Cuatro poemas de Lêdo Ivo

ledo

Les comparto cuatro poemas del extraordinario escritor brasileño Lêdo Ivo (1924-2012), en la espléndida versión del traductor Martín López-Vega, publicada por ediciones Vaso Roto (2010):

Cuervos

Aún hoy puedo ver los cuervos.
Estaban posados sobre la hierba.
Ninguno de ellos graznaba.

Siempre me acuerdo de los cuervos
y de sus plumas lustrosas y suaves
brillando en el día inmóvil.

Cuando camino por una gran ciudad
y cruzo un puente sobre el río
los cuervos silenciosos me acompañan.

Y es ese silencio el que me incomoda.
El silencio de los cuervos posados sobre la hierba.
El silencio del mundo cuando hay cuervos.

La misma casa

Estoy cansado de llevar
mi alma dentro del cuerpo.
No soporto más
la mentira de tener un pensamiento
que se deshace en el viento.
Y a ella le digo, muerto de fatiga:
–Vete de mí, déjame en paz.
Sube al cielo a buscar tu paraíso.
No te necesito ya.
Y dentro de mí ella responde:
–Las almas no son ángeles. No tienen alas.
No vuelan en el azul firmamento.
Tu casa es la mía.
No hay alma que se vaya
antes que el cuerpo que espera la hora
de la lápida o la vil fosa.
Las almas, como el hielo, se evaporan
en el día acabado.

Soneto de la puerta

Quien llama a mi puerta no me busca a mí.
Busca siempre al otro que no soy
y, figura inmóvil detrás de cualquier muro,
es mi doble o mi clon, en mí oculto.

Que sepa quien me busca y no me encuentra
que soy aquel que está más allá de mí,
sombra que bebe el sol, ensenada y laguna
unidas en la quimera del horizonte.

Siempre me anduve buscando y nunca me encontré.
Y en la puesta de sol, mientras espero la llegada
de la luz perdida de una estrella muerta,

siento nostalgias de cuanto nunca fui,
de lo que dejé de ser, de lo que soñé
y tras la puerta se escondió de mí.

Caminando entre la niebla

Quien busca el amor
nunca encontrará nada.
El amor no se busca.
No es una bolsa olvidada
en un banco de la plaza
ni una polilla en el armario.
Para encontrar todo
lo que el amor encierra
en un ático
o en una favela
nunca busques nada.
Camina en la bruma
que envuelve la ciudad.
Contempla el crepúsculo
desde una balaustrada.
Quien busca encuentra apenas
su propia búsqueda:
molusco fijado
a la concha preclara
u olor a meada
arrojada en el muro.
Aprende a vivir.
No busques nada,
ni siquiera la aguja
caída en el suelo.
Ni siquiera una rima
para una canción.
Ya sea durante el día claro
o a la hora del crepúsculo
no pierdas el tiempo
buscando el amor,
pues no es algo
que pueda ser buscado.
De pronto
reúne a dos iguales
que andaban perdidos
en la densa niebla.

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