Cafés y salones literarios: refugios de la palabra

Con motivo de la publicación del libro Los cafés históricos (Cátedra), de Antonio Bonet Correa, Ana Marcos escribe un breve y buen reportaje en El País que nos recuerda cómo, a partir del siglo XVII en Francia y luego en otras partes de Europa, los cafés y salones literarios fungieron como espacios privilegiados, a la vez íntimos y bulliciosos, para practicar la conversación y la camaradería: “el individuo ejercía su autonomía frente a las tradiciones, las instituciones y los poderes”. [Los cafés] se convirtieron en rincones para la convivencia, donde lo público se convertía en privado a través dela palabra hablada de personas que tenían más que ver con la figura del diletante, del escritor amateur y del esteta, que con la del profesor universitario“. En el siglo XVII algunas damas (mesdames) organizaban veladas literarias con café, practicaban la conversación y la critique parlée; en esos lugares se podía ver con frecuencia a La Rochefoucauld. En el siglo XVIII, los philosophes utilizan los cafés para encontrarse y alborotar. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir se reunían todas las tardes con sus amigos en un café. Cioran dejó de ir al café para no ver más a “dos viejos patéticos” (Sartre y Beauvoir). Pessoa camina para tomar un café espresso. Para encontrar a Freud, había que buscarlo en los cafés. Lenin juega al ajedrez con Trotski en un café. A la división territorial de Europa, hay que agregar una cartografía de cafés, escribió George Steiner. Y dice Francisco Umbral: “Cuando las casas eran frías e inhóspitas, es natural que la gente corriera a reunirse en un café buscando otra temperatura física y moral”. Les recomiendo la lectura de “El escondite de la palabra“:

La irreverencia convertida en hipérbole del absurdo y la mala educación se ha democratizado de tal manera gracias a la televisión que cualquier voz más alta que otra se confunde primero con un esperpento catódico que con argumento de autoridad. Antes de que la pantalla contaminara la idea de tertulia y tertuliano, existían, y algo queda, unos espacios donde se disfrutaba de la conversación, se aplaudía el sentido de la crítica y no se consideraban escandalosos el libre pensamiento o las ideas irreverentes. Los cafés y salones literarios, “espacios de civilidad”, en palabras del sociólogo y politólogo José Vidal-Beneyto, que tienen su origen en la Francia del siglo XVII, trasladaron la palabra de los palacios a la calle, sin perder un ripio de excelencia. Los cafés históricos (Cátedra) de Antonio Bonet Correa repasa estos puntos de encuentro, casi de manera enciclopédica, como un manual estilístico y geográfico.

“El mejor teatro de Madrid fue el café Gijón: un escaparate, una casa de citas en el sentido más amplio del término, un refugio,…”, dice Marcos Ordóñez, autor de Ronda del Gijón (Aguilar) y crítico teatral de EL PAÍS. Este lugar, ahora en el candelero por la incógnita que se cierne sobre su terraza, en el que Ayala pasó unas cuantas tardes, “se ha quedado para los turistas”, afirma el escritor, “siguen algunas tertulias, pero es una sombra de lo que fue”. Lo que fue son las mañanas para los pintores, el mediodía para la gente de postín y la tarde para los escritores que se fusionaban con los actores a la salida del teatro. “A una tertulia hay que ir llorado y tosido, dejar la preocupación íntima para recomponer el mundo con saliva”, dice Manuel Vicent en Ronda del Gijón.

En los cafés y salones históricos el individuo ejercía su autonomía frente a las tradiciones, las instituciones y los poderes. Se convirtieron en rincones para la convivencia, donde lo público se convertía en privado a través de la palabra hablada de personas que tenían más que ver con la figura del diletante, del escritor amateur y del esteta, que con la del profesor universitario. En España, los herederos de Larra además de en el Gijón, alternaban en el Varela o en el Lyon desde los años treinta a los ochenta. A este último, el de la tertulia de Sánchez Ferlosio, acudían los escritores Soledad Puértolas y Andrés Trapiello. “Era un lugar destartalado, de techos altos y sucios y tranquilo, para tertulia”, dice el autor, el más joven de aquellas reuniones. “Se hablaba de todo, Grecia, palabras raras como lígrimo, asuntos del momento. Era una tertulia animada, donde se solían respetar ciertas normas. Para decirlo en palabras de Ferlosio: nos ocupábamos de las cosas, no de medirnos con los demás”

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