La utilidad de las humanidades

“Las humanidades no solamente son enseñanza intelectual y placer estético, sino también fuente de disciplina moral”. Con tal claridad hablaba, en 1908, Pedro Henríquez Ureña, ilustre miembro de uno de los grupos que mayor influencia ha tenido en la cultura de México: el Ateneo de la Juventud. Era la época de una pax porfiriana a punto de desmoronarse por la revuelta social. En esa tormenta, Vasconcelos, Alfonso Reyes, Henríquez Ureña, Antonio Caso, entre otros jóvenes del Ateneo, decidieron participar en la revolución mexicana con el capital más importante que poseían: el estudio y la crítica; aportando su propia revolución: la de la cultura. Se trataba de abrir nuevas vías, aprovechar el río revuelto. Y lo hicieron: restauraron la otra República, la de las letras. El programa no era sencillo, pero sí impostergable. Había que defender y reivindicar las humanidades (literatura, filosofía, filología, música, arte en general, etc.) frente al llamado conocimiento “útil” de la época. Hacer pequeños o grandes agujeros a la capa de un positivismo científico que los asfixiaba. Era una revolución dentro de otra. Un movimiento armado de ideas. Frente a Comte, hubo de oponerse a Schopenhauer y a Nietzsche.

A pesar de la distancia, aquella opresión intelectual que padecieron los ateneístas vuelve a sentirse en la actualidad con mucho más fuerza. Cada día se organizan seminarios, encuentros, donde se rinde culto al conocimiento útil, “el que sirve para algo”, “el que me enseña a hacer cosas concretas”, “el que da dinero”, que más bien llamaría yo utilitario. Se difunde la idea de que estudiar humanidades es aceptar anticipadamente el exilio del desempleo. Según algunos, acicateados por su abrumadora ignorancia, el sector productivo ya no requiere (ni quiere) filósofos, sociólogos, historiadores, literatos, antropólogos, músicos, etc., sino ingenieros. Por ende, hay que ser cuidadosos y observar lo que demanda el señor mercado para sujetar a él nuestra vocación.

Recuerdo que el periodista Andrés Oppenheimer dijo alguna vez estar sorprendido al saber que aún se estudiaban los libros de Marx en la escuela de economía de la UNAM, cuando en las escuelas de los países ricos esas teorías ya fueron, según él, olvidadas. Es una posición extremista y dogmática, pues el problema no es leer a Marx (gran pensador y teórico), sino sólo leerlo a él; esto sí sería en verdad contrario a los fines de una universidad. Otros ideólogos de la técnica y la ganancia, adoradores de la mercancía, han sostenido que la pobreza de los países subdesarrollados se debe a que han apostado su crecimiento y competitividad a las premodernas carreras humanísticas y no a aquellas que son productivas e innovadoras, según el último grito del mercado. El tufillo conservador, además del eminentemente mercantil, que despiden estas afirmaciones no requiere mayor explicación: son un disparate.

Si el sector productivo no solicita filósofos, no es culpa de las humanidades sino de la ignorancia de aquél: un filósofo podría servir incluso para elaborar el código de ética de una empresa o para conducir un proceso que va de las ideas a la producción, siempre en libre diálogo con los técnicos. Un sociólogo, para estudiar el comportamiento de los consumidores, los clientes, proveedores. En lugar de buscar chivos expiatorios, los tecnócratas (que de eso presumen) deberían diseñar políticas públicas para generar empleos o, al menos, no acabar con los que había, teniendo en cuenta la calidad y no solo la cantidad. Más que eliminar las humanidades de las escuelas y universidades o invitar a los jóvenes a que no las estudien, como quiere el homo economicus o ignorantis, es necesario diversificar la oferta de carreras. Quizás promover con mayor entusiasmo la informática, la electrónica, la biotecnología, pero jamás quitar el dedo del renglón de las humanidades, pues estas, a partir del juego, la creatividad, la belleza y la más amplia libertad, sin objetivos puramente utilitaristas, nos empujan a ser autónomos. Y menos cuando somos una sociedad cada vez más apática, indiferente y lastimada por la violencia.

Vincular la empresa con la universidad es recomendable, siempre y cuando la primera no se trague a la segunda. La ciencia, la adquisición del conocimiento y la apreciación artística tienen su autonomía como el mercado quizá la suya. La vocación es un emplazamiento para el alma que no debiera depender de las posibilidades inmediatas de encontrar trabajo. Si nuestros gobernantes, empresarios y líderes de la sociedad no valoran o no entienden la utilidad de la ética, la filosofía, la historia, la literatura, las artes y tantas otras disciplinas afines, una utilidad que no puede tasarse por la cantidad de rentas que genere, no es responsabilidad de las humanidades, sino de quienes confunden el conocimiento, la creación artística, con una máquina de hacer dinero; aquellos que han olvidado lo esencial: las humanidades, el pensamiento crítico, la reflexión, la belleza y la imaginación hacen mucho más habitable el mundo. Como bien lo expresa Nuccio Ordine en su manifiesto La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013): “No tenemos […] conciencia de que la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo.”

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