Sobre novela y libertad

Al recibir el Premio Jerusalén el escritor inglés Ian McEwan ofreció un discurso de recepción, publicado en la última edición de Letras Libres, en el que habló de la novela como una forma literaria que proviene de y promueve el laicismo, pluralismo, la libertad individual, la empatía y el respeto del otro. Abordó el conflicto entre Palestina e Israel; criticó el radicalismo nihilista de Hamás pero insistió en lo brutal del expolio diario que padecen los palestinos. Entre otras cosas, McEwan dijo:

La tradición de la novela en la que trabajo tiene sus raíces en las energías laicas de la Ilustración europea, durante la cual la condición privada y social del individuo comenzó a recibir la atención sostenida de los filósofos. Emergió una clase creciente y relativamente privilegiada de lectores que tenían tiempo de reflexionar no solo sobre la sociedad sino también sobre sus relaciones íntimas, y que descubrieron que las novelas reflejaban y extendían sus preocupaciones. En la obra de Swift y Defoe se examinaba moralmente a los individuos, y sus sociedades se satirizaban o juzgaban a través de viajes fantásticos o basados en historias reales; en Richardson quizá tengamos el primer relato sostenido y minucioso de la conciencia individual; Fielding otorgaba a los individuos visiones panópticas de una sociedad en el espíritu de una comedia benigna e inclusiva; finalmente, la joya de la corona: en Jane Austen el destino de los individuos se relataba a través de una nueva forma de narración, transmitida a las siguientes generaciones de novelistas: el estilo indirecto libre, una técnica que permitía que una tercera persona objetiva se mezclara con un tono subjetivo, y que dejaba al personaje –el individuo de la novela– más espacio para crecer. En los siglos xix y xx, la obra de maestros como Charles Dickens, George Eliot, James Joyce y Virginia Woolf refinó la ilusión literaria del personaje y la representación de la conciencia, y el resultado es que la novela se ha convertido en nuestro mejor y más sensible medio para explorar la libertad del individuo. Y a menudo esas exploraciones muestran lo que ocurre cuando nos niegan esa libertad.
Esta tradición de la novela es fundamentalmente laica: coincidencia o maquinaciones humanas, no Dios, órdenes ni destinos. Es una forma plural, clemente, profundamente curiosa por las mentes de los demás, por lo que significa ser otra persona. En sus personajes centrales, altos o bajos, ricos o desdichados, logra, a través de una especie de atención y enfoque autoriales divinos, transmitir un respeto por el individuo.
La tradición inglesa es solo una entre muchas, pero está íntimamente conectada con todas las demás. Hablamos de una tradición judía de la novela, una tradición vasta y compleja, pero unida por temas comunes: una actitud ocasionalmente irónica hacia un dios; la aceptación de una comedia metafísica subyacente y sobre todo, en un mundo de sufrimiento y opresión, una profunda compasión por el individuo como víctima; finalmente, la determinación de garantizar a los oprimidos el respeto que la ficción puede conferir cuando ilumina la vida interior. Encontramos esos elementos en las alegorías existenciales de En la colonia penal y El proceso de Kafka; en la tristeza y la belleza de Bruno Schulz; en las obras con las que Primo Levi mostró una voz individual en medio de la pesadilla de la Shoah, esa crueldad industrializada que siempre será la medida definitiva de la depravación humana, de lo bajo que podemos caer; en la ficción de Isaac Bashevis Singer, que confirió dignidad a las precarias vidas de los inmigrantes; en distintos términos, encontramos un tema paralelo en Saul Bellow, cuyos angustiados héroes intelectuales luchan en vano por prosperar en una cultura ruidosa y materialista. Siempre, la víctima, el extranjero, el enemigo y el marginado, el rostro en la multitud, se convierte en un ser completamente desarrollado gracias al polvo mágico de la ficción, una materia cuya receta es un secreto a voces: plena atención al detalle, la empatía, el respeto

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