Misoginia e impunidad

Selva

Hay asesinatos cuyo motivo es el odio, el desprecio, el prejuicio social. Crímenes como del odio de Dios, para citar a César Vallejo. La víctima es vejada y asesinada brutalmente solo por lo que es, lo que representa. Por su género, su nacionalidad, su salud, su creencia religiosa, su edad, su raza, su preferencia sexual, su afinidad política, etcétera. De entre las personas o grupos desaventajados, siempre hay uno más vulnerable. Ese parece ser el caso de las mujeres. La violencia por razones de género, en forma de acoso, violación, golpes o asesinato, según se revisen estadísticas aquí y allá, no ha disminuido sino aumentado en muchos lugares. De acuerdo con el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, “al menos 1.678 mujeres fueron asesinadas por razones de género en 14 países de América Latina y tres del Caribe”.

En Chicas muertas (Literatura Random House, 2015), Selva Almada (Entre Ríos, 1973) relata y reconstruye las historias de tres chicas asesinadas con saña en la provincia de Argentina en los años ochenta: Andrea Danne (19 años), María Luisa Quevedo (15 años) y Sarita Mundín (20 años). No se trata solo de mujeres, hay que subrayarlo, sino de mujeres pobres, como la mayoría de las muertas de Juárez, como se le conoció a la tragedia de mujeres torturadas y asesinadas, sistemáticamente, en esa ciudad del norte de México (recogida en el libro Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez, y narrada en la novela 2666, de Roberto Bolaño). Género y pobreza: doble estigma y marginación.

La noticia del asesinato de Andrea llegó a oídos de Selva la mañana del 16 de noviembre de 1986. Tenía trece años de edad. Nunca pudo superar el impacto. Fue así como empezó a escribirse este libro en su cabeza. Conforme pasaban los años, con cada nueva muerta que se sumaba, María Luisa, Sarita y cientos más, regresaba el recuerdo de Andrea y su final violento, en su propia cama, con una puñalada en el corazón. No existía el concepto de feminicidio, pero, como todos, había escuchado historias de agresiones contra mujeres. “No sabía que a una mujer podían matarla por el solo hecho de ser mujer”, hacerla objeto de misoginia, abuso o desprecio. Fue una revelación: incluso en tu propia casa podían matarte. “Ahora tengo cuarenta años y, a diferencia de ella y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Sólo una cuestión de suerte”.

Dice Terry Eagleton que “lo importante de ficcionalizar la historia es reconfigurar los hechos con el fin de poner de relieve lo que uno entiende que es su significado subyacente”. Esto es algo de lo que hace Selva Almada en Chicas muertas, una crónica literaria en clave autobiográfica –sustentada en archivos periodísticos y judiciales, así como en entrevistas a familiares, amigos y parejas de las víctimas— que reorganiza los relatos, leyendas y rumores que se formularon acerca de estas muertes atroces con el objetivo no sólo de dar voz a las víctimas, sino de reinventar, sospechar y rebatir, mediante los recursos de la crónica y la ficción, la llamada verdad jurídica. No sorprende que a raíz de un feminicidio, ocurrido en 2002, se haya formado la asociación “Verdad Real, Justicia para Todos”. Como si los hechos y la verdad procesados en instancias judiciales penales, al menos en países como los nuestros donde es alta la corrupción, carecieran de veracidad.

Además de la violencia, el género, la juventud y la pobreza, destaca otro elemento común en los casos aquí relatados: la impunidad absoluta.

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