La violenta claridad del lenguaje

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Hace una semana La jornada semanal publicó un breve ensayo de Luis Guillermo Ibarra sobre la peculiar narrativa de la escritora Selva Almada, autora de las novelas El viento que arrasa (2012), Ladrilleros (2013) y Chicas muertas (2015), quien sabe contar historias de violencia con sobriedad, claridad y una salvaje contundencia. El siguiente texto puede servir como una buena invitación para acercarse a esta narradora argentina:

A pesar del esfuerzo de las editoriales independientes, la producción literaria en Latinoamérica sigue circunscribiéndose a su región de origen. Aún con los ilimitados canales que han abierto las redes, las compras de libros por internet, un enorme número de relevantes autores está aún demarcado por su suelo, sin concebir un diálogo mayor al de su país. El salto a otros territorios del continente se sigue dando desde España, conquistando los sellos ya acondicionados para un mercado y un circuito favorable de lectores. Incluso, entre estos mismos sellos, las fórmulas de fragmentación de su producción –por países–, han sido caldo de cultivo para ese aislamiento al que me refiero. El caso de Miguel Gutiérrez es sólo una muestra de esta reclusión editorial. A pesar de haber escrito una de las obras literarias más ambiciosas y mejor recibidas por la crítica literaria en Perú en las últimas décadas –La violencia del tiempo (1992)–, fuera de su país resulta un escritor con muy escasos lectores.

Entre esta reserva de autores, el nombre de Selva Almada tiene un lugar muy particular. De sobra sabemos el reconocimiento que ha tenido en su país gracias a sus últimas publicaciones en la Editorial Mardulce. Sobre la escritora argentina, nacida en Entre Ríos en 1973, Beatriz Sarlo no ha dejado de resaltar sus méritos, considerando que se trata de una “literatura de provincia como la de Carson McCullers, por ejemplo. Regional frente a las culturas globales, pero no costumbrista. Justo al revés de mucha literatura urbana, que es costumbrista sin ser regional”.

Selva Almada sabe penetrar en la historia de violencia contemporánea por medio de un lenguaje configurado desde los abismos de sus personajes y los infiernos de sus complejidades humanas. Sus novelas son algo parecido a las microhistorias bien contadas. Viajes circunscritos a escenarios definidos, imposibles de romper. La vieja idea flaubertiana del conflicto que generan los sueños y los deseos está latente en sus novelas. Digo esto de conflicto, pero debo recalcar que también hay un tedio, una normatividad de los horrores, como si fueran el termómetro de todos los días.

En la novela Ladrilleros (2013), el crimen demarca la sociabilidad o las desavenencias entre las familias del Litoral. Se respira de todo en ese pequeño mundo de provincia: muertos que no interesan, crímenes sin testigos y genealogías familiares arrastrando la marginación y el derrumbe, al compás de sus infinitas venganzas. Estos conflictos estarían ya presentes desde la publicación de su libro de relatos Una chica de provincia (2007).

Quien se atreva a pensar en un libro de un estilo aparentemente sencillo y de una sórdida complejidad, no puede menos que recurrir a su primera novela, El viento que arrasa (2012). Selva Almada olvida las viejas tentativas de experimentación del lenguaje, que dieron como resultado una gran cantidad de obras de artilugios vacíos. Lo suyo es más bien el regreso, la misión de contar con una inocencia poética

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Pueden leer aquí una crónica publicada en Letras Libres.

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