Fabienne Bradu sobre Gonzalo Rojas

La crítica y ensayista Fabienne Bradu, quien prepara una biografía del fallecido Gonzalo Rojas, publica en la revista de libros de El Mercurio un texto sobre el poeta:

Meses atrás, a raíz de su última visita a Lebu, Gonzalo Rojas me confiaba en una conversación telefónica: “Apenas ahora comienzo a comprender lo que significa Lebu para mí”. Como era su costumbre, señaló el hecho y no aclaró más. La frase quedó revoloteando entre Chillán y México, y ahora la recuerdo como una cifra de su temple, casi una poética. Para él Lebu no era solamente el lugar de su origen, sino el origen del Mundo: allí descubrió la libertad, el riesgo y la palabra. Gonzalo Rojas se parecía al paisaje de Lebu, que volvió a encontrar, al regreso del exilio, en el Torreón del Renegado: la misma vivacidad, las mismas aguas violentas, el mismo roquerío. Pero no deja de sorprender en un hombre de más de 94 años el “Apenas ahora comienzo…” que denota una infatigable curiosidad por el mundo, una paciencia sin par para la poesía que, a mi juicio, eran cualidades palmarias en Gonzalo Rojas. Muchas de sus anécdotas de vida encierran su ars poética: cuando de niño se tiraba al mar desde el muelle de Lebu, ya estaba cumpliendo el gran salto al vacío que significó para él escribir poesía, la apuesta temeraria de su palabra. Despedazar la sintaxis era su medio predilecto para rearmar “un mundo que no es total, ni liso, sino que está quebrado.”

Lo difícil, le aseguraba un día a una periodista, había sido ganar una conciencia del límite. Saber hasta dónde llegar. Y con su humor característico así lo refrendaba: “El otro día un tipo me preguntó: “¿Por qué usa esa gorrilla, señor?” -“Me indica hasta dónde llega mi pensamiento”. La singularidad de Gonzalo Rojas, sobre todo de su poesía, reside en la rara alianza entre el arrebato y la poda, entre el desenfreno y la mesura, entre ritmo y rigor. “Desmesurado por ignición necesaria, nunca dejé de sostener firme la brida”, aseguraba. Admirador de Ezra Pound, podía repetir con él: “Tenemos en orden nuestras gomas de borrar” a la hora de escribir sus versos con su letra aplicada y honesta. Su signo era la templanza: medía su vino como medía sus versos, y prefería que faltara a que sobrara. “Amo la imperfección como signo de la apertura, y todo es búsqueda sin fin”. El hambre era el motor que lo hacía ir más allá, buscar siempre algo más, y no quedarse nunca satisfecho.

Casi toda la vida repitió que “no hay que ser premiable y tampoco hay que ser sentable, ni academizable”, porque “las sillas de la seguridad son las peores”. Pero a partir de los años noventa le cayó encima una avalancha de galardones que recibió como una justicia que traía consigo una condena. Aunque parezca poco creíble, no le gustaba la parafernalia de los premios, porque lo sacaban de su tonalidad, del estado de gracia “que es mi forma de mirar el mundo, de fascinarme con la vida, reírme un poco y seguir leyendo y escribiendo hasta que pueda”, y se sometía a los ritos con infantiles refunfuños. En sus últimos recitales públicos, era lamentable observar cómo lo reducían a un rosario de laureles cuando él tan sólo aspiraba a ser aprendiz de poeta, a “balbucear el misterio”

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