E. L. Doctorow: la escritura como transgresión

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(Ilustración de Ricardo Figueroa)

¿Cómo se hizo escritor un escritor? ¿Fue una decisión temprana o tardía? ¿Hubo libros en su casa, conversaciones literarias de sus padres, hermanos, tíos o amigos? ¿Quiénes influyeron en la decisión del niño, joven o adulto de convertirse en escritor? ¿Qué libro o libros fueron cruciales para despertar una vocación literaria tan potente? ¿Qué es la escritura para ese escritor? Éstas son algunas de las preguntas que ordinariamente nos hacemos ante autores cuya obra nos apasiona o interesa. Queremos saber cómo llegó a la lectura y, casi como inevitable consecuencia, a la escritura.

El poeta Rafael Vargas tradujo para la última edición de nexos un excelente ensayo autobiográfico del narrador E. L. Doctorow (1931-2015), quien rememora momentos fundamentales de su infancia, de su nombre como destino, de su ciudad, que lo llevaron primero a descubrir una vocación por las palabras y luego a formarse como escritor profesional. “El personaje que nos entrega”, dice en un texto introductorio el traductor, “es el de un muchachito embelesado por el poder de la palabra. Desde niño se vio encantado no sólo por lo que la palabra dice sino por la manera en que lo dice”.

Les comparto un fragmento de La infancia de un escritor:

Me llamaron Edgar porque mi padre adoraba la obra de Edgar Allan Poe. También le gustaba la obra de James Fenimore Cooper —en realidad, le gustaban muchos malos escritores. Me consuela el que Poe sea el más grande de nuestros malos escritores. Justo hace unos cuantos años le decía a mi envejecida madre: “¿Papá y tú se dieron cuenta de que me pusieron Edgar en homenaje a un alcohólico, drogadicto y psicótico con fuertes tendencias necrofílicas?”. “Edgar”, respondió, “eso no es gracioso”.

Claro que de niño yo no era consciente de nada de esto, ni del hecho de que Poe, en medio de una nación en pleno florecimiento, detestaba sus masas democráticas y prefería el tormento aristocrático de su mente solipsista que proyectaba en los calabozos, barriles, habitaciones tapiadas y demás prisiones sofocantes de sus cuentos. Andando el tiempo también yo aprendería a amar a ese brillante escritorzuelo, ese visionario paupérrimo, ese crítico contencioso enfrascado en las batallas literarias de su hora. Inmigrante en Nueva York, con una palpable aversión por la elite literaria de Nueva Inglaterra, siguió su solitario y dolido camino como poeta de amores perdidos y psicólogo de lo perverso. Pero de niño todo lo que yo sabía era que mis padres me habían bautizado en honor de un escritor tan famoso que estaba incluido en la baraja de los Autores, un popular juego adivinatorio de naipes.

Nombrar es un asunto de la mayor importancia. Cada nombre conlleva un mandato y a veces, en combinación con otras circunstancias de la vida, un destino. Por fortuna, no fue mi caso tomar drogas ni beber hasta quedarme ciego. Pero junto con la resonancia literaria de mi nombre me encontré en una casa llena de libros, de estanterías llenas de ellos: los libros de mis padres, los libros de mi hermano mayor, los libros que mi madre rentaba en la biblioteca que había en la farmacia de la esquina. Y los libros con que yo regresaba bajo el brazo cada semana después de visitar la sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York, ubicada en la Avenida Washington en el Bronx.

Cuando a la edad de ocho años fui hospitalizado a causa de una apendicitis aguda, me dieron un nuevo tipo de libro que acababa de aparecer: un libro que cabía en el bolsillo del saco o en el bolsillo trasero del pantalón; un libro de bolsillo, de tapa suave, que costaba tan sólo veinticinco centavos. Sin saber que me encontraba al borde de la muerte, en los intervalos de los delirios que me producía la fiebre leí Tráiganlos vivos, de Frank Buck, un injurioso supremacista blanco que cazaba animales para los zoológicos y se autopromovía con gran bombo; Bambi, por un anodino escritor austriaco llamado Felix Salten (sólo alguien anodino podría haber escrito esa insípida historia de un ciervo); enseguida, una novela de misticismo oriental no muy reputada escrita por James Hilton: Lost Horizon, mi introducción a la idea no materialista de un cielo en la tierra (bastante aburrida) y, por último, Cumbres borrascosas, una novela sobre cosas de adultos que no me interesaban. Estos fueron algunos de los primeros diez títulos publicados bajo el sello Pocket Books, una nueva idea en el medio editorial estadunidense robada a los europeos. Todavía los tengo y los recuerdo reposando en el buró al lado de mi cama, como amuletos detrás de los cuales me veían mis pálidos, preocupados y demacrados padres, cuyo amor por su desdichado hijo enfermo revivo a esta avanzada edad —esa luz bajo la cual vivimos y vemos, si somos afortunados, pero que sólo logramos captar, no cuando compartimos nuestra vida adulta con nuestros padres y ni ellos ni nosotros la recordamos especialmente, sino después de su muerte, cuando eso es lo que permanece, esa luz constante e irreductible.

Es fácil entender que a los veinticinco años, liberado del ejército, casado y con un hijo en mi haber, buscara ávidamente y encontrara empleo como editor en otra casa editora de libros de bolsillo: New American Library —me ocupaba de dos sellos: Signet y Mentor— durante la época que resultaría ser el apogeo de la edición masiva de bolsillo, que para entonces ya costaba setentaicinco centavos o un dólar y cuarto si era un libro grueso. Tuve la suficiente cautela para no revelar mi deseo de robarme todos esos libros que tenía a mano, ni la emoción de que me pagaran por encontrar y leer buenos libros y comprar los derechos e imprimir cien mil ejemplares de una oscura primera novela, ponerle una cubierta llamativa y enviarla a todos los aeropuertos del país, todas las farmacias y estaciones de ferrocarril, para que la gente la comprara con lo que recibía de cambio en aquellos días en que era posible encontrar un libro valioso en ese mercado masivo —no una novelita romántica, ni un thriller prefabricado, sino un libro (el Doctor Zhivago, de Pasternak, el Hombre invisible, de Ralph Ellison) que garantizara una “buena lectura para las masas” como el editor prometía, del mismo tipo de las que mis padres me procuraron cuando estaba en el hospital en peligro de muerte

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