El atentado

Se requirió poco más de un siglo para que la pluma de un escritor rescatara del olvido oficial la trágica hazaña de Arnulfo Arroyo. En la novela Expediente del atentado (2007) Álvaro Uribe recreó con gran fortuna la anécdota del fallido atentado contra el ex presidente de México, Porfirio Díaz, que encontró en uno de los diarios del escritor y diplomático mexicano, Federico Gamboa, autor de Santa (1903) y personaje (F.G.) fundamental en la novela.

El 16 de septiembre de 1897, como a las 9:30 de la mañana, un sujeto ebrio, sucio y desarrapado se abalanzó contra el General Porfirio Díaz y le dio un fuerte golpe en la nuca. Quería matarlo porque lo odiaba profundamente. ¡Muera el dictador!, alcanzó a gritar apenas perceptiblemente, como si el miedo y la confusión hubieran ahogado de pronto el sonido de la rabia. Era la fiesta de la independencia en la Alameda central de la ciudad de México y el frustrado magnicida era Arnulfo Arroyo.

Con un estilo impecable, Álvaro Uribe nos presenta al pasante en Derecho Arnulfo Arroyo: culto, megalómano como Raskolnikov, dogmático, devoto de sus demonios y alcohólico. Deseó que, “al menos en ese instante definitivo [del atentado], su vida cobrara sentido. Para que su existencia adquiriera aunque fuese la dignidad de un final trágico”. ¡Pero falló! Y ni siquiera el honor de ser asesinado por el tirano. Pues el astuto General Díaz, con apenas un ademán, suspendió cualquier movimiento y ordenó: “Que no se le haga nada a este hombre. Cuídenlo. Ya pertenece a la justicia”. Al olvido pues, al silencio, al embudo asfixiante de la burocracia judicial, a los fatuos y manidos “caiga quien caiga” y “todo el peso de la ley a los responsables”.

Este incidente histórico ha sido llevado al cine por Jorge Fons en El atentado, quien además tomó como base la propia novela de Uribe. En nexos, el crítico David Miklos nos habla de los aciertos de este filme:

Son varios los aciertos que hacen de El atentado una obra lograda y que, si se promociona bien, podría no sólo recuperar su inversión sino devengar utilidades; he aquí tres, acaso los más sobresalientes: en primero, el guión escrito por Fernando Javier León Rodríguez, todo un portento de la traslación literario-fílmica —es notable la añadidura de una serie de escenas de teatro de carpa que salpimentan la trama y el argumento originales, muy parecidas como recurso a las partidas de dominó que se juegan entre los episodios de El callejón de los milagros—; en segundo, el reparto y la dirección actoral —por fin vemos a José María Yazpik y a José María de Tavira en sendos papeles cuyo desempeño no sólo es creíble sino excepcional; muy agraciados también son el tratamiento de Díaz en la piel de Arturo Beristáin, la Cordelia de Irene Azuela y el Eduardo de Julio Bracho—, y, en tercero, la recreación de una época y un ánimo que, como ya se dijo, es muy parecido al de los días que corren.

La manera en la que Fons malabarea los elementos anteriores habla de un director mexicano que, entertainer y auteur a la vez, ha sabido descifrar las demandas tanto de un mercado como de un público (al menos es lo que uno podría esperar), además de que es un creador original y cuya sensibilidad lo hace desmarcarse del resto (sobre todo de aquellos que han sido endiosados por la crítica internacional y no han hecho más que sumarse a las voraces demanda y oferta hollywoodenses o del circuito internacional de “cine de arte”). Palabras más, palabras menos, baste con decir que El atentado es una lección consumada de buen cine.

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