Dos mujeres en Irán

El verano del año pasado una muchacha iraní de 23 años, Neda, recibió un disparo que la mató mientras protestaba en contra de las elecciones presidenciales que consideraba fraudulentas. Un año después, la situación de otra mujer iraní volvió a captar la atención mundial: Sakineh Mohammadi Ashtiani, una mujer de 43 años y madre de dos hijos (quien ya en 2006 había sido condenada a 99 latigazos por tener “relaciones ilícitas” con dos hombres), fue sentenciada a morir por lapidación, es decir a pedradas, por cometer adulterio.

Sobre estos crímenes infames que atentan contra la libertad y la igualdad, sobre estas violaciones sistemáticas contra los derechos humanos de las mujeres, la narradora Azar Nafisi escribió un texto, traducido por la revista Letras Libres, en el que explora y reivindica las luchas llevadas a cabo por las mujeres en Irán, una cuestión que no es sólo política sino existencial, de sobrevivencia a un sistema que las reprime y mutila (varias partes del cuerpo, incluido el clítoris), pero también de empatía con aquello que define universalmente a la humanidad. Los derechos fundamentales, al contrario de lo que piensan algunos jerarcas iraníes, no son una “entidad occidental”, sino el fruto de la sensibilidad e inteligencia humanas de todo el orbe.

Escribe Nafisi:

Al igual que otros millones de personas que participaron en las protestas, la desobediencia practicada por Neda no era solo política sino existencial: tomó las calles para unirse a las protestas a pesar de las preocupaciones de sus padres, a pesar de los ruegos de su madre, porque le parecía que se había cometido una injusticia con la voluntad del electorado y tal injusticia no podía tolerarse. En todos sus actos de rebeldía, Neda, como muchas otras mujeres jóvenes en Irán, buscó a sus modelos no solo en el imaginario occidental, sino en su propio pasado y el de su país: figuras como la de su madre, su abuela y su bisabuela, mujeres que pelearon por sus derechos y por una sociedad abierta y democrática en Irán desde mediados del siglo xix, mujeres que ayudaron a iniciar la Revolución Constitucional al inicio del siglo xx, la primera de su tipo en Asia.

Las protestas durante el verano de 2009, y la trágica y repentina muerte de Neda hicieron que el mundo se fijara en las verdaderas voces de Irán, esas voces que durante más de treinta años han sido silenciadas y obligadas a existir en la clandestinidad. Durante más de tres décadas la República Islámica impuso las leyes más represivas sobre sus ciudadanos; asesinatos, torturas y arrestos arbitrarios formaron parte cotidiana e integral de su manera de gobernar; hombres y mujeres eran lapidados y ahorcados por cometer ofensas sexuales.

Durante el verano de 2009, súbitamente, esta situación se revirtió. Aquellos millones que tomaron las calles de Teherán contradecían los estereotipos y las definiciones acerca de la sociedad iraní. Sin duda lo primero que captó la atención fueron las imágenes de las mujeres iraníes al frente de las marchas. Estas mujeres tienen historias personales muy distintas: jóvenes y viejas, modernas y conservadoras, religiosas y seculares. Sin embargo, todas formaban un frente unido de cara un régimen tiránico. Quedó claro que las leyes que limitan los derechos de las mujeres no le interesan ni a la mujer ortodoxa y religiosa, ni a la secular y moderna; que ambas mujeres están más unidas entre sí en la lucha por ampliar sus derechos que en apoyar al gobierno que decretó esas leyes. Las mujeres, una vez más, eran los canarios en la mina, el rasero a partir del cual se puede medir el grado de libertad dentro de una sociedad.

Ahora, un año después de la trágica muerte de Neda, la imagen de Sakineh Mohammadi Ashtiani ha capturado los corazones y las mentes de muchos individuos en distintas partes del mundo. Sakineh es muy distinta de Neda: pertenece a una generación mayor y viene de un entorno más tradicional; no era ni una rebelde ni una activista política, y la razón por la que fue condenada a muerte no tiene conexión alguna con las circunstancias en las que Neda fue asesinada. Por todo lo que sabemos, su vida y sus aspiraciones eran muy distintas de las de Neda, sin embargo ambas tienen mucho en común con las víctimas de las leyes regresivas y opresivas para las mujeres impuestas por la República Islámica.

Ante las campañas y las protestas alrededor del mundo, el régimen iraní se ha retractado un poco, aduciendo que no llevará a término la sentencia de muerte por lapidación contra Sakineh, pero que no descarta ejecutarla por otros medios. La pregunta es, ¿alguien sería más feliz si la señora Ashtiani es ahorcada y no lapidada? La vacilación del régimen es una buena noticia y nos debe alentar para perseverar en nuestra exigencia de la exoneración inmediata de Ashtiani. Existe, sin embargo, el peligro de que se le imputen cargos fabricados para justificar su sentencia y que su defensa sea caricaturizada como una conjura de Occidente contra Irán y contra el islam.

El jefe judicial iraní ha dicho en Azerbaiyán que la “propaganda de los medios occidentales” no impedirá la ejecución de Sakineh. Mohammad Javad Larijani, el líder del Alto Consejo iraní para los Derechos Humanos, al tiempo que ataca la campaña internacional por la liberación de Sakineh, defiende la lapidación como parte de la Constitución de la República Islámica y condena lo que él llama “la fijación” de Occidente con la “ejecución por lapidación, el hiyab y las leyes islámicas de herencia”. Dijo, además, que “ellos están siempre en contra de cualquier cosa que se parezca a una ley religiosa”.

Este es quizá un buen momento para preguntarle al señor Larijani y a los apologistas del régimen islámico en Irán quién está más en contra del islam, si aquellos que desprecian estas leyes o quienes definen al islam en términos de poligamia, matrimonios forzados de mujeres menores de edad, lapidaciones, latigazos para mujeres en “relaciones ilícitas” y por desobedecer las leyes del velo obligatorio. ¿Condenar a una mujer a 99 latigazos por considerar que mantiene una “relación ilícita”, o dar 86 latigazos a otra por no usar el obligatorio velo adecuado representan bien la esencia de Irán y del islam? ¿Son un buen reflejo de la antigua historia y cultura de un país, su diversidad étnica y religiosa, sus siglos de poesía, filosofía y las décadas de lucha por parte de sus clérigos progresistas, intelectuales y mujeres iraníes en pos de una sociedad democrática y abierta? ¿Cuando él y otros oficiales del régimen llaman “entidad occidental” a los derechos humanos, están queriendo decir que los ciudadanos iraníes tienen menos disposición a la diversidad, a la autodeterminación y a la libertad de expresión que, digamos, los europeos y los estadounidenses?

La cuestión para quienes objetamos este tipo de leyes no solo es política sino también existencial, como en el caso de Darfur, Sudáfrica, Bosnia y tantos otros lugares de nuestra historia reciente. Tolerar estas instancias de brutalidad significa ser seres humanos inferiores. Al defender los derechos de Sakineh Mohammadi Ashtiani, y tantos otros encarcelados en prisiones iraníes, estamos defendiendo nuestros propios derechos y nuestra propia integridad. Hace algunos años, cuando Shirin Ebadi escribió al saber que había ganado el Premio Nobel de la Paz que ella era una musulmana y al mismo tiempo una creyente en los derechos humanos, yo escribí que apoyar los derechos humanos no es un acto filantrópico, sino una acción esencialmente pragmática: defender el derecho de los otros a la libertad y la autodeterminación significa garantizar tus propios derechos. Quiero reiterar eso y preguntar: las valientes mujeres en Irán hoy, ¿no están reafirmando la lucha universal de las mujeres por sus derechos a lo largo de los siglos?

Defendemos a Sakineh por empatía, por ese deseo de conectar con los demás. Y por esta empatía, porque su causa es la nuestra, si es que se le libera no podemos olvidar que seguirá habiendo brutalidades como esta mientras sigan existiendo regímenes retrógrados y leyes represivas. En este momento ya hay doce mujeres y tres hombres esperando ser lapidados en Irán. Muchos más han sido torturados y ejecutados y otros están en peligro de serlo por razones políticas. La campaña no terminará hasta que estas leyes atroces sean eliminadas; siempre que exista una ley así, existe la posibilidad de que sea aplicada a alguna otra víctima.

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