuando entro en una librería, no estoy seguro si soy yo el pescador que lanza su red para atrapar algún milagro o soy la presa que se agita en un mar de libros. Me gusta no saberlo.

El encuentro con un buen libro, con lo que presentimos que es sin duda un buen libro (incluso sin leerlo), puede modificar nuestro estado de ánimo o nuestro día completo. Hace años viajé a la Ciudad de México y visité sus librerías, cerré los ojos (metafóricamente) y me dejé llevar por el azar y las invisibles fuerzas de atracción que se concentran en ellas. Durante horas paseaba placenteramente de una librería a otra y me topaba con muy buenos libros; lo delicioso de ello residía en el viaje, en la continua no-búsqueda, en el merodear sin fin. El último día de mi estancia, avanzada la noche, cuando creí que habían concluido mis compras librescas, me dirigí a la caja de una de las librerías que visité para pagar. En ese momento, mientras sacaba el dinero de mi bolsillo, algo pequeño pero seductor cautivó mi atención. Detrás de la chica que me cobraba había un librero en el que alcanzaba yo a ver, achicando mis ojos y enfocando el objeto del deseo con esfuerzo, un pequeño ensayo de Virginia Woolf titulado ¿Cómo debería leerse un libro?, en una muy bella edición. Apenas lo vi, supe que era mío. Estaba dispuesto a sacrificar otros libros por ese pequeño ensayo que se me arrojaba en silencio, sin moverse. Por supuesto, lo incluí en mi compra. De pronto, la noche tuvo un clima diferente. No sé por qué, ese pequeño libro puso el sabor a mi vagabundeo por las librerías. Regresé feliz y como renovado a casa, el diminuto pero valioso hallazgo me había transformado.

No creo que existan en la vida cosas más placenteras que el ocio y el paseo al aire libre. “El alma de una caminata es la libertad, la libertad perfecta de pensar, sentir y hacer exactamente lo que uno quiera”, dice William Hazlitt. Cuando paseo por las librerías, siento esa misma libertad de estar al aire libre, de sentir el viento resbalar en mi rostro y el oxígeno entrar en mis fosas nasales, de pensar y hacer lo que me venga en gana.

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