Milagrosa forma de ver el mundo


(Imagen de Bright Wall, Dark Room)

El epílogo que escribió la cronista Leila Guerriero para acompañar al libro David Foster Wallace portátil (Random House, 2016) fue publicado en el número 35 de la revista Dossier. En su texto, la escritora argentina reflexiona en torno a la obra de no ficción de Foster Wallace y su máquina de mirar única. Van algunos párrafos:

Sin perder de vista la perspectiva: cuando David Foster Wallace publicó en la revista Harper’s «Deporte derivado en el corredor de los tornados» (1991), «Dejar de estar bastante alejado de todo» (1994) y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» (1996), ya era el autor de su novela La escoba del sistema (1987), de los relatos de La niña del pelo raro (1989), y trabajaba en la escritura y corrección de La broma infinita, más de mil páginas que, publicadas en 1996, estallaron con la potencia de un evento de dimensiones jurásicas en el rostro de la li- teratura norteamericana contemporánea. Dicho de otro modo: en los 90, a sus treinta y pocos, Foster Wallace era un escritor de ficción avezado y reconocido (y también un poco aterrado e insatisfecho, porque empezaba a descubrir que el caldero rebosante de ¿placer, prestigio? que esperaba encontrar al pie del arco iris de la vida de escritor no era tal) y, al mismo tiempo, un autor de no ficción casi bisoño. La revista Harper’s le había publicado, en diciembre de 1991, «Tennis, Trigonometry, Tornadoes: A Midwestern boyhood», un texto autorreferencial sobre su adolescencia en el que empezaba hablando de su gusto por las matemáticas, continuaba discurriendo acerca del tenis, del viento endiablado de su Illinois natal, de la difícil morfología del terreno de su Illinois natal, de cómo el viento endiablado y la difícil morfología del terreno afectaban las canchas de tenis y la forma de jugar al tenis en su Illinois natal, de la habilidad que él había desarrollado para sobreponerse a las diabólicas ráfagas de viento y a la difícil morfología del terreno que afectaban a las canchas de tenis en su Illinois natal y de cómo esa habilidad lo había transformado en un jugador más exitoso del que hubiera sido en condiciones normales, para terminar contando lo espeluznante que resultaba vivir en el Corredor de los Tornados (donde, de hecho, se encuentra su Illinois natal) y, atando todas esas digresiones matemáticas, climáticas, geográficas y deportivas en una sola escena que describía una práctica de tenis en la que él y su adversario habían sido sorprendidos por un tornado, en uno de esos cambios de rumbo espectaculares con los que lograba sumergir sus crónicas en atmósferas casi paranormales: «Ninguno de nosotros se había dado cuenta de que hacía bastantes minutos que el viento no soplaba ni nos metía la familiar arenilla en los ojos; una mala señal. (…) Era el 6 de junio de 1978. La temperatura del aire descendió tan deprisa que pudimos notar cómo se nos erizaba el vello». El artículo –que él había titulado originalmente «Deporte derivado en el corredor de los torna- dos»– gustó. Y llevó a todo lo demás. Que, por suerte, fue mucho.

En 1993, Harper’s le ofreció escribir sobre la feria estatal de Illinois, y el resultado fue «Ticketto the Fair», publicado en julio de 1994. En 1995 la misma revista le encargó un artículo acerca de un crucero por el Caribe y el resulta- do fue «Shipping Out», publicado en enero de 1996. «Ticket to the Fair» y «Shipping Out» no son otra cosa que las versiones tamaño revista de «Dejar de estar bastante alejado de todo» y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer», publicados en toda su extensión –con sus títulos originales– en un libro de 1997 llamado, precisamente, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. (Foster Wallace, como todos los periodistas, tenía que adecuar sus textos a medidas humanas, lo cual era una pesadilla para su mirada devoradora y su escritura aluvional: «El ensayo sobre el crucero –le dijo a Tom Stocca, en 1998– era de unas cien páginas, y creo que lo terminé cortando a la mitad. Cada vez que me quejaba, en Harper’s me decían que, así y todo, era la cosa más larga que habían publicado jamás. Con lo cual yo tenía que callarme la boca; si no, hubiera parecido una prima donna más grande de lo que ya soy»). Si «Deporte derivado…» había sido el auspicioso principio, las dos piezas siguientes –basadas ya no en la evocación y la memoria sino en ir, ver y volver para contar– fueron la definitiva puesta en marcha de una obra de no cción que quizás, en un futuro no tan lejano, coloque a David Foster Wallace en el sitio que aún (¿por distracción, por omisión, porque el canon considera que es mejor ser rey en la cción que emperador en territorios reales?) no termina de ocupar: el de haber sido uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos. Alguien que, treinta años después de que Tom Wolfe definiera las bases del Nuevo Periodismo, y de que esa nueva forma no presentara paradójicamente mayor novedad a lo largo de décadas, empezó a hacer algo que no se parecía a nada.

Es difícil saber hasta dónde hubiera llegado. Qué nuevas cosas hubiera podido arrastrar hasta la Tierra, desde los con nes de la galaxia en que vivía, su milagrosa forma de ver el mundo.

[…]

El texto completo se puede leer acá.

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