Literatura y crítica en el México de hoy

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(Ilustración de Luis Pombo)

El sitio Horizontal publicó un pertinente artículo del escritor mexicano Geney Beltrán Félix en el que reflexiona acerca de la casi nula discrepancia en la literatura mexicana actual. Se desarrollan festivales y encuentros literarios todo el año, se impulsan programas generosos de becas, se arman antologías de escritores becados, etc., pero todo eso acontece en un medio en el que la crítica, el desacuerdo, la polémica, el examen honesto de las obras, están ausentes. Lo han dicho muchos críticos, particularmente Edmund Wilson y, en forma reiterada, Octavio Paz: sin crítica no hay creación; y si la hay, florece en una mezquina autocomplacencia.

Les invito a leer el siguiente texto:

Esto es lo que (no) hay: la literatura en el México del 2016

El panorama es alentador. Un país con una significativa tradición literaria, lograda con la fértil continuidad de varias generaciones de voces inquietas y propositivas a lo largo de poco más de un siglo; una tradición que presume de un puñado de obras maestras en los distintos géneros.

Un país que, hoy, cuenta con un campo literario amplio y diverso, donde lo mismo publican autores de larga trayectoria (de setenta, ochenta años de edad) que otros muy jóvenes (rozando la veintena incluso); predominan los novelistas y los poetas, pero el ensayo, el cuento, la dramaturgia, la crónica no se hallan descobijados; los hay autores de perfil clasicista y evidente maestría técnica, o virados hacia la exploración de las potencias del estilo, y otros con un sino por la búsqueda experimental; ya no obligatoriamente acuartelados en una sola metrópoli sino repartidos y en plena fase creativa en ciudades del norte, el occidente, el Golfo, el sur del país y, también, en el extranjero.

El panorama comprende un sistema de fomento de la creación artística desde las instituciones del Estado: becas nacionales y estatales, ferias de libro todo el año en cada esquina del mapa, ediciones subsidiadas por áreas del gobierno federal o local o por universidades, una cantidad jamás vista de premios regionales y nacionales de poesía, de cuento, de novela, hasta de ensayo, con montos para nada raquíticos…

Hay autores –pocos, sí, pero como nunca antes ha habido en nuestra literatura, que tradicionalmente ha viajado poco y mal–, hay autores, decía, que han llegado a un punto de reconocimiento internacional que se advierte en sus obras editadas en otros países hispanohablantes, en traducciones, invitaciones a ferias y congresos en dos o tres continentes, premios en España o Sudamérica. Un dato de indudable peso: tres Premios Cervantes para autores mexicanos en un lapso de seis años.

En suma: sería mezquino negar que ha habido y hay autores de talento, inteligentes y rigurosos, con una formación cosmopolita y universal, que han entregado piezas sólidas, maduras, en, digamos, las últimas tres décadas…

Esto es lo que hay. No es mal momento –pensaríamos– para la literatura mexicana.

Y sin embargo.

Y, sin embargo, hay algo que no terminamos de entender.

Prolífica y becada, viajera y galardonada, la literatura mexicana del siglo xxi es un literatura sin discrepancia. Sorprende lo reacia que se ha vuelto a la polémica y el desacuerdo. Ciertamente, ha habido y hay libros de talante crítico, fuertes revisiones del pasado y el presente, de la propia tradición cultural o del marco de pobreza y corrupción, de impunidad y violencia que padece la nación. No sería justa, pues, la visión de una literatura desentendida de los problemas sociales y políticos del país. Pero ¿qué ocurre después de la escritura?

No se dice nada nuevo –pero es necesario decirlo otra vez– cuando se dice que la conversación en torno de la literatura de hoy ha perdido filo, carece de pluralidad; lo que hay es, apabullantemente, solo aplauso y cortesanía.

No solo hablo de la moribunda reseña (fenómeno visible en México y muchos otros países): condenada a breves o nulos espacios en dos o tres suplementos, ejercida complacientemente entre amigos. Como ya veía José Emilio Pacheco hace dos décadas, la reseña ha cedido el lugar a la entrevista, esa no conversación entre un reportero que no ha tenido tiempo ni de leer la solapa de un ejemplar que no volverá a hojear y un novelista –solo se busca entrevistar a los autores de novelas– sabedor de las condiciones que impone la mercadotecnia editorial: por ello sonreímos y abundamos ante cualquier pregunta, sea la más superficial o desorientada.

El fenómeno también se aprecia en el hecho de que la reseña ha cedido sus espacios al “adelanto” editorial, esa curiosa forma de publicidad gratuita que suplementos y revistas encartan con gran soltura –aunque, si se exige precisión, de adelanto o de exclusiva no hay mucho en esta práctica: los fragmentos se difunden en más de un foro y usualmente con retraso, es decir, cuando el libro ya está en librerías.

Hay en estos síntomas, en esta conversación donde nadie desentona, un ambiente de forzada camaradería; una expectativa de respeto a la regla no escrita de no pisarse los callos entre cofrades: ¿para qué importunar con peros el libro mediocre de un autor coetáneo o coequipero cuando lo que queremos es que la gente lea, cualquier cosa, incluso el bodrio más blandengue o trivial?

Continuar la lectura aquí

*

A propósito del texto de Geney Beltrán Félix, el crítico Jorge Téllez publica en un blog de la revista Letras Libres un artículo en el que expone que quizás la nostalgia (que lee en el artículo de Geney) por una esfera pública en la que se fomente el diálogo, la crítica y la polémica con las obras artísticas sea la causa principal de que no se adviertan, más allá de la reseña o la crítica periodística, otras voces analíticas como, por ejemplo, las que provienen de la academia.

Jorge Téllez afirma que en el campo literario mexicano existe cierto clima general que excluye del debate público a la universidad, a la academia. Esto puede ser cierto sobre todo en los espacios periodísticos de análisis literario, en los que dada la naturaleza de dichas publicaciones se privilegia un lenguaje más cercano a la divulgación, menos teórico, y que debe desplegarse en una extensión casi ridículamente breve. Sin embargo, también me pregunto si no es la propia academia la que se ha encerrado en sus cubículos colaborando con ese clima de exclusión.

Va un fragmento del artículo de Jorge Téllez:

Stendhal en el parque

La semana pasada circuló un texto titulado “Esto es lo que (no) hay: la literatura en México en el 2016” del crítico y narrador Geney Beltrán Félix, una crítica sobre la uniformidad, apatía y falta de discrepancia que hay en la literatura mexicana.

Como yo lo leo, hay en el artículo cierta nostalgia por una esfera pública que fomente el diálogo, el análisis, la crítica y la polémica con la producción artística y la rescate del aislamiento y cortesanía en que vive actualmente, con el objetivo de restablecer su función como “arma de cambio social”. Lo que antes era posible gracias a la reseña literaria, dice el autor, ahora es imposible debido al dominio de la publicidad como discurso privilegiado en la conversación literaria.

Me pregunto si esta nostalgia no es la causa principal de que las posibles excepciones a esta aridez general se reconozcan pero no se mencionen. Como coeditor de uno de los pocos suplementos culturales que quedan en México, Geney Beltrán lamenta que los escritores jóvenes hayan perdido interés en escribir reseñas y ensayos críticos.

Esto que él ve como una anomalía es, en realidad, la regla y se explica de manera muy simple: los escritores no quieren escribir reseñas o ensayos críticos porque no saben cómo. No puede haber crítica o polémica sin ideas, y lo que sucede es que la crítica periodística de México en 2016 es muchas veces impresionista, otras simplemente conservadora, y con bastante frecuencia es ambas cosas.

En el campo literario mexicano, fundamentalmente anti-intelectual y conservador, trivializar cualquier intento por superar estos defectos es una práctica habitual, tanto del lado de la creación como del lado de la crítica. México es el país donde los escritores utilizan la palabra “profesor” como insulto: cualquier aproximación medianamente informada, sistemática o teórica a la literatura se descalifica como “académica” y, en cambio, se privilegia eso que se ha dado en denominar “ensayo creativo”.

¿Qué es el ensayo creativo?

Aquí la definición institucional que propone el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los criterios para jóvenes creadores que quieren solicitar becas:

Ensayo creativo: incluye todas las manifestaciones literarias de corte ensayístico que sin seguir parámetros académicos sino creativos abordan el estudio de temas tan variados como la literatura, el arte, la ciencia, la vida cotidiana y el humanismo en general.

Los reto a que encuentren una definición más idiota. De lo que sea.

No quiero decir que no haya ideas en el ensayo creativo, sino que existe un clima general que excluye del debate público uno de los espacios dedicados a la producción de conocimiento crítico: la universidad.

¿Saben dónde sí hay debate, crítica, polémica e ideas? En el salón de clases. ¿Saben quiénes son las personas que más usan las bibliotecas públicas? Los estudiantes universitarios que leen discuten y critican ideas que luego cristalizan en, sí, textos académicos.

El problema no es la ausencia de crítica, ni la ausencia de todavía más entidades institucionales que resuelvan este problema –Geney Beltrán propone como posible solución la creación de un Instituto del libro–, sino la naturalización de “lo creativo” como algo necesariamente opuesto a “lo académico”, y la segregación del discurso informado de la discusión pública…

Seguir leyendo acá.

***

La polémica no se acaba. Geney Beltrán responde en su blog a los señalamientos y reflexiones que Jorge Téllez expuso en su artículo Stendhal en el parque. Van los argumentos:

Una respuesta
El texto de Jorge Téllez incluye tergiversaciones y simplificaciones de lo que yo he escrito. Él afirma que, para resolver el problema de la ausencia de disenso en la literatura mexicana, propongo en “Esto es lo que (no) hay” el nacimiento de un Instituto del Libro. Falso. Lo que sí dije es que un Instituto de Libro sería el mecanismo adecuado para hacer resurgir —no la crítica— la industria editorial mexicana. ¿Por qué la confusión? Me temo que Téllez ve más fácil refutar a un colega caricaturizando sus argumentos.

Lo mismo ocurre en su muy veloz comentario de mi texto “Escribir esta historia es imposible”, sobre los dos libros recientes de cuentos de Gabriel Wolfson, Profesores y Be y Pies. Téllez omite sospesar mi reflexión sobre las condiciones en que se gestaría una ficción con esas características, y las repercusiones políticas que habría de tener; todo lo explica, en cambio, con base en un supuesto prejuicio ante el académico que no sale al parque. Téllez se apresura: antes de juzgar, es necesario analizar los decires ajenos. De fondo hay en este reparo suyo, sospecho, la idea de que la creación contemporánea sólo puede ser desmenuzada de una estricta forma, con unos lentes que, por lo que leo, él supone sólo se entregan en la academia. Pienso en la crítica como un diálogo más amplio y más libre, donde no se requieren doctorados sino argumentos.

El tenor principal de la respuesta de Téllez es la reivindicación de las labores académicas. Para él, si no lo leí con el apresuramiento que él mismo se permite, la reseña ha desaparecido en México porque ha cedido su lugar a los estudios y monografías que salen de los cubículos. Hay dos errores aquí. Uno es: desde hace muchas décadas existen estudios académicos en México; convivieron, de hecho, con el periodismo literario. Lo que sí es innegable es que, mientras la academia en México sigue recibiendo subsidios para fomentar investigaciones como las que Téllez cita, y muchas más, y mientras numerosos mexicanos han podido realizar su carrera y su obra, con merecidos apoyos, en universidades de Estados Unidos, la reseña no ha contado con la misma suerte. Que Téllez se permita la impresionista afirmación de que en mi ensayo hay una “nostalgia” por un mundo perdido, le sirve para validar el actual estado de cosas y no adentrarse, libre de prejuicios, en la exploración del fenómeno. Así, evita enfrentar lo que al fin señalo en “Esto es lo que (no) hay”: que la muerte de la reseña tiene en México causas sistémicas (el mecenazgo y la concentración editorial) y consecuencias sociales y políticas (el nulo diálogo en torno de los libros en la vida del ciudadano de a pie), y que hay una relación entre una comunidad cultural que no discute públicamente sus libros y la dificultad de nuestra sociedad para enfrentar con mayor énfasis crítico la deriva de corrupción y violencia en que se halla el país. ¿Por qué Téllez elude estos temas?

Jorge Téllez también se equivoca en otro aspecto: la reseña y el paper nunca han tenido la misma función. Es ilusorio buscar aquí una dicotomía: no es que los reseñistas de hace cuarenta años sean los profesores de 2016; no es que, si hay academia, no puede haber periodismo literario. Investigación y divulgación se necesitan una a la otra. Porque lo que tenemos ahora es la pérdida de espacios para la difusión y el diálogo libresco en la esfera pública. De hecho, la producción académica conoce la misma suerte de mucha de la literatura mexicana: su escasa o nula circulación fuera del ámbito propio da lugar a que lo verdaderamente valioso de sí difícilmente alcance una repercusión social. Esto se debe, creo, no a una conjura de escritores prejuiciosos contra el medio universitario, sino a un problema estructural que define la ordalía de la cultura de hoy en México, y en lo que nunca será innecesario insistir: tanto el desastre educativo, la falta de librerías y el desabastecimiento de las bibliotecas públicas, como la disposición de un estado mecenas a subsidiar la creación mas no la crítica y los requerimientos de validación universitaria —los de Conacyt en México— que desestimulan la participación de los investigadores en labores de divulgación.

Llama la atención que si Téllez tan económicamente despide a la reseña actual como “impresionista”, “conservadora” o “ambas cosas”, no tenga el mismo ánimo exigente con la producción académica. Cualquier diría, luego de leer su texto, que en ese espacio no hay la menor mediocridad ni complacencia, y que, por citar ejemplos, Liliana Weinberg e Ignacio Sánchez Prado, dos pensadores de lo más lúcidos, son la norma y no, lamentablemente, las excepciones en un panorama, por lo menos en lo que respecta al entorno mexicano, donde no están ausentes las mafias, los plagios y el adocenamiento intelectual.

El camino que toma Téllez es lo menos crítico que hay: la propaganda. Su operación de soltar nombres y acomodar links de ejemplos de trabajo académico actual es un ejercicio de relaciones públicas, pues lo lleva a obviar la exigencia de ofrecer argumentos que sostengan sus elogios. No da más pruebas que sus dichos: la enumeración entusiasta de investigadores y proyectos suple la revisión puntual de cada uno, tarea que, ya entrados en esto, podría él mismo emprender quincenalmente en su bitácora. El trabajo de Oswaldo Zavala, de Tumbona o de Sur + saldría ganando si, más que blurbs apresurados que a muy poco comprometen, recibieran un examen más detenido. El crítico, sea del gremio que sea, nunca debe volverse un publicista; por más encomiables que nos parezcan, y sean, las intenciones de una editorial independiente o un proyecto de investigación, la mayor muestra de respeto que les debemos es, siempre, leerlos con distancia y rigor, sin condescendientes palmaditas en la espalda.

Curiosa forma de refutar mi ensayo la que encuentra Téllez: dándome la razón. En mi ensayo señalo esa camaradería, ese campamento de boy scouts en que se ha convertido el medio literario de México; Téllez me hace creer que esa misma camaradería sonriente parece estar campeando en las parcelas de la academia por las que él transita.

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