Ensayo sobre la amistad

Letras Libres publica un ensayo entrañable sobre la amistad. Su autor, el médico y escritor Arnoldo Kraus, examina, a partir de una anécdota cotidiana, aparentemente trivial, ese milagro (tan habitual, aunque no lo percibamos) que es la amistad y que acontece en nuestros encuentros con el otro. Cuando faltan las manos del amigo, su mirada, su respiración, falta algo (o mucho) de nosotros; algo cae, se transforma, desaparece con él. “La intimidad de la persona, para forjarse y enriquecerse, requiere amigos. Lo que dejan y dicen, las alabanzas y las críticas son siempre imprescindibles. Cuando no hay mirada ni voces ni testigos ni manos, uno deja de ser; sin la mirada de otro, el movimiento es enjuto y la construcción es magra.” El tiempo pasa, muchas otras cosas pasan, pero los amigos quedan, sus risas, su compañerismo, sus diálogos, incluso sus ausencias.

Acá les dejo un fragmento del texto (ojalá se animen a leerlo completo):

Días atrás, un suceso de poca trascendencia, como los que suelen pasar todos los días, me regresó a mi muy lejana juventud. Fue el amable gesto de un exprofesor de la preparatoria el responsable de fundir tiempos y modificar un poco las vivencias del día, de un día como todos los otros días, de un momento como cualquier otro momento. El gesto, además de amable, fue sencillo.

Luis Alberto Vargas fue mi profesor de anatomía en 1969. Formaba parte de una camada de jóvenes e inteligentes docentes cuya presencia nutría la inmensa sabiduría de los viejos maestros, muchos de ellos refugiados españoles. El brío y la alegría de los jóvenes, aunados a la experiencia y a la tristeza del destierro, resultó ser una combinación inmejorable. La necesidad de rebelarse, la urgencia de cuestionar y el compromiso ante la duda eran unas de las monedas de los profesores jóvenes. La sabiduría acumulada por los años y los sinsabores provenientes de la tragedia del destierro, a la postre transformados en lucha, eran unas de las caras de los maestros españoles. La mezcla devino magnífico caldo de cultivo.

Creo que en ese tiempo Vargas estudiaba la carrera de medicina. Desde esa fecha, ahora muy remota, he coincidido con él en dos o tres eventos y hemos participado como asesores en una o dos tesis. No más. Los números, quizá un tanto desdibujados e inexactos, a pesar de ser pocos, reflejan el paso del tiempo. La fuerza del olvido es una amenaza constante. Escribo fuerza del olvido para reafirmar cuán endeble es la memoria y cuán rápido puede borrarse lo que alguna vez fue parte imprescindible de la persona. Los pequeños encuentros no deberían deslustrar los significados de los actos pequeños. Como el del profesor Vargas. Como el de los amigos que aun cuando nunca llaman siempre están.

Mi profesor de la Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de México copió de The New Yorker, de diciembre de 2010, un artículo de Joyce Carol Oates, “A widow’s story”. En una tarjeta de presentación escribió: “Para Arnoldo. A quien le interesará el artículo”. Cuando me entregó la fotocopia, su prisa, supongo que acudía a consulta con un colega, aunada al apremio de mis pacientes, solo permitió intercambiar algunas palabras.

Infiero que Luis Alberto sabía de mi vecindad con su médico; infiero también que se tomó la molestia de copiar el artículo con la intención de dejármelo ese día. Esas inferencias trascienden la rutina de la cotidianidad: nunca intercambiamos nada y solo hemos hablado cuando alguna circunstancia académica nos ha reunido. Los (muy) enjutos contactos con Vargas, en la universidad o en algún programa de televisión en el cual ambos participamos, se han relacionado con el tema del bien morir o de la muerte.

El texto de Oates es una elegía a su marido recién fallecido. Es un repaso de los significados del dolor, donde la pérdida, la angustia, la vida que se va, la muerte que llega y la zozobra se apoderan de los días de la escritora. El texto cala; el desasosiego penetra: Oates habla de la vida sin su marido como preámbulo de una vida desconocida y de la pérdida de una gran amistad. El ensayo toca y expone otros problemas: alerta contra el mal de la rutina y advierte contra el peligro de lo asumido. La vida que se va ante la frustración de quien nada puede hacer para detenerla exhorta en contra del terrible mal de la rutina. Es, a la vez, una invitación para escuchar lo que no se escucha y para cultivar la capacidad de sorprenderse. Si la rutina sepulta, la incapacidad de sorprenderse hunde

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