1Q84 (tercera parte)

El próximo 7 de octubre comenzará a circular en las librerías del país la útima parte de la novela 1Q84 del escritor japonés Haruki Murakami. La Jornada nos comparte un fragmento:

3

Tengo
Todas las bestias iban vestidas

Por las tardes, Tengo acudía a la habitación de su padre, en la clínica; se sentaba al lado de la cama, abría el libro que llevaba consigo y leía en voz alta. Una vez leídas apenas cinco páginas, hacía una pausa y leía otras cinco. Simplemente, le leía lo que él mismo estaba leyendo en ese momento, fueran novelas, biografías o libros sobre ciencias naturales. Lo importante era el hecho de leerle, no lo que le leyera.

Ignoraba si su padre le escuchaba. Mirándole a la cara, no percibía ningún tipo de reacción. El anciano, enjuto y desaliñado, dormía con los ojos cerrados. No se movía, y ni siquiera se le oía respirar. Respiraba, por supuesto, pero era imposible comprobarlo, a menos que uno pegara el oído a su boca o le acercara un espejo para ver si se empañaba. La infusión intravenosa entraba en su cuerpo y el catéter evacuaba su escasa orina. Ese flujo pausado y silencioso era el único indicio de que seguía con vida. De vez en cuando, una enfermera lo afeitaba con una maquinilla eléctrica y le cortaba los pelitos blancos que sobresalían de la nariz y las orejas con unas pequeñas tijeras de puntas romas. También le arreglaba las cejas. El pelo, a pesar de que él estaba en coma, seguía creciéndole. Contemplando a su padre, Tengo había dejado de saber cuál era la diferencia entre la vida y la muerte. ¿Existía realmente una diferencia? ¿No sería, simplemente, que creemos en ella por pura conveniencia?

A las tres, el médico se pasaba por la habitación y le comentaba el estado del enfermo. Sus explicaciones eran breves, y, más o menos, le decía siempre lo mismo: no se apreciaban progresos. Su padre seguía dormido. El tiempo que le quedaba de vida se acortaba paulatinamente. En otras palabras, se acercaba a la muerte con pasos lentos pero firmes. En ese momento no había ningún tratamiento al que aferrarse. Sólo podían dejarle dormir en paz. Eso era lo único que el médico le podía decir.

Al atardecer, acudían dos enfermeros para llevarse a su padre a la sala de análisis. No siempre eran los mismos, pero todos eran igual de callados. No decían ni una palabra, tal vez debido a las grandes mascarillas que llevaban puestas. Uno de ellos parecía extranjero. Era bajo y moreno, y siempre sonreía a Tengo a través de la mascarilla. Sabía que le estaba sonriendo por la expresión de sus ojos. Tengo le devolvía la sonrisa.

Al cabo de media hora, o, a veces, de una hora, el padre regresaba a su habitación. Tengo no sabía qué clase de análisis le realizaban. Cuando se lo llevaban, él bajaba al comedor, se tomaba un té verde templado para matar el tiempo y, a los quince minutos, regresaba a la habitación. Lo hacía con la esperanza de que en aquella cama vacía volviera a aparecer la crisálida de aire y, en su interior, se hallara acostada Aomame, Aomame a los diez años. Pero nunca ocurría. En la habitación en penumbra sólo quedaba el olor a enfermo y el hueco que el cuerpo de su padre había dejado en la cama.

Tengo observaba el paisaje de pie junto a la ventana. Al otro lado del césped se alzaba, envuelto en sombras, el pinar de protección contra el viento, por el que le llegaba el rumor de las olas. Era el oleaje agitado del Pacífico. Resonaba profundo y oscuro, como si numerosos espíritus se congregaran y cada uno de ellos contara en susurros su historia. Y parecían desear que se les unieran otros muchos espíritus. Deseaban muchas más historias que poder contar

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