La filosofía en la calle

Laberinto sostuvo una charla con el conocido filósofo mexicano Mauricio Beuchot, quien opina que ya es tiempo de que la filosofía salga a la calle, ocupe espacios en los periódicos y repercuta con su reflexión en la realidad política y social de nuestro país. Para Beuchot, el filósofo debe ser una especie de consejero de la sociedad; para mí, debe ir más allá: tiene que ser el dinamitero, el aguafiestas, la conciencia crítica, el promotor infatigable de la disconformidad. Ningún favor nos hace la filosofía que se reduce a la academia, se encierra en su torre de marfil y circula, únicamente, entre aburridos y fríos cubículos de investigación. Tampoco ayudan esos filósofos ignorantes que se especializan, ad nauseam, en un solo autor, y desconocen lo que de filosofía se ha escrito antes y después, ya no digamos de política, derecho y literatura.

Va el diálogo:

¿Desde su perspectiva ético-política, qué diagnóstico hace sobre el momento histórico que estamos viviendo, nacional y globalmente?

Estamos en un momento de mucho riesgo porque vemos que lo más globalizado es la pobreza. Preocupa, cuando menos, por el impacto en la economía de Europa: ¡no imaginábamos nunca que hubiera problemas allá! Pero, sobre todo, eso repercute en nuestro país. Me inquieta el trasfondo —político y económico— que ha desatado la violencia. Si no hay oportunidades, si no hay opciones, la gente tiende a buscar salidas falsas en la violencia, el robo, la extorsión. Todo está interconectado. Tenemos que darnos cuenta de que la situación es muy compleja, que no se trata nada más de encarcelar a los violentos, sino de crear condiciones de posibilidad para que haya una paz que anhelamos.

¿Qué papel jugaría la filosofía en un contexto como éste? ¿Tiene algún tipo de incidencia?

Creo que sí. Justamente, lo hemos abordado el actual director del Instituto de Investigaciones Filosóficas, el doctor Guillermo Hurtado, y otros compañeros, entre ellos José Alfredo Torres. Hemos sacado algún trabajo sobre qué hacer para que la filosofía repercuta en la realidad, sobre todo política, del país. Si vemos con cuidado, comprobaremos que a principios del siglo XX la filosofía tuvo una enorme incidencia. Vasconcelos, por ejemplo, participó en la Revolución; Antonio Caso, aunque no tomó parte en la lucha armada, criticó a los positivistas de Porfirio Díaz. Incluso en Samuel Ramos se deja observar la filosofía de la cultura. Si del siglo XX quitamos, por ejemplo, a la corriente marxista y a los teóricos de la liberación, veremos que la filosofía se ha reducido a una mera cuestión académica, a la torre de marfil, a las investigaciones.

Debemos recuperar espacios. Ya nadie quiere hacer trabajo periodístico, por ejemplo. Tanto Vasconcelos como Caso publicaban en los periódicos; ni siquiera había revistas filosóficas especializadas. Claro, de esta globalización de la producción intelectual también tiene la culpa el hecho de que si no es en revistas cada vez más especializadas, que casi nadie lee, es decir, cada vez más encerradas en la torre de marfil, no publicamos.

¿Qué le parece la decisión del gobierno actual de eliminar las humanidades de la educación media superior?

Me parece lamentable. Yo estaba muy orgulloso de que en mi país se sintiera cada vez más el auge de las humanidades. Y pensé que esto iba por buen camino. La cuestión artística, la cuestión cultural, habían adquirido una presencia muy fuerte en México. Y de repente, se tomó esa medida no sólo incomprensible sino lamentable, porque suprime la posibilidad de que surjan vocaciones intelectuales y artísticas en el bachillerato. Quitando la presencia de las materias filosóficas, se está evitando que haya una orientación hacia las humanidades. Somos un reflejo de lo que ocurre en muchas partes. También he sabido que en España se han suprimido las materias de filosofía del bachillerato. En lugar de pensar en crear opciones de trabajo, empleos en la línea de las humanidades, se trata de evitarlos. Porque, de hecho, se ve a la filosofía como algo inútil; incluso amenazador y peligroso. ¿Para qué encauzar por ahí a los jóvenes si van a ejercer un pensamiento crítico?

¿Cómo juzga a los movimientos estudiantiles en, por ejemplo, Chile, Honduras y en nuestro país que exigen acceso a la educación y defienden la educación gratuita?

Son movimientos muy significativos. Es necesario que la educación sea para todos. A los jóvenes debemos ofrecerles y brindarles la oportunidad de formarse. Así gana el país y gana la sociedad, pues habrá más personas capaces de deliberar, con pensamiento crítico y perspectivas. Eso era incluso lo que la Antigüedad entendía por “ciudadano”. No en balde los filósofos griegos y romanos insistían tanto en la retórica: el ciudadano era capaz de deliberar, y quien fuera capaz de deliberar era también susceptible de ser elegido o de elegir. En los países que usted menciona se quiere privar al pueblo de esa madurez, que sólo pueden alcanzar unos cuantos. En ese sentido debemos tomar muy en cuenta y defender el acceso a la educación.

Las imágenes de la represión en Chile dieron la vuelta al mundo, así como las de Londres y España. Aquí mismo, la militarización y la respuesta del Estado a los movimientos sociales han provocado un aumento en la violación de los derechos humanos. ¿Cómo se justifican los derechos humanos desde su posición filosófica y qué consideraciones hace sobre su defensa?

Cada vez estoy más convencido de mantener una posición ontológica. No creo que la pura positivación fundamente los derechos humanos. Incluso los derechos humanos surgieron con una perspectiva iusnaturalista, hay que entenderlo y aceptarlo. Aun quienes eran muy iuspositivistas ahora son declaradamente iusnaturalistas o pertenecen a esta otra corriente —que los mismos positivistas consideraban como iusnaturalismo— que es la de los moral rights, los derechos humanos entendidos como derechos morales. Por supuesto que todos vemos como ideal que se positiven, pero muchos grandes filósofos del derecho, iusfilósofos, dieron el adiós al iuspositivismo. Están Bobbio o Atienza, más recientemente. Necesitamos una postura más ontológica; es más, nos conviene que algo no sea puramente histórico o cultural porque de otra manera tendremos que permitir usos y costumbres que van contra los derechos humanos de, por ejemplo, los niños y las mujeres. Hay algo arraigado; algunos le llaman la condición humana. No soy de esos naturalistas al estilo del siglo XVIII, que fueron los más duros. No, yo creo en una naturaleza que se da en la misma historia, pero hay algo que es más que pura historia

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2 Responses to La filosofía en la calle

  1. mueremata says:

    Pienso que la filosofía efectivamente es inútil. Pero también pienso en la filosofía como el cero aritmético. Por sí misma (es decir, sumida en su propio castillo de marfil) no sirve para nada, pero en relación con otras materias las puede potencializar a instancias desconocidas, y ese es el gran miedo del Estado. Es decir, como el cero aritmético, agregado a determinada operación, hace de ésta algo que crece. Si le agregamos filosofía a la política, por ejemplo, se convierte en una crítica demoledora hacia la política, caerían cabezas propias y ajenas.
    La mayoría de las materias educativas tiene respecto y, y con respecto quiero decir miedo, hacia las instituciones públicas, gubernamentales y privadas. La filosofía no tiene miedo (salvo el caso de Hobbes que nos recuerda al borracho de “¡Tengo miedo!”) de reflexionar, analizar y criticar al Estado y a la institución privada que, en mi manera de ver, tiene que ver con la abolición de las humanidades en el bachillerato.
    ¿Por qué ni al Estado ni a la empresa privada le conviene que el humano reflexione? Porque a ellos les conviene un país de conformistas, trabajados alienados sin mente ni sentimientos, que cumplan cabalmente con las funciones para que ellos se sigan llenando los bolsillos de dinero mientras que el pobre agoniza dentro de su miseria económica e intelectual.

    Ahora, de una u otra manera todos sabemos esto… ¿Qué podemos hacer? Nada. El virus de la democracia (que sustenta al capitalismo) está muy arraigado. Cada época inventa la desaparición de la humanidad, como ahora del 2012, porque todos queremos tener la ilusión de que vivimos los últimos instantes del paraíso. Nadie se ha dado cuenta de que la humanidad se acabó, y de que ahora sólo respiramos los desechos de una bomba nuclear que no ha dejado de estallar. A esto se refería Cioran cuando dice que la lucidez nos hace libres en medio del desierto. Despertamos, tenemos las certezas de cómo maneja el gobierno su estúpida política, pero no podemos hacer nada. Claro, aún hay residuos de revolucionarios, como los movimientos estudiantiles. Pero si fueran sinceros, se darían cuenta de que es una revolución con utopías inalcanzable. Es decir, que todo revolucionario es, en última instancia, un ocioso. Y si está consciente de su ocio, hace bien. Cada quien decide cómo perder el tiempo.

  2. Irad says:

    mueremata:

    Creo que el valor de la filosofía reside, precisamente, en que es inútil, ociosa y vagabunda, es decir, poco o nada rentable. Así se escapa de la lógica del capital, del mercado y del consumo. En tanto inútil y en tanto pensamiento lento, minucioso y libre, la filosofía es un arma crítica peligrosa, porque es libre e inconforme. O debería de serlo, pues admitamos que sobran profesores y alumnos de filosofía cuyo compartamiento está lejos de ser reflexivo y crítico, se limitan a repetir, enseñar y memorizar los datos que se consignan en libros de texto (si bien les va). Fue lamentable la ocurrencia de la SEP y sus tecnócratas al querer desaparecer la filosofía del bachillerato (sabemos que temen al pensamiento crítico); tan lamentable como la gran parte de profesores impreparados, sin vocación, que imparten clases de filosofía y desalientan a los alumnos que algún interés puedan tener en esa disciplina. La filosofía no sirve para nada. Por eso le temen: no la comprenden, les desconcierta.

    Saludos!!

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