Sobre el ensayo

Convencido de que “el más fructuoso y natural ejercicio de nuestro espíritu es […] la conversación”, deseando solamente entablar un diálogo ameno y casero, Michel de Montaigne inventó no sólo una nueva manera de charlar, sino un género literario, el ensayo, en el que la prosa discurre, divaga, gira, se acerca, palpa y retrocede si es necesario. El ensayo es un puente colgante, siempre trémulo, inseguro, por donde la prosa anda y titubea entre la pertinencia lógica del concepto y la necesidad estética de la metáfora. Es una realidad colmada de explicaciones, comprometida con la verdad; pero también acompañada de imágenes, paráfrasis, poesía y otros estruendos de la subjetividad, que la comprometen a su vez con la literatura. “Un discurso lógico; pero donde la lógica se pone a cantar”, diría Anderson Imbert.

A través de la lente del ensayo podemos ver cómo el ensayista corre desesperado hacia el monterrosiano árbol de la vida, y lo sacude fuertemente en busca de los frutos que le inspiren. Esa es la novedad del invento: refleja con nitidez el proceso desordenado de creación del individuo que ensaya. Es, pues, un artefacto didáctico, biográfico: el ensayo condensa la historia de un ser emocionado. Montaigne, al abrir sus Essais, nos previene: “lector, yo mismo soy el asunto de mi libro”. Este moi–même perfilará otra parte del rostro definitivo del ensayo, en el que el “yo” se posiciona, habla, piensa, interpreta, escribe, nos describe (por ello (nos) enseña) al describirse y comparte. ¿Con quién comparte? Con nosotros (esa comunidad que da sentido a las interpretaciones del ensayista o lo adquiere en ellas). En el laboratorio de la prosa ensayística la subjetividad –tan relegada por esa silla de ruedas que es el purismo metodológico– está en perpetuo movimiento, rehabilitándose de las convalecencias intelectuales, sin dejar de pensar en los otros. El ensayo es experiencia militante, viva, sentida, olfateada, largamente rumiada… comunicada.

Y el exótico centauro de la literatura tiene también otra exigencia en su origen: la brevedad. Sólo una bocanada de lo que podría ser. Un aliento. Una escritura en grado de tentativa, cuya consumación arruinaría la condición de su belleza. Un acto fallido intencionalmente. Una travesura que se pretende consciente. Una renuncia a los impulsos totalizadores de los merolicos omniscientes de su diminuta ciencia. Sin embargo, no es que el ensayo sea un asunto meramente superficial, los hay bastante profundos; pero su profundidad no radica en el peso ni en el volumen, sino en la certeza de la frase, del concepto y del acopio de imágenes con las cuales teje su discurso y su decurso. No es el número de páginas lo que hace breve al ensayo; es el placer con el que se degustan sus párrafos, como si su frescura apresurara las horas, apurara el tiempo. Podemos estar con Octavio Paz en su Laberinto de la soledad, o en su Sor Juana Inés de la Cruz, frente a cientos de páginas, y no tener verdaderamente noción del tiempo. La plática de Paz nos entretuvo, nos distrajo, nos abrió ese lugar “inexpugnable”: su biblioteca. ¡Se nos fueron las horas como segundos! Esta es la magia de la brevedad del género, y sobre ella han escrito muchos. Julio Torri, nuestro mejor y más olvidado ensayista (escribió poco y lo que escribió fueron “cosas breves”, hasta la gravedad y el insulto de la media cuartilla), dejó asentado con belleza lo siguiente: “El horror por las explicaciones y amplificaciones me parece la más preciosa de las virtudes literarias. Prefiero el enfatismo de las quintas esencias al aserrín insustancial con que se empaquetan usualmente los delicados vasos y las ánforas”.

Según nos revela el propio Montaigne, había previamente en él la idea de contar y explicar algo sin la intención de concluirlo. Escribir con la calidez y la perfección de los clásicos. Al menos intentarlo. Era un viaje; pero donde lo interesante sería el “transporte”, abreviado y trunco, de lo relatado. Una apuesta personal que nos permite inferir que la brevedad y lo inacabado de la empresa son resultado de la personalidad del ensayista. Hay algo en la sangre de éste último que le impide culminar enteramente una obra. Parece que siempre está jugando puerilmente, no se comporta. Jorge Luis Borges, a propósito de los niños, escribió que “juegan tanto, que juegan a jugar: juegan a emprender juegos que se van en puros preparativos y que nunca se cumplen, porque una nueva felicidad los distrae”. Así el ensayista: está aquí y ya está allá divertido con otras cosas, con otros temas. No puede esperar veinticinco años en el cubículo para reunir la información y publicar su primera y sólida investigación. Siempre lleva prisa, así es su temperamento. Es un devoto lector y coleccionista de aforismos y epígrafes. Viajero frecuente de prólogos y epílogos. Tiene una inclinación natural hacia lo fragmentario: vive recogiendo las piezas del rompecabezas de la vida, no para armarlo (sabe que faltan piezas), sino para jugar imaginativamente con cada una de ellas. Su espíritu es un poco desarreglado, demasiado libre, por eso no entiende la rigidez de las especialidades. La corbata y la etiqueta del saber le aprietan. Le aprisionan la garganta.

Por otro lado, hay que decirlo, el ensayo es difícil. Gabriel Zaid afirma, con una saña prosística, que “el ensayo es tan difícil que los escritores mediocres no deberían ensayar: deberían limitarse al trabajo académico”. La recomendación puede parecer exagerada, pero es pertinente. Como se sabe, en las academias es muy común la realización de “ensayos” (ensayos académicos, se precisa) donde pesa mucho más el adjetivo que el sustantivo, donde las reglas no las impone el oficio literario sino la academia. A la imaginación se le ponen cuartillas y al arte de citar oportunamente se le demandan cantidades: tanta cuartilla, tanta autoridad citada (la seriedad lo exige).

Por eso tiene sentido la propuesta de Zaid. Que no ensayen los que no estén interesados en ensayar realmente. Pero los que decidan hacerlo, que respeten en lo esencial las anti–reglas y el anti–método de la aventura ensayística. Que no insistan en dar prioridad al contenido despreciando el continente, ya que afean la escritura, la llenan de baches y topes artificiales, y no hay gobierno municipal que lo resuelva. Es mejor la renuncia voluntaria. O aceptar acaso el desafío nada fácil que plantea C. Wright Mills: “para superar la prosa académica tenéis que superar primero la pose académica”. Ese fue también el propósito y la tradición que fundó el diletante señor Montaigne.

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2 Responses to Sobre el ensayo

  1. Eleazar Caballero López says:

    Wow. Me encantó el artículo. Fresco. Y ágil. Me hizo el día. Muchas gracias x)

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