Fascinación por la lectura

(Imagen de la Agencia EFE)

Más allá de cómo se convierte uno en lector, cuál es el proceso que nos conduce al vicio de la lectura, me interesa responder a la pregunta ¿qué es un lector?, particularmente el lector literario. ¿Es lector aquel que sabe leer, transformar las letras en palabras y estas en oraciones y párrafos; quien lee de forma mecánica, por algún encargo o para obtener alguna utilidad? Me parece que no, y coincido con quienes han dado la misma respuesta.

En un conocido ensayo, Homo legens, el filósofo Bolívar Echeverría examina las características de esta especie cuya existencia ha provocado, a lo largo de los siglos, asombro y desconfianza por igual, admiración y rechazo; una especie que, para algunos extremistas, está en vías de extinción. “El homo legens no es simplemente el ser humano que practica la lectura entre otras cosas, sino el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura; aquel cuya experiencia directa e íntima del mundo […] tiene lugar sin embargo a través de otra experiencia indirecta del mismo, más convincente para él que la anterior: la que adquiere en la lectura solitaria de los libros.” El homo legens lee con la misma naturalidad con la que respira, es instintivo, no puede dejar de hacerlo, la lectura es parte de su alimentación diaria y de su gozoso retiro. Para Ricardo Piglia, el lector adicto, el que no puede renunciar a leer, representado literariamente en Don Quijote, es el lector puro, para quien la lectura no es solo una práctica sino una forma de vida.

El homo legens, el lector puro o el lector nato del que habla Edith Wharton en El vicio de la lectura, no lee para superarse como se exigía en la Ilustración y como demanda hoy la sociedad de la información, tampoco para matar el tiempo, curar un mal de amor o ascender en el escalafón; el lector lee por placer, por el goce y la inigualable felicidad que obtiene de esa práctica tan antigua. Es una lectura que nace del ocio, de la libertad y de la imaginación; es lectura creativa, lúdica, encuentro de pensamientos y emociones, una pausa (que puede durar horas) en el tiempo. En ese sentido, el homo legens es un lector anticapitalista: se opone a la lectura útil, a la lectura impuesta como deber por la vida productiva. “Para el lector mecánico, los libros, una vez leídos, no son cosas que crecen, echan raíces y tienen ramas que se entrelazan, sino que son como fósiles etiquetados y guardados en los cajones del armario de un geólogo […] Para una mentalidad de este tipo, los libros nunca hablan entre sí” (Edith Wharton).

Pero, ¿cuál es el secreto de la fascinación que ejerce la lectura y que constituye al homo legens?, se pregunta Bolívar Echeverría. ¿Por qué Jorge Luis Borges, ese lector total, nos preguntamos nosotros, se enorgullecía más por los libros que había leído que por los que había escrito, imaginando el paraíso como una especie de biblioteca? ¿Qué hay ahí oculto, en el vicio de leer, en la pasión por la letra escrita, que con tanta fuerza atrae y sujeta para siempre a muchísimos individuos. “[…] En el hecho de la lectura”, apunta el filósofo, “el lector no sólo acepta la propuesta de un uso concreto del código, que es lo primero que realiza el emisor-autor, más allá de sus intenciones explícitas. El receptor-lector se apodera de esta propuesta y la explora por su cuenta y a su manera, incitando con su inquietud inquisitiva a que el autor adquiera una vida virtual y entre en un proceso de metamorfosis.” Es esta actividad del lector, que se apropia del texto y lo interroga incesantemente con cada lectura, la que desencadena la magia de la lectura; es este diálogo virtual lo que fascina y embelesa. Por eso uno puede leer y releer, digamos, la Ilíada, Otelo o Hamlet, porque en cada encuentro, gracias al hechizo de la lectura activa, esas obras literarias cambian, y sus autores también. Cada lector crea a su autor y viceversa. Hay un Homero, un Shakespeare, un Montaigne o una Woolf para cada lector. El Franz Kafka de nuestra juventud no es el mismo que el de nuestra madurez. Extrañamente, hay obras literarias que envejecen; otras, acaso las mejores, rejuvenecen con el contacto diario, amoroso, de sus lectores.

“Leer es el arte de dar vida a la página, de establecer con un texto una relación amorosa en la cual experiencia íntima y palabra ajena, el vocabulario propio y la experiencia de otro, convergen y se entremezclan como las aguas de dos ríos y se funden en un solo caudal” (Alberto Manguel). Si esto implica leer –propiamente un arte de dar vida a lo leído, de entablar una relación con lo escrito hasta que comiencen a iluminarse y ramificarse las palabras—, se equivocan rotundamente quienes oponen la lectura literaria a la vida. No hay prejuicio más errado que el que enfrenta literatura y vida, como si se tratara de fuerzas que se repelen. Probablemente haya más vida en las páginas de Madame Bovary y de Crimen y castigo, en un cuento de Chéjov, que en la de muchos que caminamos por las calles. Pero para entrar en esos textos, respirar su aire y pasear por sus avenidas, es necesario leer de una manera viva, despierta: dispuestos a conversar con la creación literaria que se nos ofrece. Para un lector, el texto no es algo muerto, sino, como dice Roland Barthes, es una productividad. No tanto porque sea el resultado de un trabajo, sino porque es el escenario, el teatro mismo de una peculiar producción de sentido en el que convergen el autor (productor del texto) y el lector (quien reescribe con su imaginación el texto dado). “[El] texto ‘trabaja’ a cada momento y se lo tome por donde se lo tome; incluso una vez escrito (fijado), no cesa de trabajar, de mantener un proceso de producción. ¿Qué trabaja el texto? La lengua”, nos dice el crítico francés.

En esa productividad y diálogo virtuales descansa la fascinación por la lectura y lo que da origen al lector.

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