El contagio de la lectura

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Durante muchos años supuse que mi vida se apoyaba, únicamente, en los libros, en el ejercicio intelectual y no en la actividad física. Cualquier ocupación distinta al diálogo con los libros la consideraba una pérdida de tiempo. La inmovilidad era mi manera de moverme en ese universo a la vez oscuro y luminoso que son las palabras escritas. A cada invitación para salir a practicar algún deporte o simplemente para caminar, mi respuesta siempre era negativa. Una tarde, quizás cuatro años atrás, mientras bebíamos café y charlábamos interminablemente sobre los conflictos emocionales que por aquella época me atormentaban, una querida amiga me propuso que la acompañara a caminar al día siguiente. Obviamente respondí que no. Ella insistió: “sólo acompáñame treinta minutos; caminamos y conversamos. Si no te gusta, no lo vuelves a hacer y punto”.

La tarde siguiente acudí al parque, encontré a mi amiga, nos saludamos y comenzamos de inmediato nuestra caminata. A los diez minutos del recorrido, en pleno movimiento de mis pies y expuesto el cuerpo al aire libre, me sentí contagiado por esa libertad de desplazarme, de escuchar el canto del follaje de los árboles y anegar mis pulmones de oxígeno. Regresé a casa eufórico, alegre, ligero, agradecido con mi amiga por el paseo, casi optimista (una rareza en mí); convencido de que, mientras fuera posible, caminaría y correría todas las tardes. Me convertí, pues, en alguien que se ejercita gracias al hechizo de una experiencia. Ni los consejos ni las invitaciones ni las indicaciones médicas me habían persuadido para que saliera a la intemperie. Acaso por ello, cuando se trata de enseñar o promover una práctica valiosa en la vida de las personas, he venido valorando más, con los años, el contagio que los consejos bien intencionados. Sobre todo en una práctica maravillosa, vivencial, como la lectura.

A finales de abril pasado la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura en colaboración con la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede México, presentó un estudio estadístico, Claroscuros en el Fomento de la Lectura, aplicado a los propios datos que arrojó la Encuesta Nacional de Lectura 2012, realizada por Conaculta. Ante el fracaso evidente de las políticas públicas para promover la lectura (los mexicanos no logramos pasar, en los últimos dos sexenios, de 2.9 libros al año) y el nulo interés de los gobernantes por la cultura, el objetivo de tal estudio era disponer de elementos que permitieran conocer cuál es el entorno que hizo o hace a un buen lector (que lee libros, que lee por gusto durante al menos 30 minutos diarios) y un no lector (no lee libros, ni por gusto ni por necesidad) y entonces sí diseñar una política pública eficaz. Por lo pronto, se obtuvieron diversas conclusiones acerca de los factores que se presentan en la vida del que probablemente será o es un buen lector.

De acuerdo con el estudio citado, el entorno cotidiano para generar un buen lector tiene las siguientes características: 1) Capital cultural. Estímulo de los padres a leer libros, visitas a museos y sitios de cultura, conversación en casa sobre lectura; maestros que organizan visitas a museos. 2) Creación de hábitos de lectura y socialización. Lectura por los padres en la niñez, animación a la lectura en la adolescencia, presencia de libros en el hogar. 3) Capacidades y actitudes en relación con la lectura. Lee los libros completos, toma notas o subraya el texto, asiste a ferias y lee oyendo música. 4) Usos sociales de la lectura. Lee para estudiar, para actualización, para divertirse, porque le gusta, para ser culto. 5) Otros. Le gusta escribir para expresar emociones o pensamientos, usa internet para estudiar o para leer libros, va a bibliotecas para leer por gusto.

Como puede observarse, en esa serie de comportamientos y contextos propicios para la lectura la escuela y las programas de gobierno resultaron irrelevantes. Y no debería extrañarnos. ¿Por qué habrían de transmitir a los niños el gusto por la lectura maestros que no leen, que jamás se les ha visto con un libro bajo el brazo o emocionados con la nariz metida entre sus páginas? Mientras la lectura se imponga en las aulas como una molesta obligación para responder a estándares y evaluaciones oficiales, los niños, jóvenes y adultos seguirán mirando los libros como aburridas tareas escolares. Conforme han pasado los años, me ha ocurrido lo que a muchos lectores: me he vuelto un escéptico en relación con los programas públicos para fomentar la lectura, y creo, cada vez más, en que a la lectura y al mundo de los libros se llega sólo por contagio, por la experiencia mágica del acto libre de leer o por ver a alguien, ensimismado, leer.

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