Tres filmes sobre empleadoras y trabajadoras domésticas

Lugar común

A propósito de una muestra fotográfica que se exhibió en la Bienal Internacional de Arte de Cartagena de Indias en 2014, en la que cada imagen mostraba a dos mujeres frente a la cámara, vestidas de igual manera, algunas muy parecidas físicamente, pero una era la patrona y otra su empleada doméstica, se confirmó lo complicado que era para el público, sin tener referentes o marcas que indicaran la clase, distinguir quién empleaba y quién era la trabajadora doméstica. “Mirar a las mujeres despojadas de su caracterización de opresora/oprimida permitía imaginarlas habitando el mismo estrato”, escribe Fernanda Solórzano, crítica de cine de la revista Letras Libres, quien revisa en la edición de septiembre de la publicación tres filmes latinoamericanos, Cama adentro (2004), La nana (2009) e Hilda (2014), que abordan, de una forma peculiar, la relación entre empleadas domésticas y empleadoras.

Patronas y sirvientas:

Situada en Argentina tras la crisis del 2001, Cama adentro (equivalente a “de tiempo completo”) muestra la codependencia entre Beba, socialité en decadencia, y Dora, su mucama estoica. A lo largo de los treinta años de convivencia, Dora ha aprendido los códigos de sofisticación de Beba. Ahora que la patrona se niega a aceptar su nueva situación económica, Dora la ayuda a sostener la mentira: rellena botellas de whisky caro con otro de supermercado, paga con su dinero artículos de limpieza y se emperifolla para atender partidas de canasta. Lo hace con mala cara y amenazando con irse: Beba le debe seis meses de sueldo, y esto ha frenado la construcción de la pequeña casa en la que planea retirarse. Aunque la patrona la remunera a su modo (aplicándole mascarillas de lodo, llevándola al salón de belleza) eso no la detiene: renuncia y se retira a su casa a medio terminar. En las escenas que siguen a la separación de las mujeres, Gaggero sugiere el problema de fondo: tanto Dora como Beba han dejado de encajar en la clase social en la que nacieron. Las separa un abismo de valores y educación, pero se cuidan y acompañan como no lo hace nadie más. Cuando Beba visita a Dora, esta la invita a pasar la noche. La frase cama adentro cobra un sentido distinto, y muestra la inversión de roles que igual sugiere Lugar común.

Más oscura de lo que aparenta, La nana se centra en Raquel: el personaje del título que ha trabajado por más de veinte con una familia chilena. La primera secuencia presenta a esta familia festejando el cumpleaños de su empleada con pastel, regalos y aplausos. Raquel, sin embargo, se muestra huraña y siempre en guardia. Sus constantes migrañas sugieren ser somatizaciones, aunque nadie –ni el espectador– adivina de qué. Cuando Pilar, la señora, intenta contratar a una segunda empleada en la casa, Raquel hace imposible la vida de las candidatas. Solo Lucy, una nana sonriente, resiste con paciencia los ataques de Raquel y un día vislumbra el porqué de su hostilidad: comprende que la mujer ha depositado todo su afecto en la familia que la emplea. La sola idea de compartirla le causa un miedo enloquecedor.

En un tono más satírico, Hilda pone la neurosis en la figura del empleador. En el contexto del México actual, narra la historia de Susana: una ama de casa atrapada en una jaula de oro, dominada por un marido clasista que la ignora, la humilla y se burla de su pasado como activista de izquierda. En busca de una nana que cuide de su nieto, Susana contrata a la esposa de su jardinero: la Hilda del título, por quien empieza a desarrollar una obsesión malsana. Le dice que quiere que sean amigas, le habla de sus ideales marxistas y le regala un huipil para que puedan verse “igualitas”. Hilda intenta volver a su casa y Susana se lo impide. Durante el breve secuestro, la patrona baña a la empleada en una tina de espumas, le hace una cena de lujo y se pone su uniforme. Cuando uno de sus guaruras la confunde con Hilda, Susana se muestra orgullosa de parecerse a ella.

Muchos dirán que estas películas, como las fotos de Lugar común, “suavizan” el problema de base: la falta de derechos que amparan a las trabajadoras domésticas, el doble filo de considerarlas “parte de la familia” y la creencia de que el afecto compensa todo lo demás. Les diría que, por el contrario, estos desequilibrios son el elemento más inquietante de sus historias. Ahí está la dependencia patológica de Raquel a un clan ajeno, la cosificación que hace Susana de Hilda o, en las tres películas, apuntes brutales sobre el clasismo arraigado en las señoras: las palmaditas con las que Beba se anuncia en casa de Dora, la campana con la que Pilar llama a Raquel para que apague las velas de su pastel, o Susana diciéndole a la propia Hilda que “nunca había tenido ‘una Hilda’”

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