Escritura en movimiento

El Malpensante traduce y publica un ensayo autobiográfico de la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en el que expone y desentraña los vínculos entre dos actividades o ejercicios que se complementan a la perfección y que para ella no pueden desvincularse: correr y escribir. Aunque siempre se les recuerde meditabundos y atados a una silla y su escritorio, los escritores aman el movimiento, la libertad, el viaje, la imaginación que se desplaza (hay que decir que están un poco locos). “Durante los días en que no puedo correr, no me siento “yo misma”, y quien quiera que “yo” me sienta en esas ocasiones, me gusta mucho menos que la otra. Entonces la escritura permanece enmarañada en interminables revisiones” dice Oates. Sobre el caminar expresa Hazlitt: “El alma de una caminata es la libertad, la libertad perfecta de pensar, sentir y hacer exactamente lo que uno quiera”. Kant caminaba todos los días rumbo a su trabajo de profesor y de regreso a casa. John Stuart Mill paseaba con su padre mientras hablaban de lógica y filosofía. Coleridge recorría habitualmente unos 35 kilómetros por terrenos montañosos mientras componía poesía.

En Del correr y escribir nos dice Joyce Carol:

¡Correr! Si existe alguna actividad más feliz, más estimulante, más nutritiva para la imaginación, no tengo idea cuál podría ser. Al correr, la mente vuela con el cuerpo; la misteriosa florescencia del lenguaje parece latir en el cerebro al ritmo de nuestros pies y el balanceo de nuestros brazos. Idealmente, al correr, el escritor atraviesa las ciudades y paisajes de su ficción, como un fantasma en una locación real.

Debe haber algo similar entre correr y soñar. Durante el sueño, la mente suele ser independiente del cuerpo, tiene peculiares poderes de locomoción y, al menos en mi experiencia, con frecuencia corre, se desliza o “vuela” a ras de tierra o en el aire. (Dejando de lado la simple teoría de que los sueños son puramente compensatorios: vuelas mientras sueñas porque te arrastras por la vida mientras estás despierto; te levantas sobre los otros mientras duermes porque en la vida real otros se levantan sobre ti.)

Posiblemente estas proezas de locomoción fantástica son remanentes atávicos, el recuerdo alucinado de un ancestro lejano para quien el ser físico, cargado de adrenalina ante situaciones de emergencia, era imposible de distinguir del ser espiritual o del intelectual. Al correr, el “espíritu” parece inundar el cuerpo. Del mismo modo que los músicos experimentan el fenómeno sobrenatural de una especie de tejido de memoria en las yemas de sus dedos, el corredor parece experimentar en los pies, los pulmones y el latido acelerado del corazón una extensión del yo imaginado.

Los problemas estructurales que se me presentan mientras escribo, en una larga, embrollada, frustrante y a veces desesperante mañana de trabajo, usualmente los logro desenredar corriendo por la tarde.

Durante los días en que no puedo correr, no me siento “yo misma”, y quien quiera que “yo” me sienta en esas ocasiones, me gusta mucho menos que la otra. Entonces la escritura permanece enmarañada en interminables revisiones.

Los escritores y poetas son reconocidos por amar el estar en movimiento. Si no corriendo, escalando; si no escalando, caminando. (Como todos los corredores saben, caminar, aunque sea muy rápido, es un pobre sucedáneo del correr, a lo que nos limitaremos cuando ya no contemos con nuestras rodillas. Pero al menos es una opción.)

Los poetas románticos ingleses estaban claramente inspirados por sus largas caminatas en todos los climas: Wordsworth y Coleridge en el idílico Lake District; Shelley (“Siempre marcho hasta donde me detengan y nunca me detienen”) en sus cuatro intensos años en Italia. Los trascendentalistas de Nueva Inglaterra, entre ellos el más famoso, Henry David Thoreau, eran caminantes incesantes; Thoreau alardeaba de haber “viajado mucho en Concord”, y en su elocuente ensayo Caminar reconocía que necesitaba pasar al menos cuatro horas diarias al aire libre y en movimiento; si no lo hacía sentía “como si tuviera un pecado que expiar”

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