Alberto Manguel: la curiosidad nos hace transgredir

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Eduardo Huchín Sosa, de Letras Libres, entrevista al escritor Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) a propósito de su reciente libro Curiosidad. Una historia natural (Almadía, 2015). El autor de la memorable Una historia de la lectura (1996) afirma que su manera de ser natural descansa (o se inquieta) en la interrogación, en el cuestionamiento, en el que sais-je de todas las cosas. La curiosidad es humana y es también una forma activa de la transgresión que debería enseñarse en las escuelas. “Las preguntas son peligrosas porque alteran el orden establecido […] Preguntar es levantar la tapa de la caja de secretos, abrir la puerta prohibida. La curiosidad nos hace transgredir para avanzar. Una sociedad en la que no se hacen preguntas es una sociedad muerta”.

Aquí algunas preguntas y respuestas:

Todos sus libros son productos de una personalidad que no dudaría en calificar de “curiosa”. ¿En qué momento se dio cuenta que la curiosidad en sí era tema para un libro?

Mi modo natural es el interrogativo: siempre me ha sido más fácil cuestionar que afirmar, y cada afirmación provoca en mí el impulso de preguntar por qué. Después de escribir tanto sobre la lectura y los libros, hace unos cuantos años, quise ver si una obra que para mí fuese inmensa (porque la dimensión de un libro depende de su lector) daría forma a ciertas preguntas que me he repetido a lo largo de los años. La obra inmensa que elegí fue la Divina comedia de Dante. Las primeras anotaciones para el libro datan de 2009.

A la manera de Montaigne, usted también es materia de su libro: el registro personal le sirve para ilustrar la necesidad universal de hacernos preguntas. ¿Es una cualidad que tenía pensada desde el principio o que descubrió a medida que lo escribía?

Cuando acabé de escribir el primer borrador de Una historia de la lectura hace más de veinte años, se lo envié a un amigo, el filósofo canadiense Stan Persky, y le pedí que me diese su opinión. Stan lo leyó y me lo devolvió diciendo que le parecía interesante pero que, para él, faltaban en el libro episodios personales, anécdotas de mi vida que (según Stan) ilustraban los temas del libro y ayudaban al lector a traducir esos temas a su experiencia. Seguí el consejo de Stan y agregué al libro, como un hilo rojo, episodios de mi vida. Hice lo mismo para Curiosidad. Una historia natural, solo que en este caso los episodios actúan como prefacios a los capítulos, una suerte de preámbulo que el lector puede saltarse o no, según lo desee.

En su libro admite que, tras muchos intentos, leyó por primera vez la Divina comedia a los sesenta años. ¿Qué le descubrió este clásico a un lector tan experimentado como usted?

La Comedia es un libro infinito. No porque se extiende hacia un horizonte inalcanzable (el lector, como Dante mismo, llega a la inefable visión final en los últimos versos) sino porque sube o desciende en espiral hacia una cima o un abismo de sentido casi al alcance de nuestro entendimiento, pero nunca del todo. Generaciones y generaciones de lectores han ahondado en la Comedia y han comentado sus muchos significados, pero sabemos que ningún comentario dantesco es el definitivo. Es cierto que cualquier gran libro desautoriza una lectura absolutamente final, pero la Comedia no solo se revela inexhaustible sino que se enriquece con cada nuevo recorrido, de manera que, después de la lectura de un Jorge Luis Borges o de una Olga Sedakova, la Comedia es más densa y más compleja aun de lo que era antes.

Con frecuencia uno asocia la curiosidad a la labor científica. Da la impresión que la curiosidad sirve para conocer un mundo que estaba ahí antes de tener conciencia de él. ¿Cómo describiría la curiosidad enfocada a la cultura, a la exploración de las obras hechas por el hombre (las del arte, por ejemplo)?

No sé si existe una diferencia profunda entre nuestra curiosidad por el mundo y nuestra curiosidad por el arte. El mundo de nuestra experiencia es algo ya elaborado por nosotros, traducido por nuestros sentidos, nuestras capacidades intelectuales, nuestras emociones, nuestro contexto cultural. Nunca vemos un mar o una montaña como elementos absolutamente externos a nuestra existencia; somos incapaces de una mirada neutra. De manera que, frente a una nube o a un árbol, nuestra curiosidad se manifiesta a través de nuestra apropiación consciente o inconsciente del árbol o de la nube, atribuyéndoles cualidades temporales, espaciales, estéticas, existenciales, metafóricas que no existen de por sí en el universo. Como si fuesen la representación pictórica de una nube o la crónica literaria de un árbol

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