La escritura como fracaso

(Harlan Ellison)

Hay personas que en la vida, por un saludable defecto de carácter, atesoran más propósitos que logros. Si algo se les puede envidiar, es el número de cosas que planearon y no hicieron. Espíritus veleidosos, son personas que no han hecho y se les reconoce por eso. Un día están aquí y otro allá, fracasando alegremente, pasando siempre a otra cosa. La dispersión es el principal rasgo de su temperamento. Soñadores, inquietos, haraganes, enamorados, egocéntricos y con una energía desbordada. Son una categoría especial de los viajeros: su vida transcurre entre abandonos y desplazamientos. Apenas comienzan una actividad, renuncian a ella porque se distraen con otra, al igual que los niños. De esa constitución suele ser mi carácter.

Motivado por la intención de escribir en el futuro un buen artículo, acostumbro recortar partes del periódico o de alguna revista cuyo contenido me atrae, las apilo junto a otro tanto de revistas y libros leídos, subrayados y también amontonados, hasta que me pierdo en un océano de papel cuyo volumen aumenta cada día. Moverme entre esa maleza es una manera de vivir, de hacerme creer que tengo un proyecto de escritura. Y lo tengo, pero sólo en mi imaginación. Es un extraño placer quedarse en el intento, observar cómo los frutos nunca logran desprenderse. Dice Robert Louis Stevenson que “todo comienzo debe ser precedido por una demora”. El problema es que hay demoras que no acaban e individuos que parecen destinados a perderse en ellas. Cada vez que decido ordenar mi biblioteca, me encuentro con las hojas amarillas de algún periódico o revista que en el pasado me sugirió ideas para escribir y no lo hice. Las guardé y se marchitaron junto al entusiasmo de la escritura. A veces no recuerdo por qué llamaron mi atención. Lo cierto es que los artículos y ensayos que imaginé o esbocé, y que incluso les di provisional título (meditaciones sobre el libro de bolsillo, un elogio de las librerías, mis impresiones sobre la legendaria librería Shakespeare and Company, un retrato de George Orwell, etcétera), nunca los escribí.

“Un libro no escrito –afirma George Steiner— es algo más que un vacío. Acompaña la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste. Es una de las vidas que podríamos haber vivido, uno de los viajes que nunca emprendimos […] Es el libro que nunca hemos escrito el que podría haber establecido esa diferencia. El que podría habernos permitido fracasar mejor. O tal vez no” (Los libros que nunca he escrito, 2008). La idea del crítico aplica también al escritor de piezas sueltas, al que ensaya con sus ideas en las páginas de revistas y periódicos. Los artículos que no hemos escrito son un conjunto de sombras que pudieron marcar una diferencia; sobre todo, la oportunidad de fracasar con mayor decoro y decir: hice lo que pude.

¿Qué misterio hay detrás de los textos no escritos? En mi caso, además de la escasa creatividad, impera el auto sabotaje. La inmovilidad frente a la página en blanco. En su libro de ensayos La historia comienza (1996), el escritor israelí Amos Oz relata que su padre, autor de libros “sesudos” y científicos, envidiaba la libertad creadora de la que gozaba su hijo novelista para escribir, sin todas esas limitaciones que implica reunir la información, corroborar la autenticidad de las fuentes, confrontar unos datos con otros, consultar diccionarios y enciclopedias, y atiborrar la mesa con fichas de trabajo. El escritor de ficción, pensaba el padre, toma la pluma y deja fluir a chorros su imaginación, “directamente de la cabeza a la página”, sin mayor lucha, sin necesidad de demostrarle a nadie la confiabilidad de sus historias. En la mesa del escritor, fantasea el científico, no hay enciclopedias ni malcaradas fichas de trabajo.

Sin embargo, secretamente, el hijo también envidiaba al padre: “Él nunca tenía que estar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto, como un cráter en la superficie de la luna. Sólo yo y el vacío y la desesperación”.

Ambos se equivocaban. Comenzar a escribir es un problema para el que de verdad escribe o pretende escribir, asumiendo un compromiso ético y estético. Es tal la exigencia de decir la verdad, o de mentir sabrosamente, con estilo, que algunos escritores jamás logran escribir, se bloquean con la insistencia de un trastornado, esperando la frase correcta. Así es su carácter. Mientras, el tiempo pasa y las sombras crecen. Y yo sigo aquí, escribiendo borradores.

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