La pasión de acumular

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Me han acusado de varias cosas en la vida, pero hay una que se repite: dicen que soy un acumulador. No tanto un coleccionista que persigue objetos raros, únicos e invaluables, sino alguien que acumula interminablemente revistas, libros, periódicos, películas, tazas para el café, discos, y le cuesta mucho deshacerse de ellos. Cada día es un buen pretexto para llevar algo a casa, para incrementar esa recopilación silenciosa. El acumulador nunca tendrá espacio suficiente para sus objetos. Entre éstos y él hay un valor entendido: cada cuarto, cada mueble, cada rincón del hogar será ocupado, en principio, por los objetos; así hasta el desborde. Tampoco tendrá tiempo para apreciarlos con justicia: basta que vivan con él. Viene de pronto a mi memoria una casa que habité durante algunos años. En aquel lugar apenas había espacio para dormir y, aunque diminuto, para comer. No podía recibir visitas, no existía lugar para sentarse. La sala, el comedor, los cuartos, la cocina, todo estaba invadido por libros, diarios, revistas y otras curiosidades sumadas en el camino. Exhortado por un amigo, una mañana me propuse revisar lo acumulado y desechar aquellas cosas que, por alguna razón, ya no necesitara. La agotadora faena comenzó a las diez de la mañana y terminó a las once de la noche con un resultado frustrante: de entre miles de libros y revistas, sólo pude elegir diez para deshacerme de ellos (y fue doloroso). Esa noche entendí que mi conducta se acercaba al trastorno obsesivo del acumulador.

Para un espectador o un visitante, la morada de un acumulador puede parecer un completo desorden. Sin embargo, quien habita en ese aparente caos sabe perfectamente lo que tiene y dónde lo tiene, puesto que pasan meses y años sin que los objetos sean movidos de lugar, creando así una especie de orden en el desorden que da tranquilidad al acumulador. Durante un tiempo me acostumbré a leer y escribir en el comedor frente a manzanas, plátanos, peras, latas de jugo, libros, recibos de pago, una caja de cereal y un cúmulo de revistas. El comedor estaba frente a una ventana por donde se observaba la calle y se colaba la horripilante música de mis vecinos. A un lado había dos pequeñas mesas de madera que sostenían, ya con mucho esfuerzo, cuatro torres de libros y una porción irremediable de polvo. Para evitar que cayeran esas mesas y me asustaran en la noche, tuve que empotrarles una silla que hacía las veces de muleta. Al otro lado, descansaba un mueble color vino atestado de libros infantiles: cuentos, novelas y poesía. Finalmente, a mis espaldas había una barra cubierta de azulejos sobre la que yacían todo tipo de periódicos y recortes para algún proyecto de escritura. Admito que era un desorden, pero yo me entendía y me movía dentro de él.

Las posesiones relajan y tensan al acumulador. Cada objeto es una puerta de entrada a un mar de recuerdos. La memoria de una ciudad, un viaje, un regreso; los hechizos del amor y el desamor. Todavía guardo en algún lugar las cartas de una mujer que amé con intensidad; incluso creo recordar el perfume que transportaban de una ciudad a otra, el pulso joven de su escritura y la cantidad de sueños que a los dos nos arrastraba. De aquello ni siquiera cenizas quedan, pero no he podido eliminar esas cartas. Como tampoco tantos libros y revistas que me devuelven, entre recuerdos, en un extraño vaivén, al pasado. Alguna vez visité a una chica en la ciudad de Guadalajara y pasamos un fin de semana inolvidable. A mi regreso, antes de abordar un autobús en la terminal de aquella ciudad, ella me regaló una revista que incluía la colaboración de un ensayista que yo admiraba. Subí maravillado al camión; en apenas unos minutos devoré aquel ensayo de Gabriel Zaid. Por varios años atesoré la publicación sólo porque me ligaba a ese momento, a esa persona y a esa noche; era la manera de revivir una felicidad. El acumulador se estaciona en sus objetos porque en ellos se petrifica también cada instante, cada soplo de vida.

“Cuántas cosas surgen de la memoria una vez que uno se zambulló en la montaña de cajones para empezar a sacar los libros como de una mina a cielo abierto o, mejor dicho, de la noche cerrada”, escribió Walter Benjamin mientras desembalaba su biblioteca. El filósofo, antes de llevar sus libros al silencio de los anaqueles, nos invita a compartir la atmósfera que evocan los libros en un coleccionista; también en un acumulador, agregaría yo. Pero más allá de los libros, para ese tipo de personajes cada objeto porta una evocación, un resurgimiento, por eso les es casi imposible abandonarlos. Un acumulador es un viajero en el tiempo.

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3 Responses to La pasión de acumular

  1. letrasypalabraseternas says:

    Creo que hay algo maravilloso en el arte de acumular, porque a diferencia de lo que muchos piensan, uno no acumula por acumular (aunque obviamente siempre esta la excepción a la regla). Uno guarda y atesora porque en ello siente vida, porque aquello que recolecta y mantiene con uno viene cargado con recuerdos, hasta uno puede oler ese pasado muchas veces.

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