La escritura furtiva de Fabio Morábito

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Una sociedad que privilegia, hasta la exacerbación, el rendimiento, la productividad, el trabajo útil y el dinero no puede sino mirar con recelo, cuando no con menosprecio, la lectura y la escritura literarias. Dos prácticas, dos hábitos que suelen florecer, ostensivamente, en los momentos inútiles de ocio creador, soledad, silencio y calma. Hijas de la quietud, la introspección y la noche. Leer y escribir es poner una pausa, tomar un respiro, suspender los negocios, hacer estallar la realidad, bajar el volumen a nuestras palabras y escuchar mejor los mundos interiores propios y de quienes nos rodean. Pero parece que en la sociedad del consumo y las prisas hay que leer o escribir furtivamente, casi ocultos como ladrones (aunque hoy los ladrones ya no se escondan). Quien lee y escribe en el trabajo roba horas a su empleador; quien lo hace en su tiempo libre, roba horas a su familia y a sus amigos. Al menos queda la sensación culposa de que se es el autor de un robo.

En su libro El idioma materno (Sexto Piso, 2014) Fabio Morábito (Alejandría, 1955) confiesa que se levanta muy temprano a escribir, “cuando todo el mundo está dormido”. Lo imagino desplazándose a hurtadillas de su recámara hacia la mesa de escribir, acechando, mirando a todos lados, esperando el instante preciso de la madrugada para cometer el robo, “porque cuando se escribe con intensidad [y Morábito escribe así] se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más”. No sólo por la hora en la que escribe, sino por el saqueo de palabras al que se entrega nuestro escritor, es comprensible que éste conciba la escritura como una actividad furtiva y ladrona; una huida del agobio habitual. A fuerza de buscar las palabras exactas, el escritor se dedica a sustraerlas de todas partes y a acomodarlas en su provecho. “El artista de la prosa [también del verso] evoluciona dentro de un mundo lleno de palabras ajenas, a través de las cuales busca su camino” (Bajtin).

El idioma materno reúne 84 textos breves, de apenas página y media, en los que el también poeta Fabio Morábito ensaya mientras relata o narra mientras reflexiona acerca de la condición vampírica del escritor que escribe en una lengua distinta a la materna –como lo hace el propio autor, cuya infancia y parte de la adolescencia transcurrió en Italia— y que padece la sensación de vivir dos vidas o de llevar una doble máscara (“yo nací en un combate/ de lenguas y de orígenes”); un rasgo, el de estos escritores afincados en otro idioma, que “suele traducirse en un exceso de estilo”. No sé si exceso, pero si hay un elemento común en todos los escritos de este libro ese es la voluntad y la consecución de estilo, la búsqueda y conquista de la eficacia (hasta del sonido) de cada frase. La verdadera diferencia entre la prosa y la poesía es que “sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea”, apunta Morábito. La poesía avanza por pasos; la prosa marcha, sin detenerse, como seducida por el anzuelo de su objetivo. No obstante, la prosa de nuestro autor en estas miniaturas textuales parece estar escrita a la manera del poema: línea a línea, comunicando lo esencial, comprometiendo la escritura con el arte, “porque escribir sin estilo equivale a no escribir”. Flaubertiano, Morábito es un arquitecto de la frase, acaso un obrero de la depuración.

En Fabio Morábito no sorprende la brevedad de sus prosas, como tampoco la de sus poemas (La ola que regresa, 2006). Se trata de un escritor que ha decidido viajar por la vida ligero de equipaje, como quien habita y se traslada permanentemente en una casa rodante, obligado a utilizar pequeños espacios de muy distintas maneras. Su escritura ha logrado hacer “caber la mayor cantidad de materia en el menor espacio”: versos y ensayos cortos cuya ejecución no deja de ser memorable, ¡hacen mucho con tan poco!, son casas rodantes de palabras. Podría extenderse más, quizá comprar un excedente de terreno. Sin embargo, para qué malgastar palabras si se puede reducir la literatura a la “efusividad del arrebato comunicativo”, al lenguaje de las miradas y los gestos, a los balbuceos primarios del idioma materno, a la poesía.

“Un escritor de narrativa o de poesía que posea más de mil libros empieza a ser sospechoso. Para qué escribe, me pregunto. Sólo debería escribirse para paliar alguna carencia de lectura”. Entre menos libros tiene un escritor, más huecos encontrará en su biblioteca y sentirá la necesidad de tomar la pluma para corregir esa falta en sus estantes. Cuando uno lee los libros de Fabio Morábito e identifica una voz original entiende que han sido escritos para suplir una ausencia en los libreros de los más variados lectores.

Hay otra manera peculiar de concebir y escribir libros con paciencia a lo largo del tiempo: subrayarlos. “Los subrayados son la evidencia de una lectura acuciosa y apasionada”. Quien subraya va escribiendo también un libro autónomo, propio, el libro que siempre quiso escribir. A la vuelta de los años uno debería recopilar las frases, las oraciones subrayadas y las divagaciones anotadas en los márgenes de los libros leídos, sólo para descubrir que hay ahí, acabado, otro libro de sorprendente unidad y consistencia –que fue cobrando forma en los momentos en que deteníamos la lectura, tomábamos la pluma o el lápiz y comenzábamos a escribir la lectura—: nuestro libro, el que faltaba en la biblioteca. Si lo meditamos un poco, subrayar libros, reescribirlos mientras leemos, es otra manera de robar palabras y apropiarnos de un lenguaje que al principio parecía ajeno. Piratas de la lectura, cavamos en las páginas como quien busca tesoros para desenterrarlos. Subrayar libros es otra forma de la escritura furtiva.

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2 Responses to La escritura furtiva de Fabio Morábito

  1. Rhafhaell says:

    Algunos nos identificamos en este post. En alguna novela de Paul Auster (creo DIARIO DE INVIERNO) mencionaba que mientras no se escribe sucede lo extraordinario, sucede la vida. Felicidades por la fluidez digerible del estilo narrativo.

    • Irad Nieto says:

      Gracias, estimado Rhafhaell. Precisamente hoy leía a Robert Louis Stevenson cuando dice que debemos preocuparnos menos por escribir y pensar en la posteridad que por vivir. Vivir, de eso se trata la vida.

      Saludos y gracias por tu comentario!!

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