Pasión por las compras: una “reivindicación del shopping”

Últimamente se ha querido menospreciar y anatemizar, por parte de gente “seria”, esa antigua práctica de ir de compras. El shopping como la vulgar expresión de un consumismo acrítico y, además, sectorizado: mujeres de clase media y alta, frívolas, materialistas, de zonas urbanas, etc. Pero a las compras nos vamos todos. ¿En qué difiere una señora que corre a las tiendas, al menos una vez por semana, para adquirir ropa de todo tipo y zapatos del lector habitual que se va de compras a la librería, a la menor provocación, para seguir armando su biblioteca? Conozco a compradoras compulsivas de bolsas y zapatillas pero también a maniaco-consumistas del libro. En el blog de nexos “Registro Personal”, Juan Antonio Cepeda escribe una saludable reivindicación del “shopping”:

Aun cuando ha sido denostada ─vituperada, incluso─ , nadie en su sano juicio podrá negar que ir de compras es una de las actividades más terapéuticas para las conciencias posmodernas del adolescente perenne del siglo veintiuno. Trátese de quien se trate. No importa un comino filiación partidista o teológica, rangos de edad -controlados mentalmente-, preferencias sexuales y martirologios. La estatura da igual, por supuesto. Lo mismo resulta terapéutico para un intelectual (lo que esto quiera decir) que para un fashionista, un burócrata de cuello blanco ─y tirantes negros─, un trabajador del hogar, un maníaco-depresivo en etapa temprana, un cinéfilo, un sátiro, un común y corriente free lancer o un marido de profesión (igual para todas estas categorías aplicadas a las mujeres). Nadie se salva. Nadie se abstiene.

En ocasiones me he llegado a preguntar (en aquellas largas horas de ocio que me permito consuetudinariamente) cuándo y dónde surgió la necesidad de ir de compras. No tengo la más remota idea. He especulado mucho, eso sin duda. Por ejemplo, es conocido el episodio en que Jesús -el nacido en Nazareth- estropeó un templo que se había habilitado como centro comercial. Por lo tanto, sin ser historiador ni mucho menos, infiero aristotélicamente que ya existía en ese entonces la práctica del shopping. Incluso, me hace dudar seriamente que los llamados shopping malls hayan surgido en la década de los cincuenta en Estados Unidos de América, la potencia que recién florecía, tal y como sugieren (erróneamente me gusta decir erróneamente) varios estudiosos del tema (Kleinman, 1997; Morgan, 2006; Lagerfeld, 2002; y el clásico Robertson-Fichte, 1978).

Ya entrados en variaciones a modo sobre el mismo tema, me aventuro ─sin recato─ a citar de memoria mis clases de primaria como otro testimonio: el mercado de Tenochtitlán, en el mero centro de un vasto imperio mesoamericano, ahí estaba el epítome de una cultura politeísta y volcada hacia el consumismo. Aquí termino mis abuso de la memoria y de la historia. Efectivamente resultaría muy laborioso, extenso e inútil ensayar una cierta genealogía del shopping, a la manera de Foucault; o una antropología del consumista, a la manera de Levi-Strauss; o, incluso, una arqueología de los shopping malls. Particularmente resultaría irrelevante en este texto, que usted amable lector ha decidido chutarse, porque el autor es un diletante y es alguien a quien le aburre hacer cualquier clase de investigación formal, usar pies de página para citar textos de vacas sagradas. Lo que sí quiero es escribir para describir mi experiencia infantil -hablar de mi mismo pues- en esto del consumismo y de ahí extrapolarlo y convertirlo por decreto en una condición innata de toda la humanidad. Y es que en mi casa, como el tiempo lo demostraría, la austeridad no fue un valor, fue una casualidad contextual. Negar ese hecho, ahora evidente a mis ojos, no fue cosa muy salubre. Y me temo que mi caso no es excepcional

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