La copia en Internet

En una colaboración para Revista Ñ Enrique Lynch afirma que copiar es la esencia de la nueva tecnología que es Internet. La Red ya no es sólo un medio electrónico de comunicación: es una técnica que produce objetos nuevos, inmateriales e intangibles, que ya no distinguen entre original y copia. Internet ha creado nuevas formas masivas de producir, difundir, compartir y consumir diversos objetos culturales; formas que pugnan con los derechos de autor, o con la obsoleta concepción que se tiene de ellos, pues “se echa en un mismo saco el derecho de autor, que garantiza la legítima expectativa de un artesano, sea pintor, escritor, cantante, fotógrafo, periodista, investigador, etcétera, de cobrar un estipendio como retribución por los resultados de su trabajo, junto con la extensión de dicho derecho de autor a la reproducción masiva e incontrolable de ese trabajo por una técnica que en realidad no produce nada sino que simplemente copia o clona el objeto original (que muchas veces no es original en absoluto)“. La novedad del medio ha provocado esa y otras confusiones, equívocos que examina Lynch en el siguiente artículo:

La Red ha pasado de ser un mero soporte de comunicación para convertirse en un sistema productivo sui generis, si no de reproducciones de objetos industriales tradicionales, sí de objetos nuevos que no distinguen entre original o copia, ambos inmateriales e intangibles y, para colmo, idénticos. Los principios de autenticidad y originalidad que la sociedad europea moderna inventó en el siglo XVIII y que permitió establecer esa cosa casi metafísica que es el llamado “derecho de autor” no parecen aplicables en este contexto. El cambio radical que introduce la Red en la naturaleza de los objetos y en la relación que los individuos entablan con ellos hace que progresivamente vayan saltando por los aires los procedimientos que hasta ahora regulaban los intercambios de los productos culturales. Nace una nueva manera de producir, difundir y consumir los objetos culturales y todo hace pensar que, tal como sucedió con la imprenta, los cambios introducidos van a ser irreversibles.

Pero en este asunto hay un buen número de equívocos. Voy a escoger un par para explorar algunos matices del diferendo. El primero, los derechos de autor. Se echa en un mismo saco el derecho de autor, que garantiza la legítima expectativa de un artesano, sea pintor, escritor, cantante, fotógrafo, periodista, investigador, etcétera, de cobrar un estipendio como retribución por los resultados de su trabajo, junto con la extensión de dicho derecho de autor a la reproducción masiva e incontrolable de ese trabajo por una técnica que en realidad no produce nada sino que simplemente copia o clona el objeto original (que muchas veces no es original en absoluto). La diferencia entre producir y copiar es muy importante toda vez que la técnica actual la ha obliterado, puesto que la copia es una parte sustancial de sus propios algoritmos de proceso.

Pedirle a la cibernética que no copie es lo mismo que reclamarle a un individuo que respire sin usar sus pulmones. La copia es la esencia de la nueva técnica y es indistinguible de lo que se puede lograr con ella y no consiste en piratear sino que es la manera presente y muy extendida en que los individuos atesoran información sin usar la memoria (la humana, naturalmente): la nueva manera de conformar el archivo de la cultura. Cualquier disposición legal que penalice el intercambio de los bienes culturales no sólo interviene en un fuero muy íntimo de los individuos sino que afecta al modo en que estos configuran el archivo de sus memorias y afecta la libre circulación de todos los bienes.

Parece lógico que se persiga a quienes explotan comercialmente la reproducción por medio de descargas y de intercambios P2P de bienes realizados por otros sin pagar a sus autores ningún copyright como retribución por su trabajo, pero lo razonable y equitativo debería ser extender la persecución a muchos otros contextos, por ejemplo, a los museos y fundaciones privadas que cobran por la reproducción de bienes que atesoran o, dado el caso, a las empresas que venden el agua envasada que llaman “mineral” y que, con toda seguridad, no es más que agua corriente pasada por un proceso que cualquier consumidor puede realizar en su propia casa.

Las protestas de los autores contra lo que consideran un expolio de la propiedad intelectual de sus obras parecen justas porque en los últimos siglos se aplica el derecho de autor a la copia de un objeto, pero sólo porque hasta ahora se ha procedido así. El derecho de autor, concebido para salvaguardar la autoría, más bien protege el beneficio de los que realizan la copia y la comercializan (editoriales, productoras cinematográficas, marchantes de arte, libreros, periódicos y revistas), agentes económicos que son equiparables a los que ahora explotan esos mismos productos en los sitios de descargas

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