Un cuento de Antonio Monda

decimocuarto_grande

En la edición 15, primavera 2015, de la revista Granta se publica el cuento El decimocuarto, del escritor y cineasta italiano Antonio Monda (1962), una graciosa historia que relata las vicisitudes de un individuo cuyo oficio es el de ser el “decimocuarto” en las reuniones de salón de los ricos para evitar que haya un trece en la mesa. En un mundo regido por las apariencias, el falso afecto y las hipocresías, el protagonista se va convirtiendo en un profesional del oficio hasta que se topa con una chica cuyas provocaciones lo harán ascender o descender de lugar.

Disfruten este relato. El decimocuarto (versión del italiano de Mª. Ángeles Cabré):

Mi oficio es el de decimocuarto. Lo sé, no es un auténtico oficio y la verdad es que tampoco gano demasiado dinero con él. Ni siquiera es algo que se pueda contar por ahí sin despertar hilaridad y compasión, pero hace tiempo que esta situación no me da ni la más mínima vergüenza.
A decir verdad, al principio me avergonzaba mucho y sentía rabia hacia quien me convocaba por pura necesidad, y hacia mí mismo que aceptaba. Rabia y desprecio. Pero después entendí que de la vida sólo queda reírse y que no hay nada, pero nada mejor que dar a tus inter- locutores la impresión de que son ellos los que te miran de arriba abajo cuando eres tú el que los tiene en un puño al estar al corriente de sus vicios, mezquindades y debilidades. Es un exquisito pla- cer saber que eres tú quien les toma el pelo, que tienes el poder de comprometerlos con tu sola ausencia y que tu presencia, para nada deseada pero indispensable, debe parecer verosímil con una con- versación que a veces incluso tiene la apariencia de ser sincera. Hi- pocresías que provocan satisfacción.
La primera vez que fui invitado tan sólo para evitar el riesgo de ser trece a la mesa, el corazón me dio un vuelco. Me pregunté qué había hecho para no estar en la lista de los auténticos invitados, cómo era que habían pensado en mí sólo por desesperación. No me lo dijeron
explícitamente –en ciertos ambientes, sólo se es explícito cuando se quiere demostrar algo–, pero una llamada que llega dos horas antes de una cena habla por sí sola. El tono había sido melifluo, incluidas las disculpas por una invitación tan tardía, pero la ansiedad respecto de un posible «no gracias» mío evidenciaba lo mucho que me necesi- taban y yo me divertí poniéndoselo difícil. «He anulado un compro- miso justo hace una hora, no me encuentro demasiado bien. No sé si podré ir.»
La ansiedad de la anfitriona aumentó y yo esperé a que llegara casi a implorarme. Resulta delicioso ser testigo de cómo se vuelven inseguros y revelan la vulgaridad que creen no poseer. Me contó a quién había invitado, subrayando la importancia de los nombres sin ni siquiera demasiado pudor. Me habló de las ganas que tenía de que los conociera y lo mucho que le gustaría contar con mi presencia. Dijo otra vez que lamentaba llamarme en el último momento. Se había tratado de un error. El secretario se había despistado y aho- ra ella llamaba en persona justamente para que supiera las ga- nas que tenía de que yo acudiese esa noche. La mantuve en vilo un poco más, por el placer de ver cómo sufría, y después, finalmente, acepté.
Una vez colgado el teléfono, tuve la tentación de no presentarme y de enviar en mi lugar un gato negro. Así, sólo para imaginarme la cara de la anfitriona y de los importantes comensales. Pero después decidí acudir y esa noche empezó mi vida de decimocuarto.
Era uno de esos salones en los que se presume de vivir en la modernidad, se tiene al menos una casa en el extranjero y las bromas más importantes se hacen en lengua extranjera. En los que la religión es una droga, una mentira de la que librarse. Pero jamás trece a la mesa, eso sí que sería un drama.
Debo admitir que hace mucho tiempo que aspiraba a formar par- te de ese salón, pero que siempre había sido ninguneado. Es más, digámoslo claramente, rechazado. Me atraía la riqueza, el poder de los invitados que se sentaban en torno a esa mesa, a esas conversacio- nes que hacían que me sintiera el centro de algo importante

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