Menos doctos y más sabios

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¿Cómo leer los Ensayos de Michel de Montaigne (Francia, 1533-1592) en este siglo XXI? ¿Es que aún hoy, en nuestro contexto, tienen algo importante qué decirnos? Como casi cualquier libro que descansa (en realidad nunca reposa) en el panteón de las obras clásicas, que ha sido leído y releído por siglos, los Ensayos de Montaigne han pasado la prueba del tiempo y, dada la universalidad de sus temas, pues nada humano les es ajeno, han logrado mantenerse vigentes hasta nuestros días. Si en los diálogos de Platón asistimos a una dramatización, a una disputa escénica de ideas, en los escritos de Montaigne se nos invita a una viva y placentera conversación. Lo que sucede en sus páginas es el despliegue mismo de la vida; uno camina y respira en ellas. O eso nos hacen sentir.

Acaso por ello el profesor del Collège de France, Antoine Compagnon (Bruselas, 1950), autor de Gato encerrado: Montaigne y la alegoría (1993), El Demonio de la teoría (1998) y ¿Para qué sirve la literatura? (2007), entre varios otros libros de ensayo y ficción, aceptó la invitación que le hicieron para hablar de Montaigne en la radio, durante el verano de 2012, cada día de la semana. Se trataba de bucear con paciencia en las miles de páginas de los Ensayos, encontrar cuarenta pasajes interesantes y de actualidad, con la finalidad de comentarlos brevemente para un auditorio que quizás en ese momento disfrutaba la playa o la quietud de su casa. Un desafío provocador para una época que privilegia la distracción, el consumo y la novedad.

En Un verano con Montaigne (Paidós, 2015) se reúnen cuarenta breves ensayos, originados e inspirados por el aludido programa de radio, transmitido en Francia. Compagnon elige un párrafo o dos de los Ensayos y los sobrevuela con una escritura por demás sencilla y familiar, homenajeando así el estilo que perseguía Montaigne, según sus mismas palabras: “El lenguaje que me gusta es un lenguaje simple y natural, igual sobre el papel que en la boca, un lenguaje suculento y vigoroso, breve y denso, no tanto fino y cuidado como vehemente y brusco”.

No sorprende que desde el segundo capítulo Compagnon aborde ya el tema de la conversación, la discusión, el diálogo, pues era un arte preciado para Montaigne:

Celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro, y me entrego a ella con alegría, y le tiendo mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse. Y con tal de que no se proceda con un semblante demasiado imperiosamente magistral, me complace que me reprendan. Y me acomodo a los acusadores, a menudo más por cortesía que por enmienda; me gusta gratificar y alentar la libertad de advertirme cediendo fácilmente.

Esta humildad tan socrática y pirrónica es esencial en el pensamiento de Montaigne. ¿Qué sé yo? es su insignia. Por eso se acerca vacilante a la discusión. No posee la verdad y ni siquiera está seguro de sí mismo. Los dogmas le parecen absurdos. Si hay algo presente en sus páginas son las referencias a la movilidad, inestabilidad y diversidad. “Sólo la variedad me satisface”, afirma en algún lado. No desea fijar el ser, sino su devenir, su tránsito por este mundo turbulento y cambiante:

El mundo no es más que un perpetuo vaivén. Todo se mueve sin descanso –la Tierra, las peñas del Cáucaso, las pirámides de Egipto— por el movimiento general y por el propio. La constancia misma no es otra cosa que un movimiento más lánguido. No puedo fijar mi objeto. Anda confuso y vacilante debido a una embriaguez natural. Lo atrapo en este momento, tal y como es en el instante en el que me ocupo de él.

Como pensador escéptico, práctico –político y abogado al final de cuentas—, acepta la condición humana, con sus esplendores y sus arraigadas miserias.

Cuando Montaigne se retiró de la vida pública, se puso a escribir; encontró como refugio lo alto de su torre. No por la escritura misma ni por la gloria, sino para releer a los antiguos que tanto amaba (Plutarco, Cicerón, Horacio, Séneca); para aprender de ellos cómo pensar, vivir y morir. La Historia, la filosofía y la poesía como lecciones de la vida práctica. Filosofar es aprender a morir. Únicamente los pedantes tienen por oficio “rapiñar la ciencia en los libros”, no para el entendimiento: sólo por acumulación y prestigio vano. Lo provechoso para Montaigne es la docta ignorancia, o la ignorancia inteligente de Gabriel Zaid, una educación cuyo fin sea cultivar el asombro y la sabiduría, el saber hacer y el saber vivir, antes que la cantidad de información y conocimientos, el llenado inútil de la memoria. Menos doctos y más sabios.

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