Una metáfora de la vida

Quisiera comenzar con una cuestión que planteó, en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el gran escritor e historiador de la lectura, Alberto Manguel, al inicio de la presentación de la última novela del escritor mexicano, y amigo de Manguel, Alberto Ruy Sánchez. El ensayista argentino se refirió a lo que llamó “un aspecto un poco duro” de la lectura, de la lectura profunda y honesta cuando se trata de leer y luego presentar el libro de un amigo. Uno no puede leer por amistad; o en su defecto, la amistad debe trabarse, gracias a la magia de la lectura, con el libro, no con la persona. Uno debe intentar leer ese libro escrito por un amigo como si fuese de un autor anónimo. Hay que olvidar la amistad y encerrarse a solas con el libro.

Comienzo con estas palabras porque me unen a Miguel Tapia no sólo la amistad sino un profundo agradecimiento. Hace ya nueve años, en invierno, padeciendo una temperatura de 1º C, visitaba yo la ciudad de París en calidad de turista y flâneur y fue en el departamento que por entonces alquilaba Miguel donde me refugié una semana del frío. Como pueden ahora entender, estoy muy agradecido con nuestro escritor por ese gesto de pura solidaridad y camaradería, que mucho ayuda cuando uno está lejos de su tierra. Entonces, ¿será posible olvidar la amistad y leer el libro de miguel Tapia como si de un autor desconocido para mí se tratara? Alberto Manguel respondería que sí. Yo todavía no estoy tan seguro, pero diría: hagamos a un lado al amigo y dejémonos impulsar por la lectura de su libro.

Con el riesgo siempre de simplificar la historia, Los ríos errantes (Era, 2017), la primera novela de Miguel Tapia, luego de publicar su libro de relatos Señor de señores y Los caimanes (Almadía, 2010), cuenta la historia o andanzas de un joven norteño, el Tona, fugitivo de la universidad, presunto vendedor de las empanadas y galletas que hace su madre (y digo presunto porque nunca lo vemos vender o entregar dicha repostería; como un aviador de gobierno: ostenta el cargo pero no trabaja), adicto a las entrevistas de trabajo que no se concretan, inexperto mujeriego, bebedor y, pronto nos enteramos, muy mala copa, un individuo impulsivo, de mecha corta, que parece haber sido diseñado para meterse en problemas. Un gandul de tiempo completo. Y sin embargo, un alma buena; o eso dicen sus amigos.

El Tona que vive con Amelia, su madre, en una casa cuyo patio linda con la ribera del río, río que en su chapoteo, en su rumor de agua, concentra la vida familiar: la de los antepasados, la infancia, los sueños, el fracaso amoroso de los padres del Tona y su inevitable separación, una familia que solía caminar entre la humedad y los árboles de la ribera para de algún modo acallar o escapar del ruido constante de las avenidas ahora pavimentadas. “Todo crecía alrededor”, narra el protagonista, “y encima de aquel pequeño reducto intocable que se iba quedando de lado, permanecía lodoso y hediondo.” Concluía una época: parecía que una ciudad se levantaba encima de la otra. Dragaron los ríos, cambiaron de color sus aguas, la vitalidad de su corriente se apagó, la ribera cedió su lugar al relleno de tierra y al pavimento. Como se lee al final de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco: “Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país”. El barrio de Amelia y su hijo se había quedado como felizmente al margen, como una extraña fortificación que resistía con nostalgia frente a un río que se alejaba cada vez más y se transformaba en un recipiente de basura y de muertos. Cuenta el Tona:

[…] Sólo en las tardes, cuando Amelia abría el ventanal de par en par, la pieza [la casa] recobraba el esplendor de décadas atrás; ahora que el barrio había perdido el atractivo de antaño, el río y sus humores eran de nuevo recibidos con gusto. La afición de la ciudad por el asfalto, el aire acondicionado, las grandes vías y los centros comerciales había condenado la zona a una especie de céntrica periferia, rodeada de tantas vías y tanto ajetreo que se había vuelto invisible. El río y sus contornos habían dejado de ser el hilo conductor de la vida local para convertirse en un resquicio infecto, una grieta que todos parecían querer colmar con basura, una larga cicatriz indecorosa sobre la cual sólo cabía construir puentes desde los que fuera imposible mirar el fondo.

Otro personaje que resulta afortunado en esta novela, porque contrasta eficazmente con la personalidad inquieta y exasperada del protagonista, es el de Amelia, una mujer observadora, meditabunda, solitaria, misteriosa, melancólica y de una lucidez que sólo brinda la serenidad del reiterado ensueño y los recuerdos. Es ella, me parece, quien con su ejemplo, enseña a su hijo los placeres del ocaso, el arte de contemplar los atardeceres junto al río mientras la noche avanza y desciende a hurtadillas, cubriendo con su sombra las ramas, los árboles y las fachadas de las casas. El Tona se admira:

[…] volvió a concentrarse en mirar la ribera coloreada por el ocaso, allá al fondo del patio. […] Amelia era capaz de seguir la secuencia de desaparición de las matas: el guayabo primero, el naranjo y los arbustos después. El limón, el arrayán, y por fin las macetas junto a la ventana. Nunca pude concentrarme el tiempo suficiente para comprobar ese orden. Con suerte, mientras miraba distraído hacia el exterior, notaba de pronto cómo el guayabo o el mango desaparecían de mi campo visual. Recordaba entonces con claridad la imagen que habían dejado en mi retina, como una reverberación causada no por el sol sino por la brusca oscuridad de la noche junto al río. Amelia me dijo una vez, en medio de la penumbra, que lo mismo sucede con lo que perdemos en la vida.

Gracias a esas tardes con su madre, será posible leer, muchas páginas más adelante, al desempleado hiperactivo del Tona relatar, inspirado, un atardecer junto a la chica de sus sueños y causante de su posterior locura:

Volvimos cuando el sol hacía enrojecer las nubes sobre el pacífico. Me ofrecí a tomar el volante. En el trayecto ella se fue callando junto con el día. De vuelta en la ciudad, fuimos directamente a lo alto del cerro de la iglesia, adonde ella me había llevado un par de ocasiones. El cassette había terminado, le pedí que pusiera algo de Creedence, pero ella dejó que el silencio llenara el vacío. Del valle sembrado de motas titilantes se levantaba una calma envolvente, una nube de noche evaporada al contacto con la tierra caliente.

Nuestro protagonista convertido en poeta.

Puede decirse que Los ríos errantes, como se afirma en la cuarta de forros, es una novela de aprendizaje, esto es, un relato acerca de la educación o el progreso moral o espiritual de su protagonista, al que seguimos durante toda la novela en su obstinada persecución de Tania Romo, una joven hermosa, de incierta fama lectora y cinéfila, atleta, caprichosa, nalgas robustas e imponentes, mariguana, de un erotismo esquivo y autoritario, una amenaza en sí misma que sólo el Tona no pudo prever. La historia se va desarrollando entre el calor y la humedad, entre recuerdos de una adolescencia y una ciudad ya difuminadas, en una atmósfera festiva, con días y noches de cerveza, devaneos con mujeres, historia en la que también asoman los negros rostros de la prepotencia y el abuso de autoridad, los rumores del narco, la violencia y el crimen, la imposibilidad del amor o el engaño amoroso, que son también parte del aprendizaje o de la desventura de crecer.

El teórico rumano de la literatura Thomas Pavel afirma, con toda razón, que “el acierto de una obra narrativa –su belleza, se habría dicho no hace mucho— surge de la convergencia entre el universo ficticio representado y los procedimientos formales que se utilizan para evocarlo.” En ese sentido, buena parte del acierto de la novela Los ríos errantes radica no sólo en el universo familiar y urbano que Miguel Tapia logra construir con su imaginación y su memoria –creando un entorno que a los del norte nos es conocido pero al mismo tiempo dotando de ciertos rasgos y manías a sus personajes, conflictuándolos, que los hace difícil de olvidar: el Tona, Amelia, Tania Romo, Camilo, el Chuy, por mencionar los que a mí me atraparon—, sino en la manera en la cual está contada, con sutileza, otra de las formas de la inteligencia que impide, por fortuna, que esta novela naufrague en esa marea de clichés que alguna vez atribuyeron los críticos, en ocasiones con justicia, a la literatura del norte. Aquí la violencia no es explícita, sino un rumor distante pero siempre presente.

Si bien el estilo en esta novela es mayormente llano, natural y fluido como la buena conversación, en diferentes momentos de la narración destaca el lenguaje por su vivacidad, por su sonido, por su construcción poética y su sensualidad:

[Tania] se estiró y deshizo la cola de cabello. La melena coronó su garbo, la autoridad desde la que tejía su elocuencia. Yo escuchaba fascinado, trataba de conectar algún comentario, pero me perdía sin remedio en el trazo mental de caminos que llevaran hasta su dedo gordo, hasta el brillo esporádico de su pantorrilla, hasta esa risa que, entre exabruptos y reclamos sin destino, lograba reaparecer por momentos, ligera y generosa. Temí que dejara de hablar, que renunciara a mantener vivo el momento. Tal vez por eso estiré la mano y la coloqué sobre su empeine. Ella no calló, pero sentí que sus ojos fijaban mis dedos trémulos […] me tomó por la muñeca y tiró de mí. Metió la lengua en mi boca, la llenó de una marea ávida, agria y dulce. Como una inundación, una corriente salvaje abandonada a sí misma.

Con estos ejemplos he querido resaltar el trabajo esmerado de Miguel Tapia con el lenguaje (tarea principal de todo escritor), que en esta obra es poderoso y sugerente.

Hay otra cosa que debe subrayarse de Los ríos errantes: su narración disruptiva o fragmentaria del tiempo, sin que esto afecte la solidez de la trama ni mucho menos la comprensión de la novela: que busca retratar a su protagonista en sus apuros para habitar el mundo. No sólo comienza por el final y termina por el principio, sino que el desarrollo de la historia se compone de breves episodios o escenas resumidas que corresponden al tiempo presente del joven narrador universitario, pero también, sin aviso explícito para el lector, a los tiempos de esa ciudad que dejó de existir y que sólo por la fuerza de los recuerdos es posible rememorar. Así, gracias a la hábil imbricación de los tiempos y los diferentes hilos narrativos que sostienen toda la historia, una vez que se ha comenzado la lectura, me pasó a mí, es difícil abandonarla. Necesitaba yo conocer el destino del Tona y encontrar, junto con él, a Tania, esa belleza fantasmagórica.

“Narrar”, dice el crítico inglés Terry Eagleton, “es una empresa absurda. Es un intento de plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto. Por consiguiente, es lenguaje en estado puro.” Partiendo de esta premisa, de repente parece impreciso y reduccionista clasificar Los ríos errantes como una novela de aprendizaje, pues a pesar de que intrínsecamente toda narración, como la realidad, está condenada a la discontinuidad, la novela de aprendizaje quiere relatar un progreso educativo y sentimental de su protagonista, y no es lo que ocurre, al menos no completamente, en la novela de Miguel Tapia. Desde mi perspectiva, si bien hay una búsqueda, un aprendizaje contado por el propio narrador y protagonista, también se narra una permanente fuga, un fracaso en seguir los caminos que parecían trazados y, en todo caso, lo descubrirán ustedes en la novela, una regresión. Una vuelta al origen.

Los ríos errantes, prefiero pensar, es una metáfora de la vida, una lectura sobre el mundo que nos ofrece su autor y que descansa en el fluir de las aguas del río como reflejo de nuestras vidas. La mayoría nos acomodamos en la corriente, en la resignación, cruzamos los brazos y nos dejamos llevar; otros, intentan salir del río; otros más se oponen a la corriente e intentan remontarla toda su vida, sin que muchos logren moverse del mismo lugar; muchos, pocos, no lo sabemos, mueren en silencio. La vida es lucha, rara vez lo que habíamos imaginado. En palabras del narrador:

No la carrera que habíamos planeado, encauzada con horarios y espaldas numeradas, sino la otra, la real y caótica, la huida sin sentido que al avanzar me lleva neciamente atrás, de vuelta al principio. La corriente que desde entonces me arrastra, entre afluentes y remolinos, y me obliga a recorrerla aguas arriba, pisando en los recuerdos como sobre piedras firmes entre los rápidos.

Al final, no sé si pude olvidar al amigo y concentrarme sólo en el libro, pero traté de compartir con honestidad lo que hallé en esta novela: ejercicio ingenioso de la memoria y, reitero, metáfora de la vida. Si la amistad no es un proceso sino un instante, como dice el poeta, Miguel me ha regalado con su amistad, y ahora sobre todo con su primera novela, instantes notables como lector.

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