Un cuento de Juan Manuel Robles

gastronomía

La revista Letras Libres publicó, en su edición del mes pasado, un irreverente cuento del escritor peruano Juan Manuel Robles. Una historia que se desarrolla en un universo freak, obsesionado por la gastronomía y los orgasmos del paladar. Les recomiendo la lectura de Huancaína freak:

Romper un huevo sin que ocurra una pequeña catástrofe es difícil. Siempre he creído eso y vuelvo a pensarlo ahora que las circunstancias me han colocado en la cocina blanca para vérmelas por mí mismo y preparar algo de comer. El sol entra por la ventana y baña la pared de mayólicas en la que mi contorno reflejado puede vislumbrarse como en un espejo malísimo, borrosa leche derramada, pero lo suficientemente efectivo para mostrar quién yo soy en líneas generales: un metro ochenta y dos de flaca y pálida torpeza con un huevo en la mano. Sería una escena cotidiana, pero para mí es una estampa del aislamiento vital. Vivo en una ciudad enferma, trastornada por la comida, adicta a los orgasmos del paladar. Todos cocinan, todos dicen haber creado un plato, todos tragan y todos son críticos: comer es un carnaval permanente y una explosión demencial. En mis alucinaciones más tétricas –y tengo muchas– mis conciudadanos son freaks golosos, gente que tiene las papilas gustativas en forma de deditos, miles de manos en miniatura moviéndose en la lengua y muchas yemitas en los deditos dentro de la bóveda oscura de una boca cerrada. Hubo un escritor que dijo que las yemas de los dedos tenían cerebritos, y eso debe pasar con las lenguas de la gente de mi ciudad: millones de papilas con pensamiento autónomo. Mi padre es chef. Tiene una cadena de restaurantes. Se hizo famoso a comienzos de siglo, más o menos por la época en que yo nací. Mi hermano mayor era un cocinero con prácticas en Dal Pescatore de Italia. Sabía hacer estatuas de hielo y esculturas de caramelo. Murió atragantado mientras volaba desde Londres para visitarnos. Mi hermana menor es fotógrafa gastronómica y por estos días desarrolla el tema “Camotes flotantes”. Mi prima Laura es sommelier y su hijo de cuatro años está yendo a la Escuela de Pequeños Chefs del dinosaurio Berny. Por el Día de la Madre, hizo una papa a la huancaína y mi prima lloró de emoción, de tal forma que una lágrima fue a parar en la salsa y añadió la pizca de sal que faltaba. Todos en casa adoran al niño. Mi mejor amigo se especializó en postres, pero no lo veo hace mucho porque vive en Melbourne, dulcemente acompañado. El presidente agasajó al general mayor de un país vecino y amigo con un tiradito preparado por él mismo: los guardaespaldas visitantes se pusieron en guardia cuando sacó los afilados cuchillos para hacer cortes precisos. La última miss Perú, un caramelito con unas pantorrillas firmes que suelo imaginar suspendidas hacia arriba en golosa abertura, demostró en la tele que sabía cocinar los mejores tamales del barrio en su norteña ciudad natal. Mi abogado se dedica a patentar creaciones culinarias nacionales, y también ha patentado la suya: paiche a la florentina en salsa de berenjena con plátano, o algo así. El mapa de mi país no es un mapa: es el contorno arbitrario que un cuchillo dibujó en un enorme trozo de materia comestible.

Pero yo no puedo romper un huevo sin que ocurra un desborde acuoso sobre la mesa. Tengo veinticinco años. Viví mi adolescencia enfrentado con mi familia, y eso en el recuerdo es la imagen proyectada de una larga noche en una habitación cuyas paredes irradiaban la misma blanca hospitalidad de una celda: las luces exteriores ajenas y agresivas, el ruido de los cubiertos rozando contra los platos y esos olores que todos celebraban, allá abajo, mientras lo único que yo quería era una máscara de oxígeno. Viví recluido. Solo me apetecía hacer muñecos de plastilina y coleccionar flores. Agapantos, orquídeas, siemprevivas, nardos: solía dibujarlas en los espacios vacíos de un libro de recetas que nunca leí. Cuando cumplí doce años, abrieron por la fuerza la puerta de mi cuarto, botaron mis flores y me llevaron a la cocina para aprender a preparar pescado crudo con limón. Querían que supiera lo que todos saben. Pero vomité sobre el pez que –puedo jurarlo– aún sufría espasmos de agonía en la tabla de picar. Trajeron profesores, pues para mi padre era “desolador” ver que yo no podía interesarme en aquello por lo que él había luchado toda su vida. En el colegio, reprobé tres años seguidos la asignatura de Fundamentos Gastronómicos (obligatoria por culpa del Ministerio de Educación desde hace una década), me suspendieron por negarme a cortar el corazón de una vaca en tercer año y, en cuarto, porque escupí en la mezcla del ajiaco de una compañerita para ver si se ponía más espeso. El profesor me hizo comérmelo. Lo golpeé y me suspendieron. Mis padres me llevaron al médico a ver qué ocurría con mi olfato. El diagnóstico no arrojó ninguna anomalía en mis fosas nasales. El médico era amigo de la familia. Cada seis meses, nos invitaba un seco de chabelo preparado por él mismo, y cuando, ya sentado en la mesa, se disponía a comer el primer bocado, miraba hacia donde estaba yo para decirme: “Hey, ¿cómo va esa nariz?” Mamá agachaba la cabeza, triste. Mi padre se llevaba una copa de vino a la boca, para cubrirse el rostro. Mi hermano me pegaba un lapo. Él y mi hermana sabían perfectamente que yo nunca iba a pisar el restaurante de papá

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