Un cuento de Miranda July

Una altísima mujer viaja en avión sentada al lado de un hombre famoso, un actor de Hollywood cuyo nombre verdadero no nos quiere revelar. Se miran, se saludan, se caen bien, platican de todo, se coquetean, incluso se muerden. Al llegar a su destino, se despiden; él le deja un número telefónico, ella lo guarda. Y luego pasa, con toda calma y en silencio, el tiempo… Pasados los años, el número volverá a aparecer.

Roy Spivey es el título de este buen cuento de la escritora y cineasta Miranda July, publicado por Letras Libres:

Me he sentado dos veces al lado de un hombre famoso en un avión. El primero fue Jason Kidd, de los Nets de Nueva Jersey. Le pregunté por qué no volaba en primera clase y me dijo que era porque su primo trabajaba para United.

–¿No sería esa mayor razón para que te pongan en primera?

–Está bien así –me dijo estirando las piernas en el pasillo.

Ya no insistí porque ¿qué sé yo de los pormenores que conlleva ser una celebridad deportiva? No volvimos a hablar durante el resto del vuelo.

No puedo darles el nombre de la segunda persona famosa, pero les diréque es un galán de Hollywood que está casado con una joven estrella. Además, su nombre incluye la letra “V”. Es todo. No puedo decir nada más. Una pista: espías. Bueno, basta, de verdad es todo. Lo llamaré Roy Spivey, que es casi un anagrama de su nombre.

Si yo fuera una persona más segura de mí misma no me hubiera propuesto para ceder mi asiento en un vuelo atestado, no me hubieran pasado a primera clase y no me hubieran sentado junto a él. Fue el premio a mi falta de voluntad. Durmió durante la primera hora y era sobrecogedor ver esa cara tan famosa parecer vulnerable y vacía. Él tenía ventanilla y yo pasillo, y sentía como si estuviera cuidándolo, protegiéndolo de los destellos y los paparazzi. Duerme, pequeño espía, duerme. En realidad no es pequeño, pero todos somos niños mientras dormimos. Por esta razón, siempre dejo que los hombres me vean dormida desde el principio de nuestra relación. Les hace darse cuenta de que, aunque mido 1.80, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede percibir la debilidad de un gigante sabe que es, en efecto, un hombre. Pronto, las mujeres pequeñas lo hacen sentir casi amanerado y, he aquí, ahora le gustan las mujeres altas.

Roy Spivey se movió en su asiento, empezando a despertar. Rápidamente, cerré los ojos y luego los abrí lentamente, como si yo también hubiera estado durmiendo. Ay, pero él todavía no acababa de abrir los suyos. Cerré los míos otra vez e inmediatamente los abrí, lentamente, y él abrió los suyos lentamente y nuestras miradas se encontraron y parecía como si hubiéramos despertado de un solo sueño, el sueño de toda nuestra vida. Yo, una mujer alta y sin embargo ordinaria; él, un extraordinario espía, pero no de verdad, solo un actor, pero no de verdad, solo un hombre, quizás incluso solo un niño. Ese es el otro efecto que tiene mi altura en los hombres, el más común: me convierto en su madre.

Hablamos incesantemente durante las siguientes dos horas, con ese tipo de conversación que trata específicamente de todo. Me contó detalles de su esposa, la bellísima M. ¿Quién hubiese pensado que era tan atormentada? …

(Continuar con la lectura aquí)

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Cuento, Revistas culturales. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s