Narradores del norte. Una propuesta de lectura

norte

Hay una declaración en el prólogo de Norte. Una antología (Era / Fondo Editorial de Nuevo León / Universidad Autónoma de Sinaloa / CONARTE / CONACULTA, 2015) que me hace sentir incómodo. Eduardo Antonio Parra afirma que una de las intenciones de publicar este libro es la de “enfrentar al lector de modo directo con la obra de los narradores del norte, sin intermediarios, sin discusiones de por medio, sin la supuesta orientación crítica que en ocasiones tan sólo genera prejuicios en quien se acerca a la lectura lleno de curiosidad”. De manera que lo más honesto y sensato sería que me pusiera a repartir libros a todos ustedes y que comenzaran a disfrutar la lectura de una vez por todas. Sin embargo, asumiré la función de un fastidioso intermediario.

A la pregunta ¿cómo debería leerse un libro?, Virginia Woolf respondió que si hubiera una respuesta sólo sería válida para ella. El lector debe guiarse por sus instintos, comprometer su inteligencia y sacar sus propias conclusiones. “Aceptar autoridades –por muchas pieles y togas que luzcan— en nuestras bibliotecas y permitirles que nos digan cómo leer, qué leer y el valor que hemos de dar a lo que leemos, es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios”. Acaso por ello la autora de la Señora Dalloway no sólo apostaba por el lector común, ese que, desprovisto de sutilezas estéticas y prejuicios críticos, lee por placer, por la dicha de entregarse a una historia, una época, unas vidas, sino que ella misma se colocaba entre el autor, el libro y el crítico, para poder entablar un diálogo creador con el público que asistía a sus conferencias o leía uno de sus ensayos. A un libro deberíamos llegar lo más huérfanos de prejuicios que nos sea posible, para poder entrar en todas sus habitaciones, comprender su distribución o su armonía sin opiniones preconcebidas. Luego de haber estado ahí, seremos capaces de elogiar su arquitectura o cuestionar, en su lugar, con una mueca, el desastre de su distribución. Es este lector ideal, incorrupto de manías teóricas o dogmatismos de grupo, al que en principio se dirige Eduardo Antonio Parra con esta antología de narradores del norte.

No obstante, ¿qué es una antología si no una propuesta concreta de lectura? Detrás de un caos aparente o un orden que nos puede parecer indiscernible, se oculta la infatigable labor de un crítico que ha leído minuciosamente durante años, ha educado su gusto literario con avidez, sin descanso, y que ha seleccionado de un mundo personal e impersonal a la vez aquellos cuentos, poemas, fragmentos de novelas o ensayos cuya calidad y factura se corresponden con la finalidad de la antología que se quiere publicar. A diferencia de otro tipo de libros, una antología suele proponer o sugerir un modo de lectura mediada por el compilador, quien, al realizar esa tarea de búsqueda y elección bajo ciertos criterios, en ocasiones nada inocentes, se coloca sobre su rostro, le guste o no, la desagradable máscara del crítico. Si por una parte Eduardo Antonio Parra desea que el lector se enfrente en forma directa con los cuentos reunidos en Norte. Una antología, por la otra, nos ofrece a lectores comunes y no tan comunes su propuesta de leer la literatura del norte. Asumiendo, creo que consciente y arriesgadamente, el papel de estratega en el combate literario que Walter Benjamin atribuía al crítico.

Como muchas obras que son resultado de la inteligencia, la idea de Norte… partió de una intuición que en las últimas dos décadas se transformó en un hecho: los narradores nacidos en el norte de México o hechizados por él se han incrementado y han estado formando con su narrativa un espacio textual permeado por la violencia, la aridez, lo desértico, los planos abiertos y la soledad, una atmósfera hosca, hostil, de desamparo, un lenguaje híbrido, poroso, humorístico, seco, ágil y plástico, que ha venido a distinguir lo que el periodismo literario y la academia llaman literatura del norte.

Antes de seguir, admitamos una cosa: la literatura del norte también es una etiqueta comercial que pronto devino, por intereses mediáticos y de mercado, en otra categoría: la narcoliteratura, fórmula con la que lucraron, lo siguen haciendo, las empresas editoriales y la cual les permitió acaparar las mesas de novedades con una cohorte de advenedizos, imitadores y falsos escritores cuyos nombres, por fortuna, hemos olvidado. Quizás esta cortina de humo, este baturrillo en los medios que privilegió a ciertos autores y a un solo tema: el narco, orilló al crítico literario Rafael Lemus a decir y a generalizar, en 2005, que “toda escritura sobre el norte es sobre el narcotráfico”. Desde cierto punto de vista, no le faltaba razón: quien escribe teniendo como escenario o eje temático la región del norte, difícilmente puede eludir el fenómeno del narcotráfico, como dejaban en claro las novelas de Élmer Mendoza, que mucho ruido estaban generado en esos años. Lo que impugnaba Lemus era una forma de narrar, una narrativa demasiado complaciente y orgullosa de sí misma y de su región, que en lugar de ficcionalizar a ésta, la reproducía sin imaginación. Los dardos de aquella crítica apuntaban hacia la flojedad de su realismo. Un realismo tautológico y tartamudo.

Ese cuestionamiento tan directo, para muchos injusto y reduccionista, no sólo sacudió a críticos y escritores, entusiasmó a unos y encolerizó a otros, sino que provocó, más allá de los intereses mercantiles de las casas editoras, que autores como Eduardo Antonio Parra, Heriberto Yépez y Cristina Rivera Garza, o más actualmente Geney Beltrán, Oswaldo Zavala e Ignacio Sánchez Prado, subrayaran con más ahínco, en sus trabajos de análisis, la diversidad temática, de estilos, técnicas y recursos narrativos que caracterizan a la literatura del norte. Desde esta otra perspectiva, se ha buscado mostrar que no toda escritura sobre el norte versa sobre el tópico del narcotráfico.

Si uno emprende el viaje por las páginas de Norte…, se topará sí, con algunas semejanzas e influencias, con escenarios que son familiares, con un clima que insiste en confundirse con la voz narradora, con personajes que comparten el desierto, la humedad extrema, el calor, la sequía, el polvo, la gélida desolación de las llanuras, la sierra, el sol inmóvil e implacable, los ríos y la frontera, pero también con una temática y un tratamiento literarios por demás variopintos: el realismo revolucionario de Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz y Nellie Campobello. La fantasía interplanetaria de Alfonso Reyes. La genialidad lírica, casi mística, de José Revueltas para narrar el duelo silencioso entre dos indios. La puesta en escena, por parte de Edmundo Valadés, del abuso de autoridad y de la inoperancia de las instituciones de justicia. La atmósfera misteriosa de Inés Arredondo, cargada de un simbolismo angustiante que oculta y luego revela a sus personajes algo sagrado, una señal. El relato de humor de Miguel Méndez, que se nutre de la tradición circense y de las atracciones de feria. El cuento de Jesús Gardea, que configura una atmósfera de opresión, obediencia y odio en torno a una familia. La recuperación en la narrativa de Federico Campbell del lenguaje juvenil, del barrio, permeado por la cultura popular estadounidense, así como la presencia de la frontera, el desierto y la migración de los jóvenes hacia los Estados Unidos. El relato de Ignacio Solares en el que se entremezclan el mundo de los sueños y lo que hemos convenido en llamar realidad. La prosa pausada de Carlos Montemayor, que denota un cansancio eterno y se ajusta muy bien a ese mundo de muertos vivos que se narra en su historia. La escritura transparente de Víctor Hugo Rascón Banda que se alimenta de relatos orales y leyendas populares sobre las almas que no encuentran descanso entre los cerros de metal de un pueblo minero. El cuento chusco, coloquial e inteligentemente desarrollado de Daniel Sada. El bellísimo cuento de Dulce María González, de apenas un párrafo, compacto, íntimo, poético e introspectivo, cuya verdadera trama descansa en el eco que dejan sus palabras. El divertido relato de Regina Swain que cuenta la historia de una chica que deseaba ser Dios, aunque fuera por unos minutos, y Dios le concede el capricho sólo para que sobrevenga el caos. El cuento de Julián Herbert sobre las drogas y sus efectos en el cuerpo y la mente; una historia en la que se funden el deseo erótico, la noche, la música, la droga y la sangre con eficaces despliegues narrativos. La brillante escenificación que configura Miguel Tapia, con un lenguaje básico, simbólico, violento, con efectos de repetición y preciso, de un diálogo entre el Señor de señores (capo dei capi) y Moisés, uno de sus trabajadores al que le da escalofriantes instrucciones de muerte.

En fin, no pretendo abrumarlos. Quería exponer un poco de la variedad que encontrarán en esta antología. Uno puede trazar afinidades, también distancias. Hay cuentos realistas, pero igualmente de fantasía, de detectives, de misterio, de fantasmas, oníricos, urbanos y hasta de vampiros. No encuentro homogeneidad sino diversidad tanto en los temas y las formas de abordarlos, así como en los lenguajes. Si bien algunos eligen lo coloquial, según las necesidades de su relato, otros rozan la poesía, la parquedad y alcanzan la perfección del silencio (pienso en Guillermo Lavín y Dulce María González). Terminado el recorrido y ya instalado en la biblioteca de mi casa, vuelvo la vista atrás, cierro mis ojos y rememoro: sólo tres de los cuarenta y nueve cuentos reunidos en el libro tratan, en forma directa o indirecta, del narcotráfico. Esto no significa que no se hayan escrito más sobre el tema, sobre todo en las dos últimas décadas, pero sí demuestra que los narradores del norte han escrito y escriben sobre los más variados contenidos literarios y que incluso se alejan del realismo ramplón.

Otro de los objetivos de esta antología es dejar claro que la narrativa norteña no es un movimiento literario reciente producto del apogeo mediático del narcotráfico y las oleadas migratorias a los Estados Unidos, sino que forma parte de toda una tradición literaria iniciada por una genealogía de autores que, desde principios del siglo XX, afirma Parra, “reflejan en sus relatos no sólo las obsesiones literarias personales que han dado forma y contenido a sus obras, sino también las características de su ser norteño […] que pueden advertirse en ciertos giros del lenguaje, en las alusiones al entorno o en el carácter de los personajes”. Por ejemplo, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Julio Torri, Rafael F. Muñoz, Nellie Campobello, José Revueltas e Inés Arredondo, quienes ya destilan un aire de familia en sus obras.

Posteriormente, surgieron escritores que vinieron a delinear más potentemente el imaginario del norte: Daniel Sada, Federico Campbell, Víctor Hugo Rascón Banda y Carlos Montemayor. Los espacios desérticos, hoscos y áridos de Jesús Gardea, Ricardo Elizondo Elizondo y Daniel Sada, el lenguaje como un elemento dinámico y vivo, los agruparon en lo que se conoció como los “narradores del desierto”. Coincido con Eduardo Antonio Parra que fue en esta etapa en la que realmente comenzaron a señalarse y discutirse los rasgos que vendrían a caracterizar, aun en su enorme pluralidad, la narrativa del norte. A esa generación le siguieron autores como David Toscana, Élmer Mendoza, Luis Humberto Crosthwaite, Cristina Rivera Garza, el propio Eduardo Antonio Parra y Juan José Rodríguez, por mencionar algunos.

Para mí, Norte. Una antología constituye, diez años después, la respuesta del narrador Eduardo Antonio Parra, en funciones de crítico, de combatiente, a aquel debate en el que se llegó a decir, en revistas y suplementos culturales, que la literatura del norte sería una moda pasajera. Por el contrario, mientras la discusión continuó, los escritores del norte crecieron en número o empezaron a escucharse nombres como los de Miguel Tapia, César Silva Márquez, Liliana V. Blum, Luis Jorge Boone, Julio Pesina, Vicente Alfonso, Hilario Peña, Carlos Velázquez y Luis Panini, quienes revelaban una manera peculiar de contar. A la nómina de escritores norteños se sumaron aquellos que eligieron el norte y su idiosincrasia para desarrollar algunas de sus mejores historias, como es el caso del guerrerense Julián Herbert y del hidalguense Yuri Herrera.

Si se trataba de demostrar que los narradores nacidos o radicados en el norte del país escribían y escriben más allá de los tópicos del desierto, el narcotráfico y la frontera, configurando universos personales con oficio literario en la mayoría de los casos; si se trataba de exponer la multiplicidad de las técnicas literarias, atmósferas y tonos de sus escrituras, creo que esta antología es una muy buena muestra de todo ello, aunque me parecen inexplicables las ausencias de Geney Beltrán y Carlos Velázquez.

Si la intención era, además, hacer patente ese aire de familia que se respira entre los narradores del norte, ese modo de ser norteño, al menos desde los albores del siglo pasado, no sé si la selección haya sido la mejor o haya estado forzada. Encuentro esa afinidad en los cuentos de Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Nellie Campobello, Abel Quezada, José Revueltas, Inés Arredondo, Carlos Montemayor, Daniel Sada, Víctor Hugo Rascón Banda, Jesús Gardea, Cesar López Cuadras o Federico Campbell, por citar algunos nombres importantes, mas no en los relatos de Alfonso Reyes, Julio Torri, Dulce María González, Guillermo Lavín, Ignacio solares, Vicente Alfonso o Luis Panini. La circunstancia de haber nacido en el norte no basta.

Y si todos caben en la etiqueta de la narrativa del norte, yo me pregunto con toda sinceridad: ¿qué es entonces la narrativa del norte? ¿el platillo volador de Alfonso Reyes, la mujer diminuta de Dulce María, las evocaciones chilangas y los sueños de Ignacio Solares o la Tijuana de Federico Campbell? Me advierto confundido por estas preguntas a las que no encuentro respuestas claras en esta asamblea de narradores; pero al mismo tiempo satisfecho de haber leído un libro que reúne, casi en su totalidad, excelentes cuentos. En su faceta de compilador, Eduardo Antonio Parra nos ha entregado un trabajo ambicioso. Se propuso rastrear y bosquejar una genealogía de escritores que sustenta una tradición literaria del norte, con sus particularidades, y el resultado ha sido satisfactorio, salvo por los cuentos que, por su contenido y ejecución, no parecen descender de esa estirpe literaria. Con todo, esa es una de las aportaciones de este libro para leer, entender y mirar de otro modo la narrativa que da cuenta de muchos nortes y de muchas voces que comenzaron a forjarse al alba de la centuria pasada.

Una última cosa. Olviden lo que les he dicho. Dejen a los académicos y a los críticos la literatura del norte. Lean este libro de cuentos y piérdanse de una buena vez en las páginas de su lectura.

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