La Librería de los Escritores

La Librería de los escritores

“Quisiéramos creer que comercio y cultura se excluyen”, dice Gabriel Zaid en uno de sus conocidos ensayos. Como si la cultura, en su expresión popular o elitista, perteneciera al ámbito de lo sagrado y el comercio únicamente al vulgar tráfico de mercancías. Más allá de eso, la palabra comercio implica trato y comunicación de unas personas con otras, de unos pueblos con otros. Comerciar no sólo es comprar y vender a gran escala, de manera despersonalizada, sino también, en el caso de los negocios más pequeños, trabar una complicidad amistosa con el cliente, abrir puentes de entendimiento entre una oferta y una demanda.

El caso de las librerías es particular (digo librerías de verdad y no almacenes que apilan novedades). “Son espacios extraños […] zonas de contacto entre cultura y mercado, donde el lector es inmediatamente consumidor y el libro, mercancía, sin que dejen de ser lectores y libros” (Fernando Escalante Gonzalbo). Quien abre una librería o pone a la venta un libro, ofrece un pretexto para la conversación y el ocio cultural. Un libro lanzado al mercado es una buena excusa para escribir una reseña, organizar una presentación o tomar un café con amigos y comunicarse. Además, en una librería no nada más se venden libros: se brinda un espacio para pasearse entre ellos, tocarlos y olerlos; para comprarlos, si se cuenta con algo de dinero; si no, se los puede cargar y caminar libremente con ellos mientras uno admira emocionado los demás libros o entabla conversación con el vendedor.

Que la cultura del libro y el comercio no se excluyen, están los enciclopedistas franceses para mostrarlo: escritores, editores y comerciantes del libro a un mismo tiempo. También hay una sorprendente hazaña en la historia de la cultura y el libro rusos. En esa especie de crónica y testimonio que es La Librería de los Escritores (La Central-Sexto Piso, 2008), el novelista ruso Mijaíl Osorguín relata un episodio histórico.

Luego de que la revolución de octubre de 1917 decretara el fin de la censura, pronto dio un giro radical. Los soviets (consejos de obreros) comenzaron a municipalizar las librerías, a abandonarlas por ignorancia y a clausurarlas. Ante la ausencia de trabajo, varios escritores y bibliófilos decidieron convertirse en libreros. Pero había que empezar de cero en el oficio. Así, libro tras libro, se fue constituyendo un excepcional fondo editorial de clásicos franceses e italianos, de ediciones aldinas y colecciones completas de literatura, historia, filosofía, arte y ciencias. A esta empresa, sus fundadores la denominaron La Librería de los Escritores. No eran cualquier clase de comerciantes. Amaban los libros. Los compraban, cargaban en trineo, limpiaban, clasificaban y vendían.

La Librería fue, además de nuestra tabla de salvación personal, un pequeño centro cultural en Moscú, un lugar de descanso y un refugio para escritores, profesores, bibliófilos, artistas y estudiantes”, escribe Osorguín. Este cenáculo cultural llegó a ser una necesidad de la vida literaria moscovita. “Por la tarde nuestra librería más bien parecía un club adonde científicos, literatos y artistas acudían para verse, para conversar, para aliviar el alma del prosaísmo de la vida cotidiana de aquel entonces”.

En tiempos de paz, estos bibliófilos se hubieran hecho millonarios; sin embargo, con una población generalizadamente empobrecida y con un valor casi nulo del libro, apenas si alcanzaba para seguir circulando libros. Muchas veces los clientes pagaban con un puñado de harina, jabón o azúcar; en otras, quienes fueron pequeños burgueses, entregaban sus bibliotecas a La Librería de los Escritores a cambio de pan.

“Al mismo tiempo, el hecho de vivir entre libros hacía que realizáramos una labor poco perceptible pero importante: protegíamos y distribuíamos los libros y ayudábamos a quienes vendían sus bibliotecas a no morir de hambre”. En las condiciones económicas y sociales de 1918 a 1922 –tiempo que duró La Librería hasta ser asfixiada por una nueva política económica— para estos escritores y empresarios rusos no sólo se trató de libros y conversaciones, sino de evitar que muchos murieran de hambre. En este sentido, La Librería de los Escritores, como hecho cultural y relato, es un testimonio excepcional en la historia del comercio de libros, una prueba más de que comercio y cultura no se excluyen.

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