El último intento

El último intento

En alguno de sus ensayos el escritor argentino Ricardo Piglia afirma que “el cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta.” Tiene razón Piglia: es esa iluminación la que termina por dar forma a un cuento. Si éste no consigue iluminar una región oscura de la vida, incluso para oscurecerla aún más, será quizás un buen ejercicio de redacción, pero no merece el nombre de cuento. Para escribir relatos se requiere oficio, disciplina, escribir y reescribir; además, para desgracia de quienes alguna vez lo intentamos o aquellos que lo intentarán, talento. Lo primero se obtiene con el continuo trabajo y fracaso de la escritura; lo segundo, si no estoy mal, por ningún lado. Se requiere una inteligencia especial, la perspicacia y el olfato del narrador, para descubrir una historia sepultada por otra historia. Una imaginación y una actitud despiertas para atrapar aquello que apenas se anuncia o se asoma en nuestra vida cotidiana.

En “Remedios caseros”, por ejemplo, uno de los cuentos reunidos en este libro de Mariel Iribe, se nos cuenta la historia más o menos apacible de una pareja veracruzana, del campo, que un día decide tener un hijo por todos los medios. Como lectores asistimos a lo que podría ser una anécdota trivial acerca de cómo una pareja, en la búsqueda de un embarazo, se entrega a los más diversos remedios caseros, desde tomar una taza de agua con jugo de limón, probar la falsa raíz de unicornio, hasta beber un brebaje con linaza en polvo y té de damiana para fortalecer el útero, en el caso de la mujer. Conforme avanzamos, el relato se desarrolla sin mayores sobresaltos en un ambiente doméstico y campirano de lo más ordinario. Es en el parto donde nos aguarda una sorpresa, el momento en que Mariel, a través de su narrador y de una gran elipsis, nos descubre la otra historia, el desenlace que no esperábamos. La autora puso tal esmero en narrar con detalles, a lo largo del cuento, las preocupaciones más comunes de una pareja, que logra ocultar y luego desocultar al final, con pericia, el otro relato.

Lo mismo ocurre con el cuento “El último intento”, que da nombre al libro. En esta pieza narrativa, una de las más breves e intensas, se describe el cotidiano hastío de una pareja que convive en una extraña y tensa calma. Luego de despertar y levantarse de la cama, el hombre tenía la manía de estornudar chillonamente ocho veces, según las cuentas de su mujer, quien caminaba por la casa contando los molestos estornudos de su esposo. Ella no toleraba el menor atisbo de la luz de la luna y guardaba cada noche bajo la almohada un martillo para clavar trapos en las ventanas, si es que un resplandor osara atravesar por alguna de ellas. Para el marido, el ruido del martillo durante la noche se convirtió en algo intolerable; llevaba años sin dormir bien a causa del infernal golpeteo que se repetía cada madrugada. “Los clavos perforaban su cabeza, el rechinar del catre hacía estragos en el silencio cada vez que ella daba un salto hacia la ventana…”. Apoyados en la voz de un narrador omnisciente, los lectores de pronto estamos inmersos en los recuerdos del marido, y somos testigos de su malestar:

Le era inevitable pensar en sus murmullos. Apenas cruzaba los pasillos, crecía el bullicio de los platos al caer uno sobre otro, y como inmensas marejadas, el ruido se iba adentrando en las paredes de los cuartos. Mientras la contemplaba recostada, casi inconsciente, recordó el escándalo de los engranes del molino; ella se empeñaba en triturar el maíz sin importarle que fuera la hora de su siesta. Siempre al sentarse a la mesa, el ruido le provocaba vértigo y constantes mareos.

Puede decirse que con los años se había incubado un cansancio silencioso, tímido, tolerado, nunca discutido. Un agotamiento que sólo podía crecer con el tiempo. El hombre añoraba la calma, la vida sin ruidos, la posibilidad de oír el paso de una mosca, incluso imaginaba a su mujer muerta, en silencio. Pero cuando se le presenta la oportunidad para deshacerse de ella, machete en mano, renuncia, le perdona la vida. Por cobardía o por lástima, ni él mismo lo sabe.

De nueva cuenta, a lo largo de cinco páginas, mientras se nos narra una primera historia que coloca como protagonista al marido, se va tejiendo con maestría una segunda. Cuando estábamos distraídos en un plano del relato, cuando creíamos que el rencor, el hastío o la intolerancia estaban en una parte, resulta que anidaban, secretamente, en otra. La estrategia narrativa de Mariel Iribe en este cuento, como en “Remedios caseros”, “Cine Veracruz o “Planes de boda”, consiste en narrar puntualmente una historia mientras va construyendo otra sigilosamente, que emerge a la superficie sólo hasta el final. En el último párrafo de este cuento, en sólo seis líneas, la autora logra asestarnos un golpe contundente al hacer aparecer, en un instante, la consumación de esa historia hermética. El epígrafe que nos introduce de manera perfecta a este cuento dice: “Hay hombres honrados que se pasan toda la vida preparando un supremo acto de traición” (Mario Puzo). Y yo digo que hay cuentos que se pasan todas sus páginas preparándonos, a través de un camino lleno de distracciones, para un golpe maestro. Este es uno de ellos.

Los cuentos reunidos en el libro El último intento (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013), de Mariel Iribe, se desarrollan, casi todos, en espacios tan familiares y reducidos como casas, recámaras o incluso algún departamento. Son historias que han surgido de la escucha y la observación de la vida cotidiana, pero también de la introspección. Imagino a Mariel conversando, atenta a lo que se le cuenta, a sus detalles, pero tramando al mismo tiempo la historia perversa que subyace a esa conversación. Sabe que siempre hay algo que no se dice; y en ese silencio, en esa zona de inefable oscuridad, puede estar el origen de un nuevo cuento.

Los protagonistas de estas historias son personajes ordinarios y agobiados por el peso de la rutina y una de sus nefastas consecuencias: el fastidio. Ambos, la rutina y el fastidio, juegan un rol importante en los relatos de este libro; muchas veces determinante para la trama de los mismos y el comportamiento de los personajes, quienes, para recobrar la libertad perdida o simplemente para volver a sentirse vivos, recurren a la fuga, el embarazo, el asesinato, las fantasías de infidelidad o el sexo con alguna sobrina. Antes que narrar grandes acciones de grandes héroes, Mariel elige pequeñas historias para introducirnos en las tensiones psicológicas y emocionales que experimentan sus personajes como resultado de la relación con sus seres más “queridos”. Por eso el hogar suele constituir su laboratorio narrativo. “La familia puede ser verdadera casa natal o un lívido infierno”, escribe Claudio Magris.

Los criterios, juicios y recomendaciones que expresamos los lectores, coincido con Virginia Woolf, se filtran en el aire y son parte de la atmósfera que respiran los escritores cuando trabajan. Se crea una influencia que los alcanza y los afecta en el modo en que escriben y los temas que desarrollan. La narrativa de Mariel Iribe, como la de todos los cuentistas, debe algo a Chéjov. Pero mientras éste pone el énfasis en la descripción distanciada de sus personajes, cómo aman, se casan, tienen hijos y mueren, Mariel se obstina en traer al frente la vida interior de los mismos: sus conflictos, manías, culpas, alucinaciones, traumas y perversiones, como lo hace Joyce Carol Oates. Si lo más importante es aquello que no se cuenta; si el rumor del silencio es la materia que en verdad moldea a un cuento, entonces los relatos de El último intento, sobre todo por sus estrategias, también son deudores de Ernest Hemingway.

La escritura de estos autores, incluido acaso el realismo doméstico de Margaret Atwood, debió filtrarse en el aire que respiró Mariel mientras escribía estas nueve historias. El último intento es su primer libro de cuentos y nos muestra ya a una escritora con un universo temático más o menos definido, con habilidad en la utilización de diversos enfoques y voces narrativas, con un sentido del suspenso, así como una prosa fluida, sencilla, que ha sido trabajada con la paciencia del que reescribe una y otra vez, cuyo tono siempre está al servicio de sus personajes. Pero lo que más admiro de Mariel Iribe, insisto, y esa cualidad se refleja en este libro, es esa capacidad que tiene como narradora de retorcer una historia, de construir en secreto, bajo la superficie, la verdad de la otra. En el arte del cuento, toda historia esconde otra historia; un cuento siempre será la ausencia de otro cuento.

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