El médico que escribía grandes cuentos

Cuentos imprescindibles

Mientras cursaba sus estudios de medicina en la Universidad Estatal de Moscú, por allá en el año de 1880, un joven de veinte años, cuyo padre estaba en problemas económicos y legales porque su negocio había quebrado, comenzó a escribir y publicar relatos humorísticos sobre la vida cotidiana rusa para ayudar a su familia. Sus relatos y crónicas gustaron; tanto que en 1884 lo invitaron a colaborar en el periódico más importante de San Petersburgo, Tiempo Nuevo, y publicó su primera colección de historias: Cuentos de Melpómene, al mismo tiempo que se titulaba como médico y padecía los primeros síntomas de una tuberculosis que lo llevaría a la tumba. En un principio, el autor de esos relatos publicó bajo el seudónimo de Antosha Chejonte, luego firmó con su nombre, uno que dejaría huella memorable, perenne, en la literatura universal: Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904).

Hombre agobiado por las penurias, las cargas familiares y la enfermedad, médico solidario, estupendo cronista, gran dramaturgo (La gaviota, 1896; El tío Vania, 1897; El jardín de los cerezos, 1904), excepcional cuentista y observador agudísimo de la vida cotidiana, Chéjov siempre estuvo interesado en la literatura, pero dudaba de su vocación. El éxito de sus primeros relatos le convenció de cuál era la dirección correcta. Dmitri Grigoróvich, escritor ruso, le escribió en una carta: “Usted está destinado a escribir algunas obras excelentes, realmente valiosas. Cometerá un gran pecado moral si no responde a esas esperanzas. Para ello es preciso respetar en sí un talento que tan pocas veces se concede”. La medicina pasó a segundo término; Chéjov se volcó, en circunstancias difíciles, a condensar en palabras la melancólica miseria de la existencia humana. “No he adquirido una perspectiva política, ni filosófica ni religiosa sobre la vida… tengo que limitarme a las descripciones de cómo mis personajes aman, se casan, tienen hijos, hablan y mueren”.

En el ilustre panteón de la literatura universal están los grandes maestros del cuento y está Chéjov, un mundo aparte. Sus relatos son engañosamente sencillos, mínimos en su trama, muchas veces anecdóticos, veloces, lacónicos en sus diálogos, con un narrador que describe de manera precisa, apoyado en imágenes decisivas, situaciones y atmósferas que oprimen casi por completo a los personajes, que los conducen a una angustiante, por desconocida o inesperada, complejidad. En “Pequeñeces de la vida”, uno de los 20 relatos reunidos en la excelente antología Cuentos imprescindibles, seleccionada y prologada en 1998 por el escritor Richard Ford,  un niño (Aliosha) le cuenta un secreto al novio de su mamá y le ruega, “por el amor de Dios”, que no se lo revele a ella. El novio da su palabra de honor al niño, pero unos minutos después, sorpresivamente, frente al propio pequeño, le cuenta todo a la madre. Aquí entra la voz del narrador: “Aliosha se sentó en un rincón y, horrorizado, le explicó a Sonia [su hermana] cómo le habían engañado. Temblaba, tartamudeaba, lloraba. Por primera vez en la vida se encontraba de manera tan brutal con la mentira cara a cara…”.

En otro de los cuentos, “La desgracia”, la joven y hermosa Sofía Petrovna, esposa de un notario, es cortejada por su vecino, un abogado que está profundamente enamorado de ella. A Sofía le molesta la situación. Es un juego que al principio la incomoda: “…estoy casada, amo y respeto a mi marido… tengo una hija”, dice para defenderse del amigo acosador. Y sin embargo, atestiguar el sufrimiento de aquel hombre que se arrodilla ante ella la inunda, secretamente, de ese sentimiento abrumador de egoísmo y superioridad que experimentan aquellos que son amados. De pronto, en una lucha terrible contra ella misma, contra su pesada conciencia de mujer virtuosa y ejemplar, Sofía cae abatida por uno de los dardos del amor, esa fuerza invisible y tenaz de la naturaleza que tarde o temprano juega con todos nosotros.

Así, la mirada de Chéjov se posa en esos imperceptibles pliegues de la existencia humana para iluminarlos y exhibirlos en el esplendor de toda su miseria, indignidad y tristeza. No juzga: testimonia, pone en escena. Sus personajes perduran en la memoria no porque sean heroicos, dueños de grandes hazañas, sino porque son demasiado humanos, viven en constante tensión y nos hacen vivir para siempre con ellos.

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One Response to El médico que escribía grandes cuentos

  1. juanchi522 says:

    Reblogueó esto en Espacio de Juany comentado:
    “Cuentos de Melpómene”, al mismo tiempo que se titulaba como médico y padecía los primeros síntomas de una tuberculosis que lo llevaría a la tumba. En un principio, el autor de esos relatos publicó bajo el seudónimo de Antosha Chejonte, luego firmó con su nombre, uno que dejaría huella memorable, perenne, en la literatura universal: Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904).

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