Jean Daniel sobre Czeslaw Milosz

El año pasado se publicó el libro Les miens (Los míos), del editor y periodista Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur, que contiene 51 retratos (encuentros y testimonios) de personajes destacados de la cultura y la política como Sartre, Mauriac, Gide, Churchill, Solzhenitsyn, Paz, Derrida, etc.

Para recordar el centenario del poeta Czeslaw Milosz (Lituania, 30 de junio de 1911) el suplemento cultural Laberinto extrae y traduce el texto que le dedica Jean Daniel: Czeslaw Milosz: el verdadero momento de su vida. Igualmente, del mismo libro, nos ofrece las traducciones de los textos André Malraux: viaje al fondo de la vida y Jacques Derrida en Nueva York. Comparto con ustedes un fragmento:

CZESŁAW MIŁOSZ:
el verdadero momento de su vida

El siglo XX esperó al siglo XXI para ser decapitado. Los príncipes se van uno por uno y a menudo en agosto, sin hacer ruido. En todo caso, la preocupación de la posteridad no atañe desde hace tiempo al carácter rugoso y salvaje de Czesław Miłosz, nacido en 1911 en Lituania, y del que sólo se sabe que en 1980 obtuvo el premio Nobel de Literatura porque fue un gran poeta, un gran polaco o uno de los visionarios más eficazmente inspirados en la denuncia del totalitarismo.

Recuerdo un día muy caluroso en un café de Les Halles cuando se confió a mí en una suerte de mal humor cordial: ¡Francia! ¡Comencemos por Francia! No fueron los franceses quienes le dieron el premio Nobel por su talento como poeta: “Le debo el premio Nobel a Estados Unidos y a la poesía. Francia tiene un problema con la poesía, sobre todo con la de los otros. ¡Cuando se piensa que fue necesario esperar a Baudelaire y Saint-John Perse para juzgar como desecantes las reglas clásicas impuestas por la Pléiade! Reglas que asfixiaron la inspiración poética por siglos y a decir verdad hasta Blaise Cendrars y Apollinaire. Hay que recordar que Estados Unidos había sabido acoger ya, como lo hicieron conmigo, a quien se convertiría en el más grande poeta ruso de nuestros días: Joseph Brodsky. Fueron más sensibles a lo que más hay de europeo en él”.

Nuestro Miłosz, el autor de esa obra maestra, El pensamiento cautivo, guardó por mucho tiempo cierta amargura hacia Francia por la forma en la que fue tratado aquí. Por los consejos de su pariente, el poeta polaco nacionalizado francés Oscar Vladislas de Lubicz Miłosz, había creído posible hacer una verdadera entrada en el París de la liberación. Es en esta época que decide, sin la menor inquietud desde el exterior, romper con su oficio de diplomático y su país de origen. En París hay muchos exiliados de países del Este que no siempre inspiran confianza. “No se puede hacer nada bajo los comunistas, pero sin ellos tampoco se puede hacer algo”, decreta Jean-Paul Sartre, para quien los anticomunistas son todos unos perros.

El único que verdaderamente acoge a Miłosz es Albert Camus. Ambos resienten lo mismo hacia las autoridades intelectuales comunistas. Más tarde, entre El hombre rebelde y El pensamiento cautivo, se descubrirán varios puntos de sensibilidad en común. A esto se añade un descubrimiento que deslumbró a Miłosz. Es Camus quien toma la iniciativa de publicar todas las obras póstumas de la por ambos admirada Simone Weil. Ahora bien, ya Miłosz ha decidido traducir a la autora de Echar raíces al polaco. Para él, Francia es el país que hubiera podido generar con Simone Weil “un inmenso ser-acontecimiento en la historia del mundo y de las ideas”.

Luego de la comida en Les Halles, Miłosz se pone prolijo y excitado con la idea de hablar sobre Simone Weil. Me hace saber algo que, yo creo, aún se ignora. Había decidido traducir un libro de Raymond Aron, quien también lo había recibido bien en París. Pero, en pleno trabajo, decidió dejarlo al descubrir que no estaba suficientemente de acuerdo con el libro que traducía, y que su universo era decididamente más próximo al de Camus y al de Simone Weil que al de Aron. Al momento de partir, este poeta de porte imperial tiene, me parece, los ojos húmedos. Hace poco se ha enterado que la primera cosa que Camus hizo a su regreso de recibir el premio Nobel, fue ir a prosternarse ante la tumba de Simone Weil. Prodigiosa anécdota para terminar. Están en París y son jóvenes. Aún no se atreven a pensar que son hombres de genio. No son reconocidos. Por ello sufren. Reniegan del estalinismo. Eso les costará. Se reúnen. Camus, Miłosz y Octavio Paz pasan algunas veladas juntos. Tiempo después, mucho tiempo, los tres habrán ganado el Nobel

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