El cerebro de mi hermano

El cerebro de mi hermano

Rafael Pérez Gay. El cerebro de mi hermano, Seix Barral, primera edición, México, 2013, 144 pp.

Alguna vez el escritor brasileño Guimarães Rosa dijo a Clarice Lispector: la leo “no por la literatura, sino por la vida”. Pienso que un escritor no puede recibir mejor homenaje. Ella se sintió profundamente feliz por esas palabras. Para definirse a sí misma decía que no era intelectual porque se apoyaba más en la intuición que en la inteligencia; tampoco literata, ya que no hacía profesión o carrera en la escritura de libros. Se concebía como una persona “cuyo corazón late de levísima alegría cuando logra en una frase decir algo sobre la vida humana o animal”. Su prosa es de esas que sobrevuelan en todas direcciones para luego sumergirse en un mundo insondable, misterioso, onírico, muchas veces nocturno, al que forzosamente empuja a sus lectores. En Lispector, vida interior y escritura parecen brotar de una sola fuente, inagotable, cristalina, también oscura. El poeta Dylan Thomas deseaba igualmente abrazar la vida con sus creaciones: “Quiero construir poemas lo bastante sólidos y grandes como para que la gente pueda caminar y sentarse, comer y beber y hacer el amor en ellos.” Si leer no nos hace más reales, cito a Gabriel Zaid, ¿para qué demonios sirve?

Pensaba en ello, en la literatura que intensifica la vida, luego de leer un libro que me enfrentó con la enfermedad, el dolor y la muerte. Un libro de memorias íntimo, honesto, objetivo hasta donde quizás era posible, crítico, conversacional, transparente y de una fluidez narrativa admirable: El cerebro de mi hermano, de Rafael Pérez Gay, Premio Mazatlán de Literatura 2014. Lo que el autor llama un “informe” es en realidad un relato conmovedor que no podemos soltar de la primera página hasta la última, un ajuste de cuentas hondamente fraternal, una crónica anclada entre recuerdos sobre el desarrollo de la enfermedad neurodegenerativa que devoró sin piedad a su hermano José María Pérez Gay (1943-2013), conocido germanófilo, ensayista, narrador, lector voraz, traductor al español de Elias Canetti, Musil, Kafka, Benjamin, Karl Kraus y Paul Celan, entre varios otros, estudioso de la filosofía y diplomático, “una mente ágil y rápida: a veces tan veloz que pasaba sin que casi nadie lo notara de la filosofía a la opinión”, según Adolfo Castañón.

Rafael Pérez Gay nos cuenta la historia desde la perspectiva de quien fue testigo, compañero, interlocutor y cómplice en esa larga y atormentada noche que fue la enfermedad incurable de su hermano; observó de cerca la erosión de un hombre brillante que se fue hundiendo gradualmente en el silencio. “Cada vez que yo veía el cerebro de mi hermano y un neurólogo nos explicaba las zonas donde ocurría pequeños infartos, yo sentía con claridad cómo se complicaba el diagnóstico y él daba un paso más en la oscuridad. Me preguntaba a dónde iría a parar Goethe, tiradas completas de versos de Neruda y Borges…”. La familia notó primero el cansancio y la indiferencia inusuales en José María, pensando que se trataba de alguna depresión. Ignoraban que algo terrible ocurría en su cerebro. Luego empezó a cojear, dejó de caminar poco a poco, perdía de pronto la memoria y el dominio de los idiomas, sus manos dejaron de sostener objetos, la voz se convirtió en “un raro metal”, hasta que perdió el habla. “El silencio lo encontró y lo llevó a vivir a la enorme casa de sus misterios”. Era la manera de morir una primera vez; faltaba todavía una segunda. ¿Qué somos sin lenguaje y sin memoria? Quizás una casa vacía. “Le digo a mi hermano en silencio: ¿En qué mundo vives? Y me responde en silencio, nuestro único lenguaje, con una mirada habitada por el odio y el miedo, algunos la llaman mirada perdida pero yo la encontré en su cara, arriba de la rigidez de sus brazos y piernas el día en que perdió la capacidad para hablar.”

Es imposible leer este libro y no recordar, sin hacer comparaciones, La muerte de Iván Illich, breve novela en la que León Tolstoi narra con una precisión e imaginación escalofriantes la agonía, el tránsito de la vida a la muerte. Sus páginas transpiran los hedores de la angustia y lo moribundo. También está el inolvidable ensayo de Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, que el mismo Rafael Pérez Gay nos lo recuerda, en el que se puede leer lo siguiente: “Cada persona al nacer posee una ciudadanía dual, en el reino de los sanos y en el reino de los enfermos. Aunque todos preferiríamos sólo utilizar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno se ve obligado, al menos por un tiempo, a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar”. José María ya sólo deambulaba con el pasaporte del mundo de los enfermos, por la extensa, fatigante y brumosa noche de la vida. Un fantasma lleno de miedo. En la madrugada del 26 de mayo de 2013 sonó el teléfono en la casa de Rafael. Se escuchó la voz de una mujer, esposa de José María: “Pérez dejó de respirar”. La luz de una vida se apagaba.

La muerte es algo incomprensible, un terrible misterio que nos inquieta, un enigma de la existencia que sobrepasa la capacidad explicativa de nuestras palabras. “Me tomó años entender que la muerte es un hecho cruel que define la vida: sin la conciencia de ese acto sin retorno, nadie comprenderá la índole misma de la existencia”. El cerebro de mi hermano es un homenaje literario y un sentido adiós a José María Pérez Gay. Una despedida que, de tan sincera y entrañable, sólo consiguió retenerlo con vida a través de las palabras. También es un aprendizaje del morir y vivir. “Todo hay que aprenderlo, desde leer hasta morir” (Flaubert).

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