Alice Munro. Vidas insondables

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El pasado 10 de octubre se dio a conocer el nombre de quien había obtenido el Premio Nobel de Literatura 2013. Entre los escritores favoritos para obtener el galardón, se escuchaban una y otra vez los nombres del japonés Haruki Murakami y de los norteamericanos Joyce Carol Oates y Philip Roth. Pero la Academia Sueca pocas veces complace, muchas decepciona y otras sorprende. En esta ocasión, al menos a mí, me sorprendió y alegró con el anuncio de la ganadora: Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931). Una aguda cuentista canadiense más conocida por los críticos literarios que por el gran público lector; una narradora cuyos relatos se inscriben en esa tradición literaria que se caracteriza por mostrar fragmentos, instantes y escenas de una vida cotidiana por cuyos pliegues aparecen, intempestivamente, sorpresas de la condición humana; tradición de la que Antón Chéjov es el padre indiscutible.

Cuenta el escritor Alberto Manguel que cuando conoció a Alice Munro lo decepcionó. Mientras él buscaba conocer su opinión sobre literatura, ella no quería hablar del tema ni mostraba entusiasmo para hablar de su obra o de algún autor contemporáneo. “En cambio, me di cuenta de que observaba cada detalle de la gente que nos rodeaba, los gestos que yo hacía, alguna particularidad del café en el que estábamos”. Quizás en ese momento, con el material observado, imaginaba y tejía ya los hilos de una nueva historia. Manguel estaba interesado en la escritora; y ésta en el mundo de la vida, en el acontecer, en el callado lenguaje de la gestualidad y la psicología. Sólo quien está atento al mundo, entiende sus palabras. Y la literatura de Munro, que reconoce la influencia de otra gran cuentista como Flannery O’Connor, proviene de un paciente ejercicio de la observación de su entorno, el de la provincia de Ontario: “para mí es el lugar más interesante del mundo. Imagino que es porque sé más sobre él. Me produce una fascinación ilimitada”. Pero esta fascinación, quien ha leído a Munro lo sabe, no desemboca en una contemplación amistosa hacia su terruño o sus personajes, sino más bien distante y fríamente precisa.

Se ha dicho que en el universo literario de Alice Munro deambulan personajes ordinarios, corrientes, descaradamente cotidianos, como en la obra de Chéjov; yo mismo lo creo así. Lo cual no quiere decir que esos personajes, en manos de un artista de la narración, no encierren y proyecten una gran riqueza literaria y humana. “La vida de la gente”, dice Munro, “es suficientemente interesante si tú consigues captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable”. Eso es precisamente lo que hace y logra nuestra escritora: observar a la gente que la rodea, captarla en el trajín repetitivo de su vida cotidiana, dejar que siga su curso hasta que irrumpa de esa sencillez y aparente mansedumbre lo inesperado. Su literatura está habitada por personajes cuya acción se desenvuelve en escenas de lo más habitual, pero de las cuales emergen emociones y pasiones profundas. Con una prosa sencilla, minuciosa y descriptiva retrata con cierta distancia la vida en su cotidianidad, pero penetra en la psicología de sus personajes, en sus paradojas insolubles, hasta que nos envuelve en su tormenta.

En uno de sus cuentos, “Radicales libres”, una tranquila y solitaria viuda decide abrir la puerta de su casa a quien muy pronto sabrá que es un asesino. Lo que nos deja helados como lectores es atestiguar esa desesperante calma (a pesar del miedo) de la mujer frente al que puede ser su asesino despiadado. Uno quisiera entrar en la historia y evitar una tragedia, sacudir a la mujer para que salga de esa parsimonia y salir corriendo con ella; pero el suspenso que consigue la narración de Munro no permite que nos detengamos, queremos avanzar y seguir leyendo, sólo para encontrarnos con un giro que no esperábamos. Al terminar, sin que sepamos muy bien por qué, el relato nos dejará inquietos y nos descubrirá otra historia. En diverso relato, “Puente flotante”, compilado en ese extraordinario libro que es Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001), una frágil mujer, casada y enferma de cáncer, cuya vida sucedía en aburrida normalidad, es besada de pronto por un desconocido. Para ella, ese beso resulta un acontecimiento en sí mismo del que nunca había participado: “Un prólogo tierno, una presión eficaz, un sondear y acoger sin reservas, un agradecimiento prolongado y un apartarse satisfechos”. Una chispa de vida en medio de la nada; un minúsculo gesto de amor cuando se espera la muerte.

Los cuentos de Alice Munro demandan del lector atención y entrega. Su escritura es sencilla, sus palabras son claras, pero sus historias son complejas. Como toda literatura, no puede ni debe leerse aprisa.

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