Subrayar las páginas de los libros

La revista TextoS publicó un artículo mío sobre ese vicio o manía que padezco de subrayar o anotar en las páginas de los libros. Les comparto unos fragmentos:

No recuerdo cuándo perdí el respeto a las páginas de los libros; si es que lo tuve alguna vez. Desde hace muchos años comencé a subrayar líneas, luego párrafos y hasta páginas completas mientras leía. También encerraba frases, abría corchetes o paréntesis, ponía signos de interrogación o admiración y otras tantas marcas que estropeaban el silencio y la tranquilidad de las letras allí impresas. A veces hasta reproducía en los márgenes de la página, por el puro placer de la repetición, una palabra, un enunciado, el disparo sordo de una idea o el párrafo entero si el espacio lo permitía. Empecé utilizando lápiz, únicamente. Más tarde empuñé la pluma y acribillé, sin distingos, ediciones baratas y de lujo, libros clásicos y no tan clásicos, libros buenos y también malos, libros propios y ajenos, libros comprados y hurtados, una novela o un libro de aforismos. Todo leía y subrayaba, como un ave de rapiña que planea sobre el vasto campo de la página y de pronto, al mirar a su presa, desciende para atraparla. El sólo hecho de blandir una pluma o un lápiz durante la lectura, en posición de ataque, modificaba la forma de mi lectura, mi acercamiento con el texto. Es el movimiento de un depredador, pero también el de alguien que contribuye a mantener, a su manera, la vitalidad de un libro.

Para George Steiner es esencial leer lápiz en mano, “hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: ‘¡Qué estupideces! ¡Vaya ideas!’ […] Es un diálogo vivo. Erasmo dijo: ‘El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído’.” Para mí, el acto de leer implicó desde muy temprano deslizar la punta de mi pluma debajo de las líneas hasta ir formando estelas de tinta, trayectos de lectura que dejaban constancia de un viaje y sus tesoros.

“El latín legere se deriva de una actividad física. Legere connota ‘escoger’, ‘reunir’, ‘cosechar’ o ‘recoger’” (Ivan Illich). Por eso no sorprende que para los eruditos y teólogos medievales Isidoro de Sevilla y Hugo de San Víctor el arte de leer se comparara con una expedición por los surcos de los que florecerá la semilla de las palabras y la sabiduría. Quien escribe nos ha dejado una tierra sembrada. Cuando leemos y subrayamos, cosechamos; recogemos activamente los frutos de cada línea del texto, resaltamos algún pensamiento, interrogamos ante una duda, nos enfurecemos frente a una estupidez o atrapamos –lanzando una red sobre ella— una frase memorable, “una línea más viva que la vida / como el borde de un cuerpo enamorado / o un pensamiento que se clava en su ser” (Roberto Juarroz). Subrayamos la vida con la vida, para decirlo con el poeta.

En un diálogo imaginado por Petrarca, en el Secretum meum, Agustín propone: “Cada vez que leas un libro y encuentres alguna frase maravillosa que te conmueve o deleite, no confíes en el poder de tu propia inteligencia, sino fuérzate a aprenderlas de memoria y a familiarizarte con ellas meditando sobre su contenido, de manera que cuando te sobrevenga una aflicción muy profunda, tengas el remedio preparado como si lo llevaras escrito en la mente. Cuando encuentres pasajes que te parezcan de provecho, señálalos con claridad, lo que tal vez te sirva para expresarlos en tu memoria, no sea que de lo contrario se te escapen volando.”

¡Señálalos con claridad!, nos aconseja Agustín acerca de pasajes y frases que deleitan y cultivan nuestro espíritu. El libro está ahí no para que lo respetemos y contemplemos como un objeto sagrado, sino para que extraigamos de sus páginas fragmentos de vida, una imagen, una idea, el despliegue de una argumentación, una metáfora, y los aprendamos para repetirlos una y otra vez en nuestra memoria, que sean parte de nuestra vida cotidiana, que nos ayuden a encontrar lugar en este mundo y movernos en él. “Hay frases que llaman la atención sobre sí mismas […] Parecen un milagro que se produjera solo” (Gabriel Zaid). Quizás la dignidad y calidad imaginativa de un libro se reconozca por los subrayados que motivó en el lector. Lo esencial de la lectura, ya se ha dicho, reside en esos momentos en que se levanta la vista y aparecen asociaciones inesperadas; lo esencial en el arte de subrayar se da cuando uno baja la pluma o el lápiz y captura esas oraciones o imágenes hechas de palabras que, por diversas razones, son un feliz hallazgo…

Pueden continuar la lectura aquí.

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