La biblioteca de Alí Chumacero

El escritor Sergio Ramírez nos ofrece una crónica de su visita a la biblioteca de Alí Chumacero (1918-2010): un lugar desbordado por los libros, el hogar de un poeta, editor, crítico; la casa de un intelectual. Leemos en La biblioteca infinita:

Los hijos del poeta Alí Chumacero me han invitado a visitar la casa donde vivió, en la calle Gelati de San Miguel Chapultepec. La cita es a la siete de la noche, pero he llegado tarde porque el conductor se ha perdido en este barrio que parece tan provinciano y antiguo, rodeado por el tráfago cada vez más denso de la infinita ciudad de México, un barrio de ayer donde las calles llevan el nombre de héroes militares. Héctor Aguilar Camín, quien vive por aquí cerca, ha escrito un cuento sobre el fantasma impenitente del coronel Gregorio Vicente Gelati, caído en 1847 en la batalla librada en Molino del Rey, paraje que no queda lejos, contra las tropas interventoras de Estados Unidos.

Alí Chumacero murió apenas el año pasado, a los 92 años de edad. Fue un poeta relevante, crítico literario y editor, ligado por décadas al Fondo de Cultura Económica, y aunque él consideraba hermética su poesía, de minorías, su obra literaria y cultural le hizo merecedor de múltiples premios y homenajes, uno de ellos que al cumplir 90 años le dedicaran un sorteo de la Lotería Nacional, con su efigie impresa en los billetes.

Esta visita a su casa tiene para mí el significado de una peregrinación a un santuario cuyas puertas sólo se abren de vez en cuando. Al fin el conductor ha podido encontrar la calle, y Guillermo Chumacero y su esposa Marcela me esperan en la acera para conducirme entre las sombras del jardín hacia el corredor lateral donde se halla la puerta. Cuando entramos, van encendiendo luces. Más tarde llegarán María y su esposo Gabriel, hijo del novelista Agustín Yáñez, quienes viven cercanamente.

En el salón principal nos recibe el silencio, y el olor a papel viejo de la multitud de libros que forran las cuatro paredes parece dar un color invisible al aire estancado. Las casas vacías que siguen viviendo solas me llenan siempre de desasosiego, una vaga inquietud por lo finito que la muerte convierte en infinito, el vacío del vacío. Los dueños se han ido. Lourdes, la esposa, primero, Alí después, y no volverán nunca, pero cada objeto se halla en su lugar, como si la vida doméstica fuese a proseguir. Los libros siguen tal como Alí quiso que estuvieran, en su lugar preciso, bajo ese código de colocación que sólo el dueño de su propia biblioteca conoce; el sofá, los sillones, que esperan por las visitas. La mesa de trabajo del poeta, la máquina de escribir de teclas mudas. Los estantes llegan hasta el techo, muchos de los libros forrados en tafilete, obra esmerada de encuadernadores artesanales.

Pero también hay libros en los demás salones, en un entrepiso, en los pasillos, en la cocina donde un canasto con cebollas cuelga del techo. Los habrá seguramente en el segundo piso, más allá de la escalera que ya no recoge ningún paso en la casa que se ha quedado sin ecos. Y en los espacios de las paredes donde no hay libros, numerosas pinturas y dibujos, regalo de los amigos. Los inconfundibles cuadros de Mérida, un dibujo de Diego Rivera, otro de Cuevas

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