El error de prestar libros

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Hace un año, aproximadamente, un amigo me prestó una novela con la intención de que la leyera de inmediato y conversáramos acerca de ella. Cada ocasión que nos veíamos, una vez por semana, me preguntaba emocionado por la historia. Aún no la leo, le respondía. Durante dos meses hizo lo mismo y obtenía idéntica respuesta. Un día dejó de preguntar, no sé si por cansancio o por el reconocimiento de su derrota. Yo descansé, pero su silencio me planteó dos interrogantes: ¿renunció a su libro?, ¿el préstamo se transformó en regalo con el paso del tiempo? Sólo él sabe la respuesta, pero intuyo que tiene la ilusión de que ese volumen regrese a su biblioteca, de donde (quizás esté pensando) no debió salir nunca. Prestar libros es una de las equivocaciones que con mayor frecuencia cometemos los lectores. Condenados a tropezar con la misma piedra, prestamos libros porque queremos compartir una lectura, un hallazgo, un goce, una reflexión, o simplemente porque algún amigo los pide. No hay razones sensatas para esperar que esos libros vuelvan a casa; sin embargo, el prestamista de libros vive con esa esperanza, a veces hasta cuenta los días… en vano.

Me han prestado y he prestado libros. He sido víctima y victimario. Me he quedado con libros ajenos y varios míos están en hogares extraños. En mis relaciones con amigos a quienes he prestado libros identifico a tres tipos de personas. Hay quienes simplemente se esconden al verme o desaparecen de mi vida con tal de no devolver el libro; otras sólo callan, se hacen patos y evitan hablar del tema (como si no tuvieran algo que me pertenece); y están las más cínicas y al mismo tiempo más honestas que dicen: “me gustó tanto el libro que no te lo devolveré; incluso lo rayé, disculpa”. Me lo dijo recientemente una amiga. Y ahora que lo recuerdo, otra más: “Irad, este libro ya es mío, olvídate de él”. Su sinceridad me desarma; su arrojo me obliga a admirarlas. Aun así, he forcejeado con ellas por mis volúmenes y los resultados han sido hasta hoy inútiles; se declaran legítimas propietarias. Otro caso es el de un amigo al que le presté una novela hace cuatro años. Visito su oficina con frecuencia y mi libro (todavía le llamo “mi libro”) descansa intocado a sus espaldas, en un librero. Cada vez que estoy en ese lugar siento que el libro y yo intercambiamos miradas, nos percibimos y nos buscamos de alguna forma. He pensado en tomarlo sin permiso, pues no parece que mi colega vaya a restituírmelo; tampoco a leerlo.

Días antes de comenzar a escribir este texto me encontré a un viejo y querido amigo en el café y le comenté que deseaba hablar de los libros prestados. Al escucharme, sonrió nerviosamente y me pidió un favor: “no hables de mí”. Hace 5 o 6 años le presté un libro que no he vuelto a ver; y ambos sabemos, secretamente, que ya lo perdí. Decía el ensayista Luis Ignacio Helguera que mientras más cercanos eran los amigos, menor era su preocupación por devolverte tus libros. Esto lo he comprobado año con año. Los libros van pero pocas veces vienen. Hay lectores que poseen un estante para libros prestados. Yo nunca lo he tenido porque los libros prestados están desperdigados en mi casa, confundidos entre los libreros. Tengo muy claro que no son míos; también la conciencia de que no los reintegraré pronto. Y si ellos quieren, jamás. A veces un libro adquiere independencia y se acomoda en un estante ajeno, como si actuara por voluntad propia; ese libro merece quedarse, no había estado en mejores manos (las nuestras).

Augusto Monterroso acierta cuando dice que el tema ya no es si los libros deben o no prestarse: “creo que todos estamos de acuerdo en que los que se prestan están por ello mismo condenados a no volver jamás”. A partir de esta verdad, prestar libros es un error y los lectores lo sabemos. Sin embargo, en esta antigua práctica social no hay aprendizaje que valga. Hace dos semanas presté nuevamente un libro a una de las amigas de las que les hablé y estoy corriendo el mismo riesgo: perderlo. ¿Por qué prestamos nuestros objetos más preciados cuando sabemos que quizá no regresen con nosotros? No tengo una respuesta que me convenza. Pero sé que en muchas ocasiones he puesto libros en las manos de mis amigos para compartir la delicia de una lectura y comunicar una experiencia estética o del pensamiento. El préstamo de libros es una de las condiciones para que los libros y la conversación circulen libremente. El costo está en perderlos, pero vale la pena.

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3 Responses to El error de prestar libros

  1. BOK Libros says:

    Reblogged this on BOK Libros and commented:
    Prestar o no prestar… O, pedir prestado o no… ¿Cuál es la cuestión?

  2. Prestar un libro y tratar de recuperarlo, es una espera que se vuelve eternidad.

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