La novela inconclusa de Bernardino Casablanca

Mi primer encuentro literario con César López Cuadras, de lector a autor, hace ya como diez años, ocurrió por medio de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, cuya tercera edición de 2007, publicada por Ediciones Arlequín en su atinada colección El Gran Padrote, conseguí casi de milagro en una librería de esta ciudad. Cuando uno regresa a esta que fue la primera novela de nuestro autor, después de haber leído toda su obra, sorprende que ya están ahí las virtudes y virtuosismos narrativos que más admiramos sus lectores. Y de los que espero hablar esta noche.

Desde las primeras líneas de esta novela, el lector se encontrará con el personaje del escritor norteamericano Truman Capote, autor de la famosa novela-reportaje A sangre fría (1966), quien decide escapar por unos días de Beverly Hills y de su amante en turno con el objetivo de venir a tierras sinaloenses y visitar, en la plenitud infernal de un día de agosto de 1975, a su amigo Narciso Capistrán, un treintañero prófugo de la facultad de letras a quien había conocido en Nueva York en condiciones de escritor famélico, pidiendo monedas para el pasaje, “rondando los imprecisos límites entre la pobreza y la indigencia”. Sin embargo, ahora que Capote lo reencuentra en Guasachi, Sinaloa (el mítico pueblo inventado por César), la nueva imagen de Narciso es la del sinaloense típico, según resume el narrador: “[…] una figura embarnecida y un paso firme y seguro. Sus jeans se ajustaban al cuerpo, y la media luna horizontal del cinturón contenía una modesta barriga cervecera, que le abría ligeramente la camisa a la altura del ombligo. Adornaba su cara pulcramente afeitada con un copioso bigote de ganadero.”

Con cincuenta y un años de edad y quizás agobiado aún por el suplicio de haber escrito A sangre fría, Truman Capote llega a Guasachi, Sinaloa, con la finalidad de divertirse, comer mariscos y conocer los cuartitos de cerveza Pacífico, obsesión nostálgica de Narciso durante su estancia en Nueva York y escudo cotidiano de los habitantes de Guasachi frente a las inclemencias del calor. Capote no quiere hablar de literatura y mucho menos de teoría literaria, pero Narciso, entre “órdenes de ostiones, callos de hacha, patas de mula, camarones e incontables tandas de cerveza”, le comparte su proyecto de novela: intenta reconstruir un misterioso asesinato ocurrido hacía unos meses en Guasachi. Bernardino Rentería, gloria regional y padrote precoz, tratante de blancas, dandi de pueblo, empresario exitoso de la vida disipada y dueño del burdel más concurrido de Guasachi, el Casablanca, había sido asesinado. Tenía muchos enemigos, decían en el pueblo, cualquiera pudo haberlo matado. Narciso Capistrán quería repetir el experimento literario realizado por su diminuto amigo gringo, sólo que el expediente aún no estaba resuelto. Ni podía estarlo.

En el estado de Kansas, Truman Capote tuvo acceso a los archivos policiales y expedientes judiciales del caso criminal que reconstruía con su pluma por encargo de la revista New Yorker, pudo conversar en diversas ocasiones con el agente asignado a la investigación, y entrevistar a la gente de Holcomb, pueblo en el que habían asesinado a una familia ejemplar. En el desarrollo de su trabajo, el escritor caminó al lado de un sistema policial y de justicia que, a su manera brutal, funcionaba: hubo una investigación seria que concluyó con la detención y posterior ahorcamiento de los asesinos. En esa reconstrucción del caso, además, el escritor estableció una valiosa proximidad con los jóvenes acusados del crimen y, a través de charlas e investigaciones, logró llevar a cabo, respecto de cada uno de ellos, retratos literarios quizá sin parangón en el periodismo policiaco, alejándose del estricto reportaje y acercándose mucho más al mundo de la novela.

En cambio, la suerte de Capistrán tenía que ser, fatalmente, otra. Con solo el rumor pueblerino, el chismorreo y los mitoteros insaciables de Guasachi era imposible escribir una obra documentada como la de su amigo, dado que en Guasachi las investigaciones de la policía no avanzan, se abandonan o se les da carpetazo. A Capistrán le estaba negado escribir una réplica sinaloense de A sangre fría pero no una pieza de pura ficción. “Solo tienes dos caminos:”, le dice Capote a su joven discípulo, “o esperas a que las investigaciones de la policía resuelvan el caso [cosa que no ocurrirá, lo sabemos nosotros y también Capistrán], y puedas así contar con mayores elementos o, a partir de lo que tienes, creas tu propia historia, lo que ya sería algo muy diferente a mi novela, aunque, quizá, más interesante, pues abres un amplio horizonte a la imaginación y a la creatividad.” En realidad, la única opción de Capistrán consistía en entregarse a la conjetura y la fabulación literaria. Sacudirse el peso y la ilusión de la verdad histórica de un caso que la policía y el ministerio público del pueblo jamás resolverían. En esa intersección entre la verdad y la invención radica la magia de toda ficción.

¿Cuál es el lugar de la verdad en todo esto, en la investigación periodística, en los procesos judiciales y, sobre todo, en la ficción? Sostiene Ricardo Piglia que “la ficción trabaja con la verdad para construir un discurso que no es ni verdadero ni falso. Que no pretende ser ni verdadero ni falso. Y en ese matiz indecidible entre la verdad y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción.” Desde mi perspectiva, esa pregunta esencial por el lugar de la verdad, lo que llamamos verdad, y su cruce impreciso, difuminado, con la ficción atraviesa la narrativa de César López Cuadras. La manera en que una colectividad construye, deconstruye y se relaciona con su verdad está en el centro de su obra. Cada una de sus novelas nos muestra la habilidad que puede llegar a tener una comunidad para tejer diferentes relatos y leyendas, muchas veces encontrados, acerca de un hecho, desvaneciendo los límites entre la ficción y la verdad. En uno de sus cuentos más memorables, El león que fue a misa de siete, asistimos a una descarada como divertida tergiversación periodística de los hechos, más propia de la invención literaria que del rigor objetivo.

Truman Capote se exaspera al ver a su amigo Narciso Capistrán más preocupado por la verdad que por la literatura:

Ve todo lo que tienes; todo lo que has reunido: dos asesinatos en los que se mezcla la pasión y el dinero, un tratante de blancas, una pareja de amantes, narcotraficantes, putas, policías y funcionarios corruptos, todo esto en un pueblo de borrachos que toman cerveza a destajo. ¿Qué más quieres? Ponte a trabajar con eso, y deja la verdad en paz; sobre todo cuando ni siquiera a la policía le interesa.

La verdad de la novela está en la imaginación. La realidad no fabrica novelas; las novelas, en cambio, inventan realidades literarias que no son más que formas de leer, interpretar y estar en el mundo. César López Cuadras, al igual que Capistrán, conoce inmejorablemente los compuestos de su objeto narrativo: la región del norte, sus registros de lenguaje, sus personajes típicos, la interminable fiesta de prostíbulos y cantinas, el béisbol, las drogas, la corrupción, el calor extremoso como elemento omnipresente y su antídoto más común por estas tierras: la cerveza en cantidades ingentes. Lo que para algunos críticos podrían ser clichés de la literatura del norte, en La novela inconclusa de Bernardino Casablanca son recursos que se articulan eficazmente en la invención y organización de un mundo y un espacio peculiares, con vida propia, el de Guasachi, Sinaloa.

Una de las virtudes más notables de esta primera novela, así como de toda la ficción de nuestro autor, radica en la construcción de sus personajes, en el ingenio de César para dibujar con una gran fuerza expresiva a sus personajes, ya sea con una breve descripción física o haciendo pausa en la narración para relatarnos toda una biografía como en el caso de Bernardino, acaso el personaje más redondo y complejo de la novela, el niño prieto y chamagoso de Las Tinajas, cerca de Badiraguato, cuya educación sentimental transcurrió entre putas y burdeles, cuya inteligencia práctica y arrojo lo convirtieron en leyenda, en el exitoso proveedor de placeres carnales para los habitantes de Guasachi. En esta obra no hay personaje importante que carezca de su historia, de su conflicto, moral o no, y de una caracterización que destaca por su economía y precisión de palabras. Parranderos, enamorados, narcotraficantes, profesores, curas de dudosa religiosidad, policías corruptos, mandaderos, estafadores, machos, padrotes, persignadas, rancheras y prostitutas pueblan el universo narrativo de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca.

Gracias a un plan finamente trazado y una fecunda imaginación –utilizando con dominio técnicas literarias como el diálogo, el monólogo narrado, el discurso epistolar, la canción popular, las alusiones bíblicas, literarias y cinematográficas, o figuras como la perífrasis y la ironía—, las acciones de los personajes, su discurso, su psicología, su idiosincrasia, se corresponden perfectamente con el desarrollo de la historia; de ahí la solidez, originalidad y coherencia de cada uno de ellos, tanto de los personajes principales como de los secundarios.

Y si bien lo apreciable de una historia depende, muchas veces, del hábil tratamiento técnico de sus personajes, en el caso de La novela inconclusa… se hace además con otro de los ingredientes característicos e inseparables de la ficción de César López Cuadras, como lo fue de Jorge Ibargüengoitia: el humor, una jovialidad a prueba de tragedias. Incluso cuando se pone dramático es divertido. “La intención del humor en la literatura”, apuntaba Julio Cortázar, es casi siempre desacralizar, echar hacia abajo una cierta importancia que algo pueda tener, cierto prestigio, cierto pedestal. El humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas.” En ese sentido profano, La novela inconclusa… desacraliza la verdad, las leyendas, lo maravilloso, las buenas costumbres, la rígida moral y los arquetipos sociales. Su sentido del humor, su agudo uso de la ironía en cada oración y en cada capítulo, son recursos a través de los cuales César López Cuadras ejerció también una crítica social y política, su hipótesis de lectura sobre el mundo.

Ante la fascinación de Narciso Capistrán por el rigor implacable con el que Truman Capote había escrito su novela basada en hechos reales, este le aconseja: “No le apuestes tanto al rigor, mejor procura divertirte cuando escribas.” Para fortuna de todos sus lectores, a eso, precisamente, le apostó César López Cuadras.

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