Arrasan las palabras

El viento que arrasa

“Avanzamos por un texto como lo hacemos por el mundo, pasamos de la primera página a la última a través del paisaje que se despliega; a veces empezamos a medio capítulo, otras no llegamos al final. La experiencia intelectual de atravesar las páginas mientras leemos se vuelve una experiencia física, que llama a todo el cuerpo a entrar en acción…”, escribe Alberto Manguel en El viajero, la torre y la larva (FCE, 2014). La lectura como metáfora del viaje es antigua entre lectores y viajeros (Montaigne, Stevenson, Swift, Casanova, Verne, London, Conrad, Kipling); también lo es aquella que concibe el mundo como un gran texto que está ahí, con todos su misterios, para descifrarse (o fracasar una y otra vez en el intento). Leer es soltar amarras y dejarse llevar por los caminos, ríos, montañas y desfiladeros que nos ofrece la geografía del libro; viajar es poner el cuerpo sobre las líneas de un mundo que, por más que lo recorramos (leamos), jamás terminaremos de comprenderlo del todo. La felicidad no radica en entender, sino en viajar y leer.

Vino a mi memoria el pasaje citado a propósito de El viento que arrasa (Mardulce, 2012), primera novela de la escritora argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973). La anécdota de este libro es bastante sencilla. Un Reverendo y su hija atraviesan la Provincia del Chaco, ubicada al norte de Argentina, llevando la palabra de Dios. Carecen de un hogar fijo y viven en hoteles de paso, dado que la misión del Reverendo era limpiar incansablemente los espíritus mugrientos que alguna vez fueron “pasto del pecado”. En uno de sus viajes se descompone el auto y quedan atrapados en un lugar como abandonado por Dios y dejado a la mano ingrata del hombre. Bajo el sol abrasador, encuentran un taller mecánico que a la vez es un extraño deshuesadero de autos siniestrados, atendido por un rudo y parco cincuentón y un joven temeroso. Con la fe en Dios y en la mecánica, el Reverendo y su hija esperan ahí hasta que reparen el coche, lo que desatará tensiones, conflictos, malentendidos, recuerdos familiares y peleas.

Si no estamos ante una historia profunda y memorable, sí ante una escritura ya depuradísima, pacientemente desbrozada. Debajo de la superficie de una prosa llana, libre de adornos y adjetivos innecesarios, están los cimientos de una minuciosa labor de escritura y reescritura. Si las palabras son armas que pueden estar cargadas, ¿de qué lo están las palabras de Selva Almada en esta novela? De absoluta precisión. Y esta precisión, esa contención en el describir y en el lenguaje de sus personajes, no sólo crea un tono poético, sino que vuelve su estilo decididamente visual, cinematográfico y diáfano. Los capítulos, todos breves, suelen ser una escena impulsada por diálogos rápidos y cortantes (que recuerdan al Cormac McCarthy de Sunset Limited) o por algún resumen del narrador. Más que contar, Selva pinta escenas vitales frente a nosotros que pueden escucharse y olerse, no sólo mirarse: el ruido metálico de una gotera, la violenta caída de la lluvia, el viento, la tierra seca, los cuchillos del sol, los relámpagos que parten e iluminan el cielo, los aromas de la provincia, el habla regional y también las crisis de identidad de sus personajes.

En esta historia para nada lineal, la narración del presente, plena de tensiones religiosas y familiares, se despliega jalonada siempre por el pasado, por las ausencias que fueron marcando la vida de los personajes y por el amor o el odio que éstas incubaron. Estructura y recursos que la autora repetirá, acaso con mayor profusión, en Ladrilleros (Mardulce, 2013), su segunda novela.

Lo que en este obra arrasa es el fuego rutilante de las palabras.

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