El arte de caminar

UN-CAMINANTE

“Una de las cosas más placenteras del mundo”, dice el ensayista William Hazlitt, “es irse de paseo, pero a mí me gusta ir solo. Sé disfrutar de la compañía en una habitación, pero al aire libre me basta la naturaleza”. Salir a pasear, a caminar, es en verdad satisfactorio. Yo también disfruto la soledad cuando camino, pero no me estorban ni la compañía ni la conversación. Caminar y conversar son actividades que ubico en la cima de mis placeres; me cuesta trabajo dejar de hablar y mis piernas no paran de moverse aun cuando estoy sentado. Por eso me tildan, entre otras cosas, de hiperactivo, intolerante o impaciente. Una caminata, como una buena cerveza, estimula la comunicación; ésta, agiliza el paso y nos alegra el recorrido. Si caminamos con otros, piensa Stevenson, deja de ser una excursión para convertirse en algo parecido a un picnic. Discrepo. Para mí, lo que comienza como un paseo o una excursión termina siempre como una excursión. Las palabras no entorpecen mi recorrido; en una caminata no son lo fundamental: lo son el libre desplazamiento y el ocioso deambular.

Hay personas que caminan porque necesitan llegar a un lugar determinado; otras, para hacer ejercicio; pero hay otros que zarpamos por el puro placer de la aventura y la vagancia. Huidizos e inquietos, queremos aletear al aire libre, evitar que se nos entuma el cuerpo, cruzar puentes, perdernos en callejones, examinar nuevas avenidas. Conocemos el lugar de nuestra partida; casi nunca el de nuestra llegada. Cuando camino, no es el traslado a un punto concreto lo que persigo, sino el paseo mismo, la acción; sentir el movimiento coordinado de mis brazos y piernas, la marcha silenciosa de mis pies; quiero observar la vida que se ofrece ante mis ojos y regocijarme con el aire que respiro.

En algún artículo escrito por el neurólogo Oliver Sacks leí que a pesar de su admiración por el iPod –ese pequeño dispositivo en el que guardamos nuestra música predilecta para escucharla donde queramos—, él no lo utiliza cuando camina, monta en bicicleta o conduce su auto. La calle y las cosas necesitan su atención; la música lo aísla y lo cautiva hasta el riesgo de ser atropellado o estrellar su coche. Puede parecer una exageración lo que dice Sacks, pero quien ha estado cerca de ser atropellado por un camión (mi caso), mientras escucha absorto una canción o melodía, entiende de lo que habla. Antes de esa revelación, yo solía llevar audífonos a todas partes. Invariablemente, viajaba y caminaba aislado por la música, inatento a la atmósfera que el paseo me brindaba. Por eso decidí, hace un par de años, que cuando realizara un viaje o una caminata me regalaría por completo a ellos, a sus sorpresas, a sus inciertos mecanismos; escucharía todo tipo de sonidos, inhalaría todo clase de aromas y observaría con cuidado el panorama. Cambié la música de mis auriculares por la algarabía infinita de la calle.

“Llegar a ser caminante requiere un designio directo del cielo. Tienes que haber nacido en la familia de los caminantes. Ambulator nascitur, non fit [el caminante nace, no se hace]”, escribe Henry David Thoreau. Yo no tengo ningún contacto con el cielo, pero sí me he preguntado: ¿el caminante nace o se hace? Un poco las dos cosas, pienso. El dinero puede comprar joyas, casas, autos y conciencias, pero no la independencia ni el temperamento libertario que distingue al que camina. El espíritu inquieto, curioso y saltarín se arrastra desde la cuna o desde un pasado lejano que ignoramos. Nuestros padres, abuelos, bisabuelos y más atrás eran caminantes, nómadas urbanos o del campo que amaban pasear sin justificación alguna. Sin embargo, el entorno también contribuye. El haber vivido muchos años en el centro de la ciudad hizo de mí un caminante; aunque hoy creo que ya era proclive a irme de paseo. Esas reiteradas excursiones a los comercios de la localidad, tomado de la mano de mi madre, descubrían ante mí, una y otra vez, a muy temprana edad, el fino encanto del vagabundeo. No la culpo: le agradezco mi continua exposición a la intemperie. Mi padre hizo lo propio, debo reconocerlo. Involuntariamente, evitaron que me convirtiera en un aburrido y predecible hombre útil, un hombre de bien; supieron reconocer y luego alentar mi propensión a la vagancia. Hoy valoro más la ligereza de mi espíritu que mi empolvado título de licenciado.

Relata Henry David Thoreau que en una ocasión un viajero pidió a la criada del poeta William Wordsworth que le mostrara el estudio de su patrón. “Esta es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre”, respondió. Así es la especie del caminante: una criatura que vive gracias al contagio que provoca el aire libre.

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4 Responses to El arte de caminar

  1. Arnoldo Kraus says:

    Irad: Tu escrito, sabroso, compañero, me remite a uno que escribí hace años, “Adiós a la calle”, al cual, desde hace semanas, pienso regresar, pienso reescribir.
    Saludos afectuosos,
    Arnoldo Kraus

  2. Irad says:

    Estimado Arnoldo:

    Te agradezco mucho el comentario sobre mi texto. Me da gusto que lo hayas disfrutado. Ojalá que sí reescribas tu escrito y lo puedas compartir para leerlo. Gracias de nuevo.

    Saludos!!

  3. Hilvanes says:

    A mi también me ha gustado y lo he disfrutado mucho. La pega que encuentro a conducir sin música es que solo se escucha el ruido del motor… pero hoy a la vuelta a casa, lo voy a intentar, ir sin música ni radio ni nada… eso sí, la autovía tampoco es un pareje muy romántico, la verdad

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