Qué leer, cómo leer

Virginia Woolf

¿Cómo debería leerse un libro?, Virginia Woolf, José J. Olañeta, Editor, Barcelona, 2012, 69 pp.

A inicios del año 2009, en uno de sus artículos para el diario El Mercurio, el escritor chileno Roberto Merino escribió: “Recomendar libros es un ejercicio tan fallido como aceptar recomendaciones. En el trance de la lectura no hay ninguna objetividad y la experiencia de leer es esencialmente intransferible.” Algo similar pensaba la excepcional ensayista y narradora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), quien dictó una conferencia el 30 de enero de 1926, en un colegio privado, y leyó un texto (el cual formaría parte de su célebre colección de ensayos The common reader, 1932) que abría con una especie de declaración de principios: “…el único consejo sobre la lectura que puede dar una persona a otra es que no acepte consejos, que siga sus propios instintos […] Aceptar autoridades –por muchas pieles y togas que luzcan— en nuestras bibliotecas y permitirles que nos digan cómo leer, qué leer y el valor que hemos de dar a lo que leemos, es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios.”

En mi experiencia como lector, recomendar libros ha sido una práctica tan fallida como lograda; he fracasado en mis sugerencias casi las mismas veces en que he atinado. Si me piden una recomendación, me arriesgo a ofrecerla. Si me equivoco, no temo volver a equivocarme. Si acierto, quizás ya tengamos un nuevo lector y la conversación literaria florezca. La experiencia de leer es subjetiva y “esencialmente intransferible”, dice Roberto Merino. Sin embargo, eso no quiere decir que la experiencia individual lectora sea incomunicable; o que a través del discurso no pueda traducirse ese placer estético y encontrar el eco en otros lectores (quienes lo confirmarán o no con su propia lectura). De hecho, esto último ocurre frecuentemente. Gracias a Borges, llegué a Stevenson, Swift y Marcel Schwob. Por un elogio de Montaigne, hoy me acompaña Sócrates, Ovidio y Séneca. Por culpa de dos críticos literarios, William Hazlitt y Harold Bloom, ahora casi venero a Shakespeare. Y las insistencias de un amigo me arrojaron hacia un hallazgo invaluable: las crónicas y novelas de Jorge Ibargüengoitia.

Esos grandes lectores no dejaron de comunicar su experiencia y ésta conectó felizmente con la mía; aconteció un tipo de transferencia. Compartimos a través de los años o los siglos la complicidad y el placer de leer los mismos libros. Sin su recomendación, acaso no hubiera llegado a ellos. En ese sentido, no sólo defiendo el temerario oficio de recomendar libros, con todas sus desgracias y alegrías, sino que acepto con gusto las recomendaciones. En su famoso ensayo “¿Cómo debería leerse un libro?” (1926), publicado ahora en una bella edición a cargo de José J. de Olañeta, Virginia Woolf sugiere aquello de que aceptar autoridades o preceptores en nuestras bibliotecas, que nos digan qué y cómo leer, sería destruir la libertad que debe respirarse en esos santuarios. No obstante, la escritora matiza su posición: para disfrutar esa libertad tenemos que controlarnos. Y aquí empiezan los consejos de Woolf.

Leer es un arte complejo, exigente, hay que estar dispuesto a entrar y habitar el libro con imaginación, a dialogar con sus personajes o incluso con su autor. Mientras leemos, seamos cómplices del autor o sus perspicaces oponentes. La primera etapa de la lectura consiste en “abrir la mente al raudo tropel de impresiones innumerables”; abramos un libro y dejemos que nos llene de impresiones por sus imágenes, su lenguaje o su vitalidad intelectual. En una segunda fase, “comparemos cada libro con el mejor de su género”; si se nos ofrece un “excelente” libro de cuentos, pongamos a su lado los relatos de Chéjov, Maupassant y Hemingway. A la nueva revelación del ensayo, opongámosle los maestros del género. Pero esta tarea no sólo requiere imaginación sino conocimiento literario. “Tal vez logremos educar el gusto con el tiempo […] Cuando se haya alimentado ávida y generosamente con libros de todo género –poesía, ficción, historia, biografía—”. Poco a poco, la lectura constante nos aportará juicios sobre libros y autores determinados.

Para esa delicada labor, opina Virginia Woolf, sería bueno acudir a esos rarísimos seres que son los críticos escritores (Dr. Johnson, Coleridge, Alexander Pope, la misma Woolf), para que nos ilustren sobre la literatura como arte. Nos ayudarán a leer, siempre y cuando recurramos a ellos con infinidad de preguntas obtenidas por nuestra propia lectura. Admitamos, pues, a esas brillantes autoridades en nuestras bibliotecas y aceptemos su recomendación, aunque sigamos también nuestros propios instintos.

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