Rosario Castellanos y el feminismo

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La profesora del Colegio de México, Gabriela Cano, nos hace un recuento en las páginas de Confabulario sobre la relación intelectual entre la escritora Rosario Castellanos y el feminismo, el cual se manifestaría a finales de los años setenta. Como resultado de sus lecturas, intereses y marcado entusiasmo por la emancipación de las mujeres, Castellanos sentó las bases en su obra para un feminismo más activo en nuestro país. Aquí el artículo de Gabriela:

Rosario Castellanos comprendió cabalmente la relevancia de la protesta feminista de la nueva ola que se manifestó estrepitosamente en centros urbanos de Estados Unidos desde finales de los años sesenta, en forma casi paralela al movimiento estudiantil y al calor de la contracultura juvenil. Fue una de las primeras plumas que abordó el tema con conocimiento de causa en la prensa mexicana. No sólo informó a la opinión pública sobre la “liberación de la mujer”, como se nombró a las movilizaciones de aquellas jóvenes que no se conformaban con tener los mismos derechos ciudadanos que los hombres, sino que exigían poner fin a la jerarquía masculina y ansiaban convertirse en sujetos autónomos, capaces de decidir sobre todos los aspectos de su vida, de disfrutar su cuerpo y determinar su maternidad, sino que Castellanos hizo suyas algunas propuestas del nuevo feminismo para incorporarlas a su diagnóstico de la situación de las mujeres mexicanas y al proyecto emancipatorio que se derivaba de éste.

No causa sorpresa que el nuevo feminismo figurara entre los principales intereses intelectuales y políticos de la escritora. La preocupación sobre las desventajas sociales y prejuicios que limitaban a las mujeres estuvo presente en el conjunto de obra. Su narrativa, su poesía, sus ensayos y su vasta obra periodística tratan, ya sea en el primer plano o en el trasfondo, asuntos relacionados con las condiciones sociales de las mujeres. En uno de sus escritos tempranos Castellanos manifestó el interés que le despertaban las rebeldes, “aquellas que se habían separado del rebaño e invadieron un terreno prohibido”. Le intrigaba comprender “¿cómo lograron introducir su contrabando en fronteras tan celosamente vigiladas [como son las del mundo de la creación intelectual]. Pero, sobre todo, ¿qué fue lo que las impulsó de un modo tan irresistible a arriesgarse a ser contrabandistas? Porque lo cierto es que la mayor parte de las mujeres están muy tranquilas en sus casas y en sus límites, sin organizar bandas para burlar la ley. Aceptan la ley, la acatan, la respetan. La consideran adecuada…”

La escritora se interesó por el feminismo desde su etapa de estudiante universitaria. Años después, cuando ya era una escritora madura y reconocida, dedicó al tema de la emancipación feminista varias de las colaboraciones de prensa enviadas desde Israel, donde se desempeñó como embajadora de México en los últimos años de su vida, entre 1970 y 1974. En Medio Oriente fue testigo de una guerra como la que hoy nos tiene en vilo. Una pequeña selección de esos textos periodísticos fue reunida por José Emilio Pacheco y publicada en el volumen El uso de la palabra en 1975, a un año de su prematuro fallecimiento. Posteriormente, Andrea Reyes recopiló de manera exhaustiva los escritos periodísticos de la autora, aparecidos entre 1963 y 1974, en los volúmenes Mujer de palabra (Conaculta, 2003-2007).

Si en Sobre cultura femenina, ensayo filosófico de juventud (publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2009), Castellanos reflexionó sobre la marginación de las mujeres en el ámbito de la cultura, la ciencia y arte, con el paso del tiempo aprovechó sus conocimientos del pensamiento existencialista para convirtirse en una aventajada lectora de Simone de Beauvoir. Quizá fue la primera conocedora mexicana de El segundo sexo, influyente obra en donde la francesa establece que las mujeres no nacen, sino se hacen. Es decir, que ser mujer y tener una posición subordinada en la sociedad no es un destino ineludible ni un hecho de la biología o una esencia, sino que es una situación social, susceptible de transformarse.

Para 1968, el emblemático año del movimiento estudiantil mexicano, del Mayo francés y de la revuelta juvenil en tantos lugares del mundo, Rosario Castellanos, que ya era una escritora madura y con amplio reconocimiento, tituló una colaboración en la prensa con una pregunta que para muchos en ese entonces era una interrogante legítima, aunque la autora la planteara en forma retórica: “¿La mujer, ser inferior?” En la respuesta, recurrió a De Beauvoir para recalcar que, lejos de ser un destino ineludible, ser mujer o ser hombre era una configuración social como también era un hecho social la jerarquía que colocaba en una posición subordinada a las mujeres

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